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Publicando recetas, influencer misionero cumplió el sueño de poner su negocio

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Un amante de “todo lo relacionado con la comida”, así se definió el posadeño Brayan Viana, de 23 años, en una entrevista con La Voz de Misiones, donde repasó el último año de su vida y contó cómo fue incursionar en el mundo de los influencers y cumplir el sueño que tenía desde adolescente.

Abrir un negocio de comidas propio impulsó al joven a buscar alternativas que le generen ganancias, además de su trabajo en la Municipalidad de Posadas.

Fue así que “un día se me dio por hacer una receta y empecé a hacer videos. Subí un video, subí dos, subí tres, creo que al cuarto video le pegué”, dijo Brayan a LVM.

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Al tiempo que recordó: “La idea nació porque me gustaba mucho la comida. Hice un curso de chef, lo terminé, tengo mi certificado. Primero empecé a hacer videos de comidas y sentí que no era todo lo que quería, así que empecé hacer videos recorriendo lugares”.

Mientras acumulaba cada vez más seguidores en sus redes sociales e iba forjándose su figura de influencer, el posadeño le dio una identidad a su proyecto gastronómico: “Quería un sello, una marca, entonces le puse mi nombre Brayan con chef (BraChef)”, contó.

En esa línea, se explayó: “BraChef es un emprendimiento que surgió hace mucho tiempo, porque hace mucho quería poner un local, y gracias a los videos que empecé hacer, empecé a tener unos ingresos aparte y con eso pude poner este local que hoy en día está creciendo”.

Viana sostuvo que hay que animarse a utilizar las herramientas que están al alcance de la mano, “todo el mundo hoy en día tiene un celular”, opinó y comentó cómo creo la receta que más reproducciones tiene en Tiktok, la plataforma en la que más se destaca.

“Piqué salchichas, puse como base de una pizza, en vez de harina usé salchichas, y tiré queso arriba y tomate en rodaja. No tenía nombre. Pizza con base de salchicha, le había puesto y el video lo empecé con: ‘¿No sabes qué cenar está noche?’”, describió. Así nació la “salchipizza”, la receta que registra 40,8 millones de vistas.

En la actualidad, el influencer cosecha poco más de 37.400 seguidores en Instagram y unos 421,500 en Tiktok. Además, colabora con pequeños emprendedores para dar a conocer sus productos, sin costo alguno.

Para concluir, Brayan envió un mensaje a quienes aún no se animan a promocionar su emprendimiento a través de las redes: “Si son constantes y suben videos y hacen, más que nada, lo que les gusta, les va a ir bien. Por ahí no saben de qué hacer los videos: hagan de lo que les gusta. Si saben hacer carpintería, hagan de carpintería; si les gustan los animales, hagan de animales, que el sol sale para todos”.

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La travesía de 2.000 kilómetros de un misionero para fotografiar yaguaretés

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“A onça está perto”, fue la primera advertencia que José Ignacio García recibió al llegar al Gran Pantanal, en el estado de Mato Grosso, Brasil, a unos 2.000 kilómetros de su Oberá natal. Luego escuchó dos consejos claves para su estadía en la zona: no salir de noche y no desviarse del camino principal. La advertencia, en portugués, significaba: el jaguar o el yaguareté está cerca.

José tiene 27 años y la semana pasada viajó al humedal más grande del mundo para cumplir una experiencia única: fotografiar un yaguareté en su hábitat natural.

El obereño es Licenciado en Administración de Empresas, trabaja junto a su padre en la firma familiar y vive de ello, pero la fotografía es su gran hobby y posar el lente de su Sony A6500 sobre el mayor depredador de la cadena trófica de América se transformó en su anhelo.

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Para ello, debió embarcarse en una gran excursión terrestre de 4.000 kilómetros (ida y vuelta) y nueve días de viaje. La travesía comenzó un sábado, desde Oberá hasta Foz de Iguazú y desde allí hasta Porto Jofre, un inhóspito paraje brasileño ubicado a la orilla del río Cuiabá, desde donde comienza la aventura para recorrer el Gran Pantanal, un humedal de casi 20 millones de hectáreas.

En diálogo con La Voz de Misiones, José contó que el objetivo inicial era realizar un viaje de “padre e hijo”. La primera idea fue volar hasta la Patagonia, pero luego se le ocurrió hacer “algo fuera de lo normal” y a partir de ahí comenzó a buscar un destino para realizar avistamiento de animales.

En ese plan conoció a Alejandro “Buby” Nolde, un empresario turístico de Eldorado que ofrece viaje a diversas partes de Sudamérica y en el catálogo de destinos encontró lo que buscaba: el Gran Pantanal, excursión cuya atracción principal es el avistaje de animales y, principalmente, de yaguaretés.

Charlaron, se pusieron de acuerdo y definieron una fecha, lo cual es clave para este tipo de viajes porque las condiciones del lugar dependen mucho de la climatología. En temporada de lluvias, por ejemplo, los ríos aumentan de caudal, los caminos se anegan y los grandes felinos no se muestran tanto.

A comienzos de septiembre, finalmente el viaje salió. En total fueron ocho camionetas las que salieron rumbo a Brasil. El destino del GPS era Chapada dos Guimarães, para de ahí tomar la denominada ruta Transpantaneira, un camino de tierra, de 147 kilómetros de extensión y que cruza un total de 121 puentes hasta llegar a Porto Jofre.

“Porto Jofre es un conjunto de casitas, no llega a ser un pueblo. Es un paraje prácticamente inhóspito. Nosotros nos quedamos en una posada. El avistaje de animales se da sólo navegando, caso contrario es muy riesgoso. Vos llegás a Jofre y lo primero que el guía te dice es que tengamos cuidado, que no de noche no hay que salir, que no nos desviemos del camino principal y que nos manejemos en grupo”, contó a LVM José, que comenzó con la fotografía como hobby en 2016 “robándole” una vieja Nikon a su papá y experimentando a “prueba y error”.

La navegación se da por el río Cuibá y los brazos que se adentran entre la vegetación. Yacarés, carpinchos, nutrias, mono, diversos tipos de aves y hasta anacondas son fáciles de encontrar.

Ver un yaguareté durante esta excursión está prácticamente asegurada, porque la zona concentra la mayor población de este felino en el continente, pero observarlo lo más cerca posible es el desafío.

José contó que a los 40 minutos de navegación se encontraron con una hembra y dos cachorros, pero el avistaje fue lejano. Al poco tiempo vieron otro ejemplar, pero tampoco fue pleno.

Las posibilidades parecían agotarse y el tiempo también apremiaba porque en el Pantanal el Sol comienza a ocultarse cerca de las 17.30, lo que obliga a regresar a tierra firme y segura. Pero en la última vuelta ocurrió lo esperado.

“Nosotros hicimos siete horas de navegación por el río Cuiabá. Hicimos tres avisatajes, pero recién el último fue pleno. No es un zoológico, uno va con muchas chances de ver un yaguareté, pero no dejan de ser probabilidades. Y después de cinco horas arriba el agua, una hembra salió y se posó en un islote. Habrán sido unos 10 o 15 metros de distancia entre el yaguareté y yo. Éramos ocho lanchas, todos enloquecidos. Ella estaba tranquila, con una parsimonia. Se sabía la dueña del lugar. No hay palabras para describir la experiencia de ver a ese animal de frente”, describió.

Para José no hay palabras para describir la experiencia, pero sí imágenes. El encuentro fue retratado con teleobjetivo Sony 70-200mm y publicado tanto en su página web Thepearco.com, como en su perfil de Instagram bajo el título de “God save the Queen of the Pantanal”.

El misionero, que no persigue fines de lucro con sus fotos, sino que busca “compartir” lo que ve desde “su óptica”, aseguró haber cumplido un gran anhelo, aunque admite que si bien necesita volver a ahorrar bastante, ya sueña con su próximo objetivo: recorrer y fotografiar el continente africano.

El Gran Pantanal, ubicado en el estado brasileño de Mato Grosso, a 2.000 kilómetros de Misiones, concentra la mayor cantidad de yaguaretés en su hábitat natural del mundo.

 

José tuvo tres avistamientos de yaguaretés durante siete horas de navegación por el río Cuiabá, cuyos brazos se adentran entre la vegetación.

 

En total fueron ocho camionetas las que se adentraron al Gran Pantanal, llegando hasta allí por la ruta Transpantaneira, de 147 kilómetros de tierra y 121 puentes de madera.

 

El Gran Pantanal es el humedal más grande del mundo y en las recorridas se pueden observar yacarés, lobos de río, monos, anacondas y muchas más especies.

 

José utilizó una cámara Sony A6500 y un teleobjetivo Sony 70-200 mm durante la excursión.

 

José es Lic. en Administración de Empresas, pero comenzó con la fotografía como hobby en 2016 “robándole” una vieja Nikon a su papá.

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El cheff Iván Ortega y su experiencia en México: “Jugué en primera”

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Ortega

Hace seis meses, el cheff posadeño Iván Ortega se embarcaba en la aventura de su vida, de diseñar de cero un emprendimiento de comida rápida en Guadalajara, la capital del estado mexicano de Jalisco, conocida por el tequila y el mariachi, en el oeste del país.

Lo habían contratado como consultor gastronómico de un emprendimiento de tres mujeres argentinas, enfocado en un servicio de delivery de empanadas con acento argento y nombre rioplatense: Empanadas La Porteña.

Era su segunda consultoría gastronómica internacional, y con un producto típico, con el que además mantenía un romance de los años en que desarrolló la exquisita carta de “Agualaboca”, en Oberá.

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Ortega regresó hace unos días a Posadas y relató a La Voz de Misiones la experiencia y el proyecto desarrollado en México.

“Soy el primer consultor gastronómico misionero que desarrolla un proyecto empresarial en México; una consultoría integral gastronómica”, afirmó Ortega.

Explicó que cuando se habla de “consultoría integral”, significa “decidir sobre todo, desde desarrollar la carta a elegir mesas y sillas, y las cosas de la barra; hablar con el arquitecto”.

“La consultoría es vender el saber hacer de algo; el know how”, definió.

Ortega estudió gastronomía en el Colegio Gato Dumas, y llegó a trabajar como asistente con el recordado cocinero argentino fallecido en 2004.

Fue medalla de oro de su promoción, lo que le valió una especialización en pescados y mariscos en el País Vasco, en España, en 2005.

En Misiones, como consultor desarrolló unos 15 emprendimientos gastronómicos, en Posadas y el interior provincial.

Son de su autoría el restorán El Monte, las empanadas Agualaboca, de Oberá; y Visage, en el hotel casino; Santanero Restó y Santanero Bar, en Santa Ana; el restorán de Salto Encantado, el de los Saltos del Moconá; Cabureí I y II, en Posadas, de los que además es propietario; y Pizza Cheff, de Encarnación, que fue su primera consultoría internacional.

Jugar en primera

-¿Qué sacás en limpio de la experiencia?, le preguntó LVM.

“Primero, orgullo de salir de Misiones, con bandera argentina y moverme en un circuito extranjero, como un profesional”, afirmó Ortega. “Es un vocabulario distinto. Es primer mundo”, agregó.

“Rescato el trato de los empresarios para conmigo. Porque, el nombre puede valer algo acá; pero afuera, nada; afuera solo lo que ellos pudieron captar de la idea que yo tenía para ofrecerle; ellas tenían muchas ideas de la línea clásica, pero querían una línea gourmet”, argumentó.

Contó que desde el momento en que aterrizó en el aeropuerto “Miguel Hidalgo y Castillo”, en Guadalajara, “me presentaron a amigos, empresarios, financistas, exportadores, importadores; toda gente de negocios”.

Indicó que Empanadas La Porteña es un emprendimiento liderado por tres mujeres, dos porteñas y una rosarina, viviendo en México. “Las tres, son mujeres emprendedoras maravillosas; esposas de importantes ejecutivos, también argentinos”, describió.

La argentinidad

El cheff posadeño se confesó emocionado. De hecho, se quebró en varios momentos de la charla con LVM. “Fue realmente jugar en primera; es algo que me emociona mucho”, dijo Ortega, todavía con el viaje a flor de piel.

Contó que la particularidad del emprendimiento mexicano era que las tres propietarias eran a la vez las empleadas.

“Ellas querían ellas hacer las recetas magistrales, así que desarrollamos el trabajo de investigación con ellas; el armado de cada receta, la ficha correspondiente; todo”, relató.

El local está ubicado en una zona de countries, que allá se conocen como “cotos”. “Es como si fuera Nordelta”, graficó. El nombre de la zona, Bosque de Santa Anita, le producía cierta reminiscencia -dijo Ortega-, de la época del “Santanero”, en Santa Ana, Misiones; y a la vez fue como una cábala de que “nada podía salir mal”.

“La línea gourmet desarrollé literalmente”, afirmó.  En la investigación previa a su desembarco en México, hecha por internet y con escapadas a algunas de las mecas de las empanadas, se hizo pasar por “comprador misterioso” en Buenos Aires, Salta y Tucumán.

Dijo que así fue que se dio cuenta que la “argentinidad no iba ciento por ciento en la línea gourmet” que pretendía desarrollar, que finalmente se resumió en tres estilos de sabores: “La argentinidad, el mex y texmex”, enumeró Ortega.

“La argentinidad, vacío y provoleta al horno en baja temperatura; de novillito, como se hace tradicionalmente, con un colchón de cebolla y pimiento, orégano y ajo; también puede ser ojo de bife malbec”, describió.

“El mex está dado en la empanada de pollo deshilachado; con ají, tomate, mucho tomate, y chipocle, que es un chile; México es el país de los chiles; y después, tenés lo americano, que es el tex, lo tejano, que es la zona más cercana a México”, explicó.

La carta resultó en 14 variedades: 8 clásicas y 6 gourmet.

El cheff posadeño estuvo dos meses en Guadalajara, tiempo en que llevó a la práctica las ideas y conceptos acumulados durante la investigación, y los volcó en el desarrollo integral del proyecto.

El Brete

“Cuando abrimos fue un éxito descomunal”, recordó Ortega el Día D de La Porteña. Contó que 15 días antes ya la gente golpeaba las puertas y preguntaba sobre la fecha de la apertura.

Ortega considera que la experiencia mexicana fue como una recompensa después de estos dos años difíciles para todos, que impactaron distinto en cada uno, pero que dejaron en todos su indudable marca.

“Jugué en primera, venía mal; me castigó la pandemia, sufrí un robo, tuve desavenencias desgraciadamente con el municipio; hoy me doy cuenta que fue malentendido y que nadie hubiera querido hacerme pasar el mal momento; agradezco la educación que tuve para comprender y eso me trajo mucha paz”, dijo Ortega.

“Y después, vino esto. Cuando me bañaba en el mar en Tulum, tuve como un estado de plenitud, felicidad, una iluminación que me hizo comprender”, relató.

Ahora, de vuelta en Posadas, Ortega pasa gran parte de su tiempo en “Cabureí”, su restaurante de la costanera, en El Brete: “Mi lugar en el mundo”, afirmó.

“Tengo la cabeza, las ganas, la decisión”, señaló. “La idea –contó-, es darle la jerarquía que se merece el lugar del que fui merecedor”.

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Dictadura y secuestros en la selva: la historia de la hostería Hoppe en Cataratas

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Los restos de la Hostería y Camping Hoppe, ubicada en plena selva dentro del Parque Nacional Iguazú y demolida en 1979, un año después del secuestro de su propietario Juan Hoppe, del militante montonero Manuel Javier Corral -aún desaparecido- y de varios turistas extranjeros, en el marco de las operaciones perpetradas por las fuerzas armadas durante la última dictadura militar, serán señalizados como sitio de la memoria por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.

El anuncio fue realizado ayer, a través de redes sociales y luego de una actividad concretada junto a Guillermina y Mariana, hijas de Hoppe y Corral, respectivamente, quienes por primera vez visitaron el lugar donde el 21 de febrero de 1978 sus padres fueron secuestrados por unos veinte militares que irrumpieron a punta de fusiles en medio del silencio y la oscuridad de la selva paranaense.

La señalización del lugar como nuevo sitio de la memoria se realizará a partir de un acuerdo entre la Secretaría de Derechos Humanos y la Administración de Parques Nacionales de Argentina. El lugar fue localizado tras una investigación iniciada por la guardaparque retirada Nancy Ruiz de Martyniuk, con más de 20 años de servicio en Cataratas.

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Gran parte de los violentos sucesos ocurridos durante esa madrugada de febrero en la hostería Hoppe fue narrada por Guillermina, que en ese momento tenía 14 años y fue testigo del horror junto a sus nueve hermanos. El más grande tenía 16 y el más chico apenas seis meses. Tras el secuestro de su padre, todos quedaron al cuidado de una tía, aunque en precarias condiciones. Sus vidas cambiaron por completo.

Los recuerdos de Guillermina -como los de Mariana Corral- fueron volcados en el libro “Historias con nombres propios III” (2011), a partir de un compilado realizado por Amelia Báez, ex presa política y funcionaria de Derechos Humanos en Misiones, con escritos confeccionados por familiares y víctimas del terrorismo de Estado en Misiones.

La cabaña Hoppe

Juan Hoppe, oriundo de Polonia, era ingeniero de puentes. Participó de la Segunda Guerra Mundial, llegó a Misiones en 1948 y fue el creador de las primeras pasarelas para recorrer las Cataratas.

El hombre tenía una casa dentro del Parque y luego de construir las pasarelas, quedó encargado de mantener los árboles bajos en cercanías al aeródromo, que en esa época funcionaba donde ahora es el acceso principal al predio.

Con el auge del turismo, su casa dejó de ser solamente su casa y con los años se transformó en lo que terminó siendo la Hostería y Camping Hoppe. Visitantes de todas partes del mundo se alojaban en el lugar, en medio de la selva, de la oscuridad, casi aislados y rodeados de yaguaretés en su hábitat natural.

Parte de los cimientos que quedaron como vestigio de las cabañas Hoppe dentro del Parque. FOTO: Secretaría DD.HH. de la Nación

“Era una hostería impresionante. Tenían diez cabañas de madera y diez de material, cada una con baño privado, además de una zona para carpas. Hoppe también había hecho una pileta natural con agua de arroyo, que no tenía impacto negativo en el lugar. Tenía un máquina para generar energía y una bomba para el agua. Era una persona muy ingeniosa. Empezó a ofrecer servicios y por eso para mí fue el primer hospedaje familiar de la historia de Puerto Iguazú”, detalló en diálogo con La Voz de Misiones la guardaparque Ruiz, que investigó la historia de la hostería a partir del hallazgo de los cimientos de las construcciones durante una de las recorridas por el Parque en el marco de una labor de eliminación de plantas exóticas, “invasoras” o “plagas”.

 

 

Hasta allí llegó una vez Manuel Javier Corral, más conocido como Manolo, cuyo paradero aún se desconoce y es uno de tantos los militantes políticos que permanecen en condición de desaparecidos desde el golpe de Estado ejecutado el 24 de marzo de 1976.

Corral nació el 20 de agosto de 1943 en Galvez, provincia de Santa Fe. Vivió un tiempo en Capital Federal, formó parte de grupo nacionalista Movimiento Nueva Argentina (MNA) y estudió ingeniería hasta que en 1971 fue detenido acusado de ocultar armas en un “embute”, término de origen lunfardo y utilizado en esa época por militantes para designar el escondite de elementos “comprometedores”, como armamento, libros o insignias peronistas.

Manolo estuvo preso en los penales de Devoto, Caseros y Ezeiza, hasta que fue liberado por la amnistía del 25 de mayo de 1973.

Tras su liberación se casó con la mujer que luego fue madre de su hija Mariana, pero el matrimonio no prosperó y por su compromiso militante tuvo que pasar a la clandestinidad. Su familia ya poco y nada sabía de él para ese entonces, aunque luego confirmaron que Manolo era parte de la organización Montoneros.

En marzo de 1977 Corral se fue a Brasil, pero antes de ello, intuyendo que su final podía llegar en cualquier momento por la persecución política que sufría, escribió una carta para que Mariana la leyera cuando cumpliese 15 años. Esos escritos luego se transformaron en un libro, “Cómo enterrar a un padre desaparecido”, del periodista Sebastián Hacher.

Pero el santafesino iba a durar poco en el extranjero. En noviembre de 1977 regresó a la Argentina y después emprendió viaje hacia Puerto Iguazú, donde se alojó en la hostería Hoppe, lugar que ya conocía previamente. Se quedó ese verano y también empezó a trabajar para el dueño, Juan, con quien entabló una amistad.

La recorrida en la selva para llegar hasta los restos de las cabañas.

Durante esa última estadía Corral conoció a Ana María Cavallieri, una mochilera cordobesa que estaba recorriendo el Litoral. Se enamoraron, iniciaron una relación y aguardaban emprender viaje hacia Brasil nuevamente. La quimera consistía en llegar hasta México. Comenzar de cero.

Pero el 21 de febrero de 1978, a las 2 de la madrugada todo cambió.

Secuestros en la selva

Veinte militares vestidos de civil llegaron a punta de fusiles a la hostería preguntando por “los guerrilleros”. En baúles de falcons y en cajas de camionetas prestadas por la empresa de turismo Tucán, se llevaron todos. A Corral, a Hoppe y a al menos siete turistas (dos daneses, dos estadounidenses, un alemán y dos porteños).

“A los turistas que se alojaban en las carpas en el sector de camping los fueron a buscar a todos, no se salvó nadie. Los trajeron arrastrados haciendo cuerpo a tierra hasta la casa donde estaba la hostería por el camino que estaba lleno de ripio”, recordaría luego Guillermina para el libro de Amelia Báez.

En total fueron doce horas de amenazas, intimidaciones y golpes para todos de parte de los militares que preguntaban “por las armas” y “los guerrilleros”. Uno de los integrantes de esa patota fue reconocido como “Chelo”, un conocido policía del destacamento de Puerto Iguazú.

Todos los detenidos fueron llevados hasta Posadas, donde quedaron alojados en distintos lugares. Hoppe fue torturado y desde su celda también oída como golpeaban a Corral, que luego se habría identificado como montonero que liberen a los demás.

Unos quince días después, el ingeniero polaco y los turistas fueron liberados, entre ellos Ana María Cavalieri, que regresó a Córdoba, pero de Corral nunca más hubo noticias.

Manolo Corral tenía 34 años cuando fue secuestrado Iguazú. Permanece desaparecido.

“A partir de ese momento, comienza un largo recorrido por tribunales, comisarías, pedidos de hábeas corpus, telegramas, etc. Todas gestiones son inútiles. El 7 de noviembre de 1978, mediante un télex, el Ministerio del Interior hace saber que el Ejército ha informado que mi padre ‘fue liberado por falta de mérito, dirigiéndose a la Pcia. De Buenos Aires’. El télex vino de Puerto Iguazú firmado por el Jefe del Comando. Sin noticias. Todos los hábeas corpus presentados posteriormente también fueron rechazados”, reconstruyó, en “Historias con nombres propios III”, Mariana Corral la lucha de su familia para obtener novedades de su padre. Todo fue en vano. De Manolo nunca más se supo más nada. Sigue desaparecido. Sólo quedaron su rostro, sus memorias y la carta dirigida a su hija.

Hoppe, en tanto, regresó a Puerto Iguazú, pero nada fue igual. Los aprietes que ya venía recibiendo para desalojar su casa y su complejo dentro del Parque se profundizaron. Así fue que en septiembre de 1979 debió abandonar el lugar y exiliarse en Presidente Franco (Paraguay), dejando a sus hijos en Iguazú hasta que tiempo después pudo llevarlos nuevamente con él.

Fue durante esos años en Paraguay que Hoppe le contó a sus hijos todo lo que había padecido durante su secuestro y recordó las últimas veces que vio a su amigo Corral.

“En un momento en el que se pasaban salmuera (le ordenaban que se pasaran) para que se cubran los golpes, Corral le dijo a mi padre que una sesión más de tortura no aguantaba, entonces mi papá le dijo que les suplicara. En un momento escuchó que Corral decía que le dejaran ver el mundial y que quería ver a la Argentina salir campeón. También escuchó, ya que permaneció siempre vendado, que varios detenidos decían que no iban a comer más porque preferían morir, no aguantaban más tantas torturas”, recordó Guillermina sobre las experiencias narradas de su padre.

La guardaparque Ruiz -al medio- junto a las hijas de Corral y Hoppe.

La familia Hoppe regresó a Argentina en 1983, pero el ingeniero polaco falleció poco antes de 2010. Murió lejos de su histórica cabaña y sin justicia por todo lo padecido, ni por su secuestro, tortura y exilio, ni por su desalojo. Fue uno de los pocos que no fue incluido en el plan de reubicación de primeros pobladores del área Cataratas realizado por la Administración de Parques Nacionales en su momento.

“Él no estaba de manera ilegal ahí, pero de igualmente en la orden de desalojo figuraba como un ‘invasor’. Toda esta investigación también forma parte de la historia oral de esos primeros pobladores y ayuda a la memoria. Lo oculto debe salir a la luz. La justicia engrandece a una nación, se ha sacado la afrente de ese lugar”, reflexionó la guardaparque Ruiz.

Ahora, más de 40 años después, la Secretaría de Derechos Humanos señalizará un sitio de la memoria dentro del Parque para recordar lo sucedido durante esa madrugada de terror en la hostería Hoppe.

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