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La casta judicial: la feria y el ciudadano invisible

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Por: Fernando Oz

@F_ortegazabala

 

La reciente controversia en torno a la feria judicial me resulta una película conocida. ¿Saben qué? Si en el país existen castas, el Poder Judicial del Cantón bien podría encabezar la nómina. Los jueces gozan de beneficios que harían sonrojar a cualquier monarca: inamovilidad en el cargo, horarios flexibles, licencias generosas; la mayoría de ellos disfruta de excepciones impositivas, además de un poder de fuego institucional que les permite, entre otras cosas, blindarse ante críticas externas. Los conozco.

La feria judicial, que este año suma unos 52 días, es la muestra más acabada de una tradición corporativa que se resiste a los vientos de cambio. Y, como si fuera poco, el Superior Tribunal, con la Acordada 172/25, redujo el horario de atención durante la feria a tres horas diarias. Un récord de productividad, si usted lo mira con los ojos de la ironía.

El primero que me contó los ritos y privilegios de esa casta pulcra e inamovible fue el doctor Luis Vicente Thomas, el Negro Thomas para quienes tuvimos la suerte de estar entre sus amigos. Sucedió a principios de 2003: él presidía el Colegio de Abogados y quien suscribe corría para la escudería de Misiones On Line. Había ido a golpearle la puerta a pedido de un mentor que tuve de joven. Cuando me hizo pasar, fui al grano y le expliqué que Marcelo Almada me había asignado la sección de Judiciales y que necesitaba aprender el paño. El Negro encendió un cigarrillo y, con la paciencia de los grandes maestros, me enseñó cómo traducir un expediente judicial al vulgo, sin necesidad de pasar vergüenza frente a los doctos del derecho.

El resto lo aprendí gastando suela de zapatos por los pasillos de los tribunales de Comodoro Py, de la avenida de Los Inmigrantes o los de la calle Talcahuano, entre otros tantos. Compré diccionarios jurídicos, códigos, hasta tratados, todo para entender el expediente de cualquier fuero. Pero lo que más me interesaba era intentar comprender el pensamiento de las partes del proceso, especialmente las de su señoría. Lo que intento decir es que llevo más de dos décadas hablando con magistrados de todas las instancias, fiscales, defensores y con cada miembro del engranaje, incluyendo sus operadores. Sé lo que les digo.

Y aunque mi primo el juez se enoje y mis compañeros de promoción que usan toga no me saluden para estas fiestas, les voy a decir que no hay épica en la burocracia. Y menos todavía en la que, desde un aire acondicionado y un sillón bien tapizado, mira por encima del hombro al mundo real. No exagero.

Volviendo a la controversia, es lógico que el Colegio de Abogados —la única voz que parece recordar que el Poder Judicial, aunque a veces lo olvida, es un servicio público— haya puesto el grito en el cielo. Pide acortar la feria, ampliar los horarios, que la justicia funcione como debe funcionar: para las personas. No para los expedientes muertos ni para la comodidad de quienes confunden la función con el privilegio. Y hace bien el Colegio en reclamar. Porque, como marca la Constitución provincial, integra el Jurado de Enjuiciamiento, tiene el deber y el derecho de ser contrapeso y actor crítico. Sin ese rol, la casta judicial sería aún más blindada, más hermética, más tentada de perpetuarse. ¿Será por eso que quieren eliminar los colegios a nivel nacional?

Y es que los jueces en Misiones, a menos que una tormenta política decida lo contrario, permanecen en sus cargos hasta la jubilación. Nadie los mueve. Nadie los incomoda. La estabilidad es virtud, dicen, pero cuando deviene en inercia, se transforma en obstáculo. Porque el Poder Judicial, no lo olvidemos, es el único que puede privar a las personas de sus derechos más esenciales: la libertad, la propiedad, la dignidad. No es poca cosa; es por eso que sobre sus espaldas pesa una exigencia superior: legalidad, diligencia, transparencia, publicidad de los actos.

El gremio judicial, por su parte, defiende lo suyo con argumentos que no carecen de lógica: descansar para no enfermar, evitar el estrés, preservar la salud y la continuidad del servicio. Nadie pide jueces exhaustos ni empleados derrumbados. Pero hay un límite: la justicia no puede ser un castillo amurallado donde solo importa el bienestar de quienes lo habitan y el ciudadano espera afuera, empapado y sin respuestas. La experiencia enseña que ampliar horarios no resolvió nada, que el sistema está atrasado, que se requieren reformas profundas: digitalización, agilidad, procesos modernos, y no más días de fiesta.

Las demandas salariales no son un capricho. El deterioro económico es real, los empleados judiciales la pasan mal, los contratos son una trampa de inestabilidad. El reciente reclamo de aumento no es solo una cifra, es un reflejo de la crisis que cruza todo el Estado. Pero el remedio no puede ser clausurar el servicio o aislarse en la burbuja de los propios problemas. Porque la justicia, repito, es para las personas, no para sí misma.

El Poder Judicial, a veces tan rápido para blindarse, se muestra lento para autolimitarse y abrirse a la crítica. Cuando la prensa molesta, la reacción es el cerrojo, la cautelar, el bozal —como en Tucumán—. Pero la libertad de expresión es el oxígeno de la democracia y todo intento de cercenarla huele a prebenda mal digerida, a miedo a la luz. Si la justicia quiere respeto, debe dar ejemplo. Si quiere independencia, que la ejerza con transparencia.

Misiones, como tantas otras provincias, pide a gritos una reforma judicial seria, que involucre desde la digitalización total de los expedientes hasta una revisión profunda del sistema de enjuiciamiento. El modelo actual es un engranaje oxidado que solo gira cuando la casta lo permite. Ya es hora de cambiar.

El ciudadano, al final, es el gran ausente y el verdadero destinatario. Merece una justicia bien paga, sí, pero sobre todo merece una justicia que funcione como la de cualquier país serio. El Superior Tribunal debe entender que la ley no es excusa para el privilegio, sino mandato de ejemplo.

En suma, la cuestión de la feria judicial en Misiones es el síntoma de una enfermedad mayor: la casta judicial y su resistencia. Los reclamos sectoriales revelan la necesidad de discutir en serio el servicio de justicia, de abrir el juego al control ciudadano y de exigir transparencia. Un Poder Judicial bien remunerado pero sometido a reglas claras y exigentes debe ser el norte. La modernización no es una opción: es una obligación. El Colegio de Abogados, en su rol crítico, debe seguir incomodando, denunciando y exigiendo. Los periodistas debemos resistir la tentación del silencio. Y los ciudadanos, jamás resignarse.

Opinión

Mandar sin saber comandar: Malvinas y un helicóptero listo para Milei

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Por Fernando OZ

@F_ortegazabala

 

Hay un síntoma inconfundible en la decadencia de los gobiernos: el momento exacto en que la ostentación del poder formal intenta suplir la ausencia dramática de autoridad moral. Es la brecha insondable que separa a la potestas —el cargo legal, el sello oficial, la potestad conferida por un boletín institucional— de la auctoritas, ese ascendiente natural e indiscutible líder, digamos el que puede mirar a los ojos a su pueblo sin necesidad de un cordón policial ni de francotiradores en los balcones.

Ocurrió el otro día en la turística ciudad de Puerto Iguazú, en la zona denominada 600 Hectáreas —un pulmón verde donde la trata y el narcotráfico conviven entre los hoteles de cinco estrellas—. Allí fue donde Javier Milei hizo una demostración perfecta de lo que la ciencia militar y la filosofía política llaman, sencillamente, mandar sin saber comandar.

Llegó envuelto en el aparato burocrático de la fuerza y lo que debía ser la presencia firme de un jefe de Estado se convirtió en un sainete de fuerzas de seguridad de todos los colores distribuidos en un anillo de siete retenes, camionetas blindadas, sirenas nerviosas y hasta un helicóptero para transportarlo. Todo este despliegue, esta parafernalia digna de una potencia ocupante en territorio hostil, no era para contener a las legiones de Aníbal a las puertas de Roma.

Era para esquivar a un puñado de productores yerbateros arrepentidos de haberlo votado, acompañados por tareferos golpeados por la desregulación y otros pocos militantes sociales y gremios del estado, que esperaban al costado de la ruta con camiones viejos, algunos tractores y pancartas al aire. No importa si se fue por tierra o en helicóptero: se esconde.

A duras penas unas ochocientas personas —la mayoría sin ganas de cortar rutas y empujadas por el clan Peterson, con el exdiputado renovador Julio Peterson a la cabeza, un yerbatero con alma de botón que pedía a gritos a la Gendarmería que sacara de la manifestación a tres mujeres militantes sociales que pretendían cortar la ruta para dejar afuera tanto oportunismo político—. La cuestión de fondo es que, más allá de la escuálida protesta, la breve visita del mandatario vuelve a demostrar que Milei carece de liderazgo: apenas tiene el ‘mando’, un poder efímero que se sustenta, básicamente, en lo que dure la tinta de una lapicera.

Ahí reside el núcleo del asunto. El verdadero líder —aquel que ostenta lo que los estoicos llamaban el gobierno sobre sí mismo para sostener el peso de la responsabilidad colectiva, o el que ejerce el Mission Command en la vanguardia— no se esconde en el aire ni se parapeta tras un pasillo blindado de fuerzas federales frente a un grupo de personas irritadas. El gobernante que posee comando’ baja de la camioneta, camina hasta el primer tractor, escucha la bronca, aguanta el chaparrón con templanza ejerce la pedagogía de la autoridad. Un líder natural, en el sentido más noble de la tradición clásica y de la doctrina operativa, no huye de la fricción social; la asume como la materia prima de la política.

Mandar es fácil: basta una firma, un nombramiento o el respaldo del poder real. Lo difícil es lo que enseñaba André Gavet en su viejo manual de finales del siglo XIX: El arte de mandar reside en la persuasión, en el ejemplo y en la capacidad de conectar con la naturaleza humana del subordinado o del ciudadano. Cuando el mando no tiene comando, se refugia en la fuerza bruta, en el cerco mediático y en la huida.

La obra de Gavet es fundamental en la literatura militar: trasciende lo puramente táctico para adentrarse en la psicología del mando y la sociología del soldado. Les aseguro que es una auténtica joya porque formaliza el paso del militarismo prusiano o rígido hacia una doctrina de liderazgo basada en la empatía estratégica, el respeto mutuo y la cohesión de grupo. Lo leí a los dieciocho años junto a otro texto más breve titulado Ejercicio del mando, cuando un capitán de apellido Soto me ordenó hacerlo para dar una clase a los cadetes de cuarto año. Durante todo un cuatrimestre, estuve dando en el aula ‘Mando y comando’.

Hoy, mirando en retrospectiva y trazando ese mismo paralelismo, les diría a aquellos cadetes que esta semana en Misiones vimos a un presidente incapaz de recorrer el bucle OODA ante la menor brisa de conflicto social. Incapaz de Observar el país real que cruje bajo las medidas de sus técnicos; de Orientarse en la selva social sin caer en el pánico del asedio; de Decidir otra cosa que no sea el parapeto o el aplauso fácil de la claque propia; y, en definitiva, de Actuar como un verdadero jefe de Estado frente a la adversidad.

Porque tras eludir la protesta, el mandatario fue a refugiarse en el aplauso previsible y entusiasta de la Escuela de Dirigentes de su propio partido en el Iguazú Falls, un entorno endogámico de militantes enfervorizados que saltaban para las fotos de redes sociales en el hall del resort. Un espectáculo triste y revelador: huir de la realidad de los que producen la tierra para buscar el calor dopamínico de los que le adulan.

Esta falta de volumen político y de ‘comando’, esta incapacidad para encarnar un liderazgo abarcativo que ordene el caos sin esconderse, provoca consecuencias previsibles en el tablero de la política nacional. Entonces, no se les ocurren otras cosas más que humo; y cuando un gobernante carece de la templanza para encarar la realidad objetiva y se muestra impotente ante el menor conflicto cotidiano, suele recurrir a una estratagema viejísima, tan gastada como eficaz en los manuales de la política más ramplona: la búsqueda de una causa sagrada que tape las vergüenzas de la gestión.

No es una casualidad que, a las puertas de un año electoral y con las encuestas mostrando las grietas de la gestión económica, un Gobierno vuelva a agitar con vehemencia la bandera de las Islas Malvinas. La causa nacional, la memoria de los caídos y el reclamo soberano —que deberían ser tratados con la gravedad, el respeto y la sobriedad que exige la historia— son convertidos de pronto en un artefacto de pirotecnia para recuperar la centralidad política perdida. Se echa mano del patriotismo de utilería para tapar el ruido de los tractores en Misiones, la recesión en las provincias y la incapacidad de construir un proyecto compartido que vaya más allá de la bravata de red social y el ajuste fiscal sin anestesia.

Además, yo no sé qué opinarán ustedes, pero los libertarios no estarían comprendiendo que la verdadera defensa de la soberanía exige un país cohesionado, una economía sólida y una conducción que ejerza el mando con la dignidad de quien no teme pisar el barro de cada rincón del país.

Argentina atraviesa hoy esa dolorosa anomia. Hay un organigrama que emite decretos, hay ministerios, hay un despliegue vistoso de fuerzas de seguridad y hay un Presidente que viaja en avión oficial; es decir, hay ‘mando’. Lo que no hay, ni se le espera por ahora, es ‘comando’. Falta la voz serena que nombre el caos sin insultar, la figura capaz de ponerse al frente de la colmena —como quería Marco Aurelio— para recordar que lo que daña a la comunidad no puede beneficiar a nadie.

 

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Opinión

Cuando la agenda pasa por decidir quién tiene la llave del portón trasero

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Por Fernando Oz

@F_ortegazabala

 

Y todavía tienen el tupé de enojarse cuando les enrostran la verdad en un mísero tuit. Es que no hace falta más: se pegan solos, a la vista de todos, en vivo. Un buen ejemplo es la Cámara de Representantes de Misiones, convertida en un esperpéntico programa de streaming, donde la política ha descendido al nivel del sainete. Mientras tanto, allá afuera, en la Misiones real —donde el hambre no entiende de reglamentos ni de fueros— hipotecamos el futuro de nuestras infancias.

Observen el panorama. Leo en las crónicas parlamentarias que escriben mis colegas que los honorables representantes del pueblo están enfrascados en una contienda de vital importancia estratégica para el Cantón: la ubicación de una banca y el derecho a un estacionamiento exclusivo.

¡Qué osadía! Quisiera poner un emoticón, el de los ojos grandotes. Ahí lo tienen: el diputado Juan José Szychowski, alzando la voz con celo republicano digno de mejor causa, clamando contra los privilegios de Carlos Rovira, construidos y fortificados por su propio partido durante años. Pero, además, lo sostuvo con el visto bueno de sus socios políticos y del voto popular.

Ahora, los diputados se lamentan agriamente porque el chofer del hombre del cuadrito que todos tenían en sus despachos bloquea un pasillo trasero, porque hay un portón con candado que solo abre para el Ingeniero, el Driver, el Conductor. Todo un papelón porque las huestes del oficialismo y sus disidencias no pueden transitar alegremente hacia el patio. Se disputan los metros cuadrados como perros de presa peleando por la piltrafa.

Discuten si la banca de un diputado entorpece la cohesión de un bloque de dieciocho legisladores o si ingresan por la puerta principal pasando por el escáner como el resto de la tropa. Y para aderezar la tragicomedia, irrumpen las denuncias de amenazas de pasillo, mentiras por redes sociales y regateos miserables por el tablero electrónico de votación. Se dan cuenta de lo que estamos hablando: es el sainete de la mediocridad. La política convertida en una rencilla de consorcio.

Lo del jueves pasado me trajo a la memoria cuando, hace unos meses, sin que se le caiga la cara de vergüenza, el diputado Walter Ríos se quejaba frente a las pantallas de Canal 4 porque su bloque matrimonial no tenía auto ni personal —dígase contratos— y porque pasaban los días y no se materializaba lo “pactado”. Como si fuese poco, condicionó su voto y el de su esposa durante el tratamiento del Presupuesto. La solapada extorsión la hizo en el sillón del plató del Licenciado Ariel Sayas.

Pero salgan del recinto, crucen la puerta que con tanto celo custodian los choferes y los guardias de civil, y miren la realidad que los datos oficiales de Unicef arrojan a la cara con la violencia de un bofetón. Misiones, donde vivo y nacieron mis hijos, es la tercera peor provincia argentina para nacer. No es una metáfora literaria ni un adjetivo caprichoso; es la gélida y despiadada precisión de los números del Índice Provincial de Niñez. Un desolador 0,52 en la escala de la dignidad infantil.

Señoras y señores diputados, que nacer en Misiones no sea jugar a la ruleta rusa con el futuro. Hoy es pertenecer a un territorio donde los indicadores de educación raspan el fondo de la olla nacional con un vergonzoso 0,33.

El índice de Unicef junta en una sola medida lo que antes mirábamos por separado: condiciones materiales, educación, salud y violencia. Cuatro dimensiones. Un diagnóstico. Una escala de 0 a 1. Valores más altos: mejores condiciones relativas. Valores más bajos: mayores desafíos.

No hay margen para el autoengaño: los números no perdonan. Un mapeo donde el país aparece como lo que es: una geografía de oportunidades desparejas, con algunas zonas donde la infancia parece una promesa y otras donde apenas es una supervivencia. En el extremo favorable, la siempre acaudalada Ciudad de Buenos Aires y la Patagonia petrolera se acomodan arriba: Tierra del Fuego (0,82), CABA (0,80), Neuquén (0,76), Chubut (0,73), Río Negro (0,72). En el otro extremo, el Norte se concentra como si alguien hubiera trazado una línea con regla: Formosa (0,34), Chaco (0,43), Misiones (0,52), Corrientes (0,53) y Santiago del Estero (0,56).

Misiones, entonces, está “mal” en el ranking general. No es un castigo: es un espejo. Y los espejos, cuando duelen, son útiles. ¿Se puede discutir ese “ranking”? tal vez puede discutirse el método, el peso relativo de cada indicador, el corte de variables. Pero lo que no se discute es la idea central: hay provincias donde la infancia recibe menos oportunidades, y el Estado—central y provincial—no puede seguir actuando como si todos arrancaran desde la misma línea.

Y a estas alturas no me creo que la única solución sea bajar los impuestos y achicar el Estado. Hay que poner mano dura, pero sobre la burocracia estatal y la casta política. Pero volvamos al índice que fue publicado por varios medios en la semana.

En condiciones materiales no estamos mal, pero figuramos entre los que ofrecen peor partida: el índice educativo sí lo marca con crudeza; en educación tenemos 0,33, detrás de Formosa (0,26) y Chaco (0,27), y por delante de Tucumán (0,37). Es decir: el acceso, la permanencia, la calidad y la conectividad—incluida la posibilidad real de usar tecnología—tienen en Misiones un techo demasiado bajo para lo que nos deberíamos permitir. En salud estamos con 0,47, peor que la Ciudad de Buenos Aires (0,60) y por debajo de provincias como Neuquén (0,76) o Tierra del Fuego (0,72). El tema Violencia estamos 0,60, lejos de las mejores (La Pampa 0,98; CABA 0,97; Tierra del Fuego 0,96).

También hay que destacar que Unicef observa una evolución entre 2016 y 2025, donde Misiones aparece con un matiz que no conviene despreciar: mostró avances importantes. De hecho, el informe señala que entre las provincias con mejor progreso durante la última década estuvieron Chaco (el mayor avance), y luego Salta, Misiones y Entre Ríos.

Misiones, entonces, está en una encrucijada doble. Por un lado, hay motivos para mirar con cierta esperanza: la evolución de la última década muestra que se puede avanzar incluso desde condiciones complejas. Por el otro lado, el índice 2025 pone sobre la mesa que todavía no alcanza. Que seguir con el mismo modelo es una forma de abandono.

El problema no es únicamente económico. Es político, sí: porque decidir presupuestos y sostener políticas de Estado no debería ser una casualidad ni un accidente de la vida como los que ocupan algunas bancas. La cuestión es que mientras nuestros legisladores lloriquean porque no los dejan usar el estacionamiento VIP o porque un rival no cede la silla, hay gurises que inician su vida condenados por el mero azar de la geografía.

Con qué impudicia se miran el ombligo en sus salones acondicionados mientras los docentes y jubilados claman en las puertas de la Legislatura. Misiones se debate entre privaciones estructurales y brechas territoriales insalvables, pero la agenda parlamentaria pasa por decidir quién ostenta la llave del portón trasero.

Díganme si no hay espectáculo más indignante que el de los pequeños tiranos peleándose por las migajas del poder en un barco que naufraga. Lo que está sucediendo en la Cámara de Representantes es un reflejo de lo que ocurre en todo este bendito país. Es la tragedia de la Argentina: una clase política desconectada de la sangre y el barro, jugando a las intrigas de palacio mientras condenamos a los más jóvenes —esa única patria verdadera— a que se hundan en la miseria de la periferia. Que sigan discutiendo las bancas, que continúen midiendo sus egos en los pasillos; la historia y los gurises a los que les dan la espalda no los absolverán.

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Tucán

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Augusto Daniel González

 

Tengo una calco de Emitur. Un tucán me recuerda un pedazo de historia. Pegado en un placard, como se hacía antes, con otras tantas que, ahora veo, todas tienen historia.

Están en la casa de mis viejos, en la pieza que fue mía y después de mi hermano y por eso, surge una primera confusión; algunas estoy seguro que son mías, que las pegué yo, otras seguro que fue él y otras que no sé, y uso los años para deducir quien las pegó. Y uso lo de los años porque podían haber sido pegadas por cualquiera de los dos si miro el contenido.

Hay una de la Franja, una de La Plata, una de Fredy, hay dos de Fredy en realidad, una de Storani y una de Fredy Sport, una del Centro de Estudiantes de Derecho, una de Quilmes, una de un boliche de Bariloche, una de Xanadú, una con la bandera de Paraguay, una del Encuentro Nacional, (aquel bello frente que disputó la presidencia del Paraguay), hay una de No se olviden de Cabezas, con su foto, una que dice Cacho – Moncho, Futuro Seguro; bueno esas, podrían ser de los dos.

De las mías seguro seguro, una que dice Dale Lobo (por Gimnasia, claro), una de Spinetta, una del Cometa Halley (en serio, tengo una del cometa Halley), una de Moncho Deportes, una de Discoteca Farola’s, una de El Estudio Bar, el de La Plata.

De él seguro, una de Sting, una de Phill Colins, una de España 82, una del programa de radio Dangerous, una de Selva Tur y una de Turismo Kurtz, una de Soda Stéreo, una de los Fabulosos y una de Fito.

Después hay varias, publicidades, marcas, etc., sin historia.

Ahora que veo, podría escribir sobre cada una de ellas.

Pero la de la Empresa Misionera de Turismo, tiene “un” algo, permanece ahí, superando el tiempo y contrariando las oleadas actuales de que todo es gasto. Emitur instaló definitivamente a la provincia como destino ineludible del país.

Debería tener una de Ñande Roga, de la Yerba Ñande Gente, una del primer Ministerio de Ecología del país, una del Sipted… en definitiva, del mejor gobierno de la historia de la provincia.

El concepto de Estado Eficiente en el que Cacho creyó y se encargó de difundir, debería también recuperarse, no es la ausencia que se pregona desde la nación, ni es el acomodamiento personal que se efectiviza desde hace años en la provincia. Es el estado al servicio de la gente.

Yo estudiaba, y finalizando el primer gobierno democrático, soñábamos con una continuidad, una continuidad democrática, solidaria y progresista.

Nos preparamos para militar la fórmula CAPUTO – BARRIOS ARRECHEA. En La Plata, como seguramente en muchos lugares, daba gusto decir Soy Misionero, era toda una carta de presentación.

Pero venía el oleaje neoliberal, que arrasó con todo, con el país y con el continente; entonces, la opción partidaria fue otra más “pragmática”, más privatista, en definitiva, más de derecha.

Es contra fáctico, pero estoy convencido que el destino del país hubiese sido distinto si hubiésemos ido por ahí.

Algún día le voy a pedir a Cacho que me cuente que pasó con eso, con detalles.

Cacho anda por ahí, militando, sí, sigue militando, 92 pirulos y sigue.

Anda por ahí, respetado.

El tucán de Emitur, sin embargo, fue eliminado. Era demasiado importante para el que siguió gobernando después y se encargaron de tapar uno por uno los carteles de las rutas, en serio hicieron eso, recuerdo las tapadas desprolijas, a los pincelazos. Horrible tarea.

La Unión Internacional de Ornitólogos reconoce 43 especies de tucanes en cinco géneros. De estas 43 especies, 28 se encuentran en el nivel especie bajo preocupación menor, 5 en el nivel de especie casi amenazada y 1 está catalogada como especie en peligro de extinción.

La principal causa de que se encuentren en peligro de extinción se debe a la destrucción de su hábitat, la deforestación de las selvas, la contaminación ambiental, el crecimiento de las zonas urbanas y la biopiratería o la caza en su medio natural para ser mantenido en cautividad por zoológicos o particulares.

En definitiva, la especie humana.

En la Argentina hay cinco especies y en Misiones es la única provincia del país donde se pueden observar todas. Hermosa tarea.

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