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La misionera que evangelizó 25 años en la guerra en Angola: “Me abrió los ojos”

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blanca silva hermana misionera en angola

Más de 8.000 kilómetros separan a la Argentina de Angola y hasta allí fue, en 1986, la hermana misionera Blanca Estela Silva, quien trabajó durante más de 25 años a aquel país africano en pleno contexto de guerra civil, evangelizando comunidades originarias y superando todo tipo de hostilidades, desde cuidarse de enfermedades como el tifus y el cólera hasta atender heridos, negociar con jefes militares y esquivar minas antipersona, cuyo principal objetivo era conseguir la mutilación de los cuerpos.

Blanca Silva nació en el pequeño pueblo de Tres Capones y, aunque su familia permanentemente viraba de localidad para vivir, en cada una de esas picadas se desempeñó como catequista, preparando niños tanto para la comunión como para la confirmación. Todo ello fue la antesala de lo que luego sería una vida entera dedicada a transmitir la palabra de Dios, un sacramento el cual ahora solo puede abandonar con un permiso del papa Francisco, pero está lejos de pretenderlo. 

Corría el año 1974 cuando todo empezó a cambiar de manera definitiva para Blanca. Fue luego de oír por radio los programas del padre Lorenzo Bovier, quien a distancia le transmitió la vocación.

“Me interesó tanto lo que decía que le escribí una carta. Él vivía en el seminario de Fátima y me invitó a que venga a conocer. Cuando llegué tuve una sensación tan grande que dije ‘este es mi lugar’. Yo estaba a punto de cumplir 18 años y así fue como empecé”, contó a La Voz de Misiones Blanca, que allí comenzó su formación como integrante de la Congregación Misioneras Siervas del Espíritu Santo.

Allí comenzó un proceso de preparación que se extendió durante una década, adquiriendo conocimientos y compartiendo experiencias con monjas de diferentes latitudes que hacían pie en Misiones, para luego comprometerse a dedicar su vida a la misión y elegir un posible destino.

Blanca siempre tuvo claro que deseaba ir a África y el deseo fue concebido. En 1986 partió rumbo a Angola, un país que ofrecía más hostilidades que bondades, pero nada significaba impedimento alguno para desembarcar allí. Llevar la palabra de Dios era lo único que importaba.

“A nosotros se nos prepara para la misión en cualquier parte del mundo, para vivir con cualquier nacionalidad, para trabajar con cualquier pueblo, para integrarnos con compañeros de cualquier parte del mundo. Todo esto es una condición primordial. También hay que estar bien de salud y hay que saber que te vas a enfrentar a todo tipo de desafíos”, resaltó la hermana.

Evangelizar en la guerra y la “desesperanza”

Y vaya si le tocaron desafíos a la misionera en Angola. La hermana llegó a un país que acababa de superar la guerra para independizarse de Portugal (1961-1975) y daba inicio a una guerra civil (1975-2002) que se terminó transformando en el conflicto bélico más largo de la historia del continente, dejando como saldo las monstruosas cifras de: 800.000 muertos; 100.000 mutilados; y 4.000.000 refugiados.

En la contienda se enfrentaban el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), que quedó en el gobierno tras el proceso de descolonización, y la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA). Los primeros eran de izquierda, los otros de derecha. Los primeros contaron con apoyos de Cuba y Rusia, los otros de Sudáfrica, Estados Unidos e Israel, condicionamientos típicos de la Guerra Fría.

“La guerra de Angola es muy larga. Primero fue contra la colonia, porque fueron los portugueses los que llegaron allí y llevaron la fe, lo que es verdad, pero también llevaron cualquier tipo de conflicto como las potencias de ese tiempo”, recreó la hermana.

“Luego vinieron las luchas de poder, entre el MPLA y la guerrilla de la UNITA. Después nos encontrábamos con todo tipo de potencia. Angola es muy rico en petróleo y diamantes, entonces las potencias estaban ahí como buitres, incentivando la guerra, vendiendo armas y llevándose las riquezas”, resumió.

Fotografías, pesebres y prendas de vestir son recuerdos que a Blanca le quedaron de su misión en Angola.

En ese contexto trabajó Blanca, pero a la situación bélica había que sumarle otros aditamentos tales como el paludismo, el tifus y el cólera.

“Una de las primeras cosas que tuvimos que aprender fue a hervir el agua cada día y pasarlo por tres filtros para poder tomarla. Debíamos respetar ese proceso a rajatabla si no queríamos contagiarnos de esas enfermedades”, añadió Blanca.

La religiosa detalló que la sede de la misión estaba ubicada a orillas del mar Atlántico Sur, pero desde allí debían viajar a diario para visitar las más de 200 comunidades originarias del “África profundo”, que estaban incluidas en el plan de evangelización.

Estaban distribuidos por roles, de acuerdo a conocimiento y capacidades. Enfermería, cocina, mecánica y catequistas, entre otras labores.

La especialidad de Blanca se dedicaba a la pastoral y, en la continuidad de la charla con LVM, recordó que “nosotros formábamos a los jóvenes en alfabetización para que aprendieran a leer, pero por ahí venía la guerrilla o el gobierno y en una noche se llevaban a todos. Ahí había que comenzar de cero, con la sala vacía nuevamente. También nos tocó trabajar con heridos”.

Escenas de este tipo se repetían constantemente e incluso hubo oportunidades en las que debieron negociar cara a cara con jefes militares y guerrilleros, intercambiando alimentos, remedios o servicios médicos a cambio del levantamiento de barreras o custodias. Independiente del contexto, admitió que siempre fueron respetadas y que los puntos de misión no eran ni objetivo ni escenarios de enfrentamientos o bombardeos.

Su mayor temor -confesó- eran las minas antipersona, dispositivos explosivos terrestres que, si bien tienen poder letal, estaban destinadas a mutilar cuerpos o incapacitar soldados, ya que las consecuencias de un herido de guerra con más problemáticas que las de un muerto.

Según datos oficiales, Angola es el segundo país más afectado por este tipo de armas, detrás de Camboya, y se calcula que uno cada 470 habitantes está mutilado como consecuencia de sus explosivos. Incluso, se estima que aún quedan 2.000 campos minados.

“Las minas eran colocadas en las calles, en las carreteras, a escondidas. Yo les tenía mucho miedo a eso, era muy peligroso. Si pisabas una de esas volabas por los aires. Cuando mis compañeros iban a una misión, mi mayor miedo era que volvieran muertos o destrozados. Había sacerdotes que llevaban enfermos que murieron. Esas son marcas que quedan de la guerra”, graficó Blanca.

Sobre la misión en particular, destacó que Angola ya contaba con una “evangelización primaria avanzada”, a punto tal de que en determinados lugares encontraron biblias en lengua nativa, libros de liturgia y cantos traducidos a lenguajes tribales, y en ese contexto “una de las luchas principales era mantener la esperanza de paz porque ellos, después de 30 años de guerra, ya no creían más en la paz. Vieron tanta muerte, tanta masacre y tanto engaño que estaban desesperanzados”.

El anillo de voto perpetuo que une a Blanca y a la congregación de Siervas del Espíritu Santo para la eternidad.

“Angola me abrió los ojos”

Para esta hermana misionera, Angola no solo fue tierra de desafíos y temores, sino también de alegrías y aprendizajes.

“La gente de allá es muy abierta, muy servicial, muy comunitaria. A nosotros siempre nos recibieron con cantos, bailes, banquetes de comida. Angola fue mi misión de más tiempo, la más desafiante y la más sufrida, pero también la más bonita, la que me realizó muchísimo y me abrió los ojos a muchas cosas. Nosotros no sabemos lo que tenemos acá (por Misiones), comenzando por el agua y la paz”, reflexionó Blanca.

La satisfacción además fue doble para la hermana, al ser testigo del fin de la guerra civil y del comienzo del proceso de desmovilización y desarme del pueblo angoleño. Durante esos años, por ejemplo, al fin pudo ver niños con guardapolvos yendo a la escuela disfrutando de la libertad.

También sintió que su trabajo estaba culminado al ver la formación adquirida por las hermanas nativas quienes, según ella, hoy continúan el trabajo de evangelización junto a otras misioneras que viajan permanentemente hacia las sedes africanas.

Hoy Blanca reside en el Convento Oasis del Espíritu, en Garupá, donde comenzó todo y está lista para emprender cualquier otra misión.

“Yo comprometí mi vida, en castidad, en pobreza y en obediencia a la misión. Cuando nos dan este anillo nosotros hacemos una promesa que es perpetua. Solo el Papa puede darnos el permiso de abandonar los hábitos, pero hay que escribirle”, explicó.

“Nuestra filosofía es que las chicas que vienen son libres para entrar y para salir, nadie está obligado. Me imaginé en ocasiones, pero realmente no me veo viviendo otra vida. Me encanta la misión y creo que todavía tengo cosas para aportar”, planteó.

Las últimas labores fueron en comunidades mbya del Cuña Pirú y Chaco, pero ahora se concentran en los barrios cercanos al convento o en el convento mismo, con los jóvenes como objetivo, transmitiendo valores vinculados a la familia, el estudio y el trabajo. De todas formas, Blanca sabe que en cualquier momento su misión puede estar en otro lado y su valija siempre está lista, más aún en estos días de octubre, período en el cual la Iglesia Católica celebra el mes de las misiones.

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Cristina Putkuri y la divulgación astronómica de la selva a las estrellas

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A pocos días de que, por primera vez en la historia, una misión tripulada por la Nasa sobrevolara la cara oculta de la Luna, sin aterrizar, a más de 400.000 kilómetros de la Tierra durante diez días, la astrónoma misionera Cristina Putkuri (35) compartió saberes y experiencias como antesala de un ciclo de charlas titulado “A cielo abierto”, del que participará una vez al mes en el Parque del Conocimiento.

Putkuri es licenciada en Física y doctora en Astronomía. Su interés comenzó a aflorar en sus ojos cuando contemplaba el cielo nocturno durante su infancia en una chacra ubicada a cinco kilómetros del casco céntrico de Ruiz de Montoya, a 120 kilómetros de Posadas.

En ese municipio cursó sus estudios primarios en la Escuela Provincial Nº 300 y luego continuó el nivel secundario en el Instituto Nuestra Señora de Itatí, de Capioví.

Como hija de agricultores, y nieta de quienes integraron el grupo de inmigrantes que fundó la Picada Finlandesa de Bonpland a Oberá en el año 1906, desde sus primeros años de vida tuvo un contacto muy cercano con la naturaleza y una conexión especial que años más tarde la llevó a estudiar los cuerpos celestes. “Desde muy pequeña me fascinaba observar el cielo y tuve la suerte de crecer en un entorno con noches oscuras ideales para hacerlo. Además, siempre sentí una gran inquietud por las ciencias exactas”, recordó durante una entrevista telefónica con La Voz de Misiones.

Se graduó en la Facultad de Ciencias Exactas, Naturales y Agrimensura (Facena) de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), meta que atribuye al esfuerzo y apoyo de su familia. Al hacer un repaso por su trayectoria, destacó: “Uno de los mayores logros fue ingresar a la carrera científica de Conicet, un camino largo y desafiante. Pasar de la vida en el ámbito rural a la ciudad ya representó un gran cambio, y atravesar la maternidad durante el doctorado fue otra gran prueba de resiliencia”.

Cuando cursaba la licenciatura y conoció por primera vez el observatorio, Complejo Astronómico El Leoncito, en San Juan.

En su reflexión, aludió a los desafíos de las “barreras” geográficas y de género aún presentes en la vida académica y profesional: “Producir ciencia de alto nivel siendo mujer y madre no es sencillo, pero es profundamente valioso. También considero un logro fundamental poder impulsar la astronomía en el Nordeste argentino, acercando esta disciplina a nuevas generaciones sin que tengan que migrar para formarse”.

“Y, por supuesto, cada descubrimiento cuenta. A veces, en la rutina de investigar y publicar —es decir, de comunicar nuestros resultados a la comunidad científica a través de artículos que denominamos “papers”— olvidamos lo extraordinario que es aportar conocimiento nuevo al universo”, advirtió.

En ese camino, hizo hincapié en la importancia de transmitir conocimientos sobre astronomía: “Cuando comencé a divulgar la astronomía volví a conectar con la fascinación que sentía de niña. Recordé lo maravilloso que es el universo. El conocimiento cobra verdadero sentido cuando se comparte. No solo en el ámbito académico, sino también con la comunidad, despertando curiosidad y generando nuevas vocaciones. Además el saber, enriquece enormemente a las personas”.

Astronomía desde el hogar

Durante la consulta, Putkuri dio ejemplos sobre cómo se aplican los conocimientos de la astronomía en el día a día de un ciudadano común: “La astronomía está presente en nuestra vida cotidiana más de lo que imaginamos. Por ejemplo, cuando queremos llegar a la casa de un amigo y nos envía la ubicación por GPS, estamos utilizando tecnología que depende directamente de la astronomía”.

El sistema GPS funciona mediante una red de satélites que orbitan la Tierra y envían señales extremadamente precisas. Para determinar la posición, se mide el tiempo que tarda la señal en llegar, lo que permite calcular distancias con gran exactitud, aplicando conceptos como el movimiento de los cuerpos en el espacio y sistemas de referencia celestes”, añadió.

“Otro ejemplo es el pronóstico del clima, que se basa en satélites que observan la Tierra desde el espacio. Incluso algo tan cotidiano como el calendario tiene su origen en el estudio del movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Por otra parte, muchas tecnologías desarrolladas para la astronomía —como detectores extremadamente sensibles utilizados en telescopios para captar luz muy débil— se aplican hoy en medicina, por ejemplo en cámaras de diagnóstico y sistemas de monitoreo”, explicó.

La astronomía no solo nos permite entender el universo, sino que también sostiene gran parte de la tecnología que utilizamos a diario”, enfatizó.

Desde el Telescopio Gemini Sur, en Chile. Se caracteriza por un espejo principal de 8.1 metros de diámetro.

Agenda 

¿Cómo nace un científico? es el interrogante con el que invita a participar de la charla titulada Astronomía. De la selva a las estrellas, en el marco del ciclo “A cielo abierto”, con el que brindará encuentros una vez al mes. A su vez, anticipó que producirán un corto para presentar el hito histórico que marcó el viaje espacial protagonizado por el Artemis II y sus tripulantes.

Por alguna razón, este proceso suele percibirse como algo lejano o misterioso, cuando en realidad puede surgir de experiencias muy simples, como mirar el cielo”, anticipó la astrónoma que abordará su recorrido y su trabajo, para luego realizar observaciones astronómicas.

El espacio de divulgación, conocido como Café Científico, está dirigido a la comunidad en general, tanto niños como jóvenes y adultos, con el objetivo de motivar e invitar a descubrir que “existen muchos caminos posibles hacia la ciencia”.

Trayectoria

A los 17 años, al finalizar la escuela secundaria, Cristina Putkuri se mudó a la ciudad de Corrientes para estudiar Ciencias Físicas en la Facultad de Ciencias Exactas, Naturales y Agrimensura (Facena) de la Universidad Nacional del Nordeste (Unne).

Allí se graduó como licenciada en Física, habiendo realizado su tesis sobre un problema astronómico en colaboración con investigadores de la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas (FCAG) de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

En 2013, con 23 años, obtuvo una beca doctoral del Conicet que le permitió realizar el Doctorado en Astronomía en la UNLP. En ese período se desempeñó como docente en distintos niveles: en un profesorado de Física y Química de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CONSUDEC) y también en el ámbito universitario, en la Universidad Católica de La Plata (UCALP) y en la FaCENA (Unne).

Paralelamente, desarrolló tareas de investigación en el Instituto de Astrofísica de La Plata, donde continuó trabajando luego del doctorado como becaria postdoctoral, a través de becas de Conicet y de la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación.

Actualmente, es investigadora asistente (cohorte 2022, en proceso de alta) en el Instituto de Modelado e Innovación Tecnológica (IMIT), dependiente de Conicet y la Unne.

“Uno de mis principales desafíos es desarrollarme plenamente como científica, acercando la ciencia a la sociedad a través de la divulgación, y al mismo tiempo sostener mi rol como madre y esposa. A futuro, mi objetivo es consolidar un grupo de investigación en el IMIT que permita el crecimiento de la astronomía en la región. Con el tiempo, me gustaría incorporar colegas y expandir el trabajo hacia distintas áreas como astronomía extragaláctica, planetaria y cosmología”, concluyó Putkuri.

Cristina junto a su familia en el año 2022

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Nueve caídos misioneros, historias de coraje y heroísmo en Malvinas

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Malvinas

Entre los nueve soldados misioneros caídos en las Islas Malvinas, en 1982, hay dos nombres que destacan por su arrojo y valor a toda prueba: el teniente Roberto Néstor Estévez y el capitán Carlos Eduardo Krause.

De 25 y 34 años, Estevez y Krause, eran los de mayor edad y rango de los nombres que la tierra colorada inscribió en el memorial de la guerra por la recuperación del archipiélago usurpado por los ingleses en 1.833. Los otros siete, eran conscriptos, de 18 y 19 años; soldados rasos, que cayeron luchando contra el enemigo, en condiciones muchas veces extremas y solo balanceables a fuerza de valor. Sus nombres están en el Monumento a Malvinas, en la Costanera de Posadas. Y cada uno tiene su calle, su plaza, su placa, en los pueblos misioneros que los vieron convertirse en héroes.

El teniente Roberto Néstor Estevez y el capitán Carlos Eduardo Krause.

Cuerpo a cuerpo

Roberto Néstor Estevez era posadeño. En 1982, ostentaba el grado de subteniente de Infantería del Ejército Argentino. Se había graduado de oficial en el Colegio Militar de la Nación, en octubre de 1978.

Estevez pisó Malvinas el mismo 2 de abril, con las fuerzas de desembarco que llegaron a las islas a bordo del rompehielos ARA Almirante Irízar, en el que también iban otros misioneros, como el veterano de guerra Rodolfo Ramírez, entonces de 17 años, que servía en el Batallón de Artillería de Campaña N° 1 como jefe de pieza de un obús de 105 milímetros.

Según los testimonios de soldados que sirvieron bajo su mando, Estevez era un hombre tenaz, decidido, determinado, solidario con los suyos. Cuentan que dormía en el mismo pozo de zorro que sus hombres y siempre se aseguraba de que hubiera comida y abrigo para todos.

“Era un jefe que iba adelante”, que “nunca daba una orden que él no estuviera dispuesto a cumplir”, recuerda el soldado Sergio Daniel Rodríguez, en un video disponible en Youtube.

Rodríguez, que estaba estaba junto a Estevez cuando el misionero fue alcanzado por la ráfaga enemiga, relata emocionado en el video que su jefe, herido en piernas y brazos, seguía liderando la carga contra el avance de los ingleses en ese desolado paraje de la Isla Soledad, conocido como Pradera del Ganso o Goose Green, un asentamiento dedicado a la cría de ovejas, helado y monótono.

El veterano cuenta que Estevez, incluso, llegó a ofrecerle su propio casco, para que se protegiera del fuego británico que arreciaba sobre las fuerzas argentinas. Instantes después, fue alcanzado en el pómulo derecho y murió.

Era el 28 de mayo de 1982. El héroe misionero conducía la Sección “Bote”, del Regimiento de Infantería 25, que tenía la misión de frenar a los ingleses, que habían desembarcado en la Bahía de San Carlos siete días antes y avanzaban hacia Puerto Argentino, ubicado a 90 kilómetros.

El mando inglés había calculado un blitzkrieg, confiado en la superioridad de recursos y profesionalidad de sus fuerzas, pero se encontró con el arrojo de los pilotos argentinos, que desataron un infierno sobre la flota enemiga; y en tierra, los royal marines enfrentaron la encarnizada resistencia de Estevez y sus hombres.

Fueron 36 horas de lucha. En Pradera del Ganso, el enemigo perdió a su oficial de mayor rango en la guerra, el teniente coronel Herbert Jones, jefe del 2.º Batallón de Paracaidistas británicos.

Relata Marcelo Larraquy, periodista, escritor y autor de varios libros sobre Malvinas, que el oficial británico “iba al frente de un pelotón de quince hombres” y que “después de más de ocho horas de combate, decidió́ enfrentar el fuego que partía desde las trincheras argentinas y mantenía inmovilizadas dos, de sus cuatro compañías”.

“Jones quiso tomar los nidos de ametralladoras por asalto, en una muestra de arrojo y exceso de confianza. Una loma le impidió́ ver uno de los nidos, y, desde veinte metros a su izquierda, recibió́ una ráfaga de ametralladora”, escribe Larraqy.

Dice que el oficial inglés intentó tomar su granada, pero otra certera ráfaga lo alcanzó a la altura de la cintura. Jones volvió a sacudirse y ya no se levantó.

“Rayo de sol ha caído”, transmitió el radio operador inglés, cuenta Larraqy y sostiene que “la noticia causó estupor y confusión en las filas británicas” y que un helicóptero que intentó recoger su cuerpo “fue abatido por un Pucará”.

Estevez dejó dos cartas, que escribió antes de partir hacia las islas y llevó consigo durante toda la guerra: una para su novia, Marta Beatriz López, fallecida en 2011 y a quien conocía desde la infancia, y otra para su padre, Roberto Néstor Estévez.

Escrita en una hoja de cuaderno, la carta a su padre es un testimonio de honor, coraje y entereza.

Querido papá.

Cuando recibas esta carta yo ya estaré rindiendo cuentas de mis acciones a Dios Nuestro Señor. Él, que sabe lo que hace, así lo ha dispuesto: que muera en cumplimiento de mi misión. Pero fijate vos, ¡que misión! ¿no es cierto? ¿Te acordás cuando era chico y hacía planes, diseñaba vehículos y armas, todos destinados a recuperar las islas Malvinas y restaurar en ellas Nuestra Soberanía?

Dios, que es un Padre Generoso ha querido que éste, su hijo, totalmente carente de méritos, viva esta experiencia única y deje su vida en ofrenda a nuestra Patria.

Lo único que a todos quiero pedirles es:

1) que restauren una sincera unidad en la familia bajo la Cruz de Cristo.
2) que me recuerden con alegría y no que mi evocación sea la apertura a la tristeza y, muy importante.
3) que recen por mí.

Papá, hay cosas que, en un día cualquiera, no se dicen entre hombres pero que hoy debo decírtelas: Gracias por tenerte como modelo de bien nacido; gracias por creer en el honor; gracias por tener tu apellido; gracias por ser católico, argentino e hijo de sangre española; gracias por ser soldado, gracias a Dios por ser como soy y que es el fruto de ese hogar donde vos sos el pilar.

Hasta el reencuentro, si Dios lo permite. Un fuerte abrazo. Dios y Patria ¡O muerte!

Roberto”.

Estevez fue ascendido a Teniente post-mortem y se le confirió la Cruz al Heroico Valor en Combate. Fue el único soldado misionero caído en la primera gran batalla terrestre de la guerra en el Atlántico Sur, que los analistas militares, argentinos e ingleses, coinciden en señalar como una de “las más duras y sangrientas”, porque “se peleó cuerpo a cuerpo y pozo por pozo”.

“Vuelos locos”

Carlos Eduardo Krause era oriundo de Oberá, hijo de maestros rurales. Dejó la Capital del Monte de niño y se mudó a Posadas, donde completó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Roque González, y después partió hacia Córdoba, a la Escuela de Aviación Militar, para cumplir su sueño de convertirse en piloto de guerra.

El 1 de junio de 1982, el héroe obereño iba de copiloto del Hércules C-130, matrícula TC-63, indicativo “Tiza”, de la Fuerza Aérea Argentina, en una misión de exploración y reconocimiento marítimo al norte del Estrecho de San Carlos.

Se trataba de misiones extremadamente peligrosas, casi suicidas, que los mismos pilotos habían bautizado en sorna como “vuelos locos”, porque el Hércules es un avión de transporte, una bestia lenta y desarmada.

Volaban al ras del agua esa mañana. Las olas golpeaban, por momentos, el fuselaje. Era la única manera de evitar ser detectados por la flota enemiga, que a esa altura de la guerra había ya tendido un cerco en torno a Malvinas. A las 10:25, el avión apareció como un destello en el radar de la fragata inglesa HMS Minerva, y minutos después fue interceptado por una patrulla de aviones Sea Harrier, liderada por el oficial Nigel Ward.

El primer misil enemigo falló, pero el segundo impactó en el ala derecha, entre los motores. Hubo un incendio, pero el avión siguió en el aire, por lo que el piloto británico se acercó y vació sus cañones de 30 mm, y el Hércules de Krause se precipitó al mar.

Junto al misionero, murieron el vicecomodoro Hugo Meisner, el capitán Rubén Martel y cuatro suboficiales.

Por su valentía, Krause fue ascendido post-mortem al grado de Mayor y declarado Héroe Nacional.

Los otros siete héroes misioneros de Malvinas son: Orlando Illanes, Martín Odilio Maciel, Miguel Ángel Meza, Saturnino Sanabria y Miguel Ángel Sosa, caídos el 2 de mayo de 1982, en el ataque del submarino inglés Cónqueror al Crucero ARA General Belgrano; y José Luis Ríos y Alfredo Gregorio, que murieron en combate el 14 de junio, el último día de la guerra.

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Migró en 2001, milita en PT de Lula y regulariza misioneros trabajando en Brasil

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En plena crisis de 2001 y ante la falta de empleo en su pueblo natal, El Soberbio, Marcelo Do Nascimiento tomó una decisión que cambiaría su vida: emigrar a Porto Alegre, Brasil. Tenía 17 años. Allí continúo sus estudios, se formó profesionalmente y encontró en la militancia política un camino para transformar su historia personal y la de otros trabajadores.

En Misiones nunca hubo empleo suficiente para la juventud. Primero vino una hermana mía y después vine yo”, recordó Marcelo en conversación telefónica con La Voz de Misiones. En Brasil comenzó a estudiar y a trabajar, mientras seguía de cerca el escenario político del país.

La llegada al poder de Luiz Inácio Lula da Silva en 2003 fue un punto de inflexión para el misionero. Inspirado por su historia de vida, Marcelo decidió orientar su formación hacia la industria metalmecánica y sumarse a la militancia en el Partido de los Trabajadores (PT).

Ingresó al PT en 2006, se incorporó al sector metalúrgico en 2008 y, dos años después, al sindicato. Su trayectoria fue en ascenso: participó de encuentros nacionales, ocupó cargos partidarios y sindicales, y tuvo su primer encuentro personal con Lula en 2012. “Vengo de una familia muy pobre del interior de El Soberbio. Meterme a militar fue para luchar por los derechos, para mejorar mi vida y la de mis compañeros“, afirmó a LVM.

Y añadió: “La militancia siempre surge desde ese lugar; difícilmente provenga de alguien que viene de una familia acomodada y decide militar en un partido que lucha por los derechos de los trabajadores”.

Condiciones dignas

Actualmente, Marcelo se desempeña en el Ministerio de Trabajo de Brasil, donde está a cargo de un área clave en un escenario marcado por el éxodo de trabajadores rurales. En los últimos años, la falta de empleo y los bajos salarios impulsaron a cientos de argentinos -principalmente de Misiones- a emigrar a Brasil en busca de mejores oportunidades laborales. En ese contexto, su función se centra en la regularización de extranjeros que cruzan la frontera para trabajar, un rol estratégico para garantizar derechos laborales y condiciones formales de empleo.

En ese marco, explicó a este medio que el trabajo no se realiza de manera aislada, sino en articulación con la ministra de Trabajo de Misiones, Silvana Giménez.

“Nosotros estamos haciendo un trabajo con el ministerio de Trabajo de Misiones. La ministra está hablando con nosotros porque queremos que los jóvenes, o cualquier argentino que salga de Misiones, ya venga con su documentación al día”, señaló Marcelo. En esa línea, enfatizó que el objetivo es agilizar los trámites y garantizar que los trabajadores ingresen al mercado laboral brasileño de forma legal, con todos sus derechos desde el primer día.

Según detalló, uno de los principales problemas es la falta de documentación con la que ingresan muchos migrantes, que llegan a Brasil sin un trabajo previo y sin la documentación formal necesaria para desempeñarse laboralmente. “Si no ingresan de manera legal, no pueden tramitar el CPF, que es el documento más importante de Brasil, equivalente al DNI argentino, el que permite acceder al trabajo formal y a derechos básicos”, ejemplificó.

Por ese motivo, el área trabaja de manera articulada con autoridades de Misiones, la Policía Federal y la Receita Federal para coordinar y facilitar los trámites necesarios, con el objetivo de prevenir situaciones de informalidad o explotación laboral.

“En 2023, cuando Lula asumió nuevamente, encontramos numerosos casos de trabajo esclavo, incluso con argentinos en esas condiciones. Por eso estamos muy comprometidos con que todos estén regularizados y accedan a sus derechos”, remarcó.

Además, mencionó que recientemente visitó una empresa de Santo Ângelo, que contaba con 1.300 empleados, de los cuales 170 eran argentinos.

Volver a las raíces

Marcelo comenzó a trabajar desde muy chico. “Me acuerdo bien. Desde chico laburaba en la chacra y después, a los 12 años, trabajé en una panadería. Por eso tengo muy presente de dónde vengo”, relató.

Esa experiencia marcó su recorrido personal y político, y explica el fuerte vínculo que aún mantiene con su tierra natal. “Siempre que puedo vuelvo a El Soberbio. Uno nunca debe olvidarse de dónde vino, de sus amigos, y también tiene que luchar para que otros no pasen por lo mismo que uno pasó“, expresó.

De su última visita a Misiones, a un encuentro de productores en Corpus, dijo haberse encontrado con un panorama desalentador.

“Si comparo Argentina con la época en la que me vine, estaba mejor que ahora. Estuve en Misiones hace poco y sentí que la situación está muy mal. En aquel momento no había trabajo, como hoy, pero me da la sensación de que ahora todo está peor”, opinó Marcelo y contó que muchos productores le manifestaron su preocupación por la falta de empleo y la pérdida de derechos.

Al contrastar esa realidad con la situación laboral en Brasil, sostuvo que el escenario es distinto.

“Brasil está mejor que cuando yo vine. No era fácil: el desempleo estaba cerca del 12% y hoy ronda el 4,6%. Hay pleno empleo, el salario mínimo subió y tenemos más derechos. Eso mejoró mucho, sobre todo para los jóvenes que llegan a trabajar”, señaló y, en esa línea, remarcó que mientras en Brasil se debate reducir la jornada laboral de 44 a 40 horas semanales, en Argentina observa un fuerte retroceso en materia de derechos laborales.

A pesar de los años y la distancia, Marcelo insiste en no perder de vista sus orígenes. Desde su rol actual, busca que quienes emigran lo hagan en condiciones dignas. Esa mirada se apoya también en su formación profesional: cuenta con estudios técnicos en metrología, cálculo técnico y dibujo, y es licenciado en Gestión Pública.

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