Opinión
El voto en blanco y la desafección política en el Cantón
Por: Fernando OZ
@F_ortegazabala
El Cantón Verde no es ajeno al creciente sentimiento de desafección política, es uno de los males de nuestro tiempo. El avance de ese malestar, que afecta directamente a las democracias, se observa con claridad en las encuestas de opinión pública desde hace unos años y pegó un salto cuántico tras la pandemia. Para colmo, las acciones que se están tomando con los más jóvenes para salvar lo que nos queda no estaría dando resultado.
Uno de los primeros síntomas se lo puede observar en el incremento del elector que se vuelca al voto en blanco. En Misiones, pese a la diversidad de ofertas electorales, el voto en blanco representa la tercera opción más votada. Cuidado con eso. Durante las últimas tres elecciones saltó del 4,7% al 5,8%.
Antes de avanzar, pongamos algunas cosas en su lugar. El voto en blanco es jurídicamente válido, es un derecho del ciudadano y representa la insatisfacción de quien, cumpliendo con su deber constitucional, lo hace. Los estándares internacionales suelen oscilar entre el 1,5 y 2%, ahora la tendencia es en alza.
Analicemos un poco el comportamiento del electorado del Cantón desde el comienzo del siglo. El 14 de octubre de 2001, con la crisis nacional a pleno galope, el 6,4% de los que fueron a votar en el territorio provincial lo hicieron en blanco. Obtuvieron un virtual tercer puesto. Estaban claramente disgustados. El 20 de diciembre Fernando De la Rúa dejó la Casa Rosada en helicóptero y el país en llamas.
Luego de aquel mal año, el voto en blanco más bajo en Misiones se registró en las elecciones siguientes, en 2003, cuando el Frente Renovador gana en las urnas por primera vez, con poco más del 46% de los votos. El 3,6% fue al blanco. Desde entonces hubo fluctuaciones, subas y bajas, ondulaciones propias del terreno político.
Teniendo en cuenta que en el futuro inmediato se encuentran las legislativas, tomemos los datos de los porcentajes sólo de las boletas de la categoría diputados provinciales de los últimos 22 años. El primer pico más alto de voto en blanco fue en 2007 con el 10,8%, los motivos podemos discutirlos; los renovadores venían de la derrota de 2006 y el kirchnerismo buscó dividirlos para arrebatarles la plaza, ese era el contexto.
El otro rebote del voto en blanco fue en 2011. El marco, Maurice Closs va por la reelección. En ese año, los que optaron por el blanco obtuvieron el segundo lugar con el 10,1% de los que fueron a votar. El Frente Renovador de la Concordia había ganado con el 67,5%, y los radicales se quedaron en tercer lugar con un magro 5,6%.
En 2015 se repite el pico de 2007 con el 10,8%, pero el escenario electoral es diferente. La polarización se acentúa a nivel nacional con el kirchnerismo en caída y la oposición encolumnada detrás de Mauricio Macri. La renovación obtuvo el 56,5% y el más fuerte de la dispersa oposición el 11,9%. El voto en blanco quedaba en tercer lugar.
Siguiendo en el análisis de la categoría Diputados provinciales, en la última elección, con la irrupción de La Libertad Avanza, Javier Milei y toda su pandilla, el voto en blanco volvió a colocarse en tercera posición después de haber permanecido durante tres actos electorales seguidos en cuarto lugar. Lo que significa que el malestar vuelve a subir.
Por lo general, se interpreta el voto en blanco como un gesto de descontento hacia la clase política pero que expresa, al mismo tiempo, el respaldo al sistema democrático. Hay quienes creen que los que eligen esta opción atentan contra el sostenimiento de la democracia representativa. Claro que no soy de los que creen en eso y no suelo ir al blanco.
Votar en blanco expresa la indignación, la ofuscación de una parte de la sociedad para con los candidatos que las fórmulas ofrecen, pero, especialmente es un mensaje implícito contra las autoridades, los dirigentes políticos y los partidos. Puede leerse como una advertencia.
Lamento decirlo, pero hay una parte de las nuevas generaciones que no sienten el apego a los valores democráticos con la misma intensidad que sus antecesores. Y en el contexto actual, con el crecimiento global de la extrema derecha, y vista la eficacia que vienen mostrando los populismos para influir en los valores, comportamientos y actitudes de los más jóvenes, qué quieren que les diga, huelo el barril de pólvora.
La culpa es nuestra. No hemos educado correctamente historia, educación cívica, cultura general. No hablo de adoctrinamiento, saben lo que digo. Y ahora los están adoctrinando en Tik Tok, indolentes, ajenos, acríticos, es decir vulnerables. La patología tiene más años que las redes sociales y tuvo varios nombres, en los dorados 90, por ejemplo, el filósofo Bernard Manin la llamó “democracia de audiencias”, la política era sustituida por comunicación política, el partido por el líder y los espacios de debate para contrastar propuestas por medios donde colocar un mensaje. Se dijo, se escribió, se veía venir como el invierno ruso.
Insisto, el voto en blanco es una advertencia, una luz amarilla frente la peligrosa abstención. Hay quienes creen que quien se encarga de encender esa alarma es el electorado independiente. Me sería muy estimulante que en el futuro alguien presentara un proyecto para que se dejen vacíos los escaños proporcionales al número de votos en blanco. O quién sabe, tal vez, como dijo Víctor Hugo, “el futuro tiene muchos nombres” y quizás uno de ellos podría ser la representación del partido en blanco. Sí, quién sabe.
Opinión
La Moncloa misionerista: Un armisticio frente al asedio del Puerto

Por Fernando Oz
@F_ortegazabala
Vayamos al grano, porque para adornos ya están los despachos de la Casa Rosada. Digamos las cosas como son: la situación económica del Cantón no es producto del azar ni de la mala fortuna climática o de la pereza de algunos de nuestros funcionarios; es el resultado de un asedio sistemático. Misiones se encuentra hoy bajo el cerco de un gobierno nacional de espíritu profundamente centralista que ha decidido, con una frialdad técnica que asusta, ahogar financieramente a la provincia mientras demuestra una ineficacia de gestión que ya es marca registrada.
Los datos están a la vista, en los índices de desempleo y pobreza. No hace falta ser economista ni idóneo en tintorerías financieras, está todo a la vista de todos, hasta cuando nos pasan la cuenta de lo que tenemos en el changuito del supermercado. En un escenario de crisis galopante y una pérdida de legitimidad de buena parte de la clase política, el Cantón se juega su derecho a existir como algo más que una variable de ajuste en un gráfico de Excel porteño. Es momento de discutir políticas de Estado reales.
El problema no es solo la falta de recursos, que nos sobran, sino la ceguera política de quienes dirigen el país. Estamos ante una administración que gestiona desde la distancia aséptica de Buenos Aires, ignorando que el federalismo no es una palabra bonita para los discursos de apertura de sesiones en el Congreso, sino una realidad de supervivencia cotidiana.
Una vez más, porque no escondamos la mugre de los gobiernos anteriores, la ineficacia nacional dejó de ser una sospecha para convertirse en una certeza que golpea directamente el bolsillo y la planificación de cada habitante de Misiones. El Puerto, fiel a su tradición histórica, sigue mirando hacia afuera mientras le da la espalda a una provincia que es, en los hechos, la verdadera frontera de la Argentina.
En este tablero de intereses contrapuestos, los peones locales juegan un papel penoso. Seamos claros: tanto La Libertad Avanza como el Partido Justicialista, la UCR o el PRO en el Cantón no funcionan como fuerzas con autonomía, sino como meras sucursales de una franquicia cuya casa matriz está a 1200 kilómetros. Sus dirigentes son empleados que esperan la instrucción por WhatsApp enviada desde despachos porteños perfumados antes de emitir un juicio de valor sobre lo que pasa en su propia tierra. Lamento decirlo, porque tengo amigos en cada uno de esos campamentos, pero son soldados de un ejército ajeno.
En cambio, y más allá de cualquier diferencia ideológica o métodos, nadie con un poco de honestidad intelectual puede negar que el espíritu del Frente Renovador y del PAyS de Cacho Bárbaro siempre mantuvieron un arraigo distinto. Con sus luces y sombras, defendieron los intereses del Cantón porque sus pies, a diferencia de los otros, están plantados sobre este suelo y no del otro lado de la frontera de la Avenida General Paz.
Sin embargo, el realismo político exige reconocer que la Renovación, después de más de veinte años en el poder, atraviesa un deterioro evidente. El desgaste no se puede ocultar bajo la alfombra: las dos últimas elecciones, donde apenas se llegó al treinta por ciento estirando la nariz, son una señal de alarma que solo un necio ignoraría. Carlos Rovira leyó el mapa antes de que el terreno se hunda.
Al anunciar que no será candidato y hacer un llamado para conformar un gran frente misionerista, no está haciendo un gesto de cortesía, sino un movimiento de supervivencia. Sabe que el partido que él mismo fundó corre el riesgo real de perder las próximas elecciones si no se abre a una reconfiguración profunda.
El ingeniero habría tomado la decisión, que ya venía madurando desde algunos meses antes de las últimas elecciones, después de leer un minucioso estudio de opinión pública realizado por el prestigioso politólogo, docente y consultor, Mario Riorda, considerado como uno de los mayores referentes de la comunicación política del continente. Antes de la previa del pasado jueves, el conductor de la Renovación ya había lanzado puentes con diferentes dirigentes de la oposición. También mantuvo diálogo con Maurice Closs y con dos intendentes.
Pero hay algo más en este movimiento. La decisión de Rovira no debe confundirse con una capitulación. Al contrario: es el gesto de un ingeniero que entiende de estructuras y de la fatiga de los materiales políticos. Al convocar a este “Encuentro Misionero”, está diseñando una obra mayor que trasciende las siglas. Pero, sobre todo, con este gesto de apertura y su salida voluntaria de la contienda, Rovira se gana el bronce.
Pero más allá de las cuestiones estratégicas de políticas partidarias, la convocatoria hacía ese “Encuentro Misionero”, o como quieran llamarlo, representa una oportunidad histórica. Es aquí donde entra en juego la necesidad imperiosa de una suerte de La Moncloa misionerista. No hablo de un pacto electoral de ocasión para salvar un par de bancas, sino de un armisticio político de alto nivel. Salvando todas circunstancias históricas del caso, lo que el Cantón necesita es un acuerdo similar al de 1977 en España: una serie de políticas de Estado a largo plazo que trasciendan los vaivenes de la política partidaria y los caprichos del gobierno nacional de turno.
Se trata de blindar los intereses de los habitantes de la provincia frente a la inestabilidad de un país que se rompe cíclicamente. Esta Moncloa debe ser el cimiento de una independencia económica real, con la Zona Aduanera Especial como bandera irrenunciable. No es un pedido de privilegios; es una exigencia de equidad fiscal para una provincia que tiene el noventa por ciento de sus fronteras expuestas a una competencia internacional feroz y desigual.
El objetivo estratégico de este gran acuerdo es sacar a Misiones del fango de la coyuntura y establecer reglas de juego que nadie pueda tocar. Necesitamos políticas que incentiven la inversión, la conservación ambiental y el desarrollo tecnológico sin que dependan de si el funcionario de turno en Buenos Aires tiene un buen día o decide recortar fondos por una rabieta política. La deuda de más de 2.500 millones de pesos del programa Incluir Salud que la Nación mantiene con la provincia es el ejemplo perfecto de por qué el Cantón debe fortalecer su autonomía: no se puede dejar la salud y el bienestar de nuestra gente en manos de una burocracia centralista que no cumple sus compromisos mínimos.
La sociedad hoy no está en modo electoral, está en modo supervivencia. El ciudadano común está harto de las estrategias de laboratorio y los discursos vacíos. Lo que se espera son soluciones tangibles. El desafío que tiene por delante la política misionera es traducir este movimiento de unidad en respuestas concretas.
La Moncloa misionerista es, en definitiva, la última oportunidad para establecer un frente común que proteja al productor, al industrial y al comerciante de los ataques de un Puerto que siempre busca recaudar más a cambio de entregar menos. Es hora de decidir si vamos a seguir siendo una nota al pie en el cuaderno de un burócrata porteño o si vamos a consolidar una provincia soberana, capaz de dictar su propio destino y proteger a su gente de los naufragios nacionales. Porque si algo nos ha enseñado la historia, es que cuando el Puerto se queda sin recursos, siempre busca en los bolsillos de quienes estamos en la frontera.
Opinión
Mesa de arena: primera incursión sobre el mapa electoral del Cantón

Por Fernando Oz
@F_ortegazabala
El río está revuelto al son de los vientos de campaña y llegan del sur. Cercado por escándalos de corrupción y con una economía a la deriva, el presidente Javier Milei sospecha que el adelanto electoral ya es una pieza en juego. Su asesor estrella, Santiago Caputo, cruza los dedos: necesita tiempo. Espera ganarlo con el Mundial de Fútbol y un par de bombas de humo bien lanzadas. Esta semana, Lule Menem dictó las primeras directrices para el armado provincial; lo hizo tras estudiar las mediciones que quedaron sobre el escritorio de Karina Milei. “La marca se nos cae”, sentenció un armador. La aceleración de los tiempos viaja en las ráfagas del sur.
La política argentina se agita en ciclos de promesas y desilusiones, de expectativas que nunca terminan de materializarse. Milei, acorralado por la realidad que siempre llega antes que las intenciones, se enfrenta a una tormenta de flancos abiertos: economía, corrupción, desgaste institucional. La imagen del presidente se diluye y su poder comienza a mostrar fisuras. El país, y Misiones en particular, parecen vivir una campaña permanente, donde el tiempo es el recurso más escaso y el humo, el más abundante.
El diputado provincial Carlos Adrián Nuñez —gerente de la marca Milei en el Cantón— cree que aún tiene cartas para jugar por la gobernación y lanzó su propia reforma del Estado con más de 120 proyectos. Ducho en la letra chica de los contratos, el legislador apunta a una reforma electoral para liquidar la ley de lemas y alinear la fecha de elecciones con la Nación, buscando arrastrar al electorado a una batalla de escala nacional.
Presenta proyectos en masa, como si el volumen compensara la falta de sustancia. No lo podrá hacer; tampoco conseguirá la pomposa ley de “Libertad Educativa”, ni la de modernización y reducción de gasto, ni nada. Simplemente porque no cuenta con los votos necesarios, ni aunque junte a todos los diputados opositores y a los opositores de alquiler. Pero dejemos de lado el poroteo: ¿alguien realmente puede creer que el abogado tributarista, que fogueó su carrera perfeccionando sistemas de recaudación, apunte a la eliminación de tasas e impuestos?
Lo de Nuñez es una contradicción ambulante: especialista en recaudación, propone eliminar tasas e impuestos. De él existe una pila de registros de servicios jurídicos prestados a diversas administraciones municipales y organismos estatales de Misiones. Comenzó a principios de siglo en la ciudad de las Cataratas, donde gestionaba el cobro de deudas de contribuyentes en mora a través de ejecuciones tributarias en la Justicia. Siguió por Posadas y, hasta meses antes de su entrada al mundo libertario, hacía lo mismo en la Fiscalía de Estado con ejecuciones a favor del Gobierno provincial. ¿Qué opinarán los intendentes renovadores que aún mantienen contratos con su estudio jurídico?
El pasado de Nuñez, sin tilde, es tan público como incómodo. El hombre que hoy se vende como libertario fue, durante años, el brazo ejecutor de la recaudación estatal, persiguiendo deudores y defendiendo los intereses del fisco.
El diputado sabe que la marca Milei ya no brilla como antes, pero se tiene fe. En la intimidad dice que está dispuesto a pelear; que La Libertad Avanza en el Cantón conserva un piso del veinticinco por ciento y que no tiene interés en pactar con la Renovación. Los que quieran sumarse, que se pongan a la cola, detrás de los “libertarios puros”.
Nuñez, con una maestría en Political Management otorgada por la prestigiosa universidad estadounidense George Washington, piensa en voz alta que la suerte de Milei está atada a las elecciones de medio término del próximo 3 de noviembre, en donde Donald Trump corre el riesgo de perder el control de la Cámara de Representantes. Si los demócratas recuperan el Congreso, el mandatario tendrá que afrontar un nuevo juicio político por abuso de poder. Ya saben, el Doctor tiene sus contradicciones.
En otro rincón, el senador Martín Goerling Lara ya se sabe candidato a gobernador de Misiones; se lo confirmó Mauricio Macri en una reunión de alfiles. El dato también lo publicó esta semana el diario La Nación. El expresidente busca reconstruir el PRO; él no será candidato, pero ya baraja nombres como el de Marcos Galperin, fundador de Mercado Libre, quien por ahora mira de lejos.
Hace tiempo que el legislador misionero le habla al oído a Macri. La predisposición de su jefe político lo complace. “Hoy es uno de sus principales asesores”, reconoce en voz baja el diputado nacional Fernando de Andreis, un escudero del PRO. El rol del senador es estratégico: preside el bloque en la Cámara Alta, lidera la Bicameral de Seguridad y tiene asiento en la Bicameral de Inteligencia —la famosa “comisión fantasma”—. Además, esta semana tomará la secretaría de la Comisión de Acuerdos, donde se cocinan los pliegos de jueces, diplomáticos, ascensos militares y otros cargos de control público.
Su debut será el jueves, durante la audiencia pública que tendrá como eje el análisis de la continuidad del juez Carlos Mahiques como integrante de la Cámara Federal de Casación Penal. Milei quiere que continúe en su cargo pese a haber cumplido la edad límite constitucional, por lo que requiere un nuevo acuerdo. El magistrado es el padre de Juan Bautista Mahiques, actual ministro de Justicia de la Nación y una figura clave en el ámbito de la rosca judicial durante el gobierno de Macri, además de ahijado político del Tano Angelici.
La política judicial argentina es un laberinto de parentescos, favores y acuerdos secretos, donde la edad constitucional es una excusa y la influencia, la moneda de cambio. Milei necesita un acuerdo para mantener a Mahiques, y Mahiques, a su vez, conecta al gobierno con la vieja guardia macrista. Todo está atado, nada es casualidad.
Macri tiene más motivos para escuchar a diario los consejos del sigiloso Goerling Lara: es su puente con la vicepresidenta Victoria Villarruel, con la presidenta del bloque de La Libertad Avanza en el Senado, Patricia Bullrich, y con el entorno de Santiago Caputo. Mientras juega a la diplomacia en el Congreso, casi al mismo tiempo, recorre la provincia en secreto armando su propia jugada.
En el Cantón también avanza otro armado de cara a las elecciones del próximo año; se trata de un rejuntado de arrepentidos de Milei, disidentes del PRO, excomulgados del radicalismo y furibundos antirrenovación. El armador de ese espacio es el diputado provincial Miguel Núñez, un hombre rudimentario, quien siempre se dedicó a la consultoría privada enfocada al sector agropecuario; aunque también estuvo una temporadita en la Municipalidad de Eldorado. Entre otras minucias que no vienen a la presentación.
Después de pegar el portazo al PRO, Núñez se acopló al expolicía Ramón Amarilla y crearon el bloque “Algo Nuevo”. Desde ese momento, la dupla camina la provincia buscando voluntades, más financistas y potenciales desestabilizadores. Juntos piensan en un proyecto político por fuera de las estructuras nacionales y provinciales: “No somos libertarios de Milei y menos renovadores, somos algo nuevo”, repiten a donde van. Hablan con sectores del radicalismo y quieren sumar al diputado provincial con peluca, Martín Arjol, que los mira con cierta desconfianza, y al exdiputado Pedro Puerta. No se suma a ese campamento el PAyS de Héctor “Cacho” Bárbaro por más cuestiones ideológicas que de ganas.
El armado es el reflejo de la crisis de identidad: no son Milei, no son renovadores, no son radicales; son algo indefinido, un proyecto en busca de definición y de financistas. La política, cuando se queda sin etiquetas, busca nuevos nombres y nuevas causas, aunque en el fondo todos los caminos conducen a la supervivencia. El discurso es la bandera, pero la realidad manda.
El panorama de la Unión Cívica Radical en Misiones es de subsistencia. Mientras atraviesan un proceso de redefinición estratégica, buscando posicionarse como una alternativa moderada y “de gestión” frente a la hegemonía de la Renovación y el avance de La Libertad Avanza, los radicales esperan señales de una cúpula alejada de los problemas de la provincia.
Si bien aún no hay nombres confirmados, el objetivo para el próximo ciclo electoral es presentar un candidato propio a la gobernación que logre romper la polarización, apoyándose en la estructura territorial (comités) que el radicalismo mantiene en casi todos los municipios de la provincia. Algunos sueñan con conformar una gran alianza junto con el PRO, con los libertarios desencantados y hasta con perdonar a los radicales que “se pusieron la peluca”. Otros se conforman con mantener las dos bancas que ponen en juego: la de Rosa Kurtz y la de Francisco Fonseca.
Los radicales se dividen entre los que sueñan y los que apenas resisten, entre el deseo de romper el statu quo y la necesidad de cuidar las bancas. Pepe Pianesi, el corredor eterno, es la metáfora perfecta de un partido que nunca termina de llegar a la meta. El sueño de una gran alianza es recurrente, pero la verdad es cruda: la polarización es fuerte, los nombres escasean, y la estructura territorial funciona como parapeto.
En el partido del oficialismo provincial hay menos ruido del que algunos “ansiosos” esperan. Sí hay un cambio de estrategia, pero especialmente táctico, frente a un Gobierno nacional que por momentos parece colapsar. “Fragilidad económica, desgaste político y controversias judiciales”, así lo resumen en una usina de la cúpula del Frente Renovador de la Concordia. Pero, además, Misiones está siendo una de las principales víctimas del sitio económico que emprendió Milei contra las provincias.
Hay quienes creen que los resultados de las dos elecciones legislativas del año pasado, donde la Renovación no superó el treinta por ciento de los votos, se debieron a las internas y mezquindades de quienes pensaron que se iban a llevar por delante un proyecto que viene construyendo una nueva provincia desde hace veintidós años y cuatro meses. “No habrá internas. Discutimos, estudiamos y procesamos; luego seguimos adelante, como lo venimos haciendo”, aseguró una fuente inapelable. “Hay una etapa superada”, agrega.
La Renovación, pese a los traspiés electorales, se muestra unida y convencida de la continuidad. Las internas, según la cúpula, están superadas; la discusión es parte del proceso, pero la decisión final es avanzar, como lo vienen haciendo hasta ahora. Confían en que el proyecto es el argumento central y más fuerte que las individualidades. En el oficialismo, la etapa de la fragmentación parece haber quedado atrás, aunque nadie se atreve a dar nombres para futuras candidaturas. Pero hay señales.
Todo indica que, pasadas las instancias de aprendizaje de los experimentos “Neo” y “Blend”, “más del cuarenta y cinco por ciento de los habitantes de Misiones va a salir a defender lo más preciado que tenemos, que es nuestra tierra y nuestros derechos”, así lo sentencian, como un acto de fe. “Es un tiempo de defensa, con serenidad”. La protección del territorio y de los derechos se impone como una consigna de referencia.
Hugo Passalacqua, aunque no lo diga a viva voz, se encuentra entre los candidateables; a él no le faltan ganas. Puede hacerlo, tiene sobrada experiencia. Tuvo que gobernar bajo el mandato de Mauricio Macri y ahora no le tocaron años de bonanza. Apenas comenzó la motosierra de Milei se enfermó y gobernó hasta aquí con ayuda de los más leales. Ya repuesto, el piloto se dispone a pasar otra tormenta y conservar el proyecto. Su imagen, pese a los traspiés de su gestión, se mantiene alta.
Las candidaturas, en Misiones, se niegan antes de confirmarse. El jefe de Gabinete, Carlos “Kako” Sartori, tuvo que desmentir esta semana cuando alguien del entorno del intendente Claudio Filippa le preguntó si sería candidato a la gobernación. “Estoy más para ser jefe de campaña de Hugo”, contestó. El alcalde de la turística ciudad sí confirmó que irá por una reelección más, pero él es una excepción a cualquier regla.
Aunque se le hace agua la boca, el intendente de Alem, Matías Sebely, también negó que quiera ir por la gobernación: “Claro que quiero ser gobernador, pero no ahora. Esto lo hacen para generar internas; para enfrentarme al gobernador o a la conducción del partido, no sé”. El alcalde sí piensa en un nuevo mandato frente al municipio, donde prepara un paquete de medidas para bajar impuestos y atraer nuevas inversiones.
El vicegobernador, Lucas Romero Spinelli, también habría bajado sus intenciones de presentarse el próximo año como candidato a la gobernación. En su entorno aseguran que aspirará a la intendencia de Posadas.
También sucede que en el Cantón, los candidatos no se declaran, se insinúan; el silencio es parte de la alquimia electoral, y la lealtad, el valor más apreciado. Passalacqua, el ministro de Hacienda, Adolfo Safrán, el estratega de bajo perfil Raúl Castaño y “Kako” Sartori observan el escenario como si fuera un TEG y se preparan para la apertura del periodo de sesiones ordinarias de la Cámara de Representantes, el próximo primero de mayo, con la presencia del jefe del partido, Carlos Rovira.
Hay otras señales que pueden servir de guía para intentar interpretar la aceleración de los tiempos en la propia Renovación. En los medios oficialistas comienza a desaparecer el prefijo “Neo”, esa versión 4.0, para abrir paso al “Misionerismo” como emblema de un tiempo de defensa, de reconstrucción de símbolos, de afirmación de valores locales. La política, aquí, es resistencia frente a la adversidad.
La próxima señal se verá en el Congreso. La Casa Rosada quiere que antes de mitad de año se trate la eliminación de las PASO con el objetivo de reformular el sistema electoral antes de las elecciones. El presidente de la Cámara baja, Martín Menem, ratificó que la intención de dinamitar las primarias por considerarlas ineficientes y un gasto excesivo para el Estado. Posiblemente, los diputados renovadores no acompañen esta vez el pedido de Milei. El peronismo quiere ir a internas; el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, envió un mensaje a la cúpula de la Renovación, y también lo hicieron otros referentes del PJ a nivel nacional.
En ese escenario, las elecciones para presidir el PJ Misiones, convocadas para el próximo 19 de abril, son de vital importancia. Esta semana, el candidato Christian Humada se diferenció de su adversario kirchnerista, Gonzalo Costa de Arguibel, y se desmarcó del peronismo renovador representado por el diputado nacional Alberto Arrúa, quien quedó fuera de la interna. “A mí no me manda (Carlos) Rovira, ni La Cámpora, ni nadie”, cargó el dirigente, cuya lista, “La Julio Humada”, compite mano a mano con “Amplitud”, encabezada por Arguibel, quien lleva como candidata a vice a la camporista de Eldorado, María Cristina Brítez.
Según Humada: “Arguibel está mandado por Juanchi (Irrazábal) y la otra por Máximo Kirchner”. Lo concreto es que el hijo del exgobernador Julio César Humada está encolumnado detrás de la candidatura del gobernador bonaerense, Axel Kicillof, para las elecciones presidenciales de 2027, y cuenta con el guiño de la Renovación para quedarse con el PJ en la provincia. Lo dije párrafos arriba: Todo está atado, nada es casualidad.
Misiones, entonces, se prepara para un ciclo electoral marcado por la aceleración de los tiempos, la redefinición de alianzas y la supervivencia de los viejos y nuevos actores. El río sigue revuelto, pero todos los navegantes buscan mantenerse a flote, aunque sea agarrándose a los restos de una marca, una estructura o una bandera. En la política misionera, como en la argentina, la única certeza es la incertidumbre, y el único mandato, sobrevivir hasta el próximo ciclo.
Opinión
No a las fake news: un compromiso político para no intoxicar el debate

Por Fernando OZ
La democracia no se quiebra de golpe; se va astillando. A veces con la firma de un decreto, otras con el estruendo de un tiro. En estos tiempos de pantallas, el método es más sutil y eficaz: la mentira programada. Una noticia falsa no requiere pólvora; le alcanza con un celular, un funcionario sediento de revancha, un ejército de bots o un rebaño dispuesto a repetirla. Lo que se dispara entonces no es información: es plomo simbólico. Y en esta guerra, como en todas, las primeras bajas suelen ser civiles: hombres y mujeres que trabajan, votan y todavía esperan —cada vez con más duda— que alguien, en algún rincón, esté diciendo la verdad.
Nuestra provincia no vive aislada del resto del mundo. Respiramos una época donde la mentira perdió su estigma de pecado para ser validada, sin pudor, como una estrategia política de diseño. Y acá, en Misiones, esa discusión tiene que dejar de ser abstracta. Esta semana, el diputado nacional de La Libertad Avanza, Diego Hartfield, anunció que denunciará penalmente a Roque Gervasoni, titular del IMaC, por haber replicado en redes un video que lo vinculaba con supuestos vuelos en aviones privados financiados con fondos públicos.
Hartfield lo negó de forma categórica en Radio Up, en el programa “Realidad Mixta”: “Nunca me tocó un avión privado en mi vida. No, nunca, jamás”, dijo. Y fue más allá: le llamó la atención que “un funcionario del gobierno lo postee y lo replique como si fuera una verdad total”. Lo que se cuestiona es que un funcionario público utilice las redes sociales para empujar desinformación en contra de. Una fake news, una peste antiquísima que se potenció con internet.
No se trata, entonces, de un cruce de chicanas. Se trata del mecanismo, del método. Una cosa es que la intoxicación circule desde cuentas anónimas, ese barro digital donde nadie firma nada y todos tiran piedras. Otra cosa —mucho más grave— es que la desinformación sea amplificada por alguien que ocupa un cargo público y se mueve con la autoridad implícita del Estado. Porque cuando un funcionario distribuye una noticia falsa, no está opinando: está ejerciendo una fuerza asimétrica. Como lo hace permanentemente Javier Milei y sus devotos. El poder, como las armas, exige un seguro y un protocolo. Sin reglas, la política se convierte en un campo de tiro ciego: gana el que dispara primero el engaño, no el que mejor gestiona la realidad.
La pregunta no es si Gervasoni lo hizo o no: eso lo determinará la Justicia y, antes, los hechos. La pregunta política, la que debería incomodar a todos los partidos, es otra: ¿vamos a aceptar que la campaña permanente se convierta en una cloaca donde todo vale?
Umberto Eco, que tenía la virtud de decir con elegancia lo que otros apenas balbuceamos, lo resumió con brutalidad: las redes sociales “le dieron derecho de palabra a legiones de idiotas”. No era un insulto; era, en todo caso, un diagnóstico cultural de época.
El semiólogo, uno de los más importantes del siglo XX, advertía que el problema no era que la estupidez existiera —siempre existió—, sino que ahora circula con mayor velocidad que un dato verificado y, peor, con más emoción. La mentira viaja en moto; la verdad va a pie, con papeles, con llamadas, con chequeos, con tiempo.
En su novela Número cero, Eco explicó el método: se manipula, se difama, se instalan intrigas, se fabrica clima. Y cuando el clima está instalado, la rectificación llega tarde: la reputación ya está herida.
Hartfield, de hecho, describió el “modus operandi” de estas operaciones: aprovechar un tema viral y “tirar” contenido falso para que “la inteligencia de las redes sociales lo manijee” porque la gente se prende. Ahí aparece el algoritmo como cómplice: no premia lo verdadero; premia lo que genera reacción. Y en política la reacción es oro. Por eso la fake es tan tentadora: cuesta poco, rinde mucho y casi nunca paga precio.
Tal vez este caso abra la puerta a un compromiso público de toda la dirigencia misionera: oficialismo y oposición. Acá es donde tienen una oportunidad histórica, simple y concreta: firmar un pacto de no difusión de noticias falsas, con un protocolo mínimo. No es poesía. Es higiene democrática. Un acuerdo básico, como los que se hacen en tiempos de peste para no contagiar al vecino.
El pacto podría incluir tres reglas elementales: Primero, no compartir información sin fuente verificable; segundo, rectificar con la misma potencia con la que se difundió; tercero, sancionar políticamente a quien use recursos públicos para campañas de desinformación. Si no pueden sostener eso, entonces el discurso sobre “la república”, “las instituciones” y “la democracia” es sólo decoración de campaña.
Ahora bien: esta pelea no es sólo de los políticos. También es del periodismo, que tampoco está exento de culpa. Y acá conviene decirlo con crudeza, porque el romanticismo no paga las cuentas ni salva reputaciones: el periodista no puede ser un militante disfrazado de cronista. Puede tener ideas y posturas, claro. Pero su compromiso profesional es con el método: verificar, contrastar, dudar, llamar de nuevo, chequear, esperar.
Hace treinta años que me gano el pan escribiendo para diarios, revistas, portales de noticias y libros, y pasé por redacciones de los más diversos tamaños. Entiendo cómo funciona el juego del poder, pero jamás vi tanto desparpajo, tanta liviandad. Miren: ya sabemos que en la era de la posverdad hay medios que confunden velocidad con rigor y el ruido de los clics con el peso de la relevancia. Por eso, en tiempos de ansiedad, esperar es revolucionario.
Guiémonos por los faros que encendieron los mejores, como Ryszard Kapuściński, el gran reportero polaco que caminó guerras y dictaduras con una libreta y con la convicción de que, si no entendés a la gente, no entendés el conflicto; y si no respetás los hechos, no respetás a la gente. Comprendía que el periodismo no es repetir lo que te dicen, sino descubrir qué hay detrás de lo que te dicen. Además, estaba convencido de que los cínicos —los que manipulan, los que sirven intereses, los que convierten la información en negocio— no servían para este oficio, porque el cinismo es la antesala de la mentira.
Y en esta idea de señalar, pero a la vez buscar juntos la salida del laberinto, en su momento Umberto Eco propuso que los diarios dediquen páginas a señalar qué sitios mienten y cuáles son confiables. Tal vez hoy, en Misiones, esa tarea debería ser más ambiciosa: un observatorio local de desinformación, con participación de universidades, periodistas, organizaciones civiles y, sí, también del Estado. Pero con una condición: independencia. Porque si el árbitro juega para un equipo, el partido está arreglado. ¿Quién recoge el guante? Estoy casi seguro de que nadie.
No sé qué opinarán ustedes, pero termino creyendo que la democracia, al final, es confianza organizada. Y la confianza es un recurso no renovable: se gasta más rápido de lo que se repone. Por eso el caso Hartfield–Gervasoni no debería servir sólo para sumar un capítulo a la novela de la grieta. Debería abrir una discusión pública sobre cómo se contamina el debate, cómo se fabrica un enemigo con un par de posteos, cómo se destruye una reputación en horas y cómo, después, nadie se hace cargo. La fake tiene una virtud miserable: no deja huellas en la conciencia de quien la comparte. Se la reenvía como quien pasa una botella vacía. Total: “me lo mandaron”.
Por eso estas líneas no son una defensa hacia un dirigente ni un ataque a otro. Son un llamado a un mínimo de decencia pública. A entender que la mentira política es una forma de violencia. Y que, si de verdad queremos vivir en un Estado provincial donde el voto valga y la palabra tenga peso, hay que cortar de raíz la industria de la desinformación.
Hay guerras que se libran en trincheras. Esta se libra en el celular de cada habitante de Misiones. Y si la perdemos, no habrá ganador. Sólo un territorio más pobre: de verdad, de diálogo y de futuro.
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