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Los hermanos Enríquez Pacheco, de La Placita a ser fusilados por la dictadura

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Eran hermanos. Uno paraguayo y otro argentino, de padres exiliados por la dictadura de Alfredo Stroessner en el vecino país, Ciriaco Enriquez y Rosalinda Palcheco Mereles, y que junto a otros miles de sus compatriotas emigraron a través de las fronteras, en una interminable diáspora que duró 35 años.

Pablo Enríquez Pacheco nació el 17 de agosto de 1947 en el Departamento Pilcomayo, provincia de Formosa, el distrito inmediatamente fronterizo con Asunción y sus ciudades metropolitanas satélites.

José Arístides Enríquez Pacheco, el menor, era nacido en Asunción, el 27 de agosto de 1948.

Ambos, vivían con sus padres en un barrio posadeño célebre para la memoria: El Chaquito, en las orillas del río Paraná, una zona que quedó bajo el agua con Yacyretá, y que en la época en que la familia Enríquez Pacheco llegó en balsa, a mediados de los años ’60, y se instaló en el caserío poblado por paraguayos refugiados del régimen de mano dura del general Stroessner, era un arrabal de Posadas donde se combinaba el guaraní con la militancia política.

Comerciantes de toda la vida en Posadas, el local familiar continúa en La Placita.

De esa familia resultaron los hermanos, que de Posadas fueron a buscar fortuna a Buenos Aires, la meca de todos los tiempos de la migración paraguaya, que repite hasta hoy el mismo derrotero y destino.

“Vayan a trabajar en lo que sea, y se fueron los dos; tenían menos de 30 años cuando eso”, cuenta su hermana Elizabeth Enríquez, próxima a cumplir los 60 años, que en la época en que transcurre la historia tenía unos 12.

“Lichi”, como la conocen en el Mercado Municipal La Placita, heredó el local familiar, y convirtió el almacén de su padre en una librería y juguetería, que atiende personalmente.

“Ellos se fueron a trabajar de albañil. José con el tiempo se hizo también fotógrafo. Los dos militaban en la Juventud Peronista. En el barrio donde vivían había mucha militancia en esa época”, relata la  hermana sobre los dos hombres, de cuyo secuestro y muerte por parte de las fuerzas represivas, se cumple hoy 46 años.

Ejecutados

Los hermanos Enríquez Pacheco fueron secuestrados en dos operativos militares, entre el 31 de marzo y el 3 de abril de 1978. A José se lo llevaron primero, y después a Pablo, con uno o dos días de diferencia. No hay precisión en cuanto a la ubicación de los secuestros. Los datos suponen que fue en el barrio donde vivían, sobre la calle Heredia, en Villa Domínico, partido de Avellaneda. Ambos fueron fusilados el mismo día, 4 de abril, y arrojados en un monte. Sus legajos en la Conadep no recogen testimonios de su paso por alguno de los centros clandestinos de detención (CCD) de la época.

“Ellos fueron secuestrados, torturados y desaparecidos; quemados y mutilados”, dice Elizabeth. “El cuerpo de mi hermano mayor fue encontrado sin una mano”, apunta.

Adolescente entonces, Elizabeth recuerda que todo ocurrió en las semanas previas al Campeonato Mundial de 1978, que terminó con la Argentina campeona del mundo, y con el que el régimen intentó lavar su imagen ante el mundo, en un momento en que la voz de los miles de exiliados se hacía sentir en Europa y Estados Unidos.

Aun así, con la máquina de matar a pleno, todo era entusiasmo por la Copa de la Fifa. “Toda la gente festejaba y mi familia lloraba”, dice Elizabeth.

Cuenta que, enterado de los hechos, su padre, veterano militante y sindicalista, dejó su comercio en el Mercado Municipal y viajó a Buenos Aires para ver qué había pasado con sus hijos.

“En esa época de los ‘70 no había celulares y el único teléfono era acá en La Placita”, recuerda Elizabeth. Cuenta que su padre se comunicó de inmediato con amigos en la capital y con el monseñor Jorge Keremer, el primer obispo que tuvo Misiones, un hombre indiscutiblemente reconocido por sus esfuerzos en materia de derechos humanos durante la dictadura cívico militar.

“José pudo escapar, con una bala atravesada en la garganta, y llegó a un hospital. Una enfermera se animó a ir a hablar con un amigo para avisarle. Pero cuando llegaron él ya había muerto”, narra su hermana.

Su padre hizo la denuncia y rescató los cuerpos. Las partidas de defunción consignan como causa de la muerte “paro cardiorespiratorio”. No hubo mayores explicaciones. Ambos están sepultados en el cementerio de Avellaneda, provincia de Buenos Aires.

Cuenta su hermana que en el sepelio solo se permitieron pocas presencias: “No dejaron que vayan sus amigos, pero igual fueron muchos que pasaban discretamente y arrojaban alguna flor”, recuerda.

El Chaquito

La hermana de las víctimas de esta historia reconoce en el cruel destino de sus hermanos, el derrotero familiar signado por la persecución y el exilio.

Elizabeth Enríquez estructura su relato por el final, que es donde el nudo de la trama se desata. A partir de ahí, desanda el tiempo y la retrospectiva lleva la historia a la infancia en El Chaquito, en Posadas, donde nació, mucho tiempo después del arribo familiar, y vivió con Pablo y José, hasta que estos marcharon a Buenos Aires.

“Mi papá tiene una historia dura. Viene de Asunción. Era militante del Partido Febrerista”, dice Elizabeth, en referencia a una organización política paraguaya de centro izquierda, nacida con el nacionalismo de la posguerra del Chaco, con Bolivia.

“Él allá no conseguía trabajo y emigraron a Formosa, donde nació Pablo, pero no les fue bien y volvieron a Asunción y ahí nació José”, relata.

Elizabeth recuerda que El Chaquito y el barrio aledaño conocido entonces como San Cayetano “tenía mucho movimiento social” y los allanamientos militares a los vecinos eran recurrentes.

“Toda mi familia padeció. Éramos perseguidos, en mi casa rompían todo los militares”, señala.

“A mi papá también le costó conseguir trabajo por su militancia sindical. Trabajó en el aserradero Heller y lo echaron por militante”, cuenta.

“Mis hermanos de muy joven se fueron. José creó su empresa propia haciendo fotografía. Estudió allá”, dice Elizabeth y agrega: “Eran comprometidos, tenían ideas, querían cambiar el mundo”.

De hecho, José Arístides llegó a destacarse en el ámbito de la fotografía documental y logró varias de las tomas más famosas de la vuelta al país de Juan Domingo Perón, el episodio que se conoció como la “Masacre de Ezeiza”.

“Hizo muchas fotos comprometedoras en los inicios de la dictadura. Por ahí creo que quedó marcado, y calculo que por eso le hicieron el operativo”, dice Elizabeth.

Rabia y Memoria

“A mí me pega mucho la fecha del 24 de marzo”, afirma Elizabeth. No, por el aniversario del golpe de 1976, sino por las marchas de familiares y organizaciones, que a 48 años le siguen poniendo rostro a las víctimas del horror y renuevan el mismo reclamo de justicia.

“Todos los 24 marchábamos con mi papá. A veces éramos muchos, otras veces éramos pocos”, dice Eizabeth.

Esta marcha que pasó ahora, creo que fue una que nunca viví, porque hubo muchísima gente”, sostiene y agrega: “Me emocionó ver, porque pucha a pesar del contexto político y económico que la gente se comprometa y salga es muy fuerte”.

“Yo no quiero olvidarlo nunca, porque el daño que provocó en nuestra familia fue irreparable. Tengo dos sobrinas que crecieron sin padre. El dolor de mi mamá, que veíamos diariamente, y que le llevó muchos años volver a tener una vida normal y recomponerse”, afirma.

En internet no hay registro fotográfico de Pablo ni de José. Los bancos de datos de víctimas de la dictadura no consignan fotos de ninguno. Su hermana rescató hace muy poco fotografías de cada uno.

Son retratos en blanco y negro. José mira a la cámara: cabello ondulado y largo, tirado hacia atrás; saco y corbata. Pablo tiene la vista fija en un papel que no aparece en la escena; cabello largo, peinado a los costados; saco y camisa, escribe fuera del cuadro.

Elizabeth muestra las fotos que guarda en su teléfono como un tesoro encontrado al cabo de mucha búsqueda. “Las tenía mi hermana, estaban en la casa de mi mamá donde ella vivía”, apunta.

“José era moreno, todos nosotros somos morenos y mi hermano Pablo era de ojos verdes y rubio”, dice la hermana.

Sobre el momento del país y la arremetida negacionista del Terrorismo de Estado que se cobró la vida de sus hermanos, Elizabeth opina que “están re loquísimos, quieren borrar una cosa que existió”.

“A mí no me van a contar, yo viví los siete años de la dictadura y viví los 40 años de democracia y todo pasó por esta piel”, afirma.

“A mí me da rabia que quieren imponer otra historia que no existe, porque lo que sufrimos; nuestras casas fueron pateadas, rompieron a pedazos las puertas y le robaban las joyas a mi mamá”, relata Elizabeth.

Cuenta que su madre, además de coqueta era profundamente católica y que las patotas militares no dejaban ni las imágenes de sus santos en pie.

“Viste que antes la mujer paraguaya se ponía oro, usaba joyas, todo eso le robaron los milicos. Mi papá tuvo que vaciar y quemar su biblioteca. Y aun así, nosotros no crecimos con odio, siempre queriendo construir”, señala Elizabeth.

“Me da rabia, nos quieren abofetear, hay que luchar y seguir y contar cada uno nuestra historia, lo que padecimos y también denunciar esto de ahora que es una semi dictadura, que te quieren imponer cosas, te quieren cerrar la universidad donde vos estás estudiando”, sentencia.

Cuenta que de todos los atracos que sufrió la casa familiar por aquellos años, recuerda dos que la marcaron hasta hoy.

Uno, la vez que al volver de la escuela junto a uno de sus hermanos, lo primero que vieron al asomar al barrio fue una intensa humareda que se elevaba al cielo desde su casa: era su padre quemando sus libros en un tacho de 200 litros en el patio. “No quedó nada”, recuerda Elizabeth.

Otra de las escenas que lleva grabada en la memoria es, precisamente, el altar de su mamá destruido por los militares.

“Mi mamá era una señora católica, le gustaba rezar. Le rompían todo sus santos y ella armaba su altarcito de vuelta”, cuenta Elizabeth.

Relata que la persecución del régimen los alcanzaba también en La Placita, donde la familia trabajaba.

“Venían y se llevaban la mercadería de todos”, recuerda. “El mercado era distinto, era otro contexto”, describe y ubica su librería y juguetería en la época en que sucedió todo: “Acá era una panadería, un almacén; se vendía pan, leche, harina fideo; queso Paraguay en Semana Santa, y esas facturitas del ferrocarril, famosas, que te comías una docena”.

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Curvas en Bici, el grupo de colombianas que llegó de Bolivia a Misiones

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El miércoles 21 de enero un grupo de siete mujeres colombianas partió desde Bolivia rumbo a Argentina, con el objetivo de recorrer siete etapas, desde Corrientes hasta Iguazú en bicicleta, y lo lograron en once días. Desde allí partieron hacia Río de Janeiro con el mismo sueño y mensaje: “Con el fortalecimiento de habilidades y el conocimiento mecánico, muchas mujeres sentirán plena libertad y podrán recorrer su país en bicicleta u otros países como lo hicimos nosotras”.

Curvas en Bici surgió en 2017 en Bogotá, con el objetivo de compartir experiencias sobre ciclismo, saberes sobre mecánica, conducción, infraestructura vial en ciudades, tránsito y seguridad, además de concebir a la bicicleta como vehículo sustentable que, además de contribuir al cuidado del medioambiente, ayuda a preservar la salud en diferentes aspectos como la prevención del sobrepeso y el sedentarismo.

Esta organización de mujeres, que cuenta con ocho años de antigüedad, realiza un viaje nacional anualmente y hasta el momento concretaron dos experiencias internacionales, la primera fue hacia Europa y en esta oportunidad la travesía sudamericana Bolivia-Argentina-Brasil.

“Como esto es un viaje que se hace en equipo decidimos visitar estas dos maravillas, que son el Salar de Uyuni y las Cataratas del Iguazú. Fue una decisión en consenso, con votaciones, evaluando pros y contras: cómo llegar, qué tan fácil iba a ser y de acuerdo a ello lo hicimos. Ya estando acá nos dimos cuenta de que no nos equivocamos y que realmente son dos maravillas y nos sentimos muy afortunadas de haberlo logrado en bici”, describió en una entrevista telefónica con La Voz de Misiones Mayra Torres, integrante de Curvas en Bici.

El viaje inició el 21 de enero en Bolivia y estuvo planeado desde hace un año y medio: “Ese es el tiempo que nos ha tomado planificar cada paso, cada sitio, la ubicación, dónde pedalear y cómo hacerlo. Nuestro viaje tenía tres puntos principales, el primero fue conocer el Salar de Uyuni, el cual nos llevó a tomar varios buses y vuelos durante un día, después estuvimos en el salar y en la noche volvimos a retomar nuestro viaje con otros buses hasta llegar a Corrientes, Argentina”, añadió Sofía Carrillo, miembro de la misma organización.

Al llegar a Corrientes, se dirigieron a la empresa donde compraron las bicicletas para esta travesía. Una vez en el lugar, las armaron, agruparon, empacaron y salieron a bordo de las mismas rumbo a la ciudad de las Cataratas.

“Fueron 7 etapas en 11 días porque nosotras tomábamos días de descanso también, entre cada tres o cuatro etapas a fin de recuperar el cuerpo, conocer los sitios, compartir con la gente y todo lo que conlleva un viaje de esta magnitud. Finalizando, llegamos a Iguazú, conocimos las Cataratas, tanto del lado argentino como del lado brasileño y después de esto la idea fue continuar el viaje hacia Río de Janeiro, allí vamos a participar del Festival del Río y conocer cómo es la ciudad”, continuó Carrillo.

Desde Corrientes capital pasaron por Itatí, Itá Ibaté, Ituzaingó, Posadas, Gobernador Roca, San Ignacio, Puerto Rico, Eldorado y Puerto Iguazú. “Conocimos el lado argentino de las Cataratas y fue algo impresionante. Previamente, en Gobernador Roca hicimos un descanso y aprovechamos para ir a San Ignacio y conocer las ruinas jesuíticas”.

Llegada de Curvas en Bici a Puerto Iguazú

“Una provincia muy bella”

Misiones nos pareció una provincia muy bella. Los paisajes, los árboles, la tierra roja que a los ojos es algo muy bonito de ver. Para el equipo, nosotras venimos de Colombia, y estamos acostumbradas a pedalear en superficies no tan planas como las que transitamos en Corrientes, entonces, siento que físicamente nos ayudaba más el tipo de geografía en Misiones que tiene más subidas y bajadas y eso hizo más divertido el trayecto”, detalló Torres.

“Las casas que hay alrededor de la carretera tipo chalet con los pinos, el cielo azul… era muy bello. También por la calidad de las personas, siempre nos recibieron bien, cuando tuvieron la posibilidad de regalarnos agua o hielo lo hicieron y nos expresaron que nos admiraban, porque no mucha gente lo hacía… entonces fue muy lindo”, agregó la ciclista.

Por su parte, Carrillo hizo hincapié en lo que significa ser mujer y atravesar largas distancias sobre dos ruedas: “Siento que el mensaje más importante es que logramos hacer algo que pocas personas se animan a realizar, que podemos disfrutar de un país y un medio de transporte diferente, que podemos animar a más personas y a las mujeres a ser un poco más independientes y empoderarse de sí mismas a través de la bicicleta“.

En ese mismo sentido, recordó: “En los puestos de Gendarmería las mujeres nos miraban con felicidad, quizás por ver que alguien decidiera recorrer sus carreteras de esta forma. Se sentían representadas a través de nosotras, lo mismo en Colombia, todas las mujeres se sienten representadas con nosotras, de que estamos conquistando nuevos territorios a través de la bicicleta y eso genera mucho empoderamiento. Ese es el mayor significado, el empoderamiento de la mujer en el mundo y la posición de la mujer en los diferentes lugares de Suramérica”.

Durante el año y medio de preparación y planificación del viaje, vendieron productos para recaudar fondos y poder costear la travesía, a su vez, contaron con el apoyo de marcas patrocinadoras de Colombia que les brindaron tanto financiación como también elementos útiles para la ruta.

También, obtuvieron un descuento significativo en la compra de bicicletas, lo que les facilitó adquirirlas. A su vez, cada una tenía su dinero personal y familiar para cubrir gran parte de los gastos.

Posadas, el primer contacto con Misiones y otros ciclistas

Si bien dentro de la organización no cuentan con integrantes argentinas o misioneras, durante el transcurso de la travesía lograron intercambios con algunas mujeres a quienes brindaron información sobre las actividades y talleres realizados en Bogotá.

El intercambio no se produjo solamente con mujeres transeúntes sino con miembros de la comunidad mixta Ruedas Libres, abocada al ciclismo y la motivación. “Puntualmente en Posadas nos encontramos con Elías, líder de la organización Ruedas Libres, quien muy amablemente nos enseñó algunas cosas frente a las dinámicas de algunos ciclistas en su territorio, y adicionalmente nos acompañó hasta Gobernador Roca, nuestra cuarta etapa”, señaló Ángela Sánchez Restrepo, fundadora de Curvas en Bici.

Él puntualmente nos comentó que no había muchas mujeres que se animaran a andar en bicicleta debido a temas de seguridad y también por incomodidades que algunas han sentido en ciertas agrupaciones mixtas en las que algunos hombres tienen segundas intenciones al participar de estos espacios con mujeres. Por esto, él suele realizar esfuerzos brindándoles acompañamiento a las mujeres y orientándolas en cómo empezar estas salidas. De hecho, hace salidas con un nivel menos exigente para quienes se están iniciando y de esa manera busca fortalecer la participación femenina dentro de esa organización”.

Según su relato, la admiración por la travesía en bici comandada por mujeres fue a primera vista, mientras a su paso dejaban stickers de Curvas en Bici a lo largo de la ruta 12 en Misiones: “En diferentes puntos de nuestra travesía logramos identificar el interés de las mujeres que se movilizaban en otros medios de transporte. Se quedaban muchas veces observándonos y observando nuestra dinámica, como también algunas niñas que sintieron curiosidad por lo que nosotras hacíamos mientras estábamos detenidas descansando, ajustando o despinchando ruedas. Eso también generó un impacto muy positivo, al igual que la relación con otras mujeres”.

Parada técnica de Curvas en Bici por Misiones

Sin embargo, también recordaron las experiencias que generan temores y al mismo tiempo contribuyen a estar siempre alerta: “Compartimos con otras personas nuestra felicidad y placer por hacer este tipo de travesías en bicicleta, y aunque sabíamos que hay ciertos riesgos en la carretera -debido a las velocidades de los vehículos- al salir en grupo y al ver a tantas mujeres unidas frente a este propósito, sabemos que mucha gente también puede tomar un poco de conciencia frente a la forma de rebasar a un ciclista y a la seguridad que puede compartir en las vías, además de otros temas asociados a la vida en la vía en el momento de conducir”.

Sobre lo que recordó: “Tuvimos algunos pequeños sustos con un par de vehículos que nos pasaban muy cerca y de hecho hubo un camión de carga pesada desde una distancia muy cercana, empezaba a pitar muy fuerte al grupo, lo que hizo que literalmente tengamos que salir de la carretera”.

En cuanto a la infraestructura vial observada en Misiones, expresaron: “Argentina no tiene subidas tan significativas como las tiene, por ejemplo, Colombia. Si es viable, sí consideramos que puedan analizar la creación de un espacio más amplio en las carreteras, de manera que los usuarios sean más compartidos, y sobre todo, quizá una posible infraestructura para bici que incite a las personas a recorrer su país en bicicleta debido a que puede ser un poco más fácil por su topografía”.

Sobre este cambio, añadieron que “podría involucrar a que la comunidad se mueva de otras formas, conozca y se apropie más de su país desde una bicicleta y de esa manera disminuir otros temas a nivel salud, como lo es el sobrepeso, el sedentarismo, entre otras tantas que a nivel mundial sabemos que suceden. Esto puede ser una muy buena alternativa para la comunidad en general en Argentina”.

Con el objetivo de inspirar a otras mujeres y replicar la experiencia en otros puntos del mapa, Carrillo concluyó: “Creemos que las mujeres, al momento en que se les brinda ciertas herramientas como lo es el conocimiento mecánico, el fortalecimiento de habilidades; muchas llegan a un punto en el que sienten plena libertad y pueden recorrer su país en bicicleta u otros países como lo hemos hecho nosotras. Lo seguiremos haciendo en Colombia y otras partes del mundo para ser más mujeres en bici y buscando que el mundo sea cada vez mejor para nosotras”.

Curvas en bici

La corporación Curvas en Bici se originó en Bogotá, Colombia, en el año 2017. En ese entonces Ángela Sánchez Restrepo organizó la propuesta bajo la experiencia de ser guardiana de la ciclovía en esa ciudad.

Nuestra ciclovía en Bogotá tiene características muy importantes y trabajando allí noté que eran muy pocas las mujeres que se movilizaban en bicicleta para ese entonces, y paralelamente estudiaba Trabajo Social, así que, desde el enfoque profesional también se logra estructurar parte de la organización”, añadió Sánchez en conversación con LVM.

Desde sus comienzos hasta la actualidad, Curvas en Bici organiza talleres de mecánica, salidas en bici para mujeres y eventos asociados a retar a las mujeres a lograr nuevas distancias y conocer nuevos lugares en Colombia.

Adicionalmente, cuentan con un equipo de trabajo conformado por 35 voluntarias que acompañan a las mujeres en cada salida, en sus diferentes niveles y exigencias.

A su vez, la organización consta de zonas que divide a la comunidad por sectores y comités, en los que abordan diferentes temáticas como sostenibilidad, impacto social, talento humano, bienestar en equipo y presentación de proyectos e investigaciones en convocatorias distritales, nacionales e internacionales.

A lo largo y ancho del país reúnen alrededor de 100 mujeres que se benefician de estas actividades que son presenciales y también cuentan con espacios virtuales encaminados al bienestar, como lo es: la meditación, la salud mental y el entrenamiento funcional.

 

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Médico misionero se formó en Cuba y hoy superó 500 cirugías en Aristóbulo

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Kevin Romeo, tiene 32 años, es oriundo de Aristóbulo del Valle, se formó como médico en Cuba y al regresar a Misiones, durante sus primeros años de carrera logró superar las 500 cirugías realizadas en el sistema de salud pública provincial, siendo las más frecuentes las colecistectomías, o extirpaciones de vesícula.

Quienes lo conocen resaltan que se destaca por “lo que no se enseña en ninguna facultad”: la vocación. Tal es así que cuando hay una urgencia, sea de día o de noche, domingos o feriados, la joven promesa de la cirugía misionera aguarda en su consultorio a pacientes con o sin turno y en horarios extendidos.

Durante una entrevista telefónica con La Voz de Misiones, hizo un repaso sobre el descubrimiento de su temprano interés por la medicina a la que, más que una profesión, la concibe como “una herramienta fundamental para generar igualdad, contención y oportunidades reales, especialmente para quienes más lo necesitan”.

Esto es así porque, según recordó, desde muy joven comenzó a descubrir su pasión por la aplicación, gestión y organización de la medicina, marcado por haber crecido en contacto con realidades donde “la salud no siempre llega a tiempo”.

Cuando apenas egresó del secundario, Romeo accedió a una beca y estudió en la Escuela Latinoamericana de Medicina de Cuba (Elam). Allí compartió la formación con estudiantes de más de 160 países: “Fue una experiencia clave que me dio una mirada mucho más amplia del mundo, de la vida y de las distintas realidades sociales”, reconoció.

Y amplió: “Convivir con culturas, costumbres y contextos tan diversos me permitió comprender que la salud debe pensarse siempre desde una perspectiva humana, social e inclusiva. La formación fue exigente y transformadora: disciplina, trabajo en territorio y contacto permanente con el paciente, lo que me preparó para resolver problemas reales incluso en contextos complejos”.

Pacientes junto al médico cirujano Kevin Romeo.

Regreso a la tierra colorada

Una vez graduado con título de Doctor en Medicina emitido por la Elam, Romeo volvió a su país natal y comenzó a trabajar en consultorios de distintas colonias de Aristóbulo del Valle. “Esa etapa fue fundamental para interiorizarme en lo que considero la verdadera medicina: la medicina social, la que escucha, la que acompaña y la que está cerca de la gente. Una experiencia por la cual estoy profundamente agradecido”, aseguró.

La validación del título también le permitió continuar la formación como especialista en cirugía general y cursó la residencia en Eldorado, durante cuatro años. “Es un lugar al que le estoy eternamente agradecido, no solo por la oportunidad de formarme como especialista dentro del sistema público, sino también porque demuestra que cuando el Estado decide invertir en salud y en formación profesional, se generan oportunidades reales“, sostuvo.

Y añadió: “Muchos colegas de otros países deben endeudarse de por vida para acceder a este tipo de formación. También destaco el compañerismo y el sentido de familia que se vive en las residencias de Misiones, algo que cualquier residente puede confirmar”.

Finalizada la residencia, decidió regresar al hospital del cual proviene, el hospital nivel II Justo José Pereyra. Esto no es un dato menor: los especialistas pueden elegir otros destinos con mayores beneficios personales, pero los valores y el compromiso con la gente de Aristóbulo del Valle y Salto Encantado marcaron el destino de este médico. “Son convicciones que no se negocian”, remató.

Con inversiones provinciales se puso en marcha el quirófano del hospital donde, junto a un gran equipo, Romeo pudo realizar numerosas cirugías de distintos tipos, siendo las más frecuentes las colecistectomías o extirpaciones de vesícula, como respuesta a una patología muy común en la zona y cuya única solución es quirúrgica. Sin embargo, reconoció que “eso permitió dar respuestas concretas y evitar derivaciones innecesarias, acercando soluciones a la comunidad”.

Sobre sus próximos desafíos, detalló: “Estoy convencido de que la capacitación continua es clave. La medicina y la gestión de la salud requieren actualización permanente, planificación y responsabilidad. Mi objetivo es seguir mejorando la calidad quirúrgica y aportar también desde la organización y la gestión, porque los sistemas de salud no mejoran solos: mejoran cuando hay decisión política, liderazgo y planificación”.

Finalmente, hizo un análisis sobre el sistema de salud misionero, y resaltó: “Lo considero de un valor enorme. Es un sistema de excelencia, no solo a nivel provincial sino nacional. En pocas provincias se ve un sistema tan inclusivo como el nuestro, con alta calidad en recursos humanos, infraestructura y tecnología. Defenderlo, fortalecerlo y mejorarlo debe ser una prioridad permanente, porque es una política pública que impacta directamente en la vida de la gente”.

El médico misionero que vivió con indígenas en el Amazonas y es concejal en Eldorado

 

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Misionera encontró a su mamá biológica después de 50 años

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Con apenas 1 año, Griselda Lochner fue “arrebatada” de los brazos de su mamá biológica Rosa Lidia Cabañas. Medio siglo después, sin haber sabido nada una de la otra, madre e hija sellarán su encuentro este sábado el aeropuerto de Posadas.

“Yo lo único que sé es que cuando tenía un año de vida me arrebataron de ella y nunca más supe de ella hasta ahora que la busqué”, contó Griselda en diálogo con La Voz de Misiones.

Griselda reconoció que nunca indagó “mucho” sobre su historia, pero recuerda que hasta sus 5 años vivió con su papá biológico Teodoro Juan Lochner y su esposa en la localidad de Puerto Rico. “Aparentemente, no fui bienvenida en ese hogar y me llevaron a otro lugar que era la familia de mi madrastra, ahí la pasé bastante mal, hasta que mi padre busca de llevarme a esta otra familia”, relató a LVM.

En San Gotardo, un pequeño pueblo misionero ubicado en el departamento Libertador General San Martín, Rosa Ema Ayala recibió en su hogar a la pequeña Griselda. “Mi papá me llevó a ese lugar donde conocí a la señora, él lloraba mucho, se ve que era triste para él tener que dejarme, no sé qué pasó”, rememoró la mujer y añadió que “no fue una adopción legal”.

Un reencuentro

Rosa Ayala nunca le ocultó la verdad sobre sus orígenes a Griselda. Cuando cumplió 15 años, la joven le pidió reencontrase con su papá Teodoro. “Ella, a mí siempre, toda la vida, me explicó que ella no era mi madre. Yo le pido conocer a mi papá, porque tampoco me acordaba de él, y ella me lleva”, expresó.

El vínculo con su padre, sin embargo, duró poco. Es que Teodoro quiso que Griselda volviera a vivir con él y su esposa, pero a los 15 años ella pudo decidir y eligió quedarse con Rosa, la mujer que la había criado hasta ese momento.

“Ella me crio con todo su amor, con todo su cariño. Ahí pasé los mejores días, los mejores momentos de mi vida”, afirmó Griselda y reveló acompañó a su madre adoptiva hasta su fallecimiento por un cáncer de colon.

Teodoro volvió a su vida cuando ella tenía 35 años. “Lo volví a buscar, me volví a reencontrar con él y a los dos años él fallece. Pero logré restablecer el vínculo con él y estuvimos bien”. Nunca le preguntó a su padre por qué no la crio. “Yo nunca pregunté, nunca me interioricé en saber el por qué de las cosas. Siempre consideré que tendría sus motivos y si no me contaban, yo no busqué”.

La búsqueda de su madre

Por mucho tiempo, Griselda no indagó ni buscó saber qué había ocurrido con su mamá biológica, pero con los años cambió de parecer hasta que definitivamente pensó que sería “bueno” conocerla.

“A mi papá yo nunca le pregunté nada y él nunca me dijo nada. Su mujer me decía ‘vamos a buscar a tu mamá’. Yo al principio no me interesaba mucho, hasta ahora que de grande pensé ‘pasan los años y estaría bueno si ella realmente quiere'”, dijo a LVM.

Hace un año, junto a su madrastra, iniciaron la búsqueda de Rosa Cabañas. Fue entonces que por primera vez Griselda sacó su partida de nacimiento.

“Mi madrastra me ayuda a sacar la partida en el registro de Capioví, porque yo ni mi partida de nacimiento busqué, y ahí conseguimos el nombre de mi madre y su DNI”, detalló Griselda sobre como obtuvieron los primeros datos de su madre.

En ese momento estaba habilitado el Padrón Electoral de las últimas elecciones y fue una trabajadora del Registro de Capioví quien la ayudó a ubicar Rosa Lidia Cabañas, de 70 años, en Buenos Aires.

Busco en el Facebook a todas las Rosas Cabaña y le escribo más o menos a todas las que podían ser”, recordó Griselda y reveló que la respuesta llegó un domingo, el mismo día de las elecciones: “Me llaman y se presenta quién sería mi hermana y mi mamá”.

Esa primera llamada telefónica fue intensa, recordó Griselda. “Ella ese día que me llamó no podía hablar, lloraba mucho, es como una emoción muy fuerte”. A Rosa su familia la describió como una mujer de 70 años con problemas de corazón, por lo que decidieron dejar las conversaciones más profundas para un encuentro presencial.

Punto de encuentro

Este sábado, Rosa Lidia Cabañas y Griselda Lochner se conocerán después de 50 años. “Ella dijo que quería venir, me preguntó si podía venir a conocerme y yo le digo que sí, no hay problema. Yo no soy juez, no soy nada y no me importa lo que pasó atrás”.

Para Griselda, el reencuentro significa una oportunidad: “Lo lindo es que nos reencontremos, que cerremos un ciclo de nuestra vida que es necesario muchas veces para cada uno”, dijo.

“Es la primera vez que voy a tener un recuerdo de mi mamá biológica”, afirmó emocionada la mujer.

Griselda es madre de siete hijos, “la más grande tiene 27 años y la más chica 17”, vive en Posadas y atraviesa estos días con una mezcla de ansiedad y emoción: “Estoy muy emocionada y espero, ansiosa, para conocerla y comenzar a vivir el mucho o poco tiempo que tengamos las dos para compartir. A lo mejor no vamos a estar siempre juntas, pero estamos juntas por mensaje y sabiendo la una de la otra”, cerró.

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