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A 5 años del ARA San Juan, tragedia que se llevó a dos misioneros

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Hace 5 años, el 15 de noviembre de 2017, el submarino ARA San Juan desaparecía de los radares con 44 marinos a bordo, entre ellos los misioneros Eliana María Krawczyk, teniente de Navío, y el cabo Jorge Isabelino Ortiz.   

Fue el comienzo de una búsqueda desesperada que prolongaría la angustia un año, hasta que los restos de la nave aparecieron a 907 metros de profundidad, en el Atlántico Sur.  

El sumergible había sido construido a principios de la década de 1980, en el astillero alemán Thyssen Nordseewerke y contaba con 65 metros de eslora (largo), un casco de siete metros de diámetro, y estaba propulsado por cuatro motores diésel de 6.720 HP. 

El submarino había recibido una reparación de media vida, entre 2007 y 2014, en el complejo de la empresa estatal Tandanor, que incluyó más de 600 trabajos en la nave, entre ellos el replacado de sus baterías y el reemplazo de sus cuatro motores. 

Fin del mundo 

En 2016, el ARA San Juan se encontraba operativo en la base naval de Mar del Plata, desde donde navegó hacia Ushuaia, que era donde estaba en 2017 cuando recibió la orden de zarpar en una misión de patrullaje del litoral marítimo argentino.  

Zarpó el 8 de noviembre. El 14, un día antes de esfumarse de las pantallas de radar, el submarino reportó un desperfecto eléctrico y un principio de incendio en su sala de máquinas, controlados por la tripulación.  

“Ingreso de agua de mar por sistema de ventilación al tanque de baterías N° 3, ocasionó cortocircuito y principio de incendio en el balcón de barra de baterías. Baterías de proa fuera de servicio, al momento en inmersión propulsando con circuito dividido. Sin novedades de personal. Mantendré informado”, comunicó el comandante del buque de guerra, el capitán de fragata Pedro Martínez Fernández, a las 07,30 horas.  

Fue el último contacto. El radar ubicaba la nave a 432 kilómetros de la costa patagónica, a la altura del Golfo San Jorge. 

Los misioneros 

Con 34 años de edad, Krawczyk era la única mujer a bordo del submarino. Tenía el grado de oficial y se desempeñaba como jefa de operaciones del buque.  

Obereña, Krawczyk era estudiante de Ingeniería Industrial, hasta que se decidió por la carrera naval e ingresó la Escuela Naval Militar, con la promoción 137. 

Nacido en 1985, en Posadas, el cabo Ortíz tenía tres hermanos, y estaba casado con Griselda, con quien tenían un hijo.  

Era cabo principal y maquinista, y era parte del equipo encargado del sector eléctrico y los motores diesel del buque. Ortíz llevaba 12 años en la Armada. 

En 2019, el gobierno provincial rindió homenaje a ambos submarinistas en el predio del nuevo puerto de Posadas, en Nemesio Parma, que fue bautizado con el nombre de la teniente Krawczyk. 

En la ocasión, se inauguró un busto de la marino misionera, primera submarinista mujer en la historia naval argentina, y se entregó a la esposa e hijo del cabo principal Ortiz, la Medalla al Mérito “General Don Andrés Guacurarí y Artigas”. 

La búsqueda 

La noticia sobre la pérdida de contacto con el submarino no tardó en hacerse pública y conmocionó al país. 

El 16, horas después de confirmarse la desaparición del buque y sus marinos, el entonces ministro de Defensa Oscar Aguad reconoció la situación, y activó el protocolo SAR para la búsqueda y rescate de embarcaciones. 

El gobierno del presidente Mauricio Macri solicitó ayuda internacional y navíos de Alemania, Brasil, Chile, Colombia, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Noruega, Perú, Uruguay y Rusia participaron de un operativo que se desplegó en un área de más de 500.000 kilómetros cuadrados.  

En medio de la búsqueda, el 23 de noviembre, el vocero de la Armada, capitán de Fragata Enrique Balbi, informó a la prensa que la Marina de los Estados Unidos y la Organización del Tratado para la Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBTO), con sede en Viena, Austria, habían detectado “un evento anómalo, corto y consecuente con una explosión/implosión”, en la zona donde navegaba el sumergible.  

A más de una semana, las posibilidades de rescatar con vida a los 44 tripulantes del buque se esfumaban a cada segundo. El país entero contenía el aliento y oraba por la suerte de los hombres y mujeres de la Armada que iban a bordo. 

La estremecedora noticia llegó de la manera más banal, en la mesa de Mirtha Legrand. “Tengo que decirlo, están muertos”, soltó la entonces diputada nacional Elisa Carrió. A su lado estaba sentada Itatí Leguizamón, esposa de uno de los tripulantes. 

“Ellos son héroes y sé de la vocación enorme que han tenido. Ojalá que esto sirva. Me parece que decir esto es lo mejor porque así vos tenés alguien a quién ponerle una cruz, una flor”, agregó.  

Era 25 de noviembre. El 30, el Ministerio de Defensa admitió que no había posibilidades de encontrar con vida a la tripulación del submarino. Oficialmente, las tareas de rastrillaje se interrumpieron. 

El hallazgo 

Los restos del ARA San Juan fueron encontrados un año después, el 17 de noviembre de 2018. 

La búsqueda, abandonada por el gobierno el año anterior, se retomó al siguiente, producto de la presión de las familias de los marinos desaparecidos, que acamparon por 50 días en Plaza de Mayo hasta que el gobierno contrató una empresa para un nuevo rastrillaje. 

El Estado eligió a la empresa estadounidense Ocean Infinity, que movilizó hasta la zona al buque Seabed Constructor, que inició la búsqueda con familiares de la tripulación a bordo. 

El 17 de noviembre de 2018, la Armada confirmó que el Seabed había detectado al submarino a más de 900 metros de profundidad y a 500 kilómetros de la costa patagónica, a la altura de la ciudad de Comodoro Rivadavia. 

El hallazgo se produjo mediante el empleo de dispositivos submarinos y con un equipo de operación remota dotado de cámaras de alta definición. 

Los restos del ARA San Juan estaban muy cerca de la posición donde el buque oceanográfico chileno “Cabo de Hornos” había indicado que podía encontrarse, una información aportada en diciembre del año anterior. 

El buque tenía el casco “totalmente deformado, colapsado e implosionado” y sin “aberturas de consideración”, partes de la hélice enterradas y restos desperdigados en un radio de 70 metros, informó la Armada. 

El ataque inglés 

Fueron muchas las versiones que rodearon a la desaparición del ARA San Juan en aquellos días de 2017 y 2018. Se habló hasta de un ataque inglés. 

Al estar cerca de la zona de las Islas Malvinas, fuertemente militarizada por el Reino Unido luego de la guerra de 1982, se analizó la probabilidad de que el ARA San Juan haya sido torpedeado por la marina británica.  

La hipótesis se apoyaba en la idea de que el submarino argentino realizaba tareas de espionaje sobre la presencia militar inglesa, y fue atacado como represalia.  

También, se dijo que el submarino pudo haber quedado en la línea de fuego de los ejercicios militares conjuntos entre ingleses y estadounidenses. 

Otra de las hipótesis hablaba del impacto contra una mina de la época de la guerra de Malvinas; y otra, del choque con uno de los pesqueros chinos que, se asegura, operan furtivamente en esas aguas. 

El gobierno y la Armada Argentina desmintieron todas estas posibilidades. 

“No hay indicios de ataque externo ni de mina submarina que haya producido la explosión”, rezaba el parte oficial. 

Justicia 

El hundimiento del ARA San Juan desembocó en varias causas para establecer la responsabilidad política y operativa de lo ocurrido con el buque. 

En julio de 2019, la Comisión Bicameral del Congreso dictaminó “una clara responsabilidad política y administrativa” del ministro Aguad y sus funcionarios. 

Las causas judiciales judiciales comenzaron a partir de 2020, dos años después del hundimiento, con el procesamiento de seis altos oficiales: el contraalmirante Luis López Mazzeo, el capitán de Navío Claudio Villamide, el contraalmirante Luis Malchiodi, el capitán de navío Hector Alonso, el capitán de fragata Hugo Miguel Correa y el capitán de corbeta Jorge Andrés Sulia. 

Todos procesados por estrago doloso al haber desoído las advertencias sobre el funcionamiento defectuoso del instrumental del buque. 

En noviembre de ese año, la Cámara Federal de Comodoro Rivadavia le ordenó a la jueza de la causa, Marta Yañez, que ampliara la investigación a las responsabilidades que pudieron haber tenido el presidente Macri, el ministro Aguad y el entonces jefe de la Armada, Marcelo Srur. 

Por esos días, el contraalmirante Enrique López Mazzeo declaró ante la Cámara Federal de Comodoro Rivadavia que la Armada conocía la ubicación del submarino en base a la información suministrada por el buque chileno “Cabo de Hornos”, lo que motivó una denuncia por encubrimiento agravado contra Macri y Aguad por parte de los familiares. 

Se inició una causa en los tribunales de Comodoro Py que fue girada al juzgado de Yañez en Caleta Olivia, donde se tramita la investigación por el hundimiento. 

A la par, el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas y el Ministerio de Defensa, instruyeron un Consejo de Guerra, integrado por el jefe del Estado Mayor Conjunto (EMCO), el general Juan Martín Paleo (Ejército), el brigadier Pedro Girardi (Fuerza Aérea) y el secretario de Estrategia y Asuntos Militares Sergio Rossi, en calidad de presidente.  

El Consejo dispuso, tras varios meses de análisis, el arresto de 45 días de Srur y la destitución del capitán de navío Claudio Villamide, exjefe del comando de submarinos. 

Srur fue hallado culpable de omitir información a Defensa, y Villamide de haber actuado con negligencia. 

Mazzeo fue sancionado con 15 días de arresto, el capitán de navío Héctor Alonso con 30 días, y el mismo castigo se le aplicó al capitán de fragata Miguel Correa.

El espionaje  

En septiembre de 2020, en las instalaciones de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) se hallaron materiales que documentaban actividades de seguimiento y espionaje a los familiares de los marinos muertos por parte de agentes de ese organismo. 

Cristina Caamaño, interventora de la agencia, denunció el hecho ante la Justicia, y en diciembre de 2021 Martín Bava dictó el procesamiento del presidente Macri, y los jefes de la AFI Gustavo Arribas y Silvia Majdalani. 

Todos fueron sobreseídos en julio pasado, por los jueces de la Cámara Federal porteña Mariano Llorens, Pablo Bertuzzi y Leopoldo Bruglia, con el argumento de que el espionaje se realizó a los fines de proteger al presidente.  

El busto de la teniente María Krawczyk, en el nuevo Puerto de Posadas, que lleva su nombre.


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A diez años de la desaparición de Aída Cabrera: “La siento viva dentro mío”

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Aída Cabrera

En un partido de ajedrez, en la melodía de una guitarra, en un sueño o en un mate, el mismo mate que esa mañana dejó sin tomar. En todas esas situaciones cotidianas Aída Cabrera sigue presente para su familia, a pesar de que un día hoy pero hace diez años bajó por última vez las escaleras de los monoblosck’s de Villa Cabello y jamás volvió a ser vista.

“Ella en enero cumplió 76 años. Yo la siento viva dentro mío, más allá de que haya muchas probabilidades de que ya no esté con vida. Por eso voy a empezar esta nueva etapa con un enfoque más desde el corazón, haciendo dedicatorias para que la gente no olvide a una mamá, a una abuela, de la ciudad de Posadas que un día salió de su casa como cualquier persona lo podría hacer y desapareció de la nada”, expresa Claudia Betancur, una de las hijas de Aída, en diálogo con La Voz de Misiones.

Ese 28 de febrero de 2014 Aída Cabrera preparó un termo de agua caliente y también el mate, pero no llegó a darle ni un solo sorbo porque -sostiene la familia- salió para ir al kiosco a buscar algo para acompañar su desayuno y desde ahí nada más se supo de ella. Y de ese momento ya se cumplió una década, ni más menos.

Una década en la que tanto Claudia, como sus dos hijos y sus hermanos viven sumidos en la incertidumbre de no saber qué pasó con Aída y pendientes de que al celular llegue una pista.

“Uno está pendiente las 24 horas de ese teléfono, no querés dormir, no querés comer. Estás pendiente, pensando, poniéndote en el lugar de esa persona, si está viva, si está sufriendo, si la lastimaron, si está pasando frío, hambre, sed. Muchas veces te deterioras físicamente y muchos familiares murieron en la búsqueda de tristeza, de agotamiento, pero aún seguimos. Si yo hubiese sido la persona desaparecida sé que mi madre no hubiera descansado buscándome”, relató Claudia, que actualmente reside en el mismo departamento del edificio G de la chacra 150, donde también vivía Aída.

Tanto Claudia como su familia no dejó esquina, ni trillo, ni monte de Posadas sin rastrillar. También recorrieron localidades del interior e incluso ciudades de otra provincia, encarando una búsqueda en la que dejaron todo, tiempo, dinero y esperanzas.

En medio de todas las pistas e hipótesis deslizadas en este decenio, para su hija hay una que hoy prevalece y que podría ajustarse a lo que sucedió realmente, aunque el nivel de certeza tampoco es muy alto.

“A lo largo de los años tuve varias hipótesis y por etapas me centré en una o en otra. Hoy en día es como que fui tomando notas y a ver si en conjunto se podían unificar porque hace tiempo las veía muy separadas. Es así que hoy puedo decir que mi teoría es que ella ese día salió de casa y en la calle se encontró con alguien conocido que la llevó a una iglesia pentecostal a la que había empezado a ir poco antes y como el caso se hizo mediático muy rápidamente después la llevaron a una zona roja cercana al hospital y que ahí fue descartada”, trazó la mujer a LVM.

Claudia hoy vive en el mismo departamento en el que residía su madre en Villa Cabello.

La búsqueda de Aída llevó a Claudia a otros lugares. De un momento a otro, en medio de la angustia, se vio recorriendo el país, entrevistándose hasta con la familia de María Cash, otro emblemático caso de desaparición en Argentina, y creando un grupo de Facebook que se transformó tanto en un espacio de difusión pero también de contención, factor del cual carecen los familiares de personas extraviadas.

El grupo se llama “Comunidad ayudemos a encontrarlos”, que hoy tiene 27.000 seguidores. Claudia recuerda que su creación se dio a partir de un sueño con su madre como protagonista. “Los primeros días de búsqueda no son fáciles. Los sentimientos te desbordan. La bronca, la angustia, la tristeza. Sumado a que uno no sabe qué hacer y cómo buscar, uno confía ciegamente en lo que te enseñan, que es ir a la Policía, pero lastimosamente no tienen protocolos no están capacitados realmente y a pesar de la buena voluntad de algunos, les faltan herramientas. Fue así que un día me vi desbordada, soñé con ella y me dijo que cree la página. Y así fue como empezamos a ayudar y a encontrar a muchas otras personas”, narró.

Para Claudia el desgaste es fuerte, porque además de batallar contra la incertidumbre de no saber qué pasó con su mamá, hay que seguir con lo cotidiano, con las relaciones personales, con las preocupaciones laborales y económicas que también carcomen, más aún en estos tiempos de crisis. 

Por eso, para Claudia hoy comenzó otra etapa de la búsqueda, más enfocada en la memoria y en lo espiritual, que en lo físico.

“Yo en este momento hice un parate como para replantearme cómo seguir. Creo que todo lo que pude hacer como hija, lo hice. Mi búsqueda ahora es a partir de otro enfoque, más desde el corazón y la memoria, de seguir luchando para que nadie se olvide de ella, que todos sepan que hay una mujer, una madre, una abuela posadeña que falta. Yo, de mi parte, la voy a recordar como esa luchadora, como esa guía que todos los días laburó para sus hijos, que nos enseñó a conectarnos con la naturaleza, con la música, con el arte. Ella siempre está presente para nosotros, en todo. Mi hijo ayer se conectó con ella en un partido de ajedrez, porque ella le enseñó eso y él supo que ella estaba ahí”, cerró Claudia.


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Vendedor ambulante halló $4 millones y lo devolvió: “Soy feliz con lo que tengo”

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vendedor ambulante millones

Diego Valdez es un vendedor ambulante, un laburante de la calle. Trabaja todo el día. Desde temprano vende sandwiches y empanadas en el estacionamiento del mayorista Diarco de Posadas, regresa a casa para la siesta y ahí vuelve a empezar con changas de todo tipo: pintura, limpieza, mantenimiento de patios. Aún sí, llegar a fin de mes se le hace complicado y hace una semana encontró varios millones de pesos que pudieron haberlo sacado de aprietos, pero no dudó en ningún momento y decidió devolverlo. “Soy feliz y millonario con lo que tengo, que es mi familia”, expresó el hombre, que sueña con tener un trabajo en blanco.

Todo ocurrió el jueves pasado, mientras Diego se aprestaba a volver a su casa luego de otro día de venta callejera, donde la crisis económica también se siente. “Está duro, antes llevaba 80 sandwiches para vender, hoy llevo 20-30 y a veces vuelvo con algunos sandwiches a casa”, grafica.

Así fue que mientras juntaba su mesa, su conservadora y su exhibidora Diego se topó con un bolso olvidado sobre uno de los carritos utilizados por clientes del mayorista.

Lo abrió por curiosidad y vio que estaba repleto de billetes, pero no dudó ni un segundo, dijo en un vivo con La Voz de Misiones. 

“Abrí y tenía plata, era mucho, pero no sé cuanto. Algunos dicen que eran 4 millones, otros dicen que era más. Le mostré a un señor que estaba ahí para que vea y le dije que lo iba a ir a entregar a unos de los supervisores y así después llegaron al dueño. Era un médico de Garupá, que era cliente habitual de Diarco”, relató Diego.

En su cabeza nunca hubo otra opción. “Ahí no hay cámaras de seguridad ni nada, pero yo nunca dudé. Yo me rebusco a diario, gracias a Dios tengo mucha gente que me ayuda y me dan changuitas. A veces te tienta un poco, pero de nada sirve porque la plata como fácil viene, fácil se va”, reflexionó.

Su honor, el posible futuro de su familia sin él en caso de ser detenido por adueñarse del dinero y su lealtad al remisero que le consiguió el permiso para que poder trabajar en el estacionamiento de Diarco se cruzaron por la mente de Diego, dueño de una historia que grafica con crudeza los efectos de la permanente crisis económica que a traviesa la Argentina.

El sueño de un trabajo en blanco

El hombre, que vive en el barrio Kennedy junto a su esposa y a sus dos hijos pequeños, contó que es cocinero y parrillero y que trabajaba en un local de la costanera que cerró de un día para el otro.

Desde ahí emprendió la vida de vendedor ambulante, ofreciendo sandwiches y empanadas. Primero tenía su puesto en el Chango Más, pero en la pandemia no pudo pagar más su alquiler y se mudó al barrio Kennedy, donde trazó nuevas relaciones laborales en la informalidad.

“Yo al remisero Rubén Flores le debo mucho. Él me dio la oportunidad porque habló con la gente de Diarco para que me dejen trabajar ahí, donde en realidad está prohibido. Después acá en el barrio mucha gente me da changas, de todo tipo, todos me conocen. Yo tampoco les cobro mucho, acepto lo que me puedan dar, yo sé cómo está la situación hoy en día. Cada poquito que me dan a mí ya me sirve para dar de comer a mi familia y pagar mi alquiler. Los sandwiches vendo a $1.000 y así y todo es caro para muchos, pero yo trato de darle además un vaso de jugo o gaseosa”, retrató y dio su número +54 9 3764 69-7299. 

Y, como todos, Diego tiene un sueño. Un sueño que en realidad es un derecho, pero que cada vez cuesta más. Diego quiere tener un empleo formal, para mejorar la calidad de vida de su familia y -al menos- obtener una obra social para los sus dos pequeños hijos.

El bolso de dinero pudo haberle dado un respiro, pero el cocinero repitió que adueñarse de esa plata no era una opción y contó que “ese día le llamé a mi señora para contarle lo que había pasado. Nos reímos porque un día antes yo había dejado mi curriculum en Diarco, porque yo quiero entrar a trabajar en una empresa y tener un trabajo formal. Siempre recé y pienso que esto Dios lo hizo para ayudarme. Ahora la empresa sabe que soy una persona de confiar”.

Pasados los días, el médico recuperó su bolso completo, con todo el dinero que había adentro, como así también la documentación de varios pacientes, y Diego continuó recorriendo las calles para trabajar.

Soy feliz y millonario con lo que tengo día a día que es mi familia y por ellos lucho todos los días”, agradeció.

Diego y sus pequeños, en la galería de su casa en el barrio Kennedy de Posadas.


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Hace 54 años, un mono misionero se convertía en el primer astronauta argentino

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mono

Hace 54 años, el 23 de diciembre de 1969, cinco meses después de que el estadounidense Neil Amstrong pisara la Luna e inmortalizará la frase: “Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”, un monito caí misionero llamado Juan se convertía en el primer astronauta argentino y el único ser vivo de la tierra colorada en inscribirse en la carrera espacial.

Juan tenía 1,4 kg de peso y 30 cm de tamaño. Capturado en la selva misionera por la Gendarmería Nacional, fue enviado al espacio en un vuelo suborbital desde el Centro de Experimentación y Lanzamiento de Proyectiles Autopropulsados, ubicado en el departamento Chamical, en La Rioja.

El vuelo de Juan no era el primero en la carrera espacial que acaparaba por entonces la atención del mundo. Antes que él, otros animales habían sido enviados al espacio con distinta suerte, empezando por la célebre perrita Laika, capturada en las calles de Moscú, que fue el primer ser vivo en orbitar el planeta y morir en órbita.

De los veinte monos enviados al espacio en los años ’60, solo la mitad pudo regresar con vida.

Viaje cósmico

El desarrollo de cohetes comenzó en 1961 en la fábrica militar de aviones, creada en 1927, en Córdoba. En febrero, se lanzó el primer prototipo, Alfa Centauro, que alcanzó los 13 kilómetros de altura. Fue el comienzo de la era espacial argentina.

A este primer cohete, le siguió toda una familia: Beta Centauro, en 1962; el Gama Centauro, en 1963; el Orión II, en 1965; el Rigel, en 1967; el Canopus II, que llevó a Juan en su increíble viaje; y el Castor, en 1972, que superó los 500 km de altura.

El vuelo del mono misionero se anotó en el marco del Proyecto BIO. Antes, habían volado el ratón Belisario y la rata Dalila, pero ninguno alcanzó la categoría de viaje de cósmico.

La historia del mono misionero fue relatada en la película de Diego Julio Ludueña: “Juan, el primer astronauta argentino”, disponible en youtube.

El vuelo

A comienzos de 1967, el país había logrado un lanzamiento exitoso de baja altura, unos 2.300 metros, llevando como pasajero al ratón Belisario, y buscaba seguir perfeccionando los sistemas de cohetes con el objetivo de colocar satélites en órbita.

En aquellos años, los científicos no descartaban emular las hazañas de soviéticos y estadounidenses y poner un argentino en el espacio.

La decisión de enviar un mono, monitorear sus signos vitales durante el vuelo y traerlo de nuevo con vida se tomó, precisamente, en esta línea.

Juan viajó a bordo del Canopus II, un cohete sonda de unos cuatro metros de largo y 50 kg de carga útil, totalmente desarrollado en el país.

Cinco meses antes, el Apolo 11 había llegado a la Luna y el estadounidense Neil Amstrong se transformó en el primer hombre en pisar el suelo lunar, y el segundo en viajar fuera del planeta, luego del cosmonauta soviético Yuri Gagarín, que ocho años antes, el 12 de abril de 1961, completó una órbita terrestre a bordo de la cápsula Vostok 1, dando inicio a la carrera espacial.

El viaje del mono Juan fue un hito para el país, ya que para ese entonces solo Estados Unidos, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y Francia habían logrado enviar seres vivos al espacio.

El equipo se proponía monitorear los signos vitales de Juan durante el vuelo y regresarlo con vida a la superficie.

Para esto, se conectaron varios nodos al cuerpo del animal, cuya información era transmitida al centro de mando mediante un sistema telemétrico desarrollado especialmente para la misión, que luego fue adoptado por la Fuerza Aérea Argentina para monitorear el estado de sus pilotos de combate.

Juan viajó sedado, pero consciente. Llevaba un chaleco impermeable y estaba sentado en un asiento diseñado para reducir los efectos de la aceleración.

El mono misionero iba dentro de una cápsula llamada Amanecer, presurizada y con una reserva de oxígeno para 20 minutos, que coronaba la punta del cohete.

 

Durante los primeros cinco minutos, la nave alcanzó una altitud superior a los 7 km, tras lo cual se apagaron sus motores y continuó el ascenso por inercia.

A esa altura, los instrumentos registraban una temperatura de 800 °C, aunque dentro de la cápsula la sensación térmica nunca pasó de los 25°C, algo más que la media de Misiones.

Durante su apogeo, el cohete alcanzó una altura de 82 kilómetros, la última frontera del espacio exterior. Luego, el motor se separó de la carga útil y empezó su caída hacia la tierra, mientras que el resto del cohete desplegó unos frenos aerodinámicos para mantener la estabilidad y comenzar a descender lentamente hacia la superficie.

El mecanismo, que simulaba los pétalos de una flor, reducía la velocidad y permitía una caída casi vertical, perfecta para el posterior despliegue de un pequeño paracaídas.

Hasta ese momento, Juan seguía respirando el oxígeno de la cabina y una vez alcanzados los 3.000 metros de altura, se abrió una escotilla y una turbina comenzó a ventilar el interior del habitáculo del mono.

Juan volvió a respirar aire natural y dejó de depender de la reserva de oxígeno de la cápsula, que cayó como una pluma en la salina La Antigua, a 60 km de donde había despegado, en Chamical.

Retiro en el zoo

Una vez recuperada, la cápsula fue trasladada a la base. Cuando se abrió la escotilla, los científicos se encontraron con Juan en perfecto estado, mirando con curiosidad a todos. El mono todavía estaba bajo los efectos del sedante. Todo el vertiginoso viaje había durado en total 15 minutos.

Luego de la espectacular aventura, Juan vivió más de dos años en el zoológico de Córdoba como su principal atracción. Ningún sitio recoge una fecha exacta de su muerte. La cápsula y el ingenioso mecanismo que permitió al mono misionero sobrevivir al experimento se exhiben en el Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial de Córdoba.

 


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