Historias
A 38 años de la Pascua alfonsinista: “La casa está en orden”
Este sábado se cumplen 38 años de la irrupción en la escena política argentina de los denominados “carapintada”, el alzamiento militar de la Semana Santa de 1987, que tuvo entre sus protagonistas a un coronel que ganaría peor fama en los años siguientes, y que estaba al mando del Regimiento de Infantería de San Javier, en Misiones: Aldo Rico.
Con esta sublevación, que puso en jaque al gobierno del presidente Raúl Alfonsín y tuvo en vilo al país durante horas dramáticas, los militares consiguieron la Ley de Obediencia Debida, que les aseguró por muchos años la impunidad a oficiales, policías y agentes de los servicios penitenciarios que participaron de la represión ilegal de la dictadura, y que, junto a la Ley de Punto Final, fueron derogadas en 2006, durante la gestión de Néstor Kirchner, retomándose el hilo de los juicios por crímenes de lesa humanidad.
Chascomús
El miércoles 15 de abril de 1987, Alfonsín se encontraba en Chascomús, donde pensaba pasar la Semana Santa que comenzaba al día siguiente, cuando el teléfono lo distrajo de sus planes para el fin de semana largo que se avecinaba.
Era su ministro de Defensa, Horacio Jaunarena, que lo llamaba con la urgencia de acontecimientos que empezaban a sucederse y que, con el correr de las horas, tomarían su curso definitivo.
“Esto es más serio de lo que pensábamos”, le dijo el ministro al presidente y lo puso al corriente de la mecha que se había encendido en un cuartel de Córdoba, donde un mayor del Ejército, Ernesto Barreiro, se había acuartelado contra la orden judicial que lo procesaba como torturador de La Perla, el centro clandestino de detención más grande del país.
Alfonsín interrumpió de inmediato su retiro en la ciudad bonaerense que lo vio crecer y convertirse en presidente, y volvió a Buenos Aires para ponerse al frente de la situación.
Enseguida, el gobierno supo que Barreiro, conocido entre víctimas y verdugos por sus alias de “Nabo”, “Gringo”, “Hernández” y “Rubio”, no estaba solo en la asonada, que ya se había extendido a Campo de Mayo, con la toma de la Escuela de Infantería y la irrupción de Aldo Rico en la escena.

El teniente coronel Aldo Rico, jefe del Regimiento de Infantería de San Javier, figura de los carapintada de 1987.
Dos años antes
La Pascua alfonsinista empezó a incubarse mucho antes de aquellos días santos de 1987. Diversos historiadores remontan su origen en la nulidad, declarada por Alfonsín, de la autoamnistía decretada por el último de los dictadores, el general Reinaldo Bignone, y la decisión de la Cámara Federal que juzgó a los ex comandantes, que estableció la existencia de un plan criminal y ordenó juzgar hacia abajo.
“Fue el famoso punto 30 de la sentencia del 9 de diciembre de 1985, el que abrió la caja de Pandora para un gobierno que apostaba a darle un corte a los juicios en cuanto a la capacidad decisoria”, escribe el periodista Juan Pablo Csipka, autor entre otros libros de “Una batalla de todos los días”, donde repasa la década posterior a la dictadura y expone el malestar militar con los procesos judiciales.
“El punto 30 borraba la frontera entre órdenes cumplidas y excesos: todos los militares implicados en la represión eran susceptibles de ser juzgados”, señala.
Según Csipka, durante 1986, un año después de las históricas condenas a los jerarcas de la dictadura y con la Justicia resuelta a hallar hasta al último de los genocidas, el alfonsinismo trató de encontrar una salida a una crisis que veía venir.
“En abril de 1986 se dieron a conocer las llamadas ‘instrucciones a los fiscales’”, reconstruye el periodista, en referencia a un documento del Poder Ejecutivo dirigido a los fiscales militares que “abría la puerta de la impunidad a los oficiales que alegaran el cumplimiento de órdenes”, y que provocó, instantáneamente, el repudio generalizado de los organismos de derechos humanos y los distintos espacios políticos, incluyendo el partido del presidente: la Unión Cívica Radical (UCR).
Fracasado este intento, el gobierno consiguió, a fines de ese año, que el Congreso aprobara la Ley de Punto Final, que establecía un plazo de 60 días, a partir de su promulgación por el Ejecutivo, para accionar judicialmente contra militares implicados en los crímenes de la dictadura.
Pero, poco después, en febrero de 1987, sucedió algo que puso en evidencia que el Punto Final tampoco era la solución para mantener el delicado equilibrio entre el poder civil y la casa militar: las citaciones judiciales a uniformados denunciados se aceleraron, en una carrera contrarreloj, y el malestar volvió a adueñarse de los cuarteles.
Entre fines de ese mes y el siguiente, el gobierno buscó anticiparse a cualquier desenlace del estilo de lo que estaba por suceder. Por un lado, pergeñó un plan para contener cualquier insurrección militar; y, por otro, se apoyó en la promesa que el ministro de Defensa de Alfonsín le hizo al entonces jefe del Ejército, el general Héctor Ríos Ereñú, de que el Ejecutivo trabajaba en una alternativa superadora del Punto Final, según contó el mismo Jaunarena en su libro “La casa está en orden”, donde revivió aquellos días de abril de 1987.
Complot
Sin embargo, los tiempos se precipitaron y, a comienzos de abril, el gobierno radical no tenía, todavía, siquiera un borrador de lo que sería la Ley de Obediencia Debida, inspirada en el manual a los fiscales militares con que intentó contener el reguero de procesos contra los genocidas.
Por esos días, el torturador Barreiro y quien se convertiría en figura de los militares carapintada, Aldo Rico, compartieron una cena en un restaurante porteño, donde terminaron de afinar el complot.
Rico venía de cumplir 10 días de arresto por una carta en la que protestaba por lo mismo que le preocupaba a Barreiro: los juicios a los genocidas.
Era el segundo encuentro entre ambos, luego de la reunión que mantuvieron en febrero, en la que participó Luis Polo, el jefe del Regimiento de Infantería Paracaidista 14, en el que, pocos días después, Barreiro se acuartelaría, mientras Alfonsín se disponía a pasar los días santos en Chascomús.
La Semana Santa de 1987 encontró al país en un clima de recogimiento espiritual, estimulado por la visita, unos días antes, del Papa Juan Pablo II y la multitudinaria misa de Domingo de Ramos que ofició en la avenida 9 de Julio, la primera de un pontífice fuera del trono romano en las fechas que la Iglesia Católica conmemora la pasión y resurrección de Cristo.
Miércoles
El miércoles 15 de abril, cuando Alfonsín colgó la llamada con Jaunarena y se dispuso a volar a la Casa Rosada, Barreiro llevaba horas atrincherado en el regimiento cordobés de su amigo el coronel Polo, y la noticia ya había trascendido a los medios.
Era el nacimiento de los “carapintada”, un movimiento impulsado por oficiales del Ejército, entre los que había veteranos de la guerra de Malvinas, como el mismo Aldo Rico y el teniente coronel Mohamed Alí Seineldín, que lideraría los dos alzamientos siguientes, en 1988 y 1990, este último ya durante el gobierno del peronista Carlos Saúl Menem.
El nombre “carapintada” hacía referencia a la pintura que Rico y sus hombres lucían en el rostro, a la manera de un camuflaje propio de incursiones en la selva, y que, dado el escenario de la rebelión, podía interpretarse como un grito de guerra.
Ese día de 1987, mientras el presidente volaba desde territorio bonaerense hacia la sede del gobierno, Rico dejaba la tierra colorada y se dirigía a Campo de Mayo, uno de los centros de tortura de la dictadura y de donde habían salido los “vuelos de la muerte” revelados por el capitán de la Armada, Adolfo Scilingo, condenado en España en 2007 a 1.084 años de prisión.
Rico concibió la toma de la Escuela de Infantería como una operación militar, aunque las crónicas periodísticas le restan lustre y hablan de una fácil capitulación del jefe de la guarnición, Luis Pedrazzini, que entregó el cuartel sin oponer más resistencia que alegatos de tipo burocrático.
Alfonsín no había terminado de instalarse en la sede del gobierno, cuando llegaron a la Casa Rosada las primeras noticias de Campo de Mayo y ese otro militar amotinado del que nunca había oído hablar.
Para entonces, el presidente trataba, infructuosamente, de que los jefes del Ejército cumplieran con la orden de aplastar la rebelión y proceder al arresto de los sublevados. Pero, entre los uniformados prevalecía una camaradería trasuntada en complicidad, forjada en los años de plomo, y nadie acudió a tiempo al llamado presidencial.
Mientras tanto, Rico y Barreiro se habían hecho fuertes y, desde las unidades tomadas, lanzaban amenazas y exigencias: pedían el fin de los juicios, la salida de Ríos Ereñú de la jefatura del Ejército y mayor presupuesto militar.
“Este es el Ejército que combatió a la subversión y estuvo en Malvinas”, proclamaba un Rico exultante y la televisión lo mostraba rodeado de soldados con los rostros embetunados y armados hasta los dientes.

Jueves
La reacción popular no se hizo esperar y se cristalizó en movilizaciones multitudinarias en defensa de la democracia en calles, plazas y pueblos de todo el país. Miles de personas se congregaron frente a Campo de Mayo, como una muralla civil a Rico y sus hombres.
El jueves santo a la noche, el presidente se dirigió a la Asamblea Legislativa, que había sido convocada de urgencia y abonó al respaldo al orden constitucional, que a esas horas se expresaba, masivamente, en la oleada de manifestaciones.
“Este no es un exabrupto temperamental de un hombre, sino una meditada maniobra de un conjunto de hombres, cuyo objetivo es crear un hecho consumado que obligue al gobierno a convertir en materia de negociación su política”, dijo Alfonsín a senadores y diputados.
Según analiza Csipka, era claro que los carapintada no buscaban un quiebre institucional, sino imponer al gobierno los términos del alzamiento, que el mismo Alfonsín clarificó esa noche en el Congreso.

La Plaza de Mayo fue el epicentro de la reacción popular a la sublevación, que recorrió el país.
“Se pretende por esta vía imponer al Poder Constitucional una legislación que consagre la impunidad de quienes se hallan condenados o procesados en conexión con violaciones de derechos humanos cometidas durante la pasada dictadura”, dijo el presidente.
Enseguida, desescaló el tono y habló de “reconciliación”, un término que, no por casualidad, despuntó como nunca en la jerga de la Iglesia Católica de aquellos años, y que esa noche sonó a metáfora de lo que estaba por venir.
“Reafirmaremos en hechos concretos los criterios de responsabilidad que permitan la definitiva reconciliación de los argentinos”, lanzó Alfonsín.
Viernes
Los eventos del 17 de abril, Viernes Santo, día en que la feligresía católica conmemora la muerte de su máximo profeta y piedra basal de toda su fe, fueron el anticipo del desenlace revelado entre líneas por el mismo presidente la noche antes.
El gobierno anunció el pase a retiro de Ríos Ereñú de la jefatura del Ejército, como pedían los carapintada y convino con el general que permanecería en la jefatura del Ejército hasta la resolución de la crisis.
A la par, consiguió desplazar fuerzas leales hacia las guarniciones en manos de los rebeldes. La televisión se cansó de mostrar convoyes de blindados y tropas que no llegaban nunca.
Así, el coronel Polo entregó el regimiento cordobés donde protegía a su amigo el genocida Barreiro, no sin antes ayudarlo a escapar. La fuga del torturador de La Perla, dejó a Rico, solo y cercado, en su bastión de Campo de Mayo.
A esas horas, la crisis parecía próxima a su final. En medio de la repulsa general y con la noticia de que tropas al mando del general Ernesto Alais, que se decía “alfonsinista”, se movilizaban desde Rosario a Campo de Mayo, Rico parecía encontrarse en un callejón sin salida.
Pero, Alais nunca llegó y, según contó Csipka, justificó su demora con una excusa banal que ilustraba la renuencia del Ejército a intervenir: “El hecho de tener que juntar tropas en 24 horas y en medio de un feriado”.
Sábado
El sábado 18 de abril, antes de las 8 de la mañana, en la sede del Ejército del Edificio Libertador, Rico desconoció la autoridad de Ríos Ereñú, cuya cabeza figuraba entre las reivindicaciones del motín, y exigió otro interlocutor.
La tarea recayó, naturalmente, en el ministro de Defensa. Jaunarena fue a Campo de Mayo a hablar con el militar rebelde. Le prometió otra ley de impunidad para los genocidas y un nuevo jefe del Ejército.
Las crónicas señalan que Jaunarena se retiró de la reunión con el compromiso de regresar al día siguiente y el optimismo propio de quienes creen haber hecho una oferta imposible de rechazar.

Domingo
El Domingo de Pascua, 19 de abril, cuando Jaunarena regresó a Campo de Mayo, se encontró con un Rico distinto al del día anterior: reticente y de tono marcial.
Cuentan los diarios de la época, que el ministro no pudo convencerlo de deponer las armas y se fue de la unidad militar convencido de que el único interlocutor válido para descomprimir la situación era el mismo presidente.
“Pasado el mediodía, una muchedumbre llenó la Plaza de Mayo. Era una convocatoria transversal, de todos los partidos. Alfonsín decidió ir a Campo de Mayo y así lo anunció, acompañado en el balcón por Antonio Cafiero, en lo que fue la prueba del compromiso democrático del peronismo ante el alzamiento”, relata Csipka. “Un día antes, el PJ había decidido acompañar al presidente en la Rosada. Y uno de sus gobernadores, el de Salta, Roberto Romero, amenazó con separar a la provincia del resto del país si se rompía el orden constitucional”, escribe.

La tapa del diario porteño La Nación, del lunes 20 de abril de 1987.
Alfonsín partió al encuentro de Rico en helicóptero, con una escolta de dos edecanes: Julio Hang, del Ejército, y Héctor Panzardi, de la Fuerza Aérea. Allí, Rico rindió el cuartel y obtuvo de boca del presidente la promesa de la Obediencia Debida, que el Congreso convirtió en ley poco después y le significó a los genocidas una larga primavera; y que, a la sazón de los datos históricos, terminó allanando el terreno de los indultos presidenciales de Carlos Menem, de fines de diciembre de 1990, que liberó a los jerarcas condenados en 1985.
De vuelta en Casa Rosada, Alfonsín fue directo al balcón que otro miembro del Ejército, el general Juan Domingo Perón, había convertido en símbolo medio siglo antes.
“Compatriotas, compatriotas, compatriotas”, repitió varias veces, flanqueado por el vicepresidente Víctor Martínez y los peronistas Antonio Cafiero, Ítalo Argentino Luder y José Luis Manzano, y un abanico de figuras que barrían todo el arco político de entonces.
“Felices Pascuas”, saludó Alfonsín y estallaron los aplausos y las ovaciones de una Plaza de Mayo repleta. “Los hombres amotinados han depuesto su actitud”, anunció el presidente y la plaza volvió a estallar. “Como corresponde, serán sometidos a la Justicia”, informó y se repitió la ovación.
“¡Alfonsín, Alfonsín!”, vivaba la multitud.
“Se trata de un conjunto de hombres, algunos de ellos héroes de la guerra de las Malvinas, que tomaron esta decisión equivocada y han reiterado que su intención no era provocar un golpe, pero han llevado al país a esta conmoción”, señaló.
El presidente celebró la resolución pacífica de la crisis. “No hubo derramamiento de sangre”, destacó y, antes de pedir a la multitud que se desconcentrara y que cada uno volviera a su casa, pronunció la frase que quedó propuesta para la historia.
“Hoy podemos todos dar gracias a Dios”, dijo y sentenció: “La casa está en orden y no hay sangre”.
Historias
Día del Tarefero, la tragedia de Aurora y un sobreviviente: “Nunca lo pude olvidar”
“Yo vengo de una familia de tareferos. Desde los 13 años trabajaba en la cosecha. Éramos un número más dentro de una cuadrilla”, recordó Roberto Carlos Melo, más conocido como “Charly El Achurero”, uno de los sobrevivientes de la tragedia ocurrida el 2 de octubre de 2000 en Colonia Aurora. Aquel hecho, que marcó profundamente a la comunidad tarefera misionera, donde cuatro trabajadores murieron en el acto y decenas resultaron heridos, dio origen al Día Provincial del Tarefero, instituido por la Cámara de Representantes de Misiones.
Sin embargo, cada 17 de junio se conmemora en todo el país el Día Nacional del Tarefero, establecido por la Ley 27.104 en memoria de los ocho trabajadores rurales, entre ellos tres menores de edad, que perdieron la vida el 17 de junio de 2013 en Aristóbulo del Valle, cuando eran trasladados en condiciones precarias hacia un yerbal para iniciar la jornada de cosecha.

Carlos Melo hoy junto a su pequeño hijo
Sin frenos
“Tenía apenas 17 años”, comenzó su relato Melo en comunicación con La Voz de Misiones. Dimensionando lo joven que era cuando abordó el camión que lo llevaría junto a decenas de trabajadores hacia un yerbal. Como era habitual en aquel entonces, viajaban junto a colchones, utensilios de cocina, ropa y alimentos para permanecer hasta quince días en los campamentos en los yerbales.
Según su relato, antes de emprender el viaje definitivo, los trabajadores fueron cambiados de vehículo en una cantina de la zona. Allí, según recordó Melo, el chofer advirtió que los frenos del camión no estaban en condiciones. “El camionero le dijo al patrón que no andaban muy bien los frenos. Pero el patrón le respondió: ‘Dale, llévales nomás’. En esa época la palabra del patrón era una orden. Si no cumplías, te quedabas sin trabajo”, explicó.
El viaje continuó por los caminos de tierra de Colonia Aurora. Los trabajadores viajaban acostados sobre colchones y pertenencias, apretados unos contra otros. “Nosotros íbamos como podíamos. Sentados, acostados o arrodillados. Había tanta gente que algunos iban prácticamente sobre el regazo de otro compañero”, describió.
La tragedia comenzó cuando el camión Mercedes Benz 1114 perdió el control en una pendiente pronunciada. “Me desperté por la velocidad que llevaba el camión. Ahí empezaron los gritos y la desesperación. Todos se preguntaban qué iba a pasar. Era una velocidad impresionante para un camino de tierra”, recordó.
A su alrededor viajaban familias enteras, incluidos niños pequeños que acompañaban a sus padres en la tarefa.
Entre las imágenes más vívidas de aquel momento aparece la imagen de un niño de unos seis años que viajaba a su lado. “Lo metí adentro del colchón para protegerlo. Después el camión empezó a balancearse de un lado para otro”, indicó.
Y continuó con su relato: “El camionero volanteó para no llevarse por delante las casas. Ahí perdió el control y dimos varias vueltas. Fue todo muy rápido”.
Carlos, el sobreviviente
Cuatro trabajadores murieron en el acto. Entre ellos estaba Pedro Vera, un compañero que viajaba cerca suyo. “Cuando pude reaccionar lo vi tirado. Fue una imagen que nunca más pude sacar de mi cabeza”, lamentó.
Melo también sufrió heridas gravísimas. El impacto lo arrojó varios metros por un barranco. “Caí como cuarenta metros monte abajo. Tenía golpes por todo el cuerpo, fracturas y una herida muy grande en la cabeza. Pero en ese momento ni siquiera me daba cuenta de lo que me había pasado”, relató.
A pesar de sus propias lesiones, su primera reacción fue intentar ayudar a los demás. “Escuchaba a los compañeros gritar, gemir y pedir agua. Empecé a caminar entre ellos tratando de sacar a los que todavía estaban con vida”, contó.
Luego detuvo un colectivo que pasaba por la zona y pidió ayuda a los pasajeros. “Les rogaba que bajarán a ayudar porque había compañeros muertos y heridos por todos lados”, agregó.
“Vi a mis compañeros heridos por todos lados. Algunos pedían ayuda, otros ya no podían hablar. Fue algo que nunca pude olvidar”, admitió.

Cuatro tareferos murieron la denominada tragedia de los Mártires de Aurora.
Carlos sufrió fracturas, traumatismos múltiples y una grave lesión en la cabeza que requirió varias intervenciones quirúrgicas. Permaneció internado durante más de un mes y debió continuar con tratamientos médicos durante casi un año para recuperarse.
Pero las secuelas no fueron solamente físicas. El sobreviviente cuestiona hasta hoy la falta de respuestas judiciales tras el accidente. Sostiene que las familias y los trabajadores nunca obtuvieron una reparación acorde a los daños sufridos y que la causa terminó diluyéndose entre demoras y obstáculos.
Carlos sostiene que aquella tragedia marcó un antes y un después para los trabajadores rurales de Misiones. “Fue un sacudón para toda la provincia. Se empezó a hablar de cómo viajábamos los tareferos y de las condiciones en las que trabajábamos”, reflexionó.
Sin embargo, advierte que muchos de los problemas estructurales que originaron aquel accidente todavía persisten en distintos puntos de la provincia.
Tras recuperarse, Carlos se trasladó a Buenos Aires en busca de nuevas oportunidades. Allí trabajó durante años en el sector gastronómico hasta lograr tener un emprendimiento propio. Tiempo después regresó a Misiones, donde actualmente se dedica al comercio de achuras y comparte a través de las redes sociales historias, reflexiones y experiencias vinculadas al mundo rural.
A 26 años de aquella tragedia, Carlos Melo relata cada detalle con una precisión asombrosa. La misma claridad con la que reconstruye los momentos más dramáticos de su vida es la que hoy utiliza para contar sus vivencias y anécdotas de la tierra colorada en Tik Tok, donde se convirtió en una figura popular con más de 37.000 seguidores.

Melo junto a sus 6 hijos y su esposa
Historias
La Pequeña Berlín de Alem, un pedazo de la capital alemana en Misiones
Leandro N. Alem será la tercera ciudad del mundo en albergar una réplica transitable de la Puerta de Brandeburgo, el icónico monumento berlinés que se levantó para la gloria de Prusia y se convirtió en símbolo de la reunificación de Alemania.
El proyecto urbanístico bautizado como “Pequeña Berlín”, impulsado por la Municipalidad de Alem y financiado por el gobierno federal alemán, se propone recrear varios de los hitos urbanos y paisajísticos más emblemáticos de una de las ciudades más fascinantes de Europa, que pasó de humilde asentamiento comercial a epicentro de imperios, guerras mundiales y la Guerra Fría.

El intendente Sebely junto al comisionado del Gobierno Federal de Alemania para Asuntos de los Repatriados y las Minorías Nacionales, Bernd Fabritius, frente a la maqueta del proyecto en desarrollo.
Se trata de un emprendimiento residencial que abarca 33 hectáreas del centro de Alem, recuperadas para la ciudad luego de un litigio judicial interminable, que enfrentó por medio siglo a los herederos del propietario original de las tierras, Germán Kordts, prominente hombre de negocios y figura relevante de la historia local en los años ’30, cuando el municipio empezaba recién a consolidar sus primeras instituciones.
En ese predio, que merced a la larga disputa por la herencia se erigió como el pulmón verde de una ciudad que creció a su alrededor, comenzó ya el desarrollo de una urbanización abierta, donde los residentes formarán parte de un paisaje inspirado en la capital alemana, y que se integrará con otros dos emplazamientos emblemáticos: el Parque de la Ciudad, donde se realiza la tradicional fiesta navideña de Alem, y el Parque del Centenario, cuya inauguración está prevista para diciembre, en ocasión de los 100 años del distrito.
Oasis berlinés
La Pequeña Berlín es un proyecto de expansión y renovación urbana sin precedentes en el distrito, pensado para transformar un territorio congelado en el tiempo en un barrio temático que rinda homenaje a los pioneros germanos, que convirtieron en ciudad el entorno selvático indómito, aislado, hostil, que encontraron al cabo de su travesía por mares, ríos y monte, adonde hoy viven sus descendientes.
El trazado, contempla potenciar el eje de las avenidas Maipú y Kordts, que absorbe el tránsito pesado de la ciudad, entre las rutas 14 y 4, y recrear al interior del barrio un oasis de reminiscencia berlinesa, con la avenida Unter den Linden y la calle Tiergarten como las encargadas de retroalimentar la vida social de toda el área.

La avenida Unter den Linden, cuyo nombre significa literalmente “Bajo los tilos”, es el bulevar más histórico y majestuoso de la capital alemana.
Los nombres de las calles y los monumentos no son una elección caprichosa. Los planos y las gráficas difundidas por la municipalidad muestran que el proyecto fue diseñado al detalle, a tal punto que hasta la señalética vial y el equipamiento urbano interno parece pensado para engañar los sentidos y hacer viajar la mente a una de las capitales europeas más icónicas de todos los tiempos.
La avenida Unter den Linden, cuyo nombre significa literalmente “Bajo los tilos”, por ejemplo. En Berlín, es el bulevar más histórico y majestuoso de la ciudad. Ubicado en el distrito central de Mitte, se extiende a lo largo de 1,5 kilómetros y conecta el Foro de la Cultura y la Isla de los Museos con la emblemática Puerta de Brandeburgo.
El paseo quedó casi completamente destruido por los bombardeos aliados en la Segunda Guerra Mundial, que arrasaron con todo y su bucólico bosque de tilos. En la Guerra Fría, quedó en el sector soviético, lo que se conoció como Berlín Oriental, y fue reconstruido con la arquitectura monumental de las ciudades soviéticas.
Hoy, luce de nuevo su derrotero de tilos y es el principal paseo turístico y comercial de la capital alemana.

El célebre bulevar berlinés en dos tiempos: en 1945, luego del final de la guerra; y la vista actual, en la Berlín moderna.
En la Pequeña Berlín de Alem, la avenida Unter den Linden cruzará longitudinalmente el barrio, con una extensión de menos de la mitad que la calle original, y discurrirá entre cuatro hileras de tilos donados por una empresa alemana.
Preparada para priorizar el tránsito peatonal y conectar con las áreas gastronómicas y los monumentos, la avenida tendrá veredas amplias, equipadas con bancos públicos, paradas de colectivos y luminarias de estética berlinesa. Los carteles de las calles, nomencladores y tótems informativos estarán diseñados con la tipografía oficial europea y escritos en castellano y alemán.
El portal
La Puerta de Brandeburgo de Alem, no tendrá el tamaño del más emblemático de los monumentos berlineses a lo largo de la historia, pero se ubica entre las tres réplicas del mundo donde es posible circular a través de las columnas, como las emplazadas en el Parque Europa, de Madrid; y en Phantasialand, el parque temático de la ciudad alemana de Brühl.
Concebida como portal de acceso al barrio, la versión misionera será considerablemente más baja que la real, que mide 26 metros de altura, 65 metros de ancho y 11 metros de profundidad, y está diseñada con dos carriles de circulación vehicular y sendas peatonales para cruzar a través de sus arcos.
El proyecto habla de una estructura de hormigón, mampostería y revestimientos de alta resistencia, con acabados que imitan la piedra arenisca original del monumento berlinés. Para la escultura de los caballos y la diosa de la Victoria que corona la parte superior, se prevé el uso de metales fundidos y resinas que sirvan para emular el bronce de la cuadriga del original.
Construida entre 1788 y 1791 por el arquitecto Carl Gotthard Langhans, por encargo del rey prusiano Federico Guillermo II, como parte de un proyecto urbanístico que buscaba transformar Berlín en faro cultural de Europa, e inspirada en los Propileos de la Acrópolis de Atenas, la Puerta de Bradenburgo debe su nombre a un hecho cotidiano como fortuito.

La Puerta de Brandeburgo, la postal más conocida de la capital alemana.
Como este portal marcaba el inicio de la ruta real que conectaba la capital con la ciudad de Brandeburgo de Havel, la gente empezó a llamarla naturalmente “Puerta de Brandeburgo” y con el tiempo, la costumbre terminó enterrando el pomposo título de “Puerta de la Paz” que le había dado el rey prusiano.
Ubicada en la Pariser Platz, de la capital alemana, marca el inicio del bulevar Unter den Linden hacia el este y conecta, al oeste, con el parque Tiergarten que inspira la Pequeña Berlín de Alem.
El monumento, que hoy se levanta como símbolo de la reunificación de Alemania, es un fiel testigo del derrotero de una ciudad que se ha reinventado muchas veces a lo largo de toda su historia.

1936, Adolfo Hitler desfila por la Puerta de Brandeburgo camino hacia el Estadio Olímpico para la inauguración de las Olimpíadas de aquel año.
Sobrevivió a la invasión napoleónica, que le arrebató su Diosa de la Victoria; a la caída de Prusia, y a la del Kaiser Guillermo II; a la de los nazis en 1945, y de los soviéticos en los albores de 1.990.
Durante el siglo XX, la Puerta de Brandeburgo fue escenario de acontecimientos políticos trascendentales. En el período nazi, se utilizó como símbolo propagandístico. Las imágenes más documentadas y conocidas de la época, muestran a Adolfo Hitler a bordo de un auto descapotable saludando a la multitud en su camino hacia el Estadio Olímpico de Berlín, para la inauguración de las Olimpiadas de 1936.
Otra foto mundialmente famosa, que tiene al monumento de fondo, es la de la soldado soviética Mariya Limanskaya, quien, en mayo de 1945, tras la caída de Berlín ante el Ejército Rojo, fue asignada para dirigir el tránsito en el centro de la ciudad destruida.

Mariya Limanskaya, la soldado soviética que se hizo famosa dirigiendo el tránsito frente a la Puerta de Brandeburgo en 1945.
Con la construcción del Muro de Berlín en 1961, la Puerta de Brandeburgo quedó aislada e inaccesible para los ciudadanos de ambas Alemania y así se mantuvo hasta la caída de la pared, en 1989.
Por más de 30 años fue el punto más visible de la división del mundo, por lo que varios líderes mundiales la usaron de fondo para sus proclamas políticas. El más recordado es el presidente estadounidense Ronald Reagan en 1987, que lanzó su famosa frase al premier soviético de la Perestroika: “¡Señor Gorbachov, derribe este muro!”.
Pocas semanas después, la Puerta de Brandeburgo se reabrió oficialmente como un paso fronterizo libre, uniendo de manera definitiva a miles de berlineses del este y del oeste en una celebración histórica.
Dos años más tarde, el muro cayó y el monumento se volvió un ícono de la reunificación de Alemania. Hoy, es una de las postales más visitadas del mundo.

La construcción del Muro de Berlín, en 1961, dejó al monumento inaccesible por más de 30 años.
Hitos
La Columna de la Victoria, el Puente de Lutero y el Memorial Konrad Adenauer, son otros de los hitos berlineses que se replicarán en el barrio temático en marcha en Alem.
La Columna de la Victoria verdadera, es un imponente monumento de 67 metros de altura inaugurado el 2 de septiembre de 1873, y su historia abarca desde el nacimiento del Imperio Alemán hasta transformarse en un ícono de la cultura pop y la diversidad.
Su construcción empezó en 1864, cuando el rey Guillermo I de Prusia encargó el diseño al arquitecto Heinrich Strack, que plasmó en ella su obra monumental más famosa.
En los diez años que demandó la construcción, el plano original fue incorporando modificaciones, como revestir los anillos de la columna con cañones de bronce capturados al enemigo, y la monumental estatua dorada de la diosa romana Victoria que corona la cúspide, diseñada por el renombrado escultor alemán Friedrich Drake.
Originalmente, la columna se ubicaba frente al edificio del Reichstag, el parlamento alemán. Pero, en 1938, los nazis la trasladaron a su ubicación actual en el parque Tiergarten, como parte del megaproyecto Germania, de Hitler y su arquitecto y ministro de Armamentos, Albert Speer, que pretendía convertir a Berlín en la capital mundial del Tercer Reich, usando el monumento de Strack como epicentro del eje este-oeste.

La Columna de la Victoria, construida entre 1864 y 1873, y mudada de lugar por los nazis en 1938.
Hoy en día es uno de los mejores miradores de Berlín. Se puede ingresar a su base por túneles subterráneos y subir una escalera de caracol de 285 escalones para llegar a la plataforma superior, desde donde se tiene una vista panorámica espectacular de todo el parque, el Reichstag y la Puerta de Brandeburgo.
La réplica de Alem no tendrá, lógicamente, las dimensiones monumentales del original, pero respetará su fisonomía arquitectónica, con el capitel y la icónica estatua de la victoria alada en la punta, fácilmente reconocible por los visitantes.
Así como en Berlín la columna se emplaza en medio del parque Tiergarten, en Alem estará rodeada por los senderos verdes del nuevo Parque del Centenario y conectará con las avenidas temáticas de espíritu berlinés.
El Puente de Lutero y el Memorial Konrad Adenauer completan el mapa de la Pequeña Berlín de Alem, aunque en el proyecto urbanístico misionero no funcionarán como réplicas exactas, sino como representaciones para capturar la esencia de los originales.
En Alem, el Puente de Lutero, que en Berlín atraviesa el río Spree y divide la ciudad en dos, no se plasmará físicamente como una estructura de arcos de piedra y hierro que cruce el agua, sino que correrá como una calle temática.
Lo mismo el Memorial en homenaje al ex canciller Konrad Adenauer, no contará en Alem con la icónica cabeza de bronce creada por el escultor expresionista alemán Hubertus von Pilgrim, sino que será un paseo cultural que remitirá a la figura del hombre que lideró la reconstrucción y el rumbo democrático de la Alemania de posguerra.

El Puente de Lutero, erigido en homenaje al pastor protestante, cruza el río Spree y comunica el este y el oeste de la ciudad.
Historias
Yerba mate León: memoria, lucha agraria y un homenaje a Pedro Peczak
Las memorias de las luchas agrarias siguen vivas en cada una de las pequeñas chacras que resistieron el paso del tiempo, las crisis económicas y la persecución política. Allí sobreviven también las historias de quienes defendieron la tierra y el derecho de los pequeños productores a permanecer en ella.
Mientras muchos asocian el nombre de la yerba mate León con referencias políticas actuales, la verdadera historia detrás de la marca que acaba de ser premiada en Buenos Aires remite a uno de los capítulos más dolorosos de la historia argentina y a las luchas agrarias que marcaron a Misiones.
Ygor Sobol, productor yerbatero y creador de la marca, explicó que León nació como un homenaje a su tío, Pedro Peczak, histórico dirigente agrario misionero perseguido y desaparecido durante la última dictadura militar.
Según relata, cuando Peczak permanecía en la clandestinidad, quienes lo buscaban lo identificaban con el nombre clave de “León”, un apodo que con el tiempo se transformó en el nombre de la yerba.
Los Peczak y la represión
La historia de la familia estuvo atravesada por la represión. Su madre, Ana Peczak, hermana de Pedro, fue detenida por las fuerzas de seguridad, mientras que su padre permaneció preso durante un año debido a su vinculación con la militancia agraria y las Ligas Agrarias.
“Nací en democracia, pero mi hermana mayor tenía cinco años en aquella época y recuerda cómo los militares la interrogaban. También recuerda las ausencias cuando se llevaban a mi papá y a mis tíos, o cuando fueron torturados en la casa de mi abuela. Lo que sí recuerdo es la presión que sentía el entorno familiar. Pedro era la persona más buscada y uno de los casos más resonantes de Misiones”, relata Sobol.
La marca nació hace algunos años, pero terminó de consolidarse en medio de la crisis del sector yerbatero y la desregulación del mercado. Sobol decidió dejar de depender exclusivamente de la venta de hoja verde para apostar por la elaboración y comercialización de su propia yerba, utilizando materia prima proveniente de propiedades familiares históricamente vinculadas a la producción yerbatera.
León
En plena crisis por la caída de los precios de la materia prima nació una nueva yerba mate. El nombre es fuerte, pero no tiene nada que ver con la imagen con la que suele identificarse al presidente Javier Milei, impulsor de la desregulación del mercado yerbatero. Yerba León, por el contrario, remite a una historia mucho más profunda, ligada a la lucha por un precio justo para los productores y a la defensa de los derechos de las familias rurales.
En los últimos días, Yerba Mate León ganó notoriedad tras obtener una distinción en el Mundial de la Yerba Mate. El reconocimiento no solo multiplicó las consultas comerciales y la incorporación de nuevos distribuidores, sino que también volvió a poner sobre la mesa el significado de un nombre que suele generar confusiones.

Yerba mate León con la distinción Oro del mundial de la Yerba Mate
Sobol reconoce que la participación de la marca en el evento La Derecha Fest, vinculado a sectores libertarios, alimentó esas interpretaciones. Sin embargo, aclara que la presencia respondió a una estrategia comercial y no a una identificación partidaria.
“Cuando nos preguntan, contamos toda la realidad”, sostiene. Para él, lo importante es que se conozca el origen del nombre y la historia que representa.
“Tomar la decisión de estar presentes fue chocante. Tuvimos discusiones internas, reclamos familiares y cuestionamientos de amigos. A los sectores más radicalizados les molestó”, admite.
Y agrega: “Está bueno que se reconozca de dónde viene el nombre, por su raíz y por la herencia que representa”.
Detrás de ese origen aparecen la memoria de Pedro Peczak, las luchas del Movimiento Agrario Misionero, la resistencia de las familias rurales y el esfuerzo de los pequeños productores que aún hoy buscan agregar valor a su producción para permanecer en la chacra.
“La amiga de mi mamá, que distribuye la yerba en Paraná, por el nombre me dice: ‘Tengo una dicotomía, cómo me cuesta vender tu yerba ’”, cuenta entre risas.
Respecto de la utilización mediática de la marca y de su asociación con determinados sectores políticos, Sobol es contundente: “Sinceramente, no me gusta que se generen esas lecturas. Soy una persona que cree que para salir adelante hay que terminar con la grieta en algún momento y unirnos”.
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Quién fue Pedro Peczak
Pedro Peczak fue uno de los principales dirigentes del Movimiento Agrario de Misiones (MAM) y una de las figuras más emblemáticas de la defensa de los pequeños productores misioneros durante la década de 1970.
Nacido en Los Helechos, participó de la fundación del MAM en 1971 y un año después fue elegido secretario general de la organización, que representaba a unas 12.000 familias rurales. Desde ese lugar impulsó reclamos por precios justos para la producción, mejores condiciones de vida para los colonos y una transformación de las estructuras económicas que perjudicaban a los agricultores familiares.
Además de su actividad gremial, fue un activo comunicador a través de Amanecer Agrario, el periódico del MAM. Tras el golpe de Estado de 1976, la organización fue declarada ilegal y sus dirigentes comenzaron a ser perseguidos.
Peczak fue secuestrado en Panambí por fuerzas represivas, trasladado por distintos centros clandestinos de detención y posteriormente asesinado. Su nombre integra la nómina de víctimas del terrorismo de Estado en Misiones y continúa siendo un símbolo de la lucha agraria y de la resistencia de los pequeños productores.
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