Cultura
La Murga cumple 25 años y rememora su origen en medio de la crisis
La Murga de la Estación cumplirá el domingo 25 años de vida desde que se formara el 24 de marzo de 1999, en la abandonada estación de trenes que hoy es el cuarto tramo de la costanera posadeña. Por eso, el grupo de teatro comunitario presentará el sábado en su galpón de Pedro Méndez 2260 “El herrero y la muerte”, obra que repusieron el año pasado con funciones a sala repleta.
El Proyecto de Extensión “Universidad y Teatro” de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Misiones (Unam) organizó para el lunes pasado, en la Biblioteca Popular Posadas, una disertación entre miembros fundadores de La Murga, quienes recordaron cómo nació uno de los elencos más importantes de la escena teatral misionera.

Miseria en su rancho. El personaje que protagoniza “El Herrero y la Muerte”
“Me impresiona la similitud de las épocas”, lamentó Tuni Bóveda sobre la crisis económica que había a fines de la década del 90 y que se asimila con la actual etapa, con un incremento de la pobreza y el desempleo. En coincidencia, por los constantes ajustes, el área de cultura nacional había sido degradada a una Secretaría y los espacios públicos quedaron arrastrados por el abandono del Estado, como las vías del tren que se situaron como el espacio de acción teatral para La Murga de la Estación.
“Juntarse en ese lugar embarrado y oculto, cuando llovió dos meses seguido. Pedir permiso a las autoridades de la zona, como la policía ferroviaria que no sabíamos para que existía en un lugar donde decían que hacían macumba”, recordó Tuni, quien remarcó emocionada que todo aquello “fue un proyecto vital” para ella.
Junto al titiritero Marcelo Reynoso, de Kossa Nostra, se habían propuesto fundar un grupo de teatro comunitario parecido al de Catalinas Sur de la Boca, en Buenos Aires, que tenía dirección de Adhemar Bianchi. “Él me decía ‘no me busques actores’. Yo buscaba a los que estudiaban teatro, en esa época estábamos presentando lo que era el grupo La Papa del Octavo. Entonces me decía ‘no’; los actores trabajan los sábados. Y yo no entendía”. Hasta que un buen día, Reynoso viaja a Buenos Aires para asistir a una función de Catalinas Sur “y ahí aprendimos de qué se trataba. No era una convocatoria a un espectáculo con actores sino organizar una gran fiesta”, explicó.

A sala llena. La Murga repuso el año pasado una obra que estrenó en 2001.
Con el aporte de amigos se armaron las gradas que se colocaron frente al andén y un viejo galpón que volvió a techarse se transformó en el espacio de reunión para producir lo que fue la primera obra, “Misiones Tierra Prometida”, que contó con la actuación de más de 100 actores, la gran mayoría debutantes que, además de interpretar distintos personajes, cantaban a coro, hacían malabares o tocaban algún instrumento.
“Yo no había visto Catalinas. Lo descubrí cuando fuimos poniendo el cuerpo. Todo era amplificado: el espacio, la cantidad de tareas. Tuvo que ver con la impresión que tuvo el público. Yo tenía una medida con esta experiencia, con la magnitud, con la emoción. Puedo hablar de una palabra que pocas veces decís: me sentí satisfecha. Llena por lo hecho”, aportó por su parte Liliana Daviña, quien, en reemplazo de Carolina Gularte, se puso a dirigir “El Herrero y la Muerte” que se estrenó en 2001.
Un año antes, en Oberá, Daviña pergeñó el inicio de La Murga del Monte, bajo la misma idea de teatro comunitario. “Vine a ver a la Murga de la Estación en Posadas y no tenía ni la más pálida idea que el teatro era eso también. Lloré, reí y dije inmediatamente ‘esto quiero’. Un día en Oberá apareció un afiche y no lo podía creer”, recordó en tanto Carina Spinozzi, quien luego pasó a dirigir hasta hoy a La Murga del Monte. “Me cayó la ficha del proyecto a los 10 años. En el sentido de lo que significaba como elección política lo que hacíamos, esa desmesura y esa acción solidaria de la Murga y Kossa Nostra”.

Spinozzi recordó que hace 25 años atrás muchas familias se sostenían diariamente gracias al trueque, una práctica muy frecuente, “porque no había nada de plata” y remarcó que, comparando con el presente, “antes había menos individualismo” y eso se debía a que “no había celulares y se pensaba siempre en el sábado para encontrarse”, apuntó entre el público Horacio Schwieters, otro exintegrante de La Murga.
En relación a los encuentros del grupo en aquella exestación y que siempre significaron una expresión de cariño y confraternidad, Silvia Nudelman evocó el día que, en aquel 2001, se reprimió a los manifestantes en la denominada Masacre de Plaza de Mayo, para un saldo que terminó con casi 40 muertos.
“Me acuerdo que jueves cayó un 20 de diciembre y ese día nos fuimos acercando al galpón, pese a que había estado de sitio. Nos replanteamos el ensayo y la función. Entonces decidimos seguir adelante. Empezó la obra dedicada a esos muertos. Las gradas estaban llenas porque los vecinos, como nosotros esa semana, sentimos la necesidad de juntarnos”, rememoró Nudelman.
“Cada vez que canto la canción de El Herrero, que dice ‘siempre que haya vida habrá esperanza”, pienso que es nuestra forma de seguir soñando y aportando a la sociedad con esto que amamos y es el teatro. No sé trata solo de que alcance solo para comer. Estamos defiendo el derecho a la cultura”, remarcó Nudelman.
“El Herrero y la Muerte” no se pudo reponer durante muchos años porque la utilería, títeres, telones y narices de goma que usaban para el espectáculo se perdieron con el incendio que alguien provocó en un vagón de tren, donde se guardaba todo. Sin embargo, el año pasado, en los talleres de plástica, dieron forma a los elementos indispensables para la nueva versión de una obra popular, que cuenta la historia de un protagonista llamado Miseria que un día recibe gentilmente en su rancho a un hombre sin saber de que se trata de Jesús. Entonces, en gratitud, Jesús le concede tres deseos. Uno de los deseos que se cumplen desata un desastre en el mundo porque compromete nada más y nada menos que a la muerte. Los sepultureros y las lloronas se quedan sin trabajo y los viejos terminales salen de fiesta.

Desde este sábado y con una función especial por su aniversario 25, La Murga de la Estación repondrá “El Herrero y la muerte” a las 21.30, con entrada gratuita y salida a la gorra. Luego habrá música en vivo con el grupo Canyengue.
En relación a la semana en la que La Murga comenzó a celebrar su cuarto de siglo, se realizó ayer, miércoles, una ponencia académica con quienes investigaron al grupo de teatro comunitario. La magíster Marina Casales disertó sobre lo que significó para ella ser parte de la obra “Misiones Tierra Prometida: una trama identitaria” que luego presentó como tesis académica, en una época en la que sobrevivió gracias a una beca universitaria que percibía entonces porque su papá había sido despedido del aserradero y estaba en una plaza protestando.
En su momento, el doctor Alexis Rasftópolo abordó su estudio “Desde mover una mesa hasta cambiar el mundo: el teatro comunitario y sus posibilidades”, sobre la transformación social que significa en las personas que se animan a hacer teatro comunitario. También remarcó que los intérpretes son actores políticos y que determinados hechos que reconstruyó el grupo llevaron a que se prestara mayor atención, como tal sucedió con la masacre de Oberá de 1936 que, hace 25 años atrás, todavía era un tabú en la sociedad misionera. Previamente, el magíster Gonzalo Casco, habló sobre las “Operaciones gramaticales en la construcción del discurso humorístico en La fiesta de San Juan” que todos los años La Murga presenta con al menos cuatro funciones en un mismo día.
Fotos: gentileza Santiago Encalada

Enfrentamiento. Miseria y La Muerte se enfrentan en una escena crucial
Cultura
Marcelo Toledo desde Nueva York: el sonido imaginado y la cosmogonía guaraní
El músico y compositor posadeño Marcelo Toledo ganó la prestigiosa Beca Guggenheim para producir “Exodus”, una obra “inspirada en la cosmogonía del pueblo guaraní y en su idea de la Tierra sin Mal”, según contó en una entrevista para La Voz de Misiones.
Toledo explicó que sus complejas composiciones son “un lenguaje propio” que nace al “dudar de las convenciones”.
“Mi tecnología sigue siendo el lápiz, el papel y, algunas veces, la goma”, admitió. En relación a la Inteligencia Artificial, Toledo advirtió sobre “la sombra del tecnofascismo” que “está utilizando su poder para controlarnos de maneras cada vez más ominosas y eficientes”.
Horacio Quiroga, Juan José Saer y Abelardo Castillo como escritores inspiradores. Así como su padre, un recordado poeta misionero. “Lo recuerdo escribiendo en el centro de la noche, en el balcón que da a la Plaza San Martín”, dice Toledo, desde Nueva York, donde vive.
En la entrevista reconoce que “cuando se refieren a mí como músico, siento que esa palabra no me representa del todo” y que su principal herramienta es la imaginación al momento de componer.
“Hace tiempo que no pruebo lo que escribo en un instrumento. Todo ocurre en la imaginación. Imagino que escucho internamente lo que escribo, y ese ejercicio, sostenido durante años, se volvió una forma efectiva de creación”, reconoció.
Por tu trayectoria y trabajo, ¿qué significa ganar una beca Guggenheim?
El premio de la Fundación Guggenheim tiene un significado muy especial para mí en este momento: llega después de un período de introspección y de reorganización de mi propio trabajo como compositor. En los últimos años me detuve a revisar mi obra y eso dio como resultado la creación de la editorial Empty Music Edition New York, https://www.mtemptymusic.com/, donde se encuentran muchas de mis partituras. Este proyecto implicó asumir una posición crítica, una especie de retrospectiva personal de mis composiciones, algo que todo artista debe hacer en algún momento.
Observé con mayor claridad las líneas de búsqueda que han atravesado mi trabajo a lo largo de 30 años, así como los logros que son, en esencia, íntimos, ligados a la experiencia misma de la creación. Lo significativo es que este proceso se dio en un relativo aislamiento, un tiempo de trabajo concentrado y silencioso de unos cuatro años. Y es precisamente en ese contexto cuando llega este reconocimiento de la Guggenheim. Por eso, lo percibo como un punto de inflexión, una suerte de pasaje de una etapa introspectiva a otra de proyección exterior.
¿Hubo un proyecto presentado para la beca Guggenheim? ¿Cuál es?
Efectivamente, hubo un proyecto, titulado Exodus, propone un viaje construido exclusivamente a través del sonido. Partí de una pregunta central: ¿podemos percibir un territorio sin verlo, es decir, únicamente a través de la escucha?
La obra está inspirada en la cosmogonía del pueblo guaraní y en su idea de la Tierra sin Mal, pero no como relato explícito, sino como experiencia sonora. Desde el punto de vista compositivo, trabajo con dos ideas fundamentales: por un lado, la polifonía de tiempos, es decir, temporalidades múltiples —pasado, presente, futuro, capas históricas— que coexisten simultáneamente. Por otro lado, una multiplicidad textural, la superposición de materiales, genera una densidad que funciona como reflejo de esa complejidad temporal, en ese espacio, diversas voces y experiencias convergen en un mismo núcleo vinculado al territorio ancestral guaraní. La obra no narra un recorrido, sino que construye un espacio polifónico de escucha en el que tiempo y materia sonora se entrelazan en una misma experiencia. La obra está pensada para una diversidad de fuerzas instrumentales, vocales, sonidos pregrabados y electrónicos, en un sistema de audio octofónico.
Tu música se describe como una exploración de “texturas”, “ruidos” y materiales sonoros no convencionales. ¿Cómo se construye ese lenguaje propio?
Existe una aceptación bastante extendida de que la música constituye un lenguaje, pero ahí surge una contradicción: un lenguaje, por definición, ya está constituido. Entonces, hablar de “lenguaje propio” plantea un problema. Durante los últimos 25 años el trabajo consistió en desarticular la idea de la música como un sistema de significación ya establecido; llevarla hasta su punto más elemental: el sonido en sí mismo, sin referencias ni significación previa, como pura materia acústica. A partir de ahí se abrió un proceso lento de reconstrucción, no orientado a crear un “lenguaje propio”, sino a encontrar algo que ya no estuviera dado.
En muchas de mis obras de comienzos de los años 2000, como Para el encuentro en los abismos, estrenada en París por el Ensamble Intercontemporáneo, esa exploración se manifiesta en lo que, en aquel momento, llamaba simplemente “ruido”: es decir, sonidos complejos con altos niveles de inarmonicidad. Evité deliberadamente inscribir ese trabajo en marcos teóricos o estéticos ya existentes, incluso evitando cierta terminología y procedimientos que ofrecía la tecnología, para no quedar subordinado a una escuela o línea estética como podría ser el espectralismo. Mi tesis doctoral en la Universidad de Columbia, “Componer con ruidos fluidos” refleja justamente esa etapa de investigación.
Entonces, más que construir un lenguaje en el sentido tradicional, lo que hice fue sostener en el tiempo una práctica basada en la duda. Dudar de las convenciones, de las categorías establecidas y de las tendencias estéticas. Desde ese lugar —desde una especie de vacío inicial— puede emerger, eventualmente, algo que otros, con el tiempo, podrían reconocer como un lenguaje propio.
¿Falta mayor reconocimiento a la composición contemporánea?
Sí. La falta de reconocimiento —y consecuente falta de apoyo institucional— a la composición contemporánea. Me refiero específicamente al arte musical experimental o de vanguardia, aunque estos términos hayan caído en desuso: es real y se debe a varios factores. El principal es que, en mi opinión, la música contemporánea sigue siendo una de las experiencias más radicales entre los géneros artísticos. A través del sonido, la obra musical contemporánea elabora su propio hermetismo, su propia forma de aislamiento. Esto la coloca en una posición periférica dentro de la cultura, donde el valor de las prácticas artísticas suele medirse en función de su consumo. La música contemporánea, al convocar a un número más reducido de oyentes, queda fuera de esos criterios.
Al mismo tiempo, hay otra razón importante. La literatura, el cine, las artes visuales operan hoy a través de sistemas de producción, edición, equipos de trabajo y colaboración casi corporativos, que transforman la obra en un producto, siendo “el creador” solamente un eslabón de la cadena. En la música contemporánea eso no es así. El compositor o compositora trabaja, en gran medida, en soledad. No hay un equipo que intervenga o medie en ese proceso para hacerlo más accesible, consumible o para “mejorarlo”. Después del trabajo solitario de la composición, viene la etapa de ensayo y producción del concierto o grabación. No hay nada en el medio.

Tu obra suele tener una dimensión conceptual fuerte. ¿Primero aparece la idea o el sonido?
Depende, puede aparecer primero una idea —una visión conceptual o poética— o bien una situación sonora concreta. En obras para ensamble, muchas veces el punto de partida es una intuición conceptual o incluso una imagen o un texto que dispara procesos temporales y texturales. En cambio, en obras solistas, suele ser el sonido mismo —un material específico— el que contiene ya una lógica interna y orienta el desarrollo de la futura composición.
Más allá de ese punto de partida, hay algo común entre ambas: tanto una idea como un material sonoro implican procesos. Es decir, contienen una especie de trayectoria interna, casi biológica, que tiende a un desarrollo y un desenlace final. En ese sentido, la obra no se construye imponiendo una forma, sino siguiendo la evolución propia de aquello que la originó. En general, no son procesos lineales sino trayectorias que —como en la vida— atraviesan todo tipo de interferencias que hacen que los materiales deriven por zonas impensadas hasta encontrar una salida final. Todo esto, obviamente, rompe con esquemas formales tradicionales y permite que cada obra engendre su propia forma, su propia evolución y que cada composición sea una historia única. En mi concepción, la música debe nacer de lo increado, de lo informe. Una música que nace con una forma predeterminada es un objeto ya clausurado, sin posibilidad de transformación.
Tu obra parece cinematográfica. ¿La maginaste para alguna película?
Muchas veces me han dicho que mi música evoca imágenes, incluso que pareciera que formara parte de situaciones cinematográficas; sin embargo, nunca escribí música para películas o compuse pensando en una película específica.
Dicho esto, en la ópera imaginaria La selva interior, imaginé primero cada sección casi como una película, y recién después la llevé al terreno del sonido. Cada situación es un estado de conciencia de Horacio Quiroga en el momento de su partida. La ópera comienza con un texto de Abelardo Castillo, con su propia voz, hablando sobre Quiroga y anunciando su muerte. La fuente acústica sugiere que esa voz es escuchada por el propio Quiroga, como si proviniera de una vieja radio de 1937 y al mismo tiempo, desde el más allá. A partir de ahí se despliega una serie de situaciones mentales, emocionales y espaciales que están representadas con selvas de diferentes colores: blanca, gris, negra, roja y azul. Interpoladas hay dos “Agonías”, la del propio Quiroga, más adelante, la de su primera mujer. Finalmente, tres metáforas quirogeanas: hormigas, moscas y pájaros. Todo esto organizado en un entramado de secciones que conforman una simetría desfasada y rota, basada en criterios de intensidades contrastantes.
Se estrenó en Buenos Aires en el 2006, luego su versión completa se realizó en Berlín en 2010, una versión de concierto se realizó en el Teatro San Martín de Buenos Aires en el 2011, y finalmente se grabó completa con un ensamble de músicos argentinos en 2016. Ahora me interesarían dos cosas: editar un disco con La selva interior y luego recorrer el camino inverso: partir de la música ya existente y desarrollar una película en la que la música no sea acompañamiento, sino el hilo conductor de toda la experiencia.
Hiciste música inspirado en Horacio Quiroga y Juan José Saer. ¿Hay otro autor que te gustaría brindarle dedicación?
La literatura siempre fue para mí un disparador muy importante, no sólo de materiales, sino también de mundos posibles para la música. Sí, hay textos de algunos autores con los que me gustaría trabajar. Por ejemplo, un texto específico de Marcelo Cohen, así como una novela de Abelardo Castillo, cuya obra es de una notable intensidad. Además, desde hace muchos años tengo en mente una posible ópera a partir de un libro de Witold Gombrowicz. Por otro lado, la poesía ocupa un lugar central en mi trabajo. Hay poemas que funcionan como verdaderos núcleos de activación musical, y muchos títulos de mis músicas provienen directamente de textos poéticos.
Con la inteligencia artificial en la producción artística, ¿qué lugar ocupa la composición humana?
Es cierto que la inteligencia artificial está cada vez más presente en el mundo de hoy. Lo que más me preocupa es la cantidad de gente cuyos trabajos se están declarando obsoletos debido a ella; por otro lado, el posible efecto negativo en las nuevas generaciones que ya la utilizan para resolver tareas extremadamente básicas que impiden el desarrollo cognitivo de la mente aún en formación. En muchos aspectos este avance tecnológico es positivo, aunque la sombra del tecnofascismo está utilizando su poder para controlarnos de maneras cada vez más ominosas y eficientes.
En cuanto a la IA en las artes y específicamente en la música, lo poco que he podido observar, su producción se basa en la recombinación de modelos ya existentes. Eficiencia que no genera originalidad sino velocidad y volumen de producción. Ese tipo de uso y de herramientas suele responder, más que nada, a lógicas de mercado. Para mi trabajo, eso no constituye un problema relevante, no compite en ese plano. Mi práctica está en otro lugar: es un trabajo que requiere tiempo, incertidumbre y una relación directa con el sonido como materia. Sé que la IA es un fenómeno complejo —un arma de doble filo—, pero como compositor, no forma parte de mis preocupaciones centrales. Mi tecnología sigue siendo el lápiz, el papel y, algunas veces, la goma.
¿Qué relación tenés con la escritura y la literatura, considerando también la influencia de tu padre poeta?
La literatura es central en mi manera de entender el arte y la vida. No hay prácticamente un día en que no piense en un libro, en un autor o en algún problema relacionado con la narración o con la poesía. En cuanto a la escritura, de alguna manera, cuando se refieren a mí como músico, siento que esa palabra no me representa del todo. Asocio al músico con una actividad y forma de vida ligadas al instrumento, a la práctica directa de hacer música. Es algo realmente admirable. Ser músico es ser un maratonista del sonido, siempre preparándose para la próxima carrera. En mi caso, en cambio, la experiencia musical se acerca más a la de un escritor: necesito el lápiz, el papel y, si es posible, algo de silencio, el espacio interior, y no dependo de ningún instrumento para desarrollar las ideas. Hace tiempo que no pruebo lo que escribo en un instrumento. Todo ocurre en la imaginación. Imagino que escucho internamente lo que escribo, y ese ejercicio, sostenido durante años, se volvió una forma efectiva de creación. Hay momentos en los que el acto mismo de escribir es tan completo en sí mismo que no requiere nada más, ni siquiera que se transforme en sonido. En ese sentido, reconozco una afinidad profunda con la experiencia del escritor.
En algún momento también tuve un fuerte impulso hacia la poesía, pero lo interrumpí conscientemente, porque interfería con mi trabajo como compositor. De todos modos, la palabra sigue siendo una herramienta fundamental, aunque no permanente, una forma de abrir nuevas dimensiones de sentido al mundo. En ese vínculo, sin duda, está la presencia de mi padre. Lo recuerdo escribiendo en el centro de la noche, en el balcón que da a la Plaza San Martín, con su cuaderno, birome y un plato de uvas. Yo llegaba tarde a casa, lo veía de lejos, a contraluz de la luna o las luces tenues de la ciudad dormida. No lo interrumpía. Para mí, esa imagen estuvo siempre ligada a una idea de libertad y de algún modo, es esa misma búsqueda de libertad la que trasladé inconscientemente a la música.
Fotos: Gentileza Leo Genovese, Laura Dallmann de Toledo y Luna Dallmann Toledo
Compositor posadeño Marcelo Toledo ganó una beca Guggenheim en Nueva York
En Escena Verás
Luis Marinoni: “En mis peores momentos saqué las mejores obras”
Luis Marinoni dice que está “en paz” tras dirigir, días previos y por una vez más, al ballet oficial de la multitudinaria Fiesta Nacional del Chamamé. En la Semana de la Danza, el nombre de Marinoni suena como referente detrás de cada detallada coreografía de estirpe litoraleña.
“La danza es muy poderosa en la escena”, reflexiona. Dice que no le gusta que le digan “Maestro”, aunque “me estoy acostumbrando un poco”, admite sonriendo para En Escena Verás.
Mensú de Oro en 2015 en el Festival Nacional del Litoral, Marinoni remarca que crear obras “es como parir un hijo”, define y confiesa que “en mi peores momentos saqué las mejores obras”.
A pesar de quedar seleccionado entre 600 personas para integrar el Ballet Folklórico Nacional al mando de la renombrada Norma Viola, Marinoni concluye que “nunca me consideré un buen bailarín” y recuerda que se fue de Posadas con la idea de volver y crear el grupo de danzas que aún no existía.
“Me fui a buscar afuera cosas que no había acá”, aseguró quien luego creó la Compañía de Arte que, como todas sus obras, se lucen con vestuarios coloridos y cuadros alegóricos al folklore regional.
La mitología guaraní, Ramón Ayala, la historia y la tradición del Litoral aparecen en sus coreografías que suelen desplegarse además en el Ballet Folklórico del Parque del Conocimiento, adonde ya está usando la Inteligencia Artificial para las estructuras técnicas, según indicó.
Sin embargo, aclara que, a pesar de la tecnología dominante, incluso en la cultura, siempre “habrá una necesidad de volver a simple”.
Por otra parte, Marinoni admite que el arte suele ser provocador, así como las manifestaciones populares de las niñas representando a las Vírgenes, como también los tamborileros afroamericanos que se mezclan con las costumbres tradicionales correntinas durante enero. “A veces no entendemos la cultura del Litoral”, define.
En esa línea, en 2014, Marinoni incluyó al Curupí, el personaje de la mitología guaraní que tiene un pene largo y envuelto en su cuerpo, un hecho que significó una gran polémica en el anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola, de Corrientes, donde se hacía e festival chamamecero.
“Las políticas culturales son muy importantes”, apunta el coreógrafo posadeño al considerar que siempre fue el Estado el que garantizó las seguridad laboral a los bailarines.
“Nunca vino una empresa a decirme: Luis, vamos a poner una compañía para llevarlos afuera. Siempre el Estado estuvo para garantizar espacios para la excelencia artística”.
Cultura
La Provincia salió al rescate de La Palma, librería con 30 años de historia
Tras un proceso de liquidación de libros y anuncio de inminente cierre, la fundación, librería y biblioteca posadeña “La Palma” continuará abierta con el apoyo del Gobierno de Misiones, según confirmó el secretario de Estado de Cultura, Joselo Schuap.
Luego de visitar al propietario de La Palma, Ricardo Raimondo, el funcionario transmitió un mensaje del gobernador Hugo Passalacqua. “La Palma no se cierra. Encontré a Ricardo lúcido y acordamos que el lugar continúe abierto. Vamos a trabajar juntos para sostener el proyecto”, dijo.
Como parte de ese respaldo, la provincia analiza la compra de libros del fondo de “La Palma” para destinarlos a bibliotecas y espacios culturales. El catálogo incluye material universitario, académico, literatura general y títulos sobre el legado guaraní-jesuítico.
El trabajo se coordinará con Raimondo y sus hijos, Daiana y Lean, a cargo del funcionamiento diario del espacio situado por calle Buenos Aires 1825.
Asimismo, desde Cultura convocaron a la comunidad a acercarse al local para “acompañar con presencia, compra e intercambio de libros”, invitó Schuap.

Raimonda y Schuap. Reunidos en la Librería La Palma, por calle Buenos Aires 1825.
Esta medida se integra a la política de apoyo a bibliotecas populares de Misiones, varias de las cuales participarán en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires con acompañamiento estatal.
Con más de treinta años de trayectoria en la ciudad, “La Palma” funciona como punto de referencia para lectores, con acceso directo a los estantes y un circuito de libros usados. “Sostener estos espacios es sostener la memoria cultural de Misiones”, consideró Schuap.
El nombre “La Palma” es un homenaje a una antigua y emblemática confitería que funcionaba junto a la Catedral de Posadas y servía como café literario. Entre sus más de 100.000 ejemplares, atesora libros sumamente antiguos, incluyendo uno que data de 1615 (que forma parte de la colección personal del fundador) y otros títulos a la venta del siglo XIX.
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