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De Santiago de Liniers a Ecuador: el misionero que migró por amor

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Ecuador

En el mundo, hay 281 millones de migrantes. Personas que dejaron su tierra natal por diferentes razones. A algunas las invadió las ganas de conocer cada rincón del planeta o llevan consigo un espíritu viajero. A otras, la situación económica de su país no les dejó otra alternativa y se armaron de valor para emprender un nuevo camino. También existen quienes, atravesados por el amor, viajaron a un destino desconocido antes de quedarse con un “¿qué hubiera pasado sí…?”, o están también quienes juntaron fuerzas tras una ruptura amorosa o la pérdida de un ser querido para encontrar un poco de consuelo en nuevas aventuras.

De acuerdo a un informe revelado en noviembre por la Jefatura de Gabinete de Ministros de la Nación, a cargo de Guillermo Francos, 1,8 millones de argentinos migraron entre 2013 y 2023. Las razones seguramente son infinitas, pero lo cierto es que en este momento hay misioneros en diferentes destinos forjando experiencias y La Voz de Misiones decidió contar sus historias. Hoy, el protagonista será Franco De Olivera.

Un destino, un amor

Franco De Olivera (36) es un fotógrafo oriundo de Santiago de Liniers que hace cuatro años reside en un pueblito costero de Ecuador. En plena pandemia, cuando apenas las aerolíneas comenzaban a reactivar los vuelos internacionales, viajó al país sudamericano para reencontrarse con Karen, una ecuatoriana que conoció durante un encuentro católico para jóvenes en Panamá en enero del 2019 y con quien “pintó un amor de verano”. Tiempo después iniciaron una relación a distancia debido a la imposibilidad de verse por la situación mundial a raíz del coronavirus.

“No era la idea migrar”, reconoció Franco entrevistado por LVM, mientras recordaba sus primeros meses en el país donde nació la joven arquitecta que lo cautivó.

“El 31 de diciembre exactamente del 2020 una aerolínea habilitó un vuelo a Ecuador y yo pensé ‘me voy a la mierda’, con la locura de la pandemia, no sabíamos si el mundo continuaba o terminaba y dije ‘chau, me voy’”, contó el misionero desde Ecuador.

La idea del fotógrafo era simple: vacacionar para conocer el país y compartir momentos con Karen durante un mes. Sin embargo, agotados los días optó por quedarse más tiempo hasta que, al tercer mes, tomó la decisión definitiva de radicarse en la localidad de Chone, provincia de Manabí.

En cuánto a las dudas e incertidumbres que atravesó al comienzo, Franco sostuvo que “por momentos me pegaba como el miedo, porque el tema del amor a veces es complicado. Uno no sabe quién es la persona correcta y quién no lo es, si uno supiera se evitaría un montón de dolores de cabeza”.

La mayor preocupación para el joven era que el vínculo amoroso no prosperara con Karen y quedarse “en la calle”, ya que para ese entonces se alojaba en una vivienda familiar de la ecuatoriana y ella lo “bancaba” económicamente hasta que pudiera regularizar su situación en el país.

“Eso me daba un poquito de miedo de momento, pero como la relación fue creciendo muy bien, mi relación con ella es súper bonita, nos entendemos muy bien, para mí eso fue clave, que siempre funcionamos como pareja. Gracias a eso, creo que nunca he tenido ni un solo inconveniente, al punto de decir me tengo que ir de la casa”, confesó Franco.

Franco junto a Karen, a quien conoció en 2019.

Ganar en dólares

Antes de partir a Ecuador, el misionero de 36 años trabajaba como fotógrafo de eventos sociales y también se desempeñaba como reportero gráfico para el diario El Territorio en Eldorado.

Tuvo que reinventarse cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la pandemia y el mundo del trabajo cambio definitivamente, fue así que vio como una buena opción hacer delivery. “Ganaba súper bien porque era el boom del momento, pero no era algo que yo quería seguir haciendo, era momentáneo”, afirmó Franco.

Después esas vacaciones que había planeado para visitar a su pareja, el joven de Santiago de Liniers tenía pensado regresar a Misiones y luego emprender rumbo a Córdoba o a Buenos Aires para creer profesionalmente. Sin embargo, al enamorarse y cautivado por la moneda que maneja la economía ecuatoriana, cambió rotundamente sus planes

Me gustaba la idea de que acá se gana en dólares, eso para mí era una ventaja. Ahí arranque y no volví a vivir más a Argentina. Sí voy una vez al año para visitar a mi familia, pero no regreso más, al menos por ahora, en algún futuro capaz que sí”, admitió.

En esa línea, explicó que, en Ecuador, a diferencia de otros países, es más accesible conseguir una visa para radicarse. “Más siendo argentino”, contó, aunque igual que todo tramite, lleva su tiempo.

Para ello, el Estado le otorgó una provisoria por dos años con la única condición de que “facture un sueldo mínimo que son unos 475 dólares, que es súper bajo y no alcanza, pero tenía que facturar eso”.

Sobre este trámite, el joven precisó: “Es súper fácil para los argentinos. Primero que tenés una visa de turismo que dura seis meses. Luego cuando estaba por completar los seis meses empecé a hacer los papeles y me dieron una visa temporaria que duraba dos años, con esa visa temporaria podía trabajar, abrir una cuenta en el banco, pagar los impuestos y con eso pude empezar a tener un estatus legal”.

Inesperadamente, cuando Franco estaba por cumplir los dos años de residencia y avanzar con los trámites, el vínculo con su pareja Karen se fortaleció y decidieron casarse: “Automáticamente, pasé a tener una visa de amparo que ya no tiene fecha de vencimiento”, contó.

Fue así que logró una estabilidad legal en Ecuador, además, de formar una familia junto a la ecuatoriana quien antes de conocerlo ya era madre de una pequeña llamada Alma: “Soy su papá de corazón”, expresó el joven.

Gastronomía: “Una cosa de locos”

Como todo migrante, Franco De Olivera atravesó dificultades para adaptarse a su nueva vida, a una nueva cultura, a nuevas formas de vincularse socialmente y, sobre todo, a una nueva gastronomía.

“Aunque esté en América, la cultura es bastante diferente. Arrancando desde la comida que acá comen full plátano, que es una variedad de la banana. Es un plátano algo verde, prácticamente banana verde digo yo y con esa cosa hacen 300 variedades de comida. Una cosa de locos”, relató el misionero entre risas durante la conversación telefónica con LVM.

Además, Franco detalló algunos de los platos que los ecuatorianos elaboran con la fruta conocida popularmente en el país como “guineo”, la cual registra un consumo per cápita (por persona) anual de 40 kilos y existen más de 60 recetas navegando por internet.

“Hacen con chicharrón, con queso, con sopa, es una locura”, dijo y añadió que para él “es pesadísimo, los primeros tres meses sufrí como un malparido con la comida”.

Charlando sobre las comidas típicas del país, el joven recordó uno de los primeros platillos tradicionales que probó: “Cuando recién había llegado, me prepararon una tortilla de desayuno, una tortilla de huevo con camarón, más algo que se llama el tigrillo, un plato que también tiene plátano verde bien molido cocido con queso y chicharrón”.

En esa línea, el misionero comparó el consumo del pan en Argentina con el arroz en Ecuador ubicándolos en el mismo nivel.

“¡Ay! El arroz le meten a todo, es como el pan nuestro que comemos en el desayuno, almuerzo y la cena. Bueno, para ellos es el arroz, si no hay arroz no hay comida prácticamente”, relató.

Otra anécdota que Franco recordó de sus primeros días de estadía en Ecuador fue cuando hacía el clásico choripán para vender y solventarse económicamente.

“Al ser argentino, le guste a quien le guste, y le pese a quien le pese, es un punto a favor. Uno dice, soy argentino y ya tenés una estrellita más, es así. Eso me ayudaba bastante, entonces decía que tenía choripanes para vender y juntaba full pedidos. Hacía con chimichurri, conseguía un chori más o menos bueno, y eso salía mucho”.

Antes de migrar, Franco fue fotógrafo de eventos, corresponsal para El Territorio y en pandemia también hizo delivery.

Viejas costumbres

Junto a su nueva familia, Franco De Olivera vive en la localidad de Chone, la cuarta ciudad más grande de la provincia Manabí, ubicada al norte, en una zona costera que alberga una población aproximada de 50.000 ecuatorianos.

“Estoy a 30 minutos de la playa, una cosa hermosa. Nosotros que somos de Misiones y si queremos una playa, playa, tenemos que viajar hasta Brasil, para mí tener una acá a 30 minutos, y es la playa encima, es algo espectacular”, destacó el joven sobre su actual ciudad.

Seguidamente, en cuanto a los pobladores y los avances de la localidad, Franco comentó: “Hay gente muy amable, servicial, realmente en ese sentido, son como los argentinos. El pueblo tiene las mismas costumbres que hace 30 años, no ha evolucionado en ese sentido, aunque hay edificios y tiene todo lo que uno necesita, si hay muchas cosas en las que para mí están atrasados, como por ejemplo en la sanidad”.

Y describió: “Vas por la calle y ves a las personas andando en bicicleta y con las gallinas colgadas en los manubrios, después hay personas que arman un triciclo y llevan a otras de un punto a otro punto, como tipo taxi, tiene muchas cosas de pueblo todavía, hay gente que para el auto en el medio de la calle para hablar con el vecino y se arma un desorden en el tránsito, con eso también sufrí bastante”.

Entre las costumbres que más le llamó la atención del lugar y que, pesé a que es “normal” para los ciudadanos de Chone, no la implementa en su rutina, Franco sostuvo que la jornada laboral va de lunes a lunes, es decir, sin día de descanso como es habitual en Argentina.

“No descansan, salvo los que trabajan en el municipio, o en alguna que otra oficina, después el normal de la gente trabaja de lunes a lunes. Para mí es chocante, porque con mi familia la costumbre es los domingos comer juntos, visitar algún pariente, vamos al río, no sé, hacemos algo. Yo los domingos acá no trabajo, me voy a la playa, hago otra cosa, que trabajen los que quieran”, sentenció el misionero.

Inseguridad

Una problemática que lo preocupa de su ciudad y del país en general son las bandas delictivas: “Ecuador está tomado por el narcotráfico, manejan todo prácticamente y es bastante inseguro en ese sentido”.

Luego, expuso una experiencia que tuvo hace aproximadamente un año cuando delincuentes lo llamaron para cobrarle un canon para trabajar en el pueblo. “Eso estuvo como de moda y fue una locura total. Tres veces intentaron vacunarme para tratar de sacarme plata y eso fue decir ‘me quiero ir’, nunca me había pasado”, expresó.

Y detalló una de la maniobras que utilizaban los “narcotraficantes” para persuadir a los trabajadores: “Me llamaron, me dijeron mi nombre, y como siempre que llama alguien podía ser un cliente nuevo, agarro la llamada, y me dicen ‘mira amigo nosotros somos’ y dice el nombre de uno de los tantos grupos que hay acá, después me dice ‘un colega tuyo nos pagó para que te demos de baja, pero a nosotros nos han hablado muy bien de ti, sabemos que sos un buen tipo, no te vamos a hacer nada pero tienes que colaborar con nosotros para que te cuidemos’”.

Afortunadamente, el joven no accedió al pedido y cortó rápidamente la comunicación para luego radicar una denuncia. Si bien está situación le provocó mucho miedo y estuvo a punto de regresar a Misiones, con el tiempo el peligro disminuyó y, adquiriendo las precauciones necesarias, decidió continuar viviendo en Ecuador.

Espíritu viajero y la familia argentina

Consultado por La Voz de Misiones si Ecuador sería el único lugar donde echaría raíces, el misionero comentó que siempre tuvo un “espíritu” viajero e incluso cuando conoció a su actual esposa en Panamá, luego de que terminara el encuentro religioso de jóvenes donde se conocieron, se quedó tres mes recorriendo “cada rincón” como mochilero: “Mochilero literal, con 10 dólares en el bolsillo”.

Asimismo, contó que tiene ocho hermanos y solamente él a decidió conocer diferentes partes del mundo. En una de esas aventuras, ya con su pareja, recientemente visitó la ciudad de Nueva York (Estados Unidos) y planea continuar forjando nuevos destinos juntos.

“Siempre fui muy aventurero, soy el loquito de la familia, porque somos nueve hermanos, y soy el único que ha viajado. Cuando estuve en Panamá en el 2019, como había hecho full amigos, me recorrí Panamá de punta a punta, fue toda una travesía, porque nunca lo había hecho, eso fue una experiencia hermosa”, relató.

Sobre el hecho de regresar a la Argentina, Franco afirmó que no está en sus planes por el momento, aunque destacó que con Javier Milei como presidente el rumbo económico “ha cambiado” y tiene esperanzas de que en el futuro el país tenga más estabilidad en ese sentido. De darse, sí tomaría como opción volver a su tierra natal acompañado de su esposa y su hija de corazón.

Mientras tanto, seducido por el país que lo acogió y le permitió equiparse con herramientas para trabajar de la fotografía, además, de montar un estudio, el misionero planea continuar construyendo su vida lejos de la Argentina.

“Creo que muchas veces estamos limitados a un lugar y creemos que no podemos progresar en otra parte y sí se puede, con esfuerzo, con dedicación y estar seguros del hecho de que se puede, porque creo que si yo me hubiera quedado en Eldorado o regresado no hubiera tenido las posibilidades o en el tema económico no estaría en las condiciones en las que estoy hoy”, cerró Franco De Olivera, uno de los tantos misioneros recorriendo el mundo y que contó su historia a LVM.

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El cañonero paraguayo que estuvo en la guerra y refugió a Perón

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Su llegada a Encarnación fue como revivir la mañana del 5 de mayo de 1931, cuando un enjambre de embarcaciones lo escoltó al puerto de Asunción, donde lo esperaba una multitud, encabezada por el presidente José Patricio Guggiari, en los prolegómenos de una guerra de tres años contra Bolivia, que movilizaría al país en defensa del Chaco.

Al igual que aquel martes de hace 95 años, y a unos 400 kilómetros de aquel muelle asunceno desbordado de entusiasmo patriótico, el Cañonero Paraguay, asomó su silueta guerrera en las aguas de la Perla del Sur, abrazado por una flotilla de todos los colores, que incluyó varias embarcaciones del Club Pira Pytá, de Posadas.

En tierra, lo esperaba otra multitud, convocada más por curiosidad, que por fervor patrio: cientos de personas que se agolparon en la costanera encarnacena, detrás del silo de granos reconvertido en museo, para ver arribar a la mayor leyenda de la Armada Paraguaya.

El legendario buque, protagonista de una época cruenta en el calendario paraguayo y cuya bitácora se cruzó también con la historia política argentina del siglo 20, no llegó sólo a Encarnación. Esta vez, no lo acompañó su gemelo Humaitá, como en el viaje inaugural y las hazañas bélicas de otros tiempos, sino el patrullero Capitán Cabral, uno de los buques de guerra operativos más antiguos del mundo, y dueño de su propia leyenda.

Ambos llegaron a la capital del Departamento de Itapúa al cabo de cinco días de navegación desde el puerto de Villeta y tras cruzar con éxito las esclusas, tipo Canal de Panamá, de la central hidroeléctrica Yacyretá, en Ituzaingó.

Fue la primera vez, en toda su historia, que los dos buques navegaron ese tramo del río Paraná, que conocieron aguas abajo un siglo atrás, cuando arribaron al país, relucientes, recién salidos de astilleros europeos; invencibles colosos de acero que acababan de cruzar el Atlántico; y, también, la primera vez que visitaban Encarnación.

La presencia de los buques en la ciudad vecina, se anota en la agenda del capítulo encarnaceno del Campeonato Mundial de Rally (WRC), de la Federación Internacional de Automovilismo (FIA), que arrancó el jueves y concluye mañana, con la participación de corredores de 17 países, en una disciplina en que los pilotos paraguayos tienen un historial destacado en el continente.

Miles de personas los visitaron desde su arribo el sábado. La cola para abordarlos era interminable el domingo. Las crónicas periodísticas reportaron un récord de 10.000 visitantes en las primeras 48 horas.

El buque leyenda llegó a Encarnación al cabo de cinco días de navegación desde el puerto de Villeta.

Selfies

A bordo, casi no se ven marineros. Desde la costa, el cañonero aparece poblado por una tripulación heterogénea, que se atropella de proa a popa, fuera de toda disciplina militar, afanada por escudriñar los secretos del buque y capturar la mejor selfie.

En el Cabral, amarrado junto al Paraguay, el panorama es el mismo. Por todos lados, se ven hombres, mujeres, niñas, niños, muchos en brazos; entre el público, incluso, se cuentan personas mayores, algunas con problemas motrices, que avanzan trabajosamente por cubiertas y pasillos; mientras que, en la costa, otra legión de ansiosos visitantes aguarda para repetir el ciclo.

Entre el gentío, el capitán del buque, Jorge Coronel, y el jefe del Área Naval Itapúa, capitán Livio Alberto Duarte, acompañan a Ismael Morales, un hombre de 99 años, que conoció el famoso cañonero en Asunción, en 1940, y años después prestó su servicio militar en su gemelo, el Humaitá.

Los oficiales conducen al ex marinero hasta el Puente de Mando del buque y, allí, aferrado al timón y presa de la emoción, Morales enhebra recuerdos y recibe un quepis oficial de la flota de guerra paraguaya.

Sobreviviente

El Cañonero Paraguay ostenta el título de único sobreviviente de los buques de su tipo construidos en los años de 1920 y 1930, y destaca a nivel global por haber sido restaurado y reincorporado a la navegación activa.

Diseñado por el ingeniero naval paraguayo José Bozzano y construido en los astilleros Odero-Terni-Orlando, en Génova, Italia, fue botado en 1930 junto a su, el Humaitá, hoy reconvertido a Museo Naval.

El ingeniero Bozzano llegó a Génova, con los planos de los buques en 1927, y estuvo varios años en la Italia del Duce, Benito Mussolini, que gobernaba el país con plenos poderes desde 1925 y vio en el contrato paraguayo una excelente oportunidad para ingresar divisas y mostrar al mundo la calidad de la ingeniería naval italiana.

Bozzano diseñó un casco plano, de acero blindado y a prueba de bajantes extremas, de 70 metros de eslora (largo) y 10,7 metros de manga (ancho). La idea, según recogen las crónicas históricas, contemplaba que los buques fungieran de verdaderas “baterías flotantes”, con una potencia de fuego asegurada por 4 cañones de 120 mm, 3 cañones antiaéreos de 76 mm, y 2 cañones automáticos de 40 mm.

“Hoy, el armamento ya no está operativo por el desgaste de los materiales”, explica el capitán Coronel a La Voz de Misiones.

Concebido como barco a vapor, estaba dotado de dos turbinas tipo Parsons, de las inventadas por el ingeniero británico Charles Algernon Parsons en 1884, que revolucionó la ingeniería naval y permitió que los buques rompieran récords de velocidad en la época.

Antes de ser entregados a la Armada Paraguaya, entre fines de 1930 y comienzos de 1931, el Cañonero Paraguay y su gemelo, protagonizaron pruebas de navegación y armamento en el Mar Mediterráneo, para partir hacia el puerto de Asunción el 14 de febrero de ese año.

El cañonero fue construido en los astilleros Odero-Terni-Orlando, en Génova, Italia.

El viaje fue una auténtica odisea náutica de 80 días, que representó un desafío extremo y puso a prueba el coraje de la tripulación paraguaya y el ingenio de Bozzano, que viajó como DT del operativo, supervisando la navegación y el comportamiento de las máquinas.

Al mando del Cañonero Paraguay iba el capitán de corbeta Gastón Pagliaro, mientras que al frente del gemelo Humaitá, estaba el capitán de corbeta Ramón Martino.

Al tratarse de buques fluviales, que no estaban preparados para el oleaje oceánico, la ruta bordeó la cosa africana, con escalas de reabastecimiento de combustible y agua en Casablanca (Marruecos) y Dakar (Senegal), y desde allí cruzó hacia Brasil.

Reseñan las crónicas históricas, que el momento más dramático de la travesía ocurrió en el tramo final, al ingresar al Río de la Plata, donde los buques fueron sorprendidos por una sudestada, con ráfagas de viento brutales y olas gigantescas, que inundó las cubiertas y amenazó con hacerlos sozobrar.

“Los comandantes Pagliaro y Martino tuvieron que apelar a toda su pericia marinera, reduciendo la velocidad al mínimo y orientando las proas directamente contra las olas para evitar que el mar diera vuelta las embarcaciones”, cuentan los historiadores.

Tras varias horas de luchar contra las olas, los buques encontraron aguas calmas y pusieron proa al Río Paraná, para ingresar al río Paraguay a la altura de la Isla del Cerrito, en el Chaco argentino, y navegar hacia el puerto de Asunción, donde los esperaba una fiesta.

La guerra

“Este buque marca un hito muy importante en la historia de nuestro país, puesto que tuvo una participación fundamental en la logística y el abastecimiento durante la contienda chaqueña”, relata a LVM el capitán Coronel.

El marino paraguayo cuenta que su barco “hizo más de 85 viajes”, desde Asunción hasta Puerto Casado, en el norte del país, “transportando 1.500 combatientes en cada viaje y trayendo, a la vuelta, heridos, prisioneros de guerra y materiales”.

En total, el cañonero de Coronel transportó al frente de batalla más de 51.000 hombres y, aunque estaba concebido como un buque pesado de ataque, el diseño de Bozzano, con amplios espacios internos en las cubiertas medias, permitía armas para la estiba de pertrechos o albergar a hasta 1.400 soldados armados por viaje.

Cuenta Coronel, que el buque “tuvo una presencia fundamental en el patrullaje fluvial y la defensa costera del río Paraguay”, hasta que en 1967 “se produjo un incendio en las calderas, donde fallecieron siete tripulantes”, que lo dejó inactivo por más de 55 años.

“En el marco de la modernización, en 2019, se le instaló nuevos propulsores diesel y pasó a ser un buque escuela para la instrucción naval”, relata y agrega que el barco llegó a Encarnación con 120 tripulantes, pero que, normalmente, opera con una tripulación de 80 efectivos, entre oficiales, suboficiales y marineros.

Se calcula que unas 10.000 personas visitaron el cañonero en 48 horas.

Perón

Unos doce años antes de la fatal explosión que lo dejó inactivo, el derrotero del buque de Coronel se cruzó con la historia argentina, en un episodio que hizo tambalear las relaciones entre ambos países y que terminó reorientando la política exterior paraguaya en la región.

Era el 20 de septiembre de 1955, cuatro días después de que la denominada “revolución libertadora”, liderada por los generales Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu, y el almirante Isaac Rojas, derrocara al presidente Juan Domingo Perón, en un golpe que había vivido su antesala sangrienta en junio anterior, con el bombardeo a Plaza de Mayo.

Tras la asonada, Perón, que no era una personalidad extraña para Paraguay, ya que había visitado el país en agosto del año anterior, para devolver trofeos de la Guerra de la Triple Alianza, pidió asilo político al embajador paraguayo Juan Manuel Chávez, y fue trasladado al buque, que en esos días estaba fondeado en la Dársena Norte, del puerto de Buenos Aires.

“El barco se encontraba en un viaje de instrucción a Mar del Plata y durante esa navegación ocurre el acontecimiento del golpe de Estado en la Argentina, donde fue derrocado el presidente Juan Domingo Perón”, relata Coronel, sobre uno de los momentos diplomáticos más tensos y novelescos de la historia rioplatense.

Era el 20 de septiembre de 1955. “Perón estuvo unos 13 días refugiado a bordo”, rememora el marino paraguayo y cuenta que “al tratarse de un buque militar, gozaba del derecho internacional y era considerado legalmente suelo soberano” de su país.

Las crónicas de la época relatan que Perón llegó al puerto porteño oculto en un automóvil de la embajada paraguaya, “bajó rápidamente y cruzó la planchada del cañonero, donde fue recibido por su comandante, el capitán de corbeta César Cortese”.

Durante toda la estadía del ex presidente argentino a bordo, el buque paraguayo sufrió el asedio de la aviación naval y barcos de la Armada Argentina, cuya infantería rodeó el muelle por tierra.

“El capitán Cortese ordenó armar las piezas de artillería de 120 mm del cañonero y apostó a sus hombres con fusiles en la cubierta, con órdenes estrictas de abrir fuego si las fuerzas argentinas intentaban abordar su nave”, relatan los historiadores.

Perón se alojó en el camarote del comandante, el que hoy ocupa Coronel. El habitáculo, próximo al puente de mando del buque, no forma parte del recorrido habilitado al público y conserva, en la actualidad, uno solo de los muebles de aquella época.

“En ese escritorio, Perón trabajó los días que estuvo acá”, dice Coronel y señala el mueble de madera lustrada, utilizado por el líder peronista para escribir sus primeras reflexiones sobre los sucesos que, por esos días, conmocionaban al país y al mundo.

El 3 de octubre de 1955, un hidroavión militar paraguayo Consolidated PBY Catalina, pilotado por el legendario aviador guaraní Leo Nowak, acuatizó en las aguas del Río de la Plata y se posó muy cerca del cañonero. Perón abandonó el buque en una lancha y subió al hidroavión, que despegó rumbo a Asunción, iniciando así un exilio de 18 años.

Perón estuvo trece días refugiado en el buque tras el golpe de 1955.

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Franco Colapinto, amor por el karting y Agua de las Misiones

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Colapinto

Una foto de Franco Colapinto sirviéndose Agua de las Misiones en un almuerzo en el Kartódromo Internacional de Zárate, en abril de 2026, antes del Road Show que ofreció en Buenos Aires, revivió por estos días en las redes sociales el vínculo del piloto argentino de Fórmula 1 con la tierra colorada.

La imagen muestra a Colapinto, enfundado en la remera térmica de su etapa previa a la Fórmula 1, participando de un almuerzo, el 22 de abril, en el comedor del circuito de karting de su ciudad natal, en el que debutó como piloto a los seis años y al que siempre regresa.

En la mesa, se ven platos con sándwiches de miga y bandejas de pizza. La cámara toma a Colapinto sirviéndose el “agua de la selva”, mientras mantiene la mirada fija en un interlocutor que se encuentra fuera del cuadro.

La sobremesa encontró al piloto de Fórmula 1 posando con una botellita del agua misionera en las instalaciones del kartódromo que lo vio nacer como corredor.

Almuerzo

El piloto había llegado al país el domingo anterior y eligió las pistas de su niñez para ensayarse, en la previa al Road Show que protagonizó en las calles porteñas el 26 de abril.

Según recogen las crónicas periodísticas de aquellos días, la familia Tardito, propietaria del Kartódromo, tomó la decisión de cerrar las instalaciones al público general, para asegurar la tranquilidad del corredor de Fórmula 1 en el lugar.

Acosta Racing Team, el equipo de karting liderado por el preparador y chasista Martín Acosta y donde se formó Colapinto, fue el encargado de garantizar que el piloto pudiera girar sin interrupciones, al mando de una máquina del tipo KZ de la marca italiana Tony Kart, equipada con un potente motor de 125 cc, de dos tiempos.

Al cabo de las pruebas, sobrevino el almuerzo retratado en la fotografía que muestra a Colapinto con la botella de Agua de las Misiones. El hombre joven que aparece a la derecha de la imagen, con remera negra y gorra, es el propio Acosta, con quien el piloto argentino mantiene un vínculo cercano desde su infancia. Comparten la mesa, mecánicos y colaboradores del equipo.

Los reportes de prensa señalan que Colapinto acostumbra a visitar el circuito de Zárate cada vez que regresa al país para entrenar de forma recreativa con los karts en el circuito que lo vio nacer deportivamente, y que siempre se demora en el restaurante del complejo para comer milanesas, pizzas y sándwiches de miga.

Cataratas

La foto de Colapinto, que apareció por estos días en las redes sociales, rememoró una publicación del corredor, de septiembre de 2024, donde recordó una visita que hizo de niño a las Cataratas del Iguazú, junto a su familia, cuya repercusión hizo que el gobernador Hugo Passalacqua lo invitara a volver a la tierra sin mal.

“Hace ya bastante tiempo que fui a las Cataratas del Iguazú por primera vez con mi familia, lo disfruté un montón”, comentó Colapinto en el reel de Instagram, rememorando aquellas vacaciones familiares.

Martina, Franco y Aníbal Colapinto, de vacaciones en las Cataratas del Iguazú.

“Fue un momento inolvidable, único, pudimos disfrutar y recorrer una de las tantas maravillas que tiene nuestro país”, dijo el piloto argentino y convidó: “Los quería invitar a que vayan, que disfruten, que conozcan, y si van que me muestren fotos porque los quiero ver”.

 

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Día del Tarefero, la tragedia de Aurora y un sobreviviente: “Nunca lo pude olvidar”

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día del tarefero

“Yo vengo de una familia de tareferos. Desde los 13 años trabajaba en la cosecha. Éramos un número más dentro de una cuadrilla”, recordó Roberto Carlos Melo, más conocido como “Charly El Achurero”, uno de los sobrevivientes de la tragedia ocurrida el 2 de octubre de 2000 en Colonia Aurora. Aquel hecho, que marcó profundamente a la comunidad tarefera misionera, donde cuatro trabajadores murieron en el acto y decenas resultaron heridos, dio origen al Día Provincial del Tarefero, instituido por la Cámara de Representantes de Misiones.

Sin embargo, cada 17 de junio se conmemora en todo el país el Día Nacional del Tarefero, establecido por la Ley 27.104 en memoria de los ocho trabajadores rurales, entre ellos tres menores de edad, que perdieron la vida el 17 de junio de 2013 en Aristóbulo del Valle, cuando eran trasladados en condiciones precarias hacia un yerbal para iniciar la jornada de cosecha.

Carlos Melo hoy junto a su pequeño hijo

Sin frenos

“Tenía apenas 17 años”, comenzó su relato Melo en comunicación con La Voz de Misiones. Dimensionando lo joven que era cuando abordó el camión que lo llevaría junto a decenas de trabajadores hacia un yerbal. Como era habitual en aquel entonces, viajaban junto a colchones, utensilios de cocina, ropa y alimentos para permanecer hasta quince días en los campamentos en los yerbales.

Según su relato, antes de emprender el viaje definitivo, los trabajadores fueron cambiados de vehículo en una cantina de la zona. Allí, según recordó Melo, el chofer advirtió que los frenos del camión no estaban en condiciones. “El camionero le dijo al patrón que no andaban muy bien los frenos. Pero el patrón le respondió: ‘Dale, llévales nomás’. En esa época la palabra del patrón era una orden. Si no cumplías, te quedabas sin trabajo”, explicó.

El viaje continuó por los caminos de tierra de Colonia Aurora. Los trabajadores viajaban acostados sobre colchones y pertenencias, apretados unos contra otros. “Nosotros íbamos como podíamos. Sentados, acostados o arrodillados. Había tanta gente que algunos iban prácticamente sobre el regazo de otro compañero”, describió.

La tragedia comenzó cuando el camión Mercedes Benz 1114 perdió el control en una pendiente pronunciada. “Me desperté por la velocidad que llevaba el camión. Ahí empezaron los gritos y la desesperación. Todos se preguntaban qué iba a pasar. Era una velocidad impresionante para un camino de tierra”, recordó.

A su alrededor viajaban familias enteras, incluidos niños pequeños que acompañaban a sus padres en la tarefa.

Entre las imágenes más vívidas de aquel momento aparece la imagen de un niño de unos seis años que viajaba a su lado. “Lo metí adentro del colchón para protegerlo. Después el camión empezó a balancearse de un lado para otro”, indicó. 

Y continuó con su relato: “El camionero volanteó para no llevarse por delante las casas. Ahí perdió el control y dimos varias vueltas. Fue todo muy rápido”.

Carlos, el sobreviviente

Cuatro trabajadores murieron en el acto. Entre ellos estaba Pedro Vera, un compañero que viajaba cerca suyo. “Cuando pude reaccionar lo vi tirado. Fue una imagen que nunca más pude sacar de mi cabeza”, lamentó. 

Melo también sufrió heridas gravísimas. El impacto lo arrojó varios metros por un barranco. “Caí como cuarenta metros monte abajo. Tenía golpes por todo el cuerpo, fracturas y una herida muy grande en la cabeza. Pero en ese momento ni siquiera me daba cuenta de lo que me había pasado”, relató.

A pesar de sus propias lesiones, su primera reacción fue intentar ayudar a los demás. “Escuchaba a los compañeros gritar, gemir y pedir agua. Empecé a caminar entre ellos tratando de sacar a los que todavía estaban con vida”, contó.

Luego detuvo un colectivo que pasaba por la zona y pidió ayuda a los pasajeros. “Les rogaba que bajarán a ayudar porque había compañeros muertos y heridos por todos lados”, agregó.

“Vi a mis compañeros heridos por todos lados. Algunos pedían ayuda, otros ya no podían hablar. Fue algo que nunca pude olvidar”, admitió.

Cuatro tareferos murieron la denominada tragedia de los Mártires de Aurora.

Carlos sufrió fracturas, traumatismos múltiples y una grave lesión en la cabeza que requirió varias intervenciones quirúrgicas. Permaneció internado durante más de un mes y debió continuar con tratamientos médicos durante casi un año para recuperarse.

Pero las secuelas no fueron solamente físicas. El sobreviviente cuestiona hasta hoy la falta de respuestas judiciales tras el accidente. Sostiene que las familias y los trabajadores nunca obtuvieron una reparación acorde a los daños sufridos y que la causa terminó diluyéndose entre demoras y obstáculos.

Carlos sostiene que aquella tragedia marcó un antes y un después para los trabajadores rurales de Misiones. “Fue un sacudón para toda la provincia. Se empezó a hablar de cómo viajábamos los tareferos y de las condiciones en las que trabajábamos”, reflexionó. 

Sin embargo, advierte que muchos de los problemas estructurales que originaron aquel accidente todavía persisten en distintos puntos de la provincia.

Tras recuperarse, Carlos se trasladó a Buenos Aires en busca de nuevas oportunidades. Allí trabajó durante años en el sector gastronómico hasta lograr tener un emprendimiento propio. Tiempo después regresó a Misiones, donde actualmente se dedica al comercio de achuras y comparte a través de las redes sociales historias, reflexiones y experiencias vinculadas al mundo rural.

A 26 años de aquella tragedia, Carlos Melo relata cada detalle con una precisión asombrosa. La misma claridad con la que reconstruye los momentos más dramáticos de su vida es la que hoy utiliza para contar sus vivencias y anécdotas de la tierra colorada en Tik Tok, donde se convirtió en una figura popular con más de 37.000 seguidores.

Melo junto a sus 6 hijos y su esposa

 

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