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110 años del Titanic: la historia del chico cordobés que murió en el naufragio

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Titanic

Su nombre era Edgar Andrew. Tenía 17 años, y fue uno de los 2.208 pasajeros que embarcaron en el Titanic el 10 de abril de 1912, en el muelle de Southampton, Inglaterra.

El chico había vivido un año en Londres, adonde había ido a completar sus estudios, y viajaba a Nueva York, a la boda de su hermano mayor, Silvano Alfredo, un ingeniero naval que vivía en Estados Unidos. Era pasajero de tercera clase.

Un artículo de Javier Pennacchioni para la agencia Télam, reconstruye la infortunada historia del muchacho, convertido en una celebridad en Calamuchita, Córdoba, donde viven actualmente los descendientes de los Andrew, que hace 110 años vivían en la Estancia El Durazno, a 25 kilómetros de Río Cuarto, que fue de donde partió Edgar a Europa, un año antes.

Pennacchioni habló con Marianne y Enrique Dick, nietos de la hermana de Edgar, que falleció en 1990 con 101 años. Ambos conocieron la historia del tío abuelo desaparecido en el naufragio más legendario que el mundo recuerde, a partir de los relatos de la abuela Ethel.

“Mi abuelita Ethel era su hermana; eran dos hermanos que se llevaban súper bien y se querían muchísimo”, dijo Marianne.

“Se levantaba de la siesta, nos relataba todas esas historias familiares, que hay muchas, y contaba con mucha tristeza del hermanito que había fallecido en el Titanic, ella vivía en frente nuestro y siempre charlábamos”, contó.

Su hermano Enrique, le dedicó un libro: “Una valija del Titanic”, donde relata la historia del tío abuelo, a partir de un hecho fortuito ocurrido hace 22 años, el descubrimiento de su maleta, que descansaba intacta en el fondo del mar, y cuyo contenido permitió aproximarse a aquellas últimas horas de Edgar en el barco más grande del mundo.

La maleta

“Esta historia quedó mucho tiempo guardada, solamente la supo la familia, solo los cercanos, hasta que después el Titanic vuelve a cobrar importancia porque lo encuentran en 1985. Después, sucede una expedición atrás de la otra y en el 2000, a bordo de un barco ruso, baja un norteamericano, David Concannon”, relató Marianne Dick.

“Es un abogado y baja por un tema de un juicio, y en el fondo del mar encuentran una valija en perfecto estado, la sacan, se abre y caen un montón de cosas, que las vuelven a recoger, y cuando emergen todas esas cosas son llevadas a un instituto de conservación, nadie sabía de quién era ese contenido”, agregó.

Los hermanos Dick se encontraron con la maleta en una exposición en el mismo año de la expedición de Concannon, en el predio de la Sociedad Rural, en Palermo, Buenos Aires, donde hicieron contacto con los investigadores del naufragio del Titanic.

“Es increíble cómo se conservó todo, hasta el papel, porque había una carta de la madre, había postales de Río Cuarto, toallas con su monograma que le había bordado mi abuela, zapatos, pantuflas, un sombrero, tintero, en total 51 objetos”, recordó Marianne.

Con todo, el objeto más increíble de los hallados en la maleta es el diario personal de Edgar, que a pesar del tiempo transcurrido bajo el mar es todavía perfectamente legible.

En Ínstagram, el museo virtual que lleva su nombre publicó un video de National Geographic, en que la investigadora Alexandra Klingelhofer, jefa del equipo de restauración de objetos recuperados del Titanic, comparte su interpretación basada en las anotaciones de Edgar.

“Cuando ves sus pertenencias, encuentras libros escolares; aún se ve lo que escribió”, dice Klingelhofer en el clip, mostrando la libreta de Edgar. Muchas de las páginas están manchadas de tinta, pero aun así es posible repasar los trazos.

“Aquí en esta página él escribió su nombre. Cuesta ver a un jovencito viajando en tercera clase, solo, a Estados Unidos. Por desgracia no sobrevivió, y es por eso que este es un objeto doloroso, son sus últimas anotaciones”, afirma.

Antes de embarcarse, Andrew envió postales para su hermano Wilfred, de la estancia de San Ambrosio, y su amigo Pancho Despósito, que se encontraba en Torino, Italia.

“Desde este colosal barco tengo el placer de saludarte. Hoy llegaré a Irlanda, donde pasaré unas pocas horas…”, le escribe a su hermano. “No vengas a Londres, pues desde el barco más grande del mundo estoy en viaje a los EE.UU,, un abrazo”, le dice a Despósito.

Fatalidad

La manera en que Edgar Andrew llega al Titanic es tan azarosa como la del protagonista de la famosa película de David Cameron, de 1997. Edgar no ganó su billete en una mano de póker como Leonardo Di Caprio en el filme, pero el destino lo puso a bordo sin haberlo elegido.

Andrew había sacado boleto para viajar a fines de abril en otro barco, el Oceanic, que también era de la misma compañía del Titanic, la White Star Line.

Quería encontrarse con su amiga Josey Cowan, que estaba viajando a Inglaterra con su familia; pensaba pasar unos días con ella.

Pero, una huelga de trabajadores portuarios que se negaban a cargar carbón para las calderas del Titanic, cambió sus planes, y solo pudo dejarle a Josey una carta de despedida.

“Figúrese Josey que me embarco en el vapor más grande del mundo, pero no me encuentro nada de orgulloso, pues en estos momentos desearía que el Titanic estuviera sumergido en el fondo del océano”, escribió Edgar.

Andrew no era el único argentino a bordo del legendario trasatlántico. Estaba también Violet Jessop, de Bahía Blanca, que era una de las 23 camareras, y estuvo entre las 712 personas que se salvaron en los botes salvavidas.

A las 23:40 del 14 de abril, cuatro días después de zarpar y a unos 600 km al sur de Terranova, el gigantesco buque chocó contra un iceberg. Poco antes de las 2:20 del 15 de abril, se partió en dos y se hundió. Cientos de personas estaban todavía a bordo. Las que saltaron al mar helado murieron en pocos minutos por el frío.

Imposible saber dónde estaba Edgar Andrew en esas dos horas finales. Enrique Dick cree que pudo haberse arrojado al agua.

Ethel Andrew, Edgar Andrew y Josefina Cowan, su madre.

La postal que Edgar envió a su hermano en Córdoba, antes de embarcarse en el Titanic.

El libro de Enrique Dick, que relata la historia.


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A diez años de la desaparición de Aída Cabrera: “La siento viva dentro mío”

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Aída Cabrera

En un partido de ajedrez, en la melodía de una guitarra, en un sueño o en un mate, el mismo mate que esa mañana dejó sin tomar. En todas esas situaciones cotidianas Aída Cabrera sigue presente para su familia, a pesar de que un día hoy pero hace diez años bajó por última vez las escaleras de los monoblosck’s de Villa Cabello y jamás volvió a ser vista.

“Ella en enero cumplió 76 años. Yo la siento viva dentro mío, más allá de que haya muchas probabilidades de que ya no esté con vida. Por eso voy a empezar esta nueva etapa con un enfoque más desde el corazón, haciendo dedicatorias para que la gente no olvide a una mamá, a una abuela, de la ciudad de Posadas que un día salió de su casa como cualquier persona lo podría hacer y desapareció de la nada”, expresa Claudia Betancur, una de las hijas de Aída, en diálogo con La Voz de Misiones.

Ese 28 de febrero de 2014 Aída Cabrera preparó un termo de agua caliente y también el mate, pero no llegó a darle ni un solo sorbo porque -sostiene la familia- salió para ir al kiosco a buscar algo para acompañar su desayuno y desde ahí nada más se supo de ella. Y de ese momento ya se cumplió una década, ni más menos.

Una década en la que tanto Claudia, como sus dos hijos y sus hermanos viven sumidos en la incertidumbre de no saber qué pasó con Aída y pendientes de que al celular llegue una pista.

“Uno está pendiente las 24 horas de ese teléfono, no querés dormir, no querés comer. Estás pendiente, pensando, poniéndote en el lugar de esa persona, si está viva, si está sufriendo, si la lastimaron, si está pasando frío, hambre, sed. Muchas veces te deterioras físicamente y muchos familiares murieron en la búsqueda de tristeza, de agotamiento, pero aún seguimos. Si yo hubiese sido la persona desaparecida sé que mi madre no hubiera descansado buscándome”, relató Claudia, que actualmente reside en el mismo departamento del edificio G de la chacra 150, donde también vivía Aída.

Tanto Claudia como su familia no dejó esquina, ni trillo, ni monte de Posadas sin rastrillar. También recorrieron localidades del interior e incluso ciudades de otra provincia, encarando una búsqueda en la que dejaron todo, tiempo, dinero y esperanzas.

En medio de todas las pistas e hipótesis deslizadas en este decenio, para su hija hay una que hoy prevalece y que podría ajustarse a lo que sucedió realmente, aunque el nivel de certeza tampoco es muy alto.

“A lo largo de los años tuve varias hipótesis y por etapas me centré en una o en otra. Hoy en día es como que fui tomando notas y a ver si en conjunto se podían unificar porque hace tiempo las veía muy separadas. Es así que hoy puedo decir que mi teoría es que ella ese día salió de casa y en la calle se encontró con alguien conocido que la llevó a una iglesia pentecostal a la que había empezado a ir poco antes y como el caso se hizo mediático muy rápidamente después la llevaron a una zona roja cercana al hospital y que ahí fue descartada”, trazó la mujer a LVM.

Claudia hoy vive en el mismo departamento en el que residía su madre en Villa Cabello.

La búsqueda de Aída llevó a Claudia a otros lugares. De un momento a otro, en medio de la angustia, se vio recorriendo el país, entrevistándose hasta con la familia de María Cash, otro emblemático caso de desaparición en Argentina, y creando un grupo de Facebook que se transformó tanto en un espacio de difusión pero también de contención, factor del cual carecen los familiares de personas extraviadas.

El grupo se llama “Comunidad ayudemos a encontrarlos”, que hoy tiene 27.000 seguidores. Claudia recuerda que su creación se dio a partir de un sueño con su madre como protagonista. “Los primeros días de búsqueda no son fáciles. Los sentimientos te desbordan. La bronca, la angustia, la tristeza. Sumado a que uno no sabe qué hacer y cómo buscar, uno confía ciegamente en lo que te enseñan, que es ir a la Policía, pero lastimosamente no tienen protocolos no están capacitados realmente y a pesar de la buena voluntad de algunos, les faltan herramientas. Fue así que un día me vi desbordada, soñé con ella y me dijo que cree la página. Y así fue como empezamos a ayudar y a encontrar a muchas otras personas”, narró.

Para Claudia el desgaste es fuerte, porque además de batallar contra la incertidumbre de no saber qué pasó con su mamá, hay que seguir con lo cotidiano, con las relaciones personales, con las preocupaciones laborales y económicas que también carcomen, más aún en estos tiempos de crisis. 

Por eso, para Claudia hoy comenzó otra etapa de la búsqueda, más enfocada en la memoria y en lo espiritual, que en lo físico.

“Yo en este momento hice un parate como para replantearme cómo seguir. Creo que todo lo que pude hacer como hija, lo hice. Mi búsqueda ahora es a partir de otro enfoque, más desde el corazón y la memoria, de seguir luchando para que nadie se olvide de ella, que todos sepan que hay una mujer, una madre, una abuela posadeña que falta. Yo, de mi parte, la voy a recordar como esa luchadora, como esa guía que todos los días laburó para sus hijos, que nos enseñó a conectarnos con la naturaleza, con la música, con el arte. Ella siempre está presente para nosotros, en todo. Mi hijo ayer se conectó con ella en un partido de ajedrez, porque ella le enseñó eso y él supo que ella estaba ahí”, cerró Claudia.


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Vendedor ambulante halló $4 millones y lo devolvió: “Soy feliz con lo que tengo”

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vendedor ambulante millones

Diego Valdez es un vendedor ambulante, un laburante de la calle. Trabaja todo el día. Desde temprano vende sandwiches y empanadas en el estacionamiento del mayorista Diarco de Posadas, regresa a casa para la siesta y ahí vuelve a empezar con changas de todo tipo: pintura, limpieza, mantenimiento de patios. Aún sí, llegar a fin de mes se le hace complicado y hace una semana encontró varios millones de pesos que pudieron haberlo sacado de aprietos, pero no dudó en ningún momento y decidió devolverlo. “Soy feliz y millonario con lo que tengo, que es mi familia”, expresó el hombre, que sueña con tener un trabajo en blanco.

Todo ocurrió el jueves pasado, mientras Diego se aprestaba a volver a su casa luego de otro día de venta callejera, donde la crisis económica también se siente. “Está duro, antes llevaba 80 sandwiches para vender, hoy llevo 20-30 y a veces vuelvo con algunos sandwiches a casa”, grafica.

Así fue que mientras juntaba su mesa, su conservadora y su exhibidora Diego se topó con un bolso olvidado sobre uno de los carritos utilizados por clientes del mayorista.

Lo abrió por curiosidad y vio que estaba repleto de billetes, pero no dudó ni un segundo, dijo en un vivo con La Voz de Misiones. 

“Abrí y tenía plata, era mucho, pero no sé cuanto. Algunos dicen que eran 4 millones, otros dicen que era más. Le mostré a un señor que estaba ahí para que vea y le dije que lo iba a ir a entregar a unos de los supervisores y así después llegaron al dueño. Era un médico de Garupá, que era cliente habitual de Diarco”, relató Diego.

En su cabeza nunca hubo otra opción. “Ahí no hay cámaras de seguridad ni nada, pero yo nunca dudé. Yo me rebusco a diario, gracias a Dios tengo mucha gente que me ayuda y me dan changuitas. A veces te tienta un poco, pero de nada sirve porque la plata como fácil viene, fácil se va”, reflexionó.

Su honor, el posible futuro de su familia sin él en caso de ser detenido por adueñarse del dinero y su lealtad al remisero que le consiguió el permiso para que poder trabajar en el estacionamiento de Diarco se cruzaron por la mente de Diego, dueño de una historia que grafica con crudeza los efectos de la permanente crisis económica que a traviesa la Argentina.

El sueño de un trabajo en blanco

El hombre, que vive en el barrio Kennedy junto a su esposa y a sus dos hijos pequeños, contó que es cocinero y parrillero y que trabajaba en un local de la costanera que cerró de un día para el otro.

Desde ahí emprendió la vida de vendedor ambulante, ofreciendo sandwiches y empanadas. Primero tenía su puesto en el Chango Más, pero en la pandemia no pudo pagar más su alquiler y se mudó al barrio Kennedy, donde trazó nuevas relaciones laborales en la informalidad.

“Yo al remisero Rubén Flores le debo mucho. Él me dio la oportunidad porque habló con la gente de Diarco para que me dejen trabajar ahí, donde en realidad está prohibido. Después acá en el barrio mucha gente me da changas, de todo tipo, todos me conocen. Yo tampoco les cobro mucho, acepto lo que me puedan dar, yo sé cómo está la situación hoy en día. Cada poquito que me dan a mí ya me sirve para dar de comer a mi familia y pagar mi alquiler. Los sandwiches vendo a $1.000 y así y todo es caro para muchos, pero yo trato de darle además un vaso de jugo o gaseosa”, retrató y dio su número +54 9 3764 69-7299. 

Y, como todos, Diego tiene un sueño. Un sueño que en realidad es un derecho, pero que cada vez cuesta más. Diego quiere tener un empleo formal, para mejorar la calidad de vida de su familia y -al menos- obtener una obra social para los sus dos pequeños hijos.

El bolso de dinero pudo haberle dado un respiro, pero el cocinero repitió que adueñarse de esa plata no era una opción y contó que “ese día le llamé a mi señora para contarle lo que había pasado. Nos reímos porque un día antes yo había dejado mi curriculum en Diarco, porque yo quiero entrar a trabajar en una empresa y tener un trabajo formal. Siempre recé y pienso que esto Dios lo hizo para ayudarme. Ahora la empresa sabe que soy una persona de confiar”.

Pasados los días, el médico recuperó su bolso completo, con todo el dinero que había adentro, como así también la documentación de varios pacientes, y Diego continuó recorriendo las calles para trabajar.

Soy feliz y millonario con lo que tengo día a día que es mi familia y por ellos lucho todos los días”, agradeció.

Diego y sus pequeños, en la galería de su casa en el barrio Kennedy de Posadas.


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Hace 54 años, un mono misionero se convertía en el primer astronauta argentino

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mono

Hace 54 años, el 23 de diciembre de 1969, cinco meses después de que el estadounidense Neil Amstrong pisara la Luna e inmortalizará la frase: “Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”, un monito caí misionero llamado Juan se convertía en el primer astronauta argentino y el único ser vivo de la tierra colorada en inscribirse en la carrera espacial.

Juan tenía 1,4 kg de peso y 30 cm de tamaño. Capturado en la selva misionera por la Gendarmería Nacional, fue enviado al espacio en un vuelo suborbital desde el Centro de Experimentación y Lanzamiento de Proyectiles Autopropulsados, ubicado en el departamento Chamical, en La Rioja.

El vuelo de Juan no era el primero en la carrera espacial que acaparaba por entonces la atención del mundo. Antes que él, otros animales habían sido enviados al espacio con distinta suerte, empezando por la célebre perrita Laika, capturada en las calles de Moscú, que fue el primer ser vivo en orbitar el planeta y morir en órbita.

De los veinte monos enviados al espacio en los años ’60, solo la mitad pudo regresar con vida.

Viaje cósmico

El desarrollo de cohetes comenzó en 1961 en la fábrica militar de aviones, creada en 1927, en Córdoba. En febrero, se lanzó el primer prototipo, Alfa Centauro, que alcanzó los 13 kilómetros de altura. Fue el comienzo de la era espacial argentina.

A este primer cohete, le siguió toda una familia: Beta Centauro, en 1962; el Gama Centauro, en 1963; el Orión II, en 1965; el Rigel, en 1967; el Canopus II, que llevó a Juan en su increíble viaje; y el Castor, en 1972, que superó los 500 km de altura.

El vuelo del mono misionero se anotó en el marco del Proyecto BIO. Antes, habían volado el ratón Belisario y la rata Dalila, pero ninguno alcanzó la categoría de viaje de cósmico.

La historia del mono misionero fue relatada en la película de Diego Julio Ludueña: “Juan, el primer astronauta argentino”, disponible en youtube.

El vuelo

A comienzos de 1967, el país había logrado un lanzamiento exitoso de baja altura, unos 2.300 metros, llevando como pasajero al ratón Belisario, y buscaba seguir perfeccionando los sistemas de cohetes con el objetivo de colocar satélites en órbita.

En aquellos años, los científicos no descartaban emular las hazañas de soviéticos y estadounidenses y poner un argentino en el espacio.

La decisión de enviar un mono, monitorear sus signos vitales durante el vuelo y traerlo de nuevo con vida se tomó, precisamente, en esta línea.

Juan viajó a bordo del Canopus II, un cohete sonda de unos cuatro metros de largo y 50 kg de carga útil, totalmente desarrollado en el país.

Cinco meses antes, el Apolo 11 había llegado a la Luna y el estadounidense Neil Amstrong se transformó en el primer hombre en pisar el suelo lunar, y el segundo en viajar fuera del planeta, luego del cosmonauta soviético Yuri Gagarín, que ocho años antes, el 12 de abril de 1961, completó una órbita terrestre a bordo de la cápsula Vostok 1, dando inicio a la carrera espacial.

El viaje del mono Juan fue un hito para el país, ya que para ese entonces solo Estados Unidos, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y Francia habían logrado enviar seres vivos al espacio.

El equipo se proponía monitorear los signos vitales de Juan durante el vuelo y regresarlo con vida a la superficie.

Para esto, se conectaron varios nodos al cuerpo del animal, cuya información era transmitida al centro de mando mediante un sistema telemétrico desarrollado especialmente para la misión, que luego fue adoptado por la Fuerza Aérea Argentina para monitorear el estado de sus pilotos de combate.

Juan viajó sedado, pero consciente. Llevaba un chaleco impermeable y estaba sentado en un asiento diseñado para reducir los efectos de la aceleración.

El mono misionero iba dentro de una cápsula llamada Amanecer, presurizada y con una reserva de oxígeno para 20 minutos, que coronaba la punta del cohete.

 

Durante los primeros cinco minutos, la nave alcanzó una altitud superior a los 7 km, tras lo cual se apagaron sus motores y continuó el ascenso por inercia.

A esa altura, los instrumentos registraban una temperatura de 800 °C, aunque dentro de la cápsula la sensación térmica nunca pasó de los 25°C, algo más que la media de Misiones.

Durante su apogeo, el cohete alcanzó una altura de 82 kilómetros, la última frontera del espacio exterior. Luego, el motor se separó de la carga útil y empezó su caída hacia la tierra, mientras que el resto del cohete desplegó unos frenos aerodinámicos para mantener la estabilidad y comenzar a descender lentamente hacia la superficie.

El mecanismo, que simulaba los pétalos de una flor, reducía la velocidad y permitía una caída casi vertical, perfecta para el posterior despliegue de un pequeño paracaídas.

Hasta ese momento, Juan seguía respirando el oxígeno de la cabina y una vez alcanzados los 3.000 metros de altura, se abrió una escotilla y una turbina comenzó a ventilar el interior del habitáculo del mono.

Juan volvió a respirar aire natural y dejó de depender de la reserva de oxígeno de la cápsula, que cayó como una pluma en la salina La Antigua, a 60 km de donde había despegado, en Chamical.

Retiro en el zoo

Una vez recuperada, la cápsula fue trasladada a la base. Cuando se abrió la escotilla, los científicos se encontraron con Juan en perfecto estado, mirando con curiosidad a todos. El mono todavía estaba bajo los efectos del sedante. Todo el vertiginoso viaje había durado en total 15 minutos.

Luego de la espectacular aventura, Juan vivió más de dos años en el zoológico de Córdoba como su principal atracción. Ningún sitio recoge una fecha exacta de su muerte. La cápsula y el ingenioso mecanismo que permitió al mono misionero sobrevivir al experimento se exhiben en el Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial de Córdoba.

 


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