Historias
Dictadura y secuestros en la selva: la historia de la hostería Hoppe en Cataratas
Los restos de la Hostería y Camping Hoppe, ubicada en plena selva dentro del Parque Nacional Iguazú y demolida en 1979, un año después del secuestro de su propietario Juan Hoppe, del militante montonero Manuel Javier Corral -aún desaparecido- y de varios turistas extranjeros, en el marco de las operaciones perpetradas por las fuerzas armadas durante la última dictadura militar, serán señalizados como sitio de la memoria por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.
El anuncio fue realizado ayer, a través de redes sociales y luego de una actividad concretada junto a Guillermina y Mariana, hijas de Hoppe y Corral, respectivamente, quienes por primera vez visitaron el lugar donde el 21 de febrero de 1978 sus padres fueron secuestrados por unos veinte militares que irrumpieron a punta de fusiles en medio del silencio y la oscuridad de la selva paranaense.
La señalización del lugar como nuevo sitio de la memoria se realizará a partir de un acuerdo entre la Secretaría de Derechos Humanos y la Administración de Parques Nacionales de Argentina. El lugar fue localizado tras una investigación iniciada por la guardaparque retirada Nancy Ruiz de Martyniuk, con más de 20 años de servicio en Cataratas.
Autoridades de la @SDHArgentina y del Parque Nacional Iguazú acompañaron a Mariana y Guillermina, hijas de Manuel Corral y Juan Hoppe, a conocer el lugar donde vivieron sus padres y del que fueron secuestrados, el 21 de febrero de 1978. pic.twitter.com/zQO0qAV4u6
— Secretaría DDHH (@SDHArgentina) August 26, 2022
Gran parte de los violentos sucesos ocurridos durante esa madrugada de febrero en la hostería Hoppe fue narrado por Guillermina, que en ese momento tenía 14 años y fue testigo del horror junto a sus nueve hermanos. El más grande tenía 16 y el más chico apenas seis meses. Tras el secuestro de su padre, todos quedaron al cuidado de una tía, aunque en precarias condiciones. Sus vidas cambiaron por completo.
Los recuerdos de Guillermina -como los de Mariana Corral- fueron volcados en el libro “Historias con nombres propios III” (2011), a partir de un compilado realizado por Amelia Báez, ex presa política y funcionaria de Derechos Humanos en Misiones, con escritos confeccionados por familiares y víctimas del terrorismo de Estado en Misiones.
La cabaña Hoppe
Juan Hoppe, oriundo de Polonia, era ingeniero de puentes. Participó de la Segunda Guerra Mundial, llegó a Misiones en 1948 y fue el creador de las primeras pasarelas para recorrer las Cataratas.
El hombre tenía una casa dentro del Parque y luego de construir las pasarelas, quedó encargado de mantener los árboles bajos en cercanías al aeródromo, que en esa época funcionaba donde ahora es el acceso principal al predio.
Con el auge del turismo, su casa dejó de ser solamente su casa y con los años se transformó en lo que terminó siendo la Hostería y Camping Hoppe. Visitantes de todas partes del mundo se alojaban en el lugar, en medio de la selva, de la oscuridad, casi aislados y rodeados de yaguaretés en su hábitat natural.

Parte de los cimientos que quedaron como vestigio de las cabañas Hoppe dentro del Parque. FOTO: Secretaría DD.HH. de la Nación
“Era una hostería impresionante. Tenían diez cabañas de madera y diez de material, cada una con baño privado, además de una zona para carpas. Hoppe también había hecho una pileta natural con agua de arroyo, que no tenía impacto negativo en el lugar. Tenía un máquina para generar energía y una bomba para el agua. Era una persona muy ingeniosa. Empezó a ofrecer servicios y por eso para mí fue el primer hospedaje familiar de la historia de Puerto Iguazú“, detalló en diálogo con La Voz de Misiones la guardaparque Ruiz, que investigó la historia de la hostería a partir del hallazgo de los cimientos de las construcciones durante una de las recorridas por el Parque en el marco de una labor de eliminación de plantas exóticas, “invasoras” o “plagas”.
Hasta allí llegó una vez Manuel Javier Corral, más conocido como Manolo, cuyo paradero aún se desconoce y es uno de tantos los militantes políticos que permanecen en condición de desaparecidos desde el golpe de Estado ejecutado el 24 de marzo de 1976.
Corral nació el 20 de agosto de 1943 en Galvez, provincia de Santa Fe. Vivió un tiempo en Capital Federal, formó parte de grupo nacionalista Movimiento Nueva Argentina (MNA) y estudió ingeniería hasta que en 1971 fue detenido acusado de ocultar armas en un “embute”, término de origen lunfardo y utilizado en esa época por militantes para designar el escondite de elementos “comprometedores”, como armamento, libros o insignias peronistas.
Manolo estuvo preso en los penales de Devoto, Caseros y Ezeiza, hasta que fue liberado por la amnistía del 25 de mayo de 1973.
Tras su liberación se casó con la mujer que luego fue madre de su hija Mariana, pero el matrimonio no prosperó y por su compromiso militante tuvo que pasar a la clandestinidad. Su familia ya poco y nada sabía de él para ese entonces, aunque luego confirmaron que Manolo era parte de la organización Montoneros.
En marzo de 1977 Corral se fue a Brasil, pero antes de ello, intuyendo que su final podía llegar en cualquier momento por la persecución política que sufría, escribió una carta para que Mariana la leyera cuando cumpliese 15 años. Esos escritos luego se transformaron en un libro, “Cómo enterrar a un padre desaparecido”, del periodista Sebastián Hacher.
Pero el santafesino iba a durar poco en el extranjero. En noviembre de 1977 regresó a la Argentina y después emprendió viaje hacia Puerto Iguazú, donde se alojó en la hostería Hoppe, lugar que ya conocía previamente. Se quedó ese verano y también empezó a trabajar para el dueño, Juan, con quien entabló una amistad.

La recorrida en la selva para llegar hasta los restos de las cabañas.
Durante esa última estadía Corral conoció a Ana María Cavallieri, una mochilera cordobesa que estaba recorriendo el Litoral. Se enamoraron, iniciaron una relación y aguardaban emprender viaje hacia Brasil nuevamente. La quimera consistía en llegar hasta México. Comenzar de cero.
Pero el 21 de febrero de 1978, a las 2 de la madrugada todo cambió.
Secuestros en la selva
Veinte militares vestidos de civil llegaron a punta de fusiles a la hostería preguntando por “los guerrilleros”. En baúles de falcons y en cajas de camionetas prestadas por la empresa de turismo Tucán, se llevaron todos. A Corral, a Hoppe y a al menos siete turistas (dos daneses, dos estadounidenses, un alemán y dos porteños).
“A los turistas que se alojaban en las carpas en el sector de camping los fueron a buscar a todos, no se salvó nadie. Los trajeron arrastrados haciendo cuerpo a tierra hasta la casa donde estaba la hostería por el camino que estaba lleno de ripio”, recordaría luego Guillermina para el libro de Amelia Báez.
En total fueron doce horas de amenazas, intimidaciones y golpes para todos de parte de los militares que preguntaban “por las armas” y “los guerrilleros”. Uno de los integrantes de esa patota fue reconocido como “Chelo”, un conocido policía del destacamento de Puerto Iguazú.
Todos los detenidos fueron llevados hasta Posadas, donde quedaron alojados en distintos lugares. Hoppe fue torturado y desde su celda también oída como golpeaban a Corral, que luego se habría identificado como montonero que liberen a los demás.
Unos quince días después, el ingeniero polaco y los turistas fueron liberados, entre ellos Ana María Cavalieri, que regresó a Córdoba, pero de Corral nunca más hubo noticias.

Manolo Corral tenía 34 años cuando fue secuestrado Iguazú. Permanece desaparecido.
“A partir de ese momento, comienza un largo recorrido por tribunales, comisarías, pedidos de hábeas corpus, telegramas, etc. Todas gestiones son inútiles. El 7 de noviembre de 1978, mediante un télex, el Ministerio del Interior hace saber que el Ejército ha informado que mi padre ‘fue liberado por falta de mérito, dirigiéndose a la Pcia. De Buenos Aires’. El télex vino de Puerto Iguazú firmado por el Jefe del Comando. Sin noticias. Todos los hábeas corpus presentados posteriormente también fueron rechazados”, reconstruyó, en “Historias con nombres propios III”, Mariana Corral la lucha de su familia para obtener novedades de su padre. Todo fue en vano. De Manolo nunca más se supo más nada. Sigue desaparecido. Sólo quedaron su rostro, sus memorias y la carta dirigida a su hija.
Hoppe, en tanto, regresó a Puerto Iguazú, pero nada fue igual. Los aprietes que ya venía recibiendo para desalojar su casa y su complejo dentro del Parque se profundizaron. Así fue que en septiembre de 1979 debió abandonar el lugar y exiliarse en Presidente Franco (Paraguay), dejando a sus hijos en Iguazú hasta que tiempo después pudo llevarlos nuevamente con él.
Fue durante esos años en Paraguay que Hoppe le contó a sus hijos todo lo que había padecido durante su secuestro y recordó las últimas veces que vio a su amigo Corral.
“En un momento en el que se pasaban salmuera (le ordenaban que se pasaran) para que se cubran los golpes, Corral le dijo a mi padre que una sesión más de tortura no aguantaba, entonces mi papá le dijo que les suplicara. En un momento escuchó que Corral decía que le dejaran ver el mundial y que quería ver a la Argentina salir campeón. También escuchó, ya que permaneció siempre vendado, que varios detenidos decían que no iban a comer más porque preferían morir, no aguantaban más tantas torturas”, recordó Guillermina sobre las experiencias narradas de su padre.

La guardaparque Ruiz -al medio- junto a las hijas de Corral y Hoppe.
La familia Hoppe regresó a Argentina en 1983, pero el ingeniero polaco falleció poco antes de 2010. Murió lejos de su histórica cabaña y sin justicia por todo lo padecido, ni por su secuestro, tortura y exilio, ni por su desalojo. Fue uno de los pocos que no fue incluido en el plan de reubicación de primeros pobladores del área Cataratas realizado por la Administración de Parques Nacionales en su momento.
“Él no estaba de manera ilegal ahí, pero de igualmente en la orden de desalojo figuraba como un ‘invasor’. Toda esta investigación también forma parte de la historia oral de esos primeros pobladores y ayuda a la memoria. Lo oculto debe salir a la luz. La justicia engrandece a una nación, se ha sacado la afrente de ese lugar”, reflexionó la guardaparque Ruiz.
Ahora, más de 40 años después, la Secretaría de Derechos Humanos señalizará un sitio de la memoria dentro del Parque para recordar lo sucedido durante esa madrugada de terror en la hostería Hoppe.
Historias
Cristina Putkuri y la divulgación astronómica de la selva a las estrellas
A pocos días de que, por primera vez en la historia, una misión tripulada por la Nasa sobrevolara la cara oculta de la Luna, sin aterrizar, a más de 400.000 kilómetros de la Tierra durante diez días, la astrónoma misionera Cristina Putkuri (35) compartió saberes y experiencias como antesala de un ciclo de charlas titulado “A cielo abierto”, del que participará una vez al mes en el Parque del Conocimiento.
Putkuri es licenciada en Física y doctora en Astronomía. Su interés comenzó a aflorar en sus ojos cuando contemplaba el cielo nocturno durante su infancia en una chacra ubicada a cinco kilómetros del casco céntrico de Ruiz de Montoya, a 120 kilómetros de Posadas.
En ese municipio cursó sus estudios primarios en la Escuela Provincial Nº 300 y luego continuó el nivel secundario en el Instituto Nuestra Señora de Itatí, de Capioví.
Como hija de agricultores, y nieta de quienes integraron el grupo de inmigrantes que fundó la Picada Finlandesa de Bonpland a Oberá en el año 1906, desde sus primeros años de vida tuvo un contacto muy cercano con la naturaleza y una conexión especial que años más tarde la llevó a estudiar los cuerpos celestes. “Desde muy pequeña me fascinaba observar el cielo y tuve la suerte de crecer en un entorno con noches oscuras ideales para hacerlo. Además, siempre sentí una gran inquietud por las ciencias exactas”, recordó durante una entrevista telefónica con La Voz de Misiones.
Se graduó en la Facultad de Ciencias Exactas, Naturales y Agrimensura (Facena) de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), meta que atribuye al esfuerzo y apoyo de su familia. Al hacer un repaso por su trayectoria, destacó: “Uno de los mayores logros fue ingresar a la carrera científica de Conicet, un camino largo y desafiante. Pasar de la vida en el ámbito rural a la ciudad ya representó un gran cambio, y atravesar la maternidad durante el doctorado fue otra gran prueba de resiliencia”.

Cuando cursaba la licenciatura y conoció por primera vez el observatorio, Complejo Astronómico El Leoncito, en San Juan.
En su reflexión, aludió a los desafíos de las “barreras” geográficas y de género aún presentes en la vida académica y profesional: “Producir ciencia de alto nivel siendo mujer y madre no es sencillo, pero es profundamente valioso. También considero un logro fundamental poder impulsar la astronomía en el Nordeste argentino, acercando esta disciplina a nuevas generaciones sin que tengan que migrar para formarse”.
“Y, por supuesto, cada descubrimiento cuenta. A veces, en la rutina de investigar y publicar —es decir, de comunicar nuestros resultados a la comunidad científica a través de artículos que denominamos “papers”— olvidamos lo extraordinario que es aportar conocimiento nuevo al universo”, advirtió.
En ese camino, hizo hincapié en la importancia de transmitir conocimientos sobre astronomía: “Cuando comencé a divulgar la astronomía volví a conectar con la fascinación que sentía de niña. Recordé lo maravilloso que es el universo. El conocimiento cobra verdadero sentido cuando se comparte. No solo en el ámbito académico, sino también con la comunidad, despertando curiosidad y generando nuevas vocaciones. Además el saber, enriquece enormemente a las personas”.
Astronomía desde el hogar
Durante la consulta, Putkuri dio ejemplos sobre cómo se aplican los conocimientos de la astronomía en el día a día de un ciudadano común: “La astronomía está presente en nuestra vida cotidiana más de lo que imaginamos. Por ejemplo, cuando queremos llegar a la casa de un amigo y nos envía la ubicación por GPS, estamos utilizando tecnología que depende directamente de la astronomía”.
“El sistema GPS funciona mediante una red de satélites que orbitan la Tierra y envían señales extremadamente precisas. Para determinar la posición, se mide el tiempo que tarda la señal en llegar, lo que permite calcular distancias con gran exactitud, aplicando conceptos como el movimiento de los cuerpos en el espacio y sistemas de referencia celestes”, añadió.
“Otro ejemplo es el pronóstico del clima, que se basa en satélites que observan la Tierra desde el espacio. Incluso algo tan cotidiano como el calendario tiene su origen en el estudio del movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Por otra parte, muchas tecnologías desarrolladas para la astronomía —como detectores extremadamente sensibles utilizados en telescopios para captar luz muy débil— se aplican hoy en medicina, por ejemplo en cámaras de diagnóstico y sistemas de monitoreo”, explicó.
“La astronomía no solo nos permite entender el universo, sino que también sostiene gran parte de la tecnología que utilizamos a diario”, enfatizó.

Desde el Telescopio Gemini Sur, en Chile. Se caracteriza por un espejo principal de 8.1 metros de diámetro.
Agenda
¿Cómo nace un científico? es el interrogante con el que invita a participar de la charla titulada Astronomía. De la selva a las estrellas, en el marco del ciclo “A cielo abierto”, con el que brindará encuentros una vez al mes. A su vez, anticipó que producirán un corto para presentar el hito histórico que marcó el viaje espacial protagonizado por el Artemis II y sus tripulantes.
“Por alguna razón, este proceso suele percibirse como algo lejano o misterioso, cuando en realidad puede surgir de experiencias muy simples, como mirar el cielo”, anticipó la astrónoma que abordará su recorrido y su trabajo, para luego realizar observaciones astronómicas.
El espacio de divulgación, conocido como Café Científico, está dirigido a la comunidad en general, tanto niños como jóvenes y adultos, con el objetivo de motivar e invitar a descubrir que “existen muchos caminos posibles hacia la ciencia”.
Trayectoria
A los 17 años, al finalizar la escuela secundaria, Cristina Putkuri se mudó a la ciudad de Corrientes para estudiar Ciencias Físicas en la Facultad de Ciencias Exactas, Naturales y Agrimensura (Facena) de la Universidad Nacional del Nordeste (Unne).
Allí se graduó como licenciada en Física, habiendo realizado su tesis sobre un problema astronómico en colaboración con investigadores de la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas (FCAG) de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).
En 2013, con 23 años, obtuvo una beca doctoral del Conicet que le permitió realizar el Doctorado en Astronomía en la UNLP. En ese período se desempeñó como docente en distintos niveles: en un profesorado de Física y Química de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CONSUDEC) y también en el ámbito universitario, en la Universidad Católica de La Plata (UCALP) y en la FaCENA (Unne).
Paralelamente, desarrolló tareas de investigación en el Instituto de Astrofísica de La Plata, donde continuó trabajando luego del doctorado como becaria postdoctoral, a través de becas de Conicet y de la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación.
Actualmente, es investigadora asistente (cohorte 2022, en proceso de alta) en el Instituto de Modelado e Innovación Tecnológica (IMIT), dependiente de Conicet y la Unne.
“Uno de mis principales desafíos es desarrollarme plenamente como científica, acercando la ciencia a la sociedad a través de la divulgación, y al mismo tiempo sostener mi rol como madre y esposa. A futuro, mi objetivo es consolidar un grupo de investigación en el IMIT que permita el crecimiento de la astronomía en la región. Con el tiempo, me gustaría incorporar colegas y expandir el trabajo hacia distintas áreas como astronomía extragaláctica, planetaria y cosmología”, concluyó Putkuri.

Cristina junto a su familia en el año 2022
Historias
Nueve caídos misioneros, historias de coraje y heroísmo en Malvinas
Entre los nueve soldados misioneros caídos en las Islas Malvinas, en 1982, hay dos nombres que destacan por su arrojo y valor a toda prueba: el teniente Roberto Néstor Estévez y el capitán Carlos Eduardo Krause.
De 25 y 34 años, Estevez y Krause, eran los de mayor edad y rango de los nombres que la tierra colorada inscribió en el memorial de la guerra por la recuperación del archipiélago usurpado por los ingleses en 1.833. Los otros siete, eran conscriptos, de 18 y 19 años; soldados rasos, que cayeron luchando contra el enemigo, en condiciones muchas veces extremas y solo balanceables a fuerza de valor. Sus nombres están en el Monumento a Malvinas, en la Costanera de Posadas. Y cada uno tiene su calle, su plaza, su placa, en los pueblos misioneros que los vieron convertirse en héroes.

El teniente Roberto Néstor Estevez y el capitán Carlos Eduardo Krause.
Cuerpo a cuerpo
Roberto Néstor Estevez era posadeño. En 1982, ostentaba el grado de subteniente de Infantería del Ejército Argentino. Se había graduado de oficial en el Colegio Militar de la Nación, en octubre de 1978.
Estevez pisó Malvinas el mismo 2 de abril, con las fuerzas de desembarco que llegaron a las islas a bordo del rompehielos ARA Almirante Irízar, en el que también iban otros misioneros, como el veterano de guerra Rodolfo Ramírez, entonces de 17 años, que servía en el Batallón de Artillería de Campaña N° 1 como jefe de pieza de un obús de 105 milímetros.
Según los testimonios de soldados que sirvieron bajo su mando, Estevez era un hombre tenaz, decidido, determinado, solidario con los suyos. Cuentan que dormía en el mismo pozo de zorro que sus hombres y siempre se aseguraba de que hubiera comida y abrigo para todos.
“Era un jefe que iba adelante”, que “nunca daba una orden que él no estuviera dispuesto a cumplir”, recuerda el soldado Sergio Daniel Rodríguez, en un video disponible en Youtube.
Rodríguez, que estaba estaba junto a Estevez cuando el misionero fue alcanzado por la ráfaga enemiga, relata emocionado en el video que su jefe, herido en piernas y brazos, seguía liderando la carga contra el avance de los ingleses en ese desolado paraje de la Isla Soledad, conocido como Pradera del Ganso o Goose Green, un asentamiento dedicado a la cría de ovejas, helado y monótono.
El veterano cuenta que Estevez, incluso, llegó a ofrecerle su propio casco, para que se protegiera del fuego británico que arreciaba sobre las fuerzas argentinas. Instantes después, fue alcanzado en el pómulo derecho y murió.
Era el 28 de mayo de 1982. El héroe misionero conducía la Sección “Bote”, del Regimiento de Infantería 25, que tenía la misión de frenar a los ingleses, que habían desembarcado en la Bahía de San Carlos siete días antes y avanzaban hacia Puerto Argentino, ubicado a 90 kilómetros.
El mando inglés había calculado un blitzkrieg, confiado en la superioridad de recursos y profesionalidad de sus fuerzas, pero se encontró con el arrojo de los pilotos argentinos, que desataron un infierno sobre la flota enemiga; y en tierra, los royal marines enfrentaron la encarnizada resistencia de Estevez y sus hombres.
Fueron 36 horas de lucha. En Pradera del Ganso, el enemigo perdió a su oficial de mayor rango en la guerra, el teniente coronel Herbert Jones, jefe del 2.º Batallón de Paracaidistas británicos.
Relata Marcelo Larraquy, periodista, escritor y autor de varios libros sobre Malvinas, que el oficial británico “iba al frente de un pelotón de quince hombres” y que “después de más de ocho horas de combate, decidió́ enfrentar el fuego que partía desde las trincheras argentinas y mantenía inmovilizadas dos, de sus cuatro compañías”.
“Jones quiso tomar los nidos de ametralladoras por asalto, en una muestra de arrojo y exceso de confianza. Una loma le impidió́ ver uno de los nidos, y, desde veinte metros a su izquierda, recibió́ una ráfaga de ametralladora”, escribe Larraqy.
Dice que el oficial inglés intentó tomar su granada, pero otra certera ráfaga lo alcanzó a la altura de la cintura. Jones volvió a sacudirse y ya no se levantó.
“Rayo de sol ha caído”, transmitió el radio operador inglés, cuenta Larraqy y sostiene que “la noticia causó estupor y confusión en las filas británicas” y que un helicóptero que intentó recoger su cuerpo “fue abatido por un Pucará”.
Estevez dejó dos cartas, que escribió antes de partir hacia las islas y llevó consigo durante toda la guerra: una para su novia, Marta Beatriz López, fallecida en 2011 y a quien conocía desde la infancia, y otra para su padre, Roberto Néstor Estévez.
Escrita en una hoja de cuaderno, la carta a su padre es un testimonio de honor, coraje y entereza.

“Querido papá.
Cuando recibas esta carta yo ya estaré rindiendo cuentas de mis acciones a Dios Nuestro Señor. Él, que sabe lo que hace, así lo ha dispuesto: que muera en cumplimiento de mi misión. Pero fijate vos, ¡que misión! ¿no es cierto? ¿Te acordás cuando era chico y hacía planes, diseñaba vehículos y armas, todos destinados a recuperar las islas Malvinas y restaurar en ellas Nuestra Soberanía?
Dios, que es un Padre Generoso ha querido que éste, su hijo, totalmente carente de méritos, viva esta experiencia única y deje su vida en ofrenda a nuestra Patria.
Lo único que a todos quiero pedirles es:
1) que restauren una sincera unidad en la familia bajo la Cruz de Cristo.
2) que me recuerden con alegría y no que mi evocación sea la apertura a la tristeza y, muy importante.
3) que recen por mí.
Papá, hay cosas que, en un día cualquiera, no se dicen entre hombres pero que hoy debo decírtelas: Gracias por tenerte como modelo de bien nacido; gracias por creer en el honor; gracias por tener tu apellido; gracias por ser católico, argentino e hijo de sangre española; gracias por ser soldado, gracias a Dios por ser como soy y que es el fruto de ese hogar donde vos sos el pilar.
Hasta el reencuentro, si Dios lo permite. Un fuerte abrazo. Dios y Patria ¡O muerte!
Roberto”.
Estevez fue ascendido a Teniente post-mortem y se le confirió la Cruz al Heroico Valor en Combate. Fue el único soldado misionero caído en la primera gran batalla terrestre de la guerra en el Atlántico Sur, que los analistas militares, argentinos e ingleses, coinciden en señalar como una de “las más duras y sangrientas”, porque “se peleó cuerpo a cuerpo y pozo por pozo”.
“Vuelos locos”
Carlos Eduardo Krause era oriundo de Oberá, hijo de maestros rurales. Dejó la Capital del Monte de niño y se mudó a Posadas, donde completó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Roque González, y después partió hacia Córdoba, a la Escuela de Aviación Militar, para cumplir su sueño de convertirse en piloto de guerra.
El 1 de junio de 1982, el héroe obereño iba de copiloto del Hércules C-130, matrícula TC-63, indicativo “Tiza”, de la Fuerza Aérea Argentina, en una misión de exploración y reconocimiento marítimo al norte del Estrecho de San Carlos.
Se trataba de misiones extremadamente peligrosas, casi suicidas, que los mismos pilotos habían bautizado en sorna como “vuelos locos”, porque el Hércules es un avión de transporte, una bestia lenta y desarmada.
Volaban al ras del agua esa mañana. Las olas golpeaban, por momentos, el fuselaje. Era la única manera de evitar ser detectados por la flota enemiga, que a esa altura de la guerra había ya tendido un cerco en torno a Malvinas. A las 10:25, el avión apareció como un destello en el radar de la fragata inglesa HMS Minerva, y minutos después fue interceptado por una patrulla de aviones Sea Harrier, liderada por el oficial Nigel Ward.
El primer misil enemigo falló, pero el segundo impactó en el ala derecha, entre los motores. Hubo un incendio, pero el avión siguió en el aire, por lo que el piloto británico se acercó y vació sus cañones de 30 mm, y el Hércules de Krause se precipitó al mar.
Junto al misionero, murieron el vicecomodoro Hugo Meisner, el capitán Rubén Martel y cuatro suboficiales.
Por su valentía, Krause fue ascendido post-mortem al grado de Mayor y declarado Héroe Nacional.
Los otros siete héroes misioneros de Malvinas son: Orlando Illanes, Martín Odilio Maciel, Miguel Ángel Meza, Saturnino Sanabria y Miguel Ángel Sosa, caídos el 2 de mayo de 1982, en el ataque del submarino inglés Cónqueror al Crucero ARA General Belgrano; y José Luis Ríos y Alfredo Gregorio, que murieron en combate el 14 de junio, el último día de la guerra.
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Historias
Migró en 2001, milita en PT de Lula y regulariza misioneros trabajando en Brasil
En plena crisis de 2001 y ante la falta de empleo en su pueblo natal, El Soberbio, Marcelo Do Nascimiento tomó una decisión que cambiaría su vida: emigrar a Porto Alegre, Brasil. Tenía 17 años. Allí continúo sus estudios, se formó profesionalmente y encontró en la militancia política un camino para transformar su historia personal y la de otros trabajadores.
“En Misiones nunca hubo empleo suficiente para la juventud. Primero vino una hermana mía y después vine yo”, recordó Marcelo en conversación telefónica con La Voz de Misiones. En Brasil comenzó a estudiar y a trabajar, mientras seguía de cerca el escenario político del país.
La llegada al poder de Luiz Inácio Lula da Silva en 2003 fue un punto de inflexión para el misionero. Inspirado por su historia de vida, Marcelo decidió orientar su formación hacia la industria metalmecánica y sumarse a la militancia en el Partido de los Trabajadores (PT).
Ingresó al PT en 2006, se incorporó al sector metalúrgico en 2008 y, dos años después, al sindicato. Su trayectoria fue en ascenso: participó de encuentros nacionales, ocupó cargos partidarios y sindicales, y tuvo su primer encuentro personal con Lula en 2012. “Vengo de una familia muy pobre del interior de El Soberbio. Meterme a militar fue para luchar por los derechos, para mejorar mi vida y la de mis compañeros“, afirmó a LVM.
Y añadió: “La militancia siempre surge desde ese lugar; difícilmente provenga de alguien que viene de una familia acomodada y decide militar en un partido que lucha por los derechos de los trabajadores”.
Condiciones dignas
Actualmente, Marcelo se desempeña en el Ministerio de Trabajo de Brasil, donde está a cargo de un área clave en un escenario marcado por el éxodo de trabajadores rurales. En los últimos años, la falta de empleo y los bajos salarios impulsaron a cientos de argentinos -principalmente de Misiones- a emigrar a Brasil en busca de mejores oportunidades laborales. En ese contexto, su función se centra en la regularización de extranjeros que cruzan la frontera para trabajar, un rol estratégico para garantizar derechos laborales y condiciones formales de empleo.
En ese marco, explicó a este medio que el trabajo no se realiza de manera aislada, sino en articulación con la ministra de Trabajo de Misiones, Silvana Giménez.
“Nosotros estamos haciendo un trabajo con el ministerio de Trabajo de Misiones. La ministra está hablando con nosotros porque queremos que los jóvenes, o cualquier argentino que salga de Misiones, ya venga con su documentación al día”, señaló Marcelo. En esa línea, enfatizó que el objetivo es agilizar los trámites y garantizar que los trabajadores ingresen al mercado laboral brasileño de forma legal, con todos sus derechos desde el primer día.
Según detalló, uno de los principales problemas es la falta de documentación con la que ingresan muchos migrantes, que llegan a Brasil sin un trabajo previo y sin la documentación formal necesaria para desempeñarse laboralmente. “Si no ingresan de manera legal, no pueden tramitar el CPF, que es el documento más importante de Brasil, equivalente al DNI argentino, el que permite acceder al trabajo formal y a derechos básicos”, ejemplificó.
Por ese motivo, el área trabaja de manera articulada con autoridades de Misiones, la Policía Federal y la Receita Federal para coordinar y facilitar los trámites necesarios, con el objetivo de prevenir situaciones de informalidad o explotación laboral.
“En 2023, cuando Lula asumió nuevamente, encontramos numerosos casos de trabajo esclavo, incluso con argentinos en esas condiciones. Por eso estamos muy comprometidos con que todos estén regularizados y accedan a sus derechos”, remarcó.
Además, mencionó que recientemente visitó una empresa de Santo Ângelo, que contaba con 1.300 empleados, de los cuales 170 eran argentinos.
Volver a las raíces
Marcelo comenzó a trabajar desde muy chico. “Me acuerdo bien. Desde chico laburaba en la chacra y después, a los 12 años, trabajé en una panadería. Por eso tengo muy presente de dónde vengo”, relató.
Esa experiencia marcó su recorrido personal y político, y explica el fuerte vínculo que aún mantiene con su tierra natal. “Siempre que puedo vuelvo a El Soberbio. Uno nunca debe olvidarse de dónde vino, de sus amigos, y también tiene que luchar para que otros no pasen por lo mismo que uno pasó“, expresó.
De su última visita a Misiones, a un encuentro de productores en Corpus, dijo haberse encontrado con un panorama desalentador.
“Si comparo Argentina con la época en la que me vine, estaba mejor que ahora. Estuve en Misiones hace poco y sentí que la situación está muy mal. En aquel momento no había trabajo, como hoy, pero me da la sensación de que ahora todo está peor”, opinó Marcelo y contó que muchos productores le manifestaron su preocupación por la falta de empleo y la pérdida de derechos.
Al contrastar esa realidad con la situación laboral en Brasil, sostuvo que el escenario es distinto.
“Brasil está mejor que cuando yo vine. No era fácil: el desempleo estaba cerca del 12% y hoy ronda el 4,6%. Hay pleno empleo, el salario mínimo subió y tenemos más derechos. Eso mejoró mucho, sobre todo para los jóvenes que llegan a trabajar”, señaló y, en esa línea, remarcó que mientras en Brasil se debate reducir la jornada laboral de 44 a 40 horas semanales, en Argentina observa un fuerte retroceso en materia de derechos laborales.
A pesar de los años y la distancia, Marcelo insiste en no perder de vista sus orígenes. Desde su rol actual, busca que quienes emigran lo hagan en condiciones dignas. Esa mirada se apoya también en su formación profesional: cuenta con estudios técnicos en metrología, cálculo técnico y dibujo, y es licenciado en Gestión Pública.
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