Opinión
La gobernación es mía, mía, mía

Por Ezequiel Bermejo
Corría 1991. Carlos Menem era presidente, y el empresario italiano Massimo del Lago le había regalado una Ferrari 348 TB roja. Envuelto en una polémica que crecía día a día ante eventuales dádivas, y consultado desde la prensa acerca de si pensaba donársela al Estado, un Menem a la defensiva respondió con una frase que quedó para la historia: “La Ferrari es mía, mía, mía”.
35 años después, la política misionera asiste a un espectáculo similar de capricho personal y adicción al poder. Cuando aún le restan 530 días de ejercicio en el cargo, Hugo Passalacqua se ata al mástil del poder y va en busca de su tercer mandato al frente del Ejecutivo provincial, al grito de guerra de “¡La gobernación es mía, mía, mía!”.
¿Qué es lo que hace que un hombre con una larga trayectoria política pueda creer que (entre un millón y medio de misioneros) es el único capacitado para conducir los destinos de la Tierra Colorada?.
Passalacqua ha sido beneficiado como nadie con oportunidades concretas de hacer un aporte que mejore la vida de los misioneros. ¿Lo logró?
Desde 2003 hasta 2009 fue Ministro de Educación de la provincia. A pesar de sus numerosas referencias a su pasado como docente, su paso por el Ministerio de Educación no dejó una marca doctrinaria ni una reforma estructural memorable. Su gestión fue anodina, limitada a adaptar políticas bajadas desde la Nación por Néstor Kirchner y Cristina Fernández, cuyos resultados hoy sufren los docentes, los alumnos y las familias. A diferencia de otros ministros cuya obra continúa siendo objeto de análisis o referencia, no existe un consenso público que recuerde a Passalacqua como un transformador relevante del sistema educativo misionero.
En 2007 se postuló como intendente en su ciudad natal, Oberá, pero no resultó electo. Un conocido refrán dice que nadie es profeta en su tierra. Tal vez los obereños se anticiparon y vieron lo que el resto de los misioneros no pudo en
ese momento.
Entre 2009 y 2011 fue electo diputado provincial, mandato que interrumpió para acompañar, como vicegobernador, la reelección del por entonces gobernador Closs. El mandato popular volvió a consagrarlo diputado provincial entre 2019 y 2023. En ninguno de ambos períodos como legislador aparece asociado a una ley provincial importante que hoy sea recordada por llevar su impronta.
¿Y su desempeño como vicegobernador? Estrictamente protocolar.
En 2015, con un amplísimo consenso popular, la Renovación coloca a Hugo Passalacqua en el primer término del binomio ejecutivo y lo consagra por primera vez gobernador de Misiones. Es el cargo que implica uno de los mayores desafíos políticos que un misionero podría enfrentar en su vida. Sin embargo, su gestión al frente de la gobernación mostró una moderación excesiva: simplemente administró el modelo político preexistente que heredó, y si bien mantuvo la estabilidad fiscal en un contexto económico nacional adverso, no existieron iniciativas ni reformas de magnitud que llevaran su sello personal.
Concluía el 2022. La Renovación debía elegir el candidato a reemplazar a Herrera Ahuad y su histórica e hiperactiva gestión al frente del Ejecutivo provincial, plena de logros, aun cuando debió enfrentar la pandemia. Hugo Passalacqua suplicó a la conducción renovadora volver a ser el candidato a gobernador para saldar ese sabor a poco que arrastraba desde su primer mandato. Carlos Rovira accedió a confiarle nuevamente el estandarte.
Los misioneros le concedieron a la Renovación un amplio triunfo en las elecciones provinciales de 2023 y consagraron a Passalacqua como gobernador por segunda vez, hasta 2027.
En esta gestión actual el ahora dos veces gobernador sorprendió: su inacción superó todo lo demostrado por él hasta ese momento. Su gobierno se ha limitado a culpar a Javier Milei como la razón de todos sus males.
Desde 2023, y en sus propias narices, le dinamitaron la producción yerbatera, sin que pudiera idear la más mínima alternativa para enfrentar la crisis, con el agravante de que su ministro del Agro, su favorito, no es idóneo.
El gobernador que permanentemente nos recuerda que es educador, ha empujado a los salarios docentes a los últimos puestos en el ranking nacional. Lo mismo ocurre con los de los médicos, enfermeros y policías. No podemos, ni debemos, soslayar un dato fundamental: si se tienen en cuenta los últimos diez años, Passalacqua ha gobernado 6. Su responsabilidad en el tema es irrenunciable.
Frente a aquella protesta generalizada de mayo de 2024 que parecía no terminar de escalar, que mantuvo en vilo a la sociedad misionera, que interrumpió el libre tránsito y el comercio, y que puso en riesgo la seguridad pública, el gobernador no tuvo más reacción que encerrarse en el silencio.
Misiones ha quedado sin un rumbo claro, sin la determinación de administraciones anteriores, fuera del radar de la inversión nacional e internacional, mientras sufre el embate de la recesión libertaria sin capacidad de respuesta ni conocimiento para una reactivación pensada, creada e implementada desde acá. Passalacqua confunde buena gestión con los sueldos estatales el último día de cada mes, algo que ya venía ocurriendo hace dos décadas. Interpreta que gobernar es prorrogar los remanidos Programas Ahora, sin comprender que la gente no necesita comprar en cuotas. Necesita poder comprar.
A pesar de la falta de méritos, la pulsión por la reelección es más fuerte. Tanto para él como para esa legión variopinta de intendentes eternos, ministros atornillados a sus carteras, nostálgicos exfuncionarios y algún exgobernador preocupado por cuidar jugosos contratos con el Estado provincial.
A sus 68 años, luego de 23 de cobrar ininterrumpidamente su sueldo solventado por los contribuyentes, y a la vista de los resultados obtenidos cada vez que intervino en la vida pública misionera, una pregunta dolorosa asoma inevitable: ¿qué le queda a Passalacqua para ofrecerle a los misioneros que justifique razonablemente una nueva reelección?
La gestión de la cosa pública no se puede transformar en una calesita en la que se pide otra, y otra, y otra vuelta, hasta que se logre eventualmente sacar la sortija.
Las oportunidades estuvieron. El tiempo transcurrió. Es hora de que Misiones pueda dar vuelta la página y consagre a nuevas figuras, con nuevas ideas, que puedan elaborar soluciones misioneras ante los desafíos que nuestra provincia enfrenta.
Opinión
La hora de la divergencia: Passalacqua y el peso de las estructuras

Por Fernando Oz
@F_ortegazabala
Hay quienes creen que las agujas del reloj político no se mueven por el impulso del calendario electoral, sino por secretas pulsiones subterráneas que, tarde o temprano, terminan por agrietar la superficie. Lo que se escenificó el pasado 9 de julio en el acto patrio de la Declaración de la Independencia fue el preámbulo de un nuevo tablero político en Misiones; fue la formalización de un reacomodamiento que ya no admite más disimulos.
Fue una semana intensa. El sector más fuerte de Encuentro Misionero se reunió el miércoles por la noche en el Club Legislativo para “reconfigurar algunos roles”, peinar avales y afiliaciones en medio de un escenario difuso. A esa hora la diputada Paula Franco ya sabía que algunos de sus colegas estaban dispuestos a dejar el bloque a la espera de que Hugo Passalacqua lance un espacio político propio para competir en las próximas elecciones. La primera en decírselo, días antes, fue Arabela Soler. Se trató de una conversación corta, sin más detalles, aunque muy sentida de ambas partes; es que se llevan bien y sienten un mutuo respeto. “Mirá, vos sabés que yo vine con Hugo”, dijo la legisladora para despedirse. No hizo falta más.
Durante el cónclave del espacio que aglutina a los Neo y Blend, brotaron diversas especulaciones sobre las próximas deserciones. Una postal que llegó al otro día, durante el acto del 9 de Julio que se realizó en Cerro Corá, donde varios funcionarios fieles a las “previas” del mentor de Encuentro Misionero, Carlos Rovira, exhibían alegremente sus llaveros de plástico con el fondo blanco que dice HP27.
Pero volvamos a la concurrida noche en el club de los empleados legislativos, donde la novedad fue lo que dijo Lucas Romero Spinelli a un pequeño grupo de leales: “Nosotros apoyamos la candidatura a gobernador de Lalo”. El vicegobernador, que llegó cuando todos comenzaban a irse, no dijo nada sobre su propio rol en las próximas elecciones, tema del que hay varias especulaciones. El intendente Stellato no estuvo; sí el diputado Horacio Martínez, el mismo que al otro día posaba junto a Passalacqua y el resto de los legisladores que van a conformar el bloque —del ¿espacio? — “Movimiento por lo que Viene”.
Spinelli también estuvo en Cerro Corá, pasó revista a las tropas formadas junto al gobernador y hasta compartieron sonrisas en el palco; luego escuchó atentamente su discurso y se esfumó cuando la locutora oficial dio por finalizado el acto. En su entorno aseguran que su participación fue meramente protocolar “porque es parte del gobierno” y que esperará hasta agosto para lanzar su candidatura, posiblemente a intendente de Posadas. Aunque hay quienes dicen que podría postularse como diputado nacional, en una colectora que apoye la reelección de Javier Milei. Tal vez sean meras especulaciones.
Lo concreto es que el presidente de la Cámara de Representantes aún no recibió ningún pedido formal para la conformación de un nuevo bloque. El diputado Sebastián Macias sabe que “hay incertidumbre” y en su núcleo de confianza reconoce que el mapa interno del Poder Legislativo cambiará después del receso invernal. “Nosotros estamos en Encuentro Misionero, creemos que el intendente de Posadas puede ser un buen gobernador”, aclara puertas adentro.
El acto por el 210.º aniversario de la Declaración de la Independencia estuvo cargado de gestos políticos. Pero hubo un dato previo muy interesante: tanto el jefe de Gabinete, Carlos “Kako” Sartori, como el presidente del bloque Frente Encuentro Misionero, Alejandro Arnholdt, se encargaron de enviar invitaciones para el acto. Hasta Spinelli pidió, durante la reunión del miércoles, apoyar “en lo institucional”. Sutilezas.
Passalacqua estuvo en el palco con los primeros nueve diputados dispuestos a acompañarlo en su nueva carrera electoral. Además de Arabela Soler, estaban los diputados Enio Lemes, Juan Manuel Rodríguez, Rudi Bunziak, Roberto Hugo Benítez, Juan José Szychowski, Aryhatne Bhar, Horacio Martínez y Rita Flores. Todo indicaría que el nuevo bloque estará íntegramente conformado antes de que se comience a discutir el proyecto del Presupuesto 2027 en la comisión que preside José Luis Pastori, que permanecerá dentro de Encuentro Misionero.
El nuevo bloque estaría capitaneado por Soler, que viene de las huestes de Podemos, el partido del ministro “ultrapassalacquista” Facundo López Sartori. Lemes fue intendente de San Javier; dicen que le debe mucho a Rovira y que esperará hasta último momento para pegar el salto: “La foto del jueves fue un acercamiento”. Bunziak y Benítez son allegados a Oscar Herrera Ahuad, el único diputado nacional que participó del acto. Rodríguez —hijo del intendente de San Vicente, Fabián Rodríguez— estuvo en el palco, pero no en la foto. Szychowski, Bhar y Martínez, diputados del grupo Mentoplus, están adentro, al igual que Flores, que deja el bloque Por la Vida y los Valores.
Con algunas demoras y minucias de letra chica por enmendar, los nueve diputados están listos para dar el paso. Posiblemente el mismo camino sigan María del Carmen Méndez Asón y Roque Soboczinski si dejan Encuentro Misionero. Débora Mangone y su esposo Walter Ríos, de Por la Vida y los Valores, “todavía están buscando un buen acuerdo”. El nuevo bloque aún no tiene nombre, pero se especula con que lo bautizarán “Por lo que viene”.
Las estructuras políticas suelen volverse cómodas para quienes las habitan por mucho tiempo, hasta que la realidad exige dar vuelta la página. Ahora, el oficialismo tendrá que asimilar su divergencia.
Passalacqua eligió la tribuna de Cerro Corá —una geografía pequeña que nos recuerda que la provincia real no termina en los escritorios de Posadas— para hablar de la independencia no como una pieza de museo, sino como un ejercicio cotidiano y urgente. Durante su discurso, remarcó que romper estructuras y esquemas nunca ha sido fácil para ninguna sociedad, y que los procesos históricos de ruptura suelen estar signados por la incertidumbre y profundos temores.
Fue allí donde hizo hincapié en que estos son momentos para valientes, emulando el coraje de aquellos primeros cabildantes. Evocando la célebre pregunta que se hacían los patriotas en los albores de la patria —“Se va el rey y ¿quién manda?”—, rescató la respuesta de Juan José Castelli: “El poder está en la gente”. Otra sutileza para oídos finos. La cuestión es que, para el mandatario, esa angustia histórica se resuelve hoy de la misma manera, devolviéndole la soberanía al pensamiento del ciudadano de a pie.
La política, que detesta el vacío, se apresuró a ordenar los discursos y roles. El ministro coordinador de Gabinete, Carlos “Kako” Sartori, fue el encargado de ponerle nombre y doctrina a la nueva herramienta electoral. Sus precisiones fueron taxativas: la representación política del Ejecutivo provincial recae ahora exclusivamente en El Movimiento, dejando a Encuentro Misionero como un sello de pertenencia individual a los designios de su mentor.
La justificación de este quiebre parece profunda. Alrededor de Passalacqua acusan a la conducción de Encuentro Misionero de pretender alineamientos nacionales y votaciones de leyes que terminaron operando como un chaleco de plomo para la provincia, además de sectarismo. El Movimiento tiene una postura opositora a Milei y se postula como una construcción horizontal y abierta, donde el disenso no se castiga con la expulsión. La política del látigo y el dedo, denunciada simbólicamente por el gobernador, según algunas interpretaciones, con un ademán de desprecio en su discurso, pretende ser reemplazada por el respeto al ciudadano de a pie y el cuidado irrestricto de los recursos.
Habrá que ver hasta dónde está dispuesto a llegar el nuevo oficialismo, si está realmente decidido a avanzar en los “ejes conceptuales” de “El Movimiento por lo que Viene” y la “reconfiguración” que se pretende, o si todo es parte de una estrategia electoral para sostener el poder. Podrá Passalacqua realizar una “rápida intervención para controlar y recuperar concesiones de servicios públicos” con el mantra: “Hacer un poquito más feliz y sencilla la vida de la gente cada día”.
Estas son algunas incógnitas que se abren tras la implosión de la Renovación y frente a un farragoso escenario preelectoral. El círculo rojo del Cantón espera que finalice el mundial y que Rovira mueva su próxima pieza. Porque en la alta política terrenal, como en los viejos tableros de ajedrez, el silencio previo al movimiento suele ser más elocuente que cualquier discurso de barricada. La moneda está en el aire y la respuesta final, indefectiblemente, la tendrá el ciudadano de a pie.
Opinión
Desde Cerro Corá, la doctrina del Movimiento por lo que Viene

Por Cecilia Britto
El discurso del gobernador Hugo Passalacqua el 9 de Julio no fue una conmemoración: fue la exposición de principios del espacio que veinticuatro horas después recibió su nombre. En Cerro Corá —corral de cerros, en guaraní— quedaron sentadas las bases del Movimiento por lo que Viene.
Hay discursos que se pronuncian y hay discursos que anuncian. El del gobernador Hugo Passalacqua en Cerro Corá pertenece a la segunda categoría. No fue un acto protocolar más. Fue una declaración de identidad.
Passalacqua eligió empezar en mayo de 1810. Y no eligió ese punto de partida al azar: quería traer doctrina desde nuestro propio proceso histórico. Un cabildo abierto que se animó a preguntar si el poder podía volver al pueblo, y un 25 de mayo que respondió que sí al jurar. “Fue un proceso duro, muy duro, muy difícil. Sobre todo, con muchos miedos”, recordó el gobernador. Porque animarse a dar vuelta la página nunca fue sencillo para ninguna sociedad.
Pero la historia verdadera no es la escrita desde el puerto. Es la nuestra. La que dice que un año antes de Tucumán, en el Congreso de Oriente de 1815, los pueblos libres ya se habían proclamado independientes. Y que Misiones estuvo ahí, representada por Andrés Guacurarí, que “no pudo asistir porque estaba peleando en Candelaria, pero mandó a su segundo”. Andresito no faltó a la historia. Estaba haciéndola. “Un año antes de Tucumán ya habíamos declarado la independencia. Tan rebeldes somos”, dijo Passalacqua. Y no es una anécdota. Es una definición.
Los misioneros no llegamos tarde a la independencia. Llegamos antes. Con Artigas, con el federalismo de los pueblos libres, con esa convicción incómoda que el gobernador recuperó en la respuesta del jefe de los orientales a sus diputados rechazados en la Asamblea del Año XIII: “No se preocupen, Buenos Aires solo da amarguras”. Y la actualizó sin rodeos: “Buenos Aires siempre da amarguras. Piensa en ella, no en las provincias”. Y remató, con toda intención, que eso no es de ahora.
Pero el corazón del mensaje no estuvo en el pasado. Estuvo en lo que ese pasado nos exige hoy. Coraje. La independencia no es para temerosos: “son momentos para valientes”, dijo, como lo fueron los cabildantes de 1810 y los congresales de 1816, que declararon la libertad rodeados de miedos, de amenazas, de incertidumbres. Como San Martín, que exigió la declaración porque sabía que no podía liberar América si su propio pueblo no era libre.
Y ahí Passalacqua se detuvo en un terreno que la política suele esquivar: cómo se debe ejercer el poder. Dijo que defender las posiciones con convicción está bien. Que cambiar de opinión está bien. Pero “el látigo, el dedo, la dureza, la descalificación, eso está mal”. Y agregó: “Pensemos como pensemos, no hace falta pelearse. Ni siquiera en la mesa familiar”. No nombró a nadie. No hizo falta. Todos entendimos. Hay una forma de conducir que humilla, que agrede. Y hay otra. La que se planta desde la historia, desde el respeto, desde la convicción serena de que la autoridad emana del pueblo.
Porque eso también dijo. Citó a Castelli: “el poder está en la gente”. Y lo tradujo sin eufemismos: el deber de quienes gobiernan es hacerle “un poco más fácil la vida” a la gente. Cada día. “Si no cumplimos eso, ahí está la urna”. Un gobernador recordando, en un acto patrio, que su legitimidad tiene dueño. Y que el dueño es el pueblo. Eso, en un momento que él mismo definió como angustiante y difícil para la República, no es un detalle. Es una toma de posición.
Hubo ternura también. Orgullo por los misioneros, por sus familias, por esa sonrisa que, dijo, no se rinde ni en la angustia. Passalacqua es eso: un político humano. De los que escuchan antes de hablar. De los que enseñan sin dar cátedra. De los que entienden que la política no es un ring sino una mesa.
Y hay que leer el discurso completo en esa clave. Porque cuando Passalacqua pone a Andresito en el centro del relato, cuando recupera a Artigas y al federalismo de los pueblos libres, cuando cita a Castelli y define cómo no se debe conducir, no está solamente conmemorando. Está fundando. Lo nuevo ya había empezado a existir. El 9 de Julio conocimos su espíritu, sus principios, la matriz de lo que nacía. Veinticuatro horas después llegó el nombre: Movimiento por lo que Viene. La secuencia no es casualidad. Es método. Primero el espíritu, después el nombre.
Y el nombre merece ser leído, palabra por palabra. Movimiento, porque Misiones se está moviendo desde hace un tiempo. Y la intensidad crece: intendentes que reconfiguran el territorio y la conducción política, mujeres, jóvenes, dirigentes, vecinos, empresarios. No es un sello. Es un pueblo en marcha. Por lo que Viene, porque Misiones se mueve en busca de su destino. Y confía en que lo que viene es distinto. Es mejor. Es más bueno. Una provincia que vuelve a tener esperanza. Que vuelve a tener fe. El nombre no describe una estructura: describe un estado de ánimo colectivo.
Lo que se presentaba como espacio ya no contenía. No representaba a muchos. Y, sobre todo, no representaba los intereses de Misiones. Passalacqua lee un tiempo nuevo, que no se circunscribe a un método ni a una persona: un cansancio social enorme frente a formas que se agotaron. Y muy a pesar de muchos, no elige la agresividad, la maldad ni el odio. Elige otro camino. Este tiempo nace con otro espíritu. Y eso también nos interpela: nos exige entender que se puede construir sin agraviar y disentir sin destruir. Por eso lo de Cerro Corá no fue solo un discurso. Fue doctrina. Y todo el acto estuvo cargado de simbolismos y gestualidades que ayudan a comprenderlo.
Y hay que dedicarle un pasaje al miedo. Porque el miedo no es un accidente: se instala, se administra, se hace flotar en el aire como una amenaza latente. Es la última herramienta de los que no quieren que nada cambie. Passalacqua lo sabe, y por eso su palabra clave no fue victoria ni poder: fue valentía. Los cabildantes de 1810 declararon con miedo. Los congresales de 1816 firmaron con miedo. La historia no la hacen los que no sienten miedo: la hacen los que no se dejan gobernar por él. Pericles lo entendió hace veinticinco siglos, cuando distinguió dos miedos: el respeto a la ley, que civiliza, y el terror administrado, que somete. Y proclamó ante los atenienses que los más valientes son aquellos que, viendo con total claridad tanto el peligro como la gloria que tienen delante, aun así avanzan. Por eso la valentía es determinante para que lo que viene sea mejor. Para que sea de Misiones y de los misioneros.
El intendente Diego Pedrozo lo expresó mejor que nadie. Recordó que Cerro Corá significa corral de cerros y le habló directo al gobernador: “Amigo Hugo, los cerros te abrazan”. Ese abrazo fue la imagen del acto. Y es también la imagen de lo que viene: un Movimiento que va abrazando a hombres y mujeres de toda la provincia y que convoca a trabajar con diálogo, compromiso y espíritu de paz.
Si hubiera que escribir la doctrina de este nuevo tiempo, ya está dictada. Sus matrices rectoras son seis: el coraje como condición de la política; la soberanía popular como único origen de la autoridad; el gobierno como servicio y no como privilegio; la legitimidad como préstamo revocable, que el pueblo otorga y el pueblo retira; la conducción como abrazo y no como sometimiento; y el federalismo misionero como línea innegociable. Seis matrices. Una plataforma. Nadie podrá decir que no estaba escrito desde el primer día.
Este 9 de Julio, desde Cerro Corá, quedó dicho el espíritu de un nuevo tiempo. Un tiempo de rebeldía con memoria. De firmeza sin agravio. De soberanía en el pensamiento y en la acción. Un tiempo donde ser buenos no es debilidad: es la forma más alta de la valentía.
Andresito lo sabía. Artigas lo sabía. Los congresales de 1816 lo sabían. Doscientos diez años después, lo volvimos a escuchar en un corral de cerros de la tierra colorada.
Opinión
Soberanía algorítmica: la Algoritmocracia, el poder que ya empezó a gobernarnos
Por Héctor Julio Franco
Durante siglos la humanidad discutió y peleo entre sí para responder a la disyuntiva de quien debía ejercer el poder.
Primero fueron los reyes. Después aparecieron las constituciones. Más tarde la división de poderes, Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial como una de las mayores conquistas de la democracia moderna. Luego, con el tiempo, la influencia de los medios de comunicación llevó a muchos a hablar de un “cuarto poder”.
Sin embargo, tengo la impresión de que estamos asistiendo al nacimiento de otro centro de poder, mucho más silencioso y difícil de advertir.
No tiene territorio. No participa de elecciones. No jura una Constitución. No pertenece formalmente a ningún Estado. Pero cada día influye un poco más en nuestra vida. Me refiero al poder de los algoritmos.
Algunos autores denominan a este fenómeno algoritmocracia: un escenario en el que los algoritmos dejan de ser simples herramientas informáticas para convertirse en sistemas capaces de condicionar decisiones económicas, sociales, jurídicas e incluso jurídicas.
La palabra puede sonar exagerada, pero basta detenerse un instante para advertir que ya convivimos con ella.
Un algoritmo decide qué noticias aparecen primero en nuestras redes sociales. Otro determina qué publicidad recibimos. Otro evalúa si somos candidatos a un crédito. Otro selecciona qué contenidos se vuelven virales y cuáles prácticamente desaparecen del debate público.
Cada vez más administraciones públicas utilizan inteligencia artificial para detectar fraudes, priorizar expedientes, asignar recursos o asistir decisiones administrativas.
La inteligencia artificial ya no es solamente una innovación tecnológica. “Está empezando a convertirse en una forma de ejercicio del poder.” Y esa circunstancia merece una profunda reflexión democrática. Porque todo poder, tarde o temprano, necesita límites.
Lo interesante es que la verdadera discusión no pasa por preguntarnos si la inteligencia artificial es buena o mala. Esa es una falsa discusión.
La IA puede representar una revolución extraordinaria para la medicina, la educación, la justicia, la administración pública y la productividad. Puede ayudarnos a reducir corrupción, mejorar políticas públicas, detectar fraudes y
utilizar con mayor eficiencia los recursos del Estado. Sería absurdo renunciar a semejante herramienta.
El problema aparece cuando olvidamos una pregunta mucho más importante. ¿Quién diseñó el algoritmo?; ¿Con qué datos fue entrenado?; ¿Qué valores incorpora?, ¿Quién controla sus decisiones?, ¿Quién responde cuando se equivoca?, Allí aparece uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.
Los algoritmos aprenden de los datos que reciben. Si esos datos contienen prejuicios, discriminaciones históricas o información incompleta, el sistema puede reproducir esos mismos errores con una apariencia de absoluta objetividad.
La máquina no discrimina porque tenga odio. Discrimina porque aprendió de una realidad previamente sesgada. Y cuanto más confiemos en sus respuestas sin comprender cómo fueron construidas, mayor será el riesgo de naturalizar decisiones injustas simplemente porque fueron tomadas por una computadora.
Existe además otra cuestión sobre la que hablamos muy poco. La inteligencia artificial también es poder geopolítico.
Durante el siglo XX los Estados medían su influencia por el tamaño de su economía, su industria, sus recursos naturales o su capacidad militar.
La posesión de tecnología nuclear, por ejemplo, funcionó durante décadas como un poderoso elemento de disuasión y como un símbolo de supremacía tecnológica.
En el siglo XXI está apareciendo un nuevo indicador de poder. La capacidad de desarrollar inteligencia artificial fundacional.
Hoy son muy pocos los países que concentran las empresas, el talento científico, la infraestructura tecnológica, la capacidad energética y el capital necesario para entrenar los grandes modelos de inteligencia artificial que luego utilizará buena parte del planeta.
Estados Unidos y China lideran claramente esa carrera. No es casualidad. Entrenar uno de estos modelos requiere inversiones de miles de millones de dólares, centros de datos gigantescos, millones de procesadores especializados y un volumen de energía comparable al consumo de ciudades enteras.
Quien domina esa tecnología no solo desarrolla mejores asistentes virtuales. También influye sobre la economía digital, la investigación científica, la educación, la administración pública, los sistemas de defensa y, en definitiva, sobre la forma en que circula el conocimiento en el mundo.
Quizás estemos presenciando el nacimiento de un nuevo concepto político: la soberanía algorítmica.
Así como los Estados hablan de soberanía territorial, energética o alimentaria, en las próximas décadas también deberán preguntarse cuánto control conservan sobre las inteligencias artificiales que utilizan diariamente sus ciudadanos, sus empresas y sus propios gobiernos.
Porque depender completamente de algoritmos desarrollados en el exterior no constituye solamente una cuestión tecnológica, es, también, una cuestión de autonomía estratégica. Y aquí aparece otra enseñanza que la historia puede ofrecernos.
Cuando comenzaron a fabricarse los primeros automóviles prácticamente no existían normas internacionales sobre seguridad. No había cinturones obligatorios, airbags, pruebas de choque ni estándares mínimos de fabricación. Con el tiempo comprendimos que la innovación necesitaba reglas. No para impedir el progreso. Precisamente para hacerlo más seguro.
Con la inteligencia artificial probablemente ocurra lo mismo. Así como hoy ningún automóvil puede comercializarse sin cumplir exigentes protocolos de seguridad, tampoco debería aceptarse que modelos fundacionales capaces de influir sobre millones de personas sean entrenados sin estándares mínimos internacionales.
Necesitamos reglas comunes sobre transparencia, calidad de los datos de entrenamiento, mitigación de sesgos, auditorías independientes, documentación técnica, trazabilidad, supervisión humana y responsabilidad jurídica. No porque desconfiemos de la inteligencia artificial. Sino porque desconfiamos demasiado en el poder que pudiera llegará a tener.
La democracia aprendió, a lo largo de los siglos, que ningún poder debe quedar fuera del control institucional. No ocurrió con los gobiernos, ni con los mercados. No ocurrió con la prensa, ni debe ocurrir con los algoritmos.
Tal vez dentro de algunos años descubramos que la gran discusión política de nuestra época no era si la inteligencia artificial iba a reemplazar determinados empleos.
Tal vez la verdadera discusión era otra mucho más profunda; es sobre quién controla los algoritmos que, silenciosamente, comenzaron a influir sobre nuestras democracias.
El desafío del siglo XXI no será solamente desarrollar inteligencia artificial. Será garantizar que la inteligencia artificial permanezca al servicio de la libertad, de la igualdad y de la dignidad humana. Y esa, quizás, sea la verdadera definición de soberanía algorítmica.
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