Nuestras Redes

Opinión

La cultura, esa batalla

Publicado

el

 

Por: Osvaldo Mazal

@osvaldo.mazal

 

Un país con W de Walsh

El 25 de marzo de 1977, apenas cumplido un año del golpe cívico-militar del 76, Rodolfo Walsh envió por correo a diversos medios periodísticos y organizaciones de derechos humanos la que llamó “Carta abierta de un escritor a la junta militar”, en la que realizaba una descarnada descripción de la represión realizada por la junta en su primer año de gobierno. Secuestros, torturas, desapariciones, fusilamientos masivos, represión en fábricas, campos de concentración en todo el país, cadáveres que aparecían en el Río de la Plata… Una aceitada maquinaria asesina cuyo fin, sostenía Walsh en su histórica carta, era una transformación de la Argentina a favor de los intereses económicos más concentrados. Ese mismo 25 de marzo Walsh, dirigente montonero, fue baleado en un enfrentamiento con el grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada.

Dos años después, el 16 de agosto de 1979, también en plena dictadura, otra Walsh, esta vez María Elena, gran poeta, compositora y cantante, publicó en el diario “Clarín” de la ciudad de Buenos Aires el artículo “Desventuras en el país Jardín de Infantes”. Allí se cargaba contra la censura ejercida por la dictadura mediante el Ente de Calificación Cinematográfica, representado por Miguel Paulino Tato. Censura que ya se venía dando desde el gobierno peronista, que había nombrado censor a Tato en 1974. Cientos de películas fueron prohibidas desde ese momento hasta el fin de la dictadura, y muchas más fueron censuradas. Ya antes del golpe, el grupo Sui Generis le había dedicado a Tato la canción Las increíbles aventuras del Señor Tijeras. En los tres años anteriores al golpe del 76, hay que recordar también las amenazas y atentados contra artistas e intelectuales argentinos por parte del grupo parapolicial AAA (Alianza Anticomunista Argentina); muchos de ellos terminaron en el exilio.

A cualquier contemporáneo de Rodolfo Walsh o de María Elena Walsh le costaba en esos años de plomo entrever el fin de la negra noche de la dictadura. En su artículo para Clarín, María Elena Walsh reclamaba: “Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir.” Pero la dictadura terminó, 4 años después. Como dice otro refrán algo más sofisticado que ese que reza “Siempre que llovió, paró”: “No hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista”.

Cuerpos que resisten

El mal no duró 100 años, y los cuerpos (los que quedamos después de la orgía de sangre de los 70) resistieron ese tenebroso ataque a nuestra democracia. Una democracia que ya lleva más de cuarenta años, y hoy sufre un ataque diferente. “Parecido que no es lo mismo; lo mismo pero parecido”, decía un personaje de un texto de Leónidas Lamborghini.

El mismo año de 1979 en el que María Elena Walsh escribía su artículo en Clarín, Ingmar Bergman filmaba en Suecia “El huevo de la serpiente”. Que transcurría en la Alemania de los años 20, la de la República socialdemócrata de Weimar, en pleno desarrollo del nazismo, y mostraba una realidad marcada por la inflación, el desencanto con la política, el miedo al futuro, un rabioso antisemitismo y la llegada de un líder mesiánico (Hitler…) que prometía la salvación de Alemania. Cualquier semejanza con la actualidad de nuestro país –y de otros- no es casualidad: hacer de nuevo “grande a la Argentina”, Make Argentina Great Again, MAGA, a la manera de Trump …Lo mismo pero parecido. Un personaje de la película de Bergman afirmaba: “Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado”.

En ese marco se desarrollan las actividades artísticas y culturales hoy en día en nuestro país. A comienzos de los años 70 el huevo de la serpiente dejaba ver a través de su fina membrana la dictadura asesina que se avecinaba en Argentina, y que nadie pudo o supo parar, y eso en el ámbito de la cultura y el arte se reflejaba tempranamente en las persecuciones y atentados a los que la Triple A sometió a artistas, escritores, periodistas, docentes, científicos, músicos y cineastas. Hoy no hay atentados como los de aquellos años de plomo, pero sí estrategias extremadamente preocupantes en ese ámbito. Voy a exponer solo algunas.

La primera, las violentas acusaciones, descalificaciones y agresiones verbales que el presidente Milei y sus seguidores dedican permanentemente a artistas, docentes, intelectuales, periodistas y políticos, presentándolos como enemigos de la sociedad e intentando desacreditarlos y deslegitimarlos públicamente a través de medios y redes.

La segunda, en el marco de una política general de destrucción de buena parte de las capacidades del Estado, fue rebajar el nivel de los anteriores ministerios de Cultura y de Educación, convirtiéndolos en Secretarías subsumidas dentro del nuevo Ministerio de Capital Humano. El que, como el término “Capital” revela, concibe además a los habitantes del país no en términos de derechos y necesidades, sino más bien de su productividad económica.

La tercera, tomar específicamente como un enemigo también a las universidades públicas y organismos científicos, desfinanciándolos hasta poner en riesgo su normal funcionamiento

La cuarta, también en el ámbito de lo que el Peludo Irigoyen supo llamar “efectividades conducentes” (por ejemplo presupuestos, o capacidades regulatorias), implica un desfinanciamiento salvaje y en algunos casos desguace de diferentes instituciones estatales de promoción del arte y la cultura, como el Fondo Nacional de las Artes (FNA), el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), el Instituto Nacional del Teatro (INT) y el Instituto Nacional de la Música (INAMU), y de asociaciones como la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música (SADAIC), Asociación Argentina de Intérpretes (AADI), Cámara Argentina de Productores Fonográficos (CAPIF) y Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes (SAGAI). Todas estas entidades estatales y asociaciones se veían afectadas (en algunos casos eliminadas) por el proyecto de la llamada “Ley Bases”, presentado al Congreso apenas asumió por gobierno nacional, y que sufrió modificaciones que atenuaron solo en parte el alcance de las salvajes políticas llevadas adelante actualmente.

Y sí, se trata de una batalla

El ideólogo máximo de La Libertad Avanza (LLA) es Agustín Laje, al que todo el país pudo ver y escuchar recientemente en el video con el que el Poder Ejecutivo Nacional recordó la fecha del 24 de marzo. Laje es quien expone más claramente en la Argentina el concepto de esa “Batalla cultural” en la que está embarcado tanto el gobierno del presidente Milei, como otros movimientos de la llamada “Nueva derecha” en todo el mundo (“libertarios anti-progresistas, conservadores, tradicionalistas y patriotas”, resume Laje). Y, paradoja, para ello Laje se basa esencialmente en teóricos de izquierda como Gramsci, la escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer), Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. (No tan paradójico: mi madre, parafraseando no sé a quién, siempre nos decía “ojo, los extremos se tocan”).

Laje se centra en su análisis en el concepto marxista de Hegemonía, y en la importancia política de la cultura. En su libro “La batalla cultural – Reflexiones críticas para una nueva derecha”, afirma que en las izquierdas “se habla de revoluciones culturales, de deconstrucción, de «políticas identitarias», de «interseccionalidad», de sexo, de género, de raza, de etnias, de opresores y oprimidos, cada vez más definidos por la cultura en detrimento de la centralidad que alguna vez tuvo la economía en el discurso marxista. Porque la cultura, desde ya hace varias décadas, es sin duda el campo de los antagonismos políticos favoritos de las izquierdas hegemónicas.” Laje apunta a que las Nuevas Derechas compitan en la creación de hegemonía con esas “izquierdas hegemónicas”.

El mileísmo entonces ataca en principio a los artistas e intelectuales, y a otros sectores sociales (estudiantes, jubilados), a partir de una concepción que insiste en la subsidiaridad del Estado, al afirmar que este no debe entrometerse en los asuntos de los ciudadanos mientras estos puedan alcanzar sus objetivos. Se justifica así la disminución al mínimo de regulaciones estatales que apunten a la reducción de diferentes desigualdades o discriminaciones. (Tarea que Sturzenegger realiza con gran convicción) Pero el ataque no se debe solo a un criterio economicista de ahorro de recursos del estado, (criterio que me hace recordar esa frase que escuché otra vez en estos días: “Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia”) sino que también apunta a combatir, en el contexto de la llamada Batalla Cultural, lo que las Nuevas Derechas denominan peyorativamente agenda “progre” o “wok” (o de “la izquierda hegemónica”). Que incluye, entre otras, las reivindicaciones del feminismo y del movimiento LGBTQ+, y de muchos sectores sociales menos favorecidos.

Y ese ataque implica tanto el retiro del Estado de ciertas políticas sociales, como la inundación del espectro mediático con eventos y acciones guerreras, mediante esa estrategia que el estratega trumpista Steve Bannon denominó “inundar la zona de mierda”. O sea: que el debate público se cubra de improperios y fake news, que la posverdad, la paranoia y las teorías del complot clausuren con su violencia discursiva cualquier posibilidad de debate político superador, y de consensos. Una verdadera batalla en la que desgraciadamente los tiros (simbólicos) seguirán sonando, y en la que el arte y la cultura de nuestro país se encuentran entre las víctimas principales.

(*) Escritor. Ingeniero.

Publicidad

Opinión

Esperando una opción entre el rovirismo y la motosierra

Publicado

el

Por Gustavo González. 

@GonzalezUCR

 

Mientras el rovirismo se desangra en una interna feroz y el gobierno libertario evidencia un estrepitoso fracaso de gestión, la mayoría de los misioneros sigue esperando una alternativa real.

Las encuestas serias reflejan el escenario actual: el oficialismo provincial retiene un núcleo duro del 25% de aceptación. En la otra vereda, y a pesar de que Misiones padece directamente el impacto de las políticas nacionales, La Libertad Avanza conserva otro 25% de acompañamiento.

Más allá de las fluctuaciones lógicas del humor social, los números redondos son claros. Existe un 50% de la población que no se identifica con ninguno de los dos extremos. Es una masa crítica mayoritaria que aguarda una opción diferente en la cual depositar su confianza.

Sin embargo, si esa tercera opción entre el Rovirismo y Milei carece de solidez, el espacio se diluirá y el electorado terminará votando por descarte a cualquiera de los dos oficialismos.

Hoy, tanto el gobierno nacional como el provincial están acorralados por tres factores fatales: la profunda insatisfacción social, la percepción generalizada de corrupción y las internas feroces que corroen la gestión.

Así Como Karina y Santiago se pelean en Nación; Carlos, Hugo, Ramiro, Raúl y otros, se pelean por quien se queda con “la caja” provincial.

La pelea es por la plata y por el poder, pero no por un proyecto que saque a Misiones de la postergación histórica.

Romper con 23 años sin alternancia democrática requiere un requisito indispensable: que la oposición unifique su oferta electoral en un Frente Social y Político amplio.

Solo una coalición amplia, integrada por personas honestas y capaces, acordando un “núcleo de coincidencias básicas” -lucha contra la corrupción, desarrollo productivo, salud, educación, justicia independiente, presión fiscal y similares- podrá poner un freno a la motosierra y, simultáneamente, terminar con el rovirismo. Ese es el camino para darle a Misiones el futuro que merece.

 

 

 

Seguir Leyendo

Opinión

El periodismo siempre fue blanco del poder

Publicado

el

 

Por Fernando OZ

@F_ortegazabala

 

El poder no inventó nada nuevo, aunque pretenda convencernos de su originalidad a fuerza de gritos en una pantalla. Cuando desde la cúspide del Estado se lanza la consigna de que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, no estamos ante una anomalía histórica, sino ante la enésima actualización de una vieja receta.

Ustedes me disculparán, no es que haya que normalizar la agresión ni la estupidez, pero quienes se escandalizan por los modales de la época padecen de una preocupante amnesia: la presión existió siempre. En todas las épocas, el intento por silenciar la disidencia o domesticar la mirada se ejecutó bajo las mismas tres herramientas de manual: el convencimiento propio, el dinero de la pauta o la violencia física e institucional. El hostigamiento actual —me refiero al de Javier Milei y toda su pandilla de forajidos— no es un pecado de nacimiento de la era digital; es la continuación de una guerra eterna por el control del relato.

La única diferencia real en nuestro presente es un factor de escala. La tecnología no vino a cambiar la naturaleza del conflicto, sino que multiplicó los mostradores; amplificó el mercado y atomizó las audiencias, haciendo aparecer nuevos canales de comunicación a una velocidad de vértigo.

Ese estallido obligó al oficio a una adaptación violenta, desesperada y veloz al nuevo ecosistema para no quedar sepultado en la irrelevancia. En esa carrera de piques contra el algoritmo, las grandes estructuras de comunicación pagaron el precio de la supervivencia recortando la inteligencia: primero ejecutaron a los veteranos —aquellos que sostenían el rigor y el criterio en la mesa de entradas— para reemplazarlos por mano de obra barata, jóvenes recién graduados, en el mejor de los casos, a los que se les paga una auténtica miseria. Yo estuve entre ellos, el sistema es así, pero desde hace unos años se aceleró.

Al desaparecer los maestros, se rompió la cadena de transmisión de instrucción a la primera línea. El joven precarizado de hoy cobra sueldos humillantes que apenas le permiten pagar el alquiler, carece de un redactor jefe con experiencia que le enseñe a contrastar una fuente o a tirar a la basura una operación de prensa, y vive bajo la amenaza constante de un despido discrecional.

El resultado de ese periodismo de bajo costo está a la vista: la permanencia en el puesto de trabajo ya no depende de la calidad de una investigación, sino del tráfico digital. Se produce contenido basura, sensacionalismo y titulares engañosos (clickbait) para complacer las demandas de un algoritmo ciego y a los patrones del último piso. Así son las nuevas reglas.

Es ahí donde el poder financiero y político encuentra la sumisión perfecta: atrapados en sus propias crisis de caja, muchos medios eligen no ir contra nadie que tenga peso o dinero. Así nace el enemigo más dócil del periodismo honrado: la autocensura.

Pero el tablero no cambió en lo esencial. Despellejado el cotillón tecnológico, el mapa actual se reduce a las mismas dos facciones que se enfrentaban en el Foro Romano o en las imprentas clandestinas. De un lado van a estar siempre quienes busquen tapar algo o guionar la posverdad, al costo que sea, utilizando la billetera o el apriete para anestesiar a una sociedad manipulable. Del otro lado, irreductibles, van a estar los periodistas de raza, esa tropa de infantería que está donde tiene que estar, pateando el asfalto y metiendo las patas en el barro de la realidad.

La cosa ha venido siendo así desde las Acta Diurna Populi Romani, fundadas por Julio César cuando era cónsul, pasando por Gutenberg a mediados del siglo XV, y hasta el último colega muerto en Palestina o donde fuera. La historia no se detiene a llorar por los rincones frente a los exabruptos del gobierno de turno.

El periodismo de raza florece en el fango. Los otros días mencioné dos ejemplos; fue durante una tertulia por Instagram en la que estaban mis amigos el comandante Marcelo Ameri, veterano de la gráfica; Fernando Rumi, director de LVM, y Eduardo Pérez, conductor del programa, de naturaleza crítica y exmovilero de fuste.

El primer caso fue el de Combat, un diario clandestino parido en el invierno de 1941 en el subsuelo más oscuro de la ocupación nazi en Francia y el colaboracionismo de Vichy. En aquel tiempo, imprimir y distribuir esas hojas de trinchera costaba la tortura o el fusilamiento. Las redacciones eran sótanos itinerantes, la maquinaria se movía de noche para eludir a la Gestapo y los encargados de la distribución eran jóvenes resistentes que escondían los ejemplares entre sus ropas. En 1943, Albert Camus se sumó como redactor jefe bajo el seudónimo de “Beauchamp”. Cuando París fue liberada en agosto de 1944, el diario pasó a la legalidad y Camus dejó escrito su Manifiesto de la Dignidad: “Este diario no es otra cosa que la expresión de esa batalla”.

El otro caso fue la Agencia de Noticias Clandestina (Ancla), creada por Rodolfo Walsh durante la última dictadura cívico-militar. Cuando las empresas periodísticas cerraban sus puertas o se plegaban a la bajada de línea por la censura, “el escritor que se adelantó a la CIA” —como lo llamó Gabriel García Márquez— no se quedó de brazos cruzados llorando por la pauta. Creó canales nuevos.

Camus exigía un periodismo de ideas, una prosa limpia y desprovista de adornos donde cada palabra pesara y el cronista asumiera los riesgos personales de su tiempo. El equipo de Combat impuso la cultura del rigor frente a la urgencia de la rotativa: el apuro por publicar jamás justificaba el error o la calumnia. Walsh aborrecía el periodismo abúlico de “comunicado de prensa”. Demostró que con una máquina de escribir y acceso a boletines oficiales, presupuestos del Estado o cables de agencias se podía desbastar el relato del poder. Exigía un personal que no tuviera miedo, porque sabía que “el documento es más fuerte que las armas”.

El poder teme al cronista de calle porque es como un perro callejero: no tiene dueño, no se lo maneja con un tuit furioso ni con una llamada al celular de madrugada; a ese hay que pararlo en el terreno. Por eso, frente al páramo de la docilidad, surgen como posibilidades ilusionantes aquellos nuevos filántropos, capitales de riesgo o empresarios particulares que unen esfuerzos para financiar un periodismo solvente y de calidad, demostrando que solo el oficio que pide cuentas al poder, en cualquier soporte por inventar, tiene destino.

Quienes pretendan domesticar al periodismo con salarios de subsistencia, discursos de odio o algoritmos de control no entienden que el periodismo de raza pertenece a una estirpe incombustible, hecha de una greda que no se dobla con el primer viento de frente. Su obra es efímera, muere con la rotativa del día, pero renace intacta en el minuto siguiente. Gabo lo dejó sellado con una lucidez definitiva: “Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede ni un instante de paz, mientras no vuelva a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”.

Seguir Leyendo

Opinión

Indio Solari: Memento Mori

Publicado

el

 

Por: Gustavo Café Azar.

Antropólogo.

 

El Indio nos trajo canciones con la lengua del poeta fértil, con el oído absoluto puesto en el lunfardo liminar y fronterizo (como Celedonio Flores, Discepolín y los hermanos Expósito). Supo traducir en sus letras el universo de palabras y situaciones de la expansión hedónica de la post dictadura. “Un último secuestro, no; el de nuestro estado de ánimo, no.” (Ya nadie va a escuchar tu remera – Gulp – 1985). Supo testimoniar las tantas decadencias de la argentinidad sin perder la lucidez metafórica y la riqueza visual. El espíritu festivo se hizo más oscuro en Luzbelito. “Mi amor, la libertad no es fantástica” (Blues de Libertad – Luzbelito – 1994). Sus últimas canciones ya eran confesionales y de despedida. Canciones de amor y dolores dulces. “Qué tonto fui, la vida se empobrece así.” (La oscuridad – El ruiseñor, el amor y la muerte – 2018)

Con Skay supo darle calle y conurbano al rockabilly y al rock visceral. Hacia finales de Los Redondos y en los inicios de su carrera solista los samplers, la electrónica, se metieron en sus melodías de dramáticas narrativas. En sus últimas canciones lo vimos convertirse en una mezcla de crooner y cantautor reflexivo.

Se lo va a extrañar, lo voy a extrañar.

Memento mori.

Seguir Leyendo
Publicidad

Lo más visto