Opinión
Plan represivo: el uso político de Guacurarí

Por: Pablo Camogli
La ministra de seguridad de la Nación, Patricia Bullrich Luro Pueyrredón, presentó la última semana el “Plan Guaçurarí” destinado a controlar la frontera seca entre Misiones y Brasil, a la altura de Bernardo de Irigoyen. Más allá de la certeza sobre la ineficiencia de dicho plan, orquestado solo para llenar minutos de pantalla en los medios de la hegemonía comunicacional porteña y agradar a la embajada de los Estados Unidos, lo lamentable de todo esto es el uso político de nuestro prócer provincial.
En primer término, sorprende la ignorancia o el desinterés puesto de manifiesto a la hora de escribir el apellido de Andrés, que es Guacurarí, con C de casa. Este debate ya fue saldado hace muchos años por los principales investigadores dedicados a biografiar al prócer, entre otros, Jorge Machón, Daniel Cantero, Alfredo Poenitz y quién esto firma. A lo sumo, sería más tolerable la grafía con Z (Guazurarí, igual de errónea), pero nunca con la Ç, ya que esa letra solo forma parte del abecedario portugués, o sea, del enemigo.
En segundo lugar, suena a afrenta el uso del nombre del Comandante General de Misiones por parte de una descendiente directa de Juan Martín de Pueyrredón, el Director Supremo que declaró traidor a la patria a José Artigas, le puso precio a su cabeza y, lo que es más grave aún, pactó con el gobierno imperial en Río de Janeiro la entrega de la Banda Oriental y de las Misiones a cambio del aniquilamiento del artiguismo. Gracias a ese pacto, los pueblos que integraban nuestra provincia fueron destruidos, incendiados, saqueados y su población arriada como ganado.
Tanto la connivencia del Director Supremo con los luso-brasileños como la devastación causada por ellos es algo largamente documentado en la historiografía regional. Desde la perspectiva de Andrés, que es desde dónde pretendemos hacer historia en Misiones, Pueyrredón fue el mayor traidor a la causa común de construir un país unido en el Río de la Plata, un personaje que llegó al extremo de acordar con el enemigo exterior solo para desaparecer a sus adversarios internos.
Se podrá alegar que la ministra desconoce la historia argentina, algo muy probable dado su bajísimo nivel intelectual, pero eso no la exime de la provocación. Que ella, con todos sus pomposos apellidos patricios use el nombre de Guacurarí es un acto de cinismo. Los Bullrich Luro Pueyrredón de la época lo querían muerto a Andrés e hicieron todo lo posible para que ello ocurriera. Del mismo modo, los Bullrich Luro Pueyrredón del presente detestan todo lo que Andrés representa: el federalismo, la expropiación de tierras para dárselas a los más infelices, la igualdad hecha política práctica, la independencia y la defensa de la soberanía frente a toda potencia extranjera.
Es triste que un personaje siniestro y un gobierno cruel utilicen de esa manera a nuestro prócer provincial, que representó valores diametralmente opuestos. Si la ministra hubiera sido coherente que sus ancestros y con lo que ella misma pregona, jamás hubiera recurrido a un indígena como su emblema. Si tuviera dignidad (y valentía) le hubiera puesto Francisco Das Chagas Santos, en homenaje al oficial lusitano que destruyó las Misiones entre 1817 y 1818 y capturó a Andrés, en 1819, en connivencia con Pueyrredón y el patriciado porteño. Ese era su aliando en la época, como el neocolonialismo es su política en el presente.
Algún día los misioneros tendremos que definir si realmente queremos a Andrés como nuestro prócer o si preferimos a otro, a uno más cercano a los Bullrich Luro Pueyrredón, a alguien que no haya defendido con su sangre y con su vida el derecho inalienable de los misioneros a gobernarse por sí mismos. Tener a Guacurarí de prócer y hacerle el juego a los planes represivos de la ministra son cosas incompatibles. Por lo menos, seamos coherentes nosotros.
(*) Historiador
Opinión
El Cantón sitiado: Milei prepara un cerco judicial a la economía de Misiones

Por Fernando Oz
@F_ortegazabala
Javier Milei habla de eficiencia, pero ejecuta desigualdad; promete libertad, pero refuerza la dependencia. El viejo cuento, solo que ahora en streaming y con memes. Sus decretos, proclamados entre gritos libertarios y citas económicas de ocasión, no son más que ecos de recetas conocidas: recentralización fiscal, ajuste desproporcionado a provincias y una visión unitaria disfrazada de modernización. Las transferencias se achican, las obras públicas se congelan, y a las provincias solo les queda mirar hacia el Obelisco como quien observa el oro en el Banco Central sabiendo que nunca lo verá en su plaza.
¿Cuánto vale la independencia cuando el centro devora? Nuestro Cantón, como tantas otras provincias, ha aprendido a sobrevivir a fuerza de ingenio y testarudez. No es romanticismo barato: es la convicción de que ningún plan nacional hará llover dólares donde solo crecen deudas. Apostar por una autonomía económica no es separatismo, sino autodefensa. Es la reacción natural de quien ha visto pasar presidentes y ministros, todos con la misma promesa de integración y el mismo resultado de marginación.
Comparado con otras provincias, el Cantón ha mostrado una resiliencia admirable. No es casualidad, es supervivencia. Mientras la Casa Rosada presume de eficiencia, en el Cantón pagamos el costo real de un país federal solo en los papeles. Cada peso invertido acá rinde el doble, porque está blindado contra la entropía de los ministerios porteños.
La Renovación y la aceleración de los tiempos
El Cantón, que sufre las consecuencias de un gobierno nacional que confunde microeconomía con cartas astrales, tendrá un año cargado de transformaciones, reacomodamientos y traiciones. Después de veintidós años, el poder provincial podría perder el statu quo, lo que sabotearía la idea de una provincia económicamente más independiente frente a los antojos del egoísta y arcaico centralismo porteño, hoy más voraz que nunca.
El Frente Renovador de la Concordia, la fuerza política que con aciertos y desaciertos gobierna la provincia, quedó atrapado en el espiral de la aceleración de los tiempos. Un problema contemporáneo por el que están atravesando gobiernos de todo el mundo, compañías multinacionales y hasta el comerciante de un cantón incrustado entre tres Estados, cuyos centros de poder están demasiado alejados como para interesarse en su economía doméstica. Todos enfrentarán un nuevo ‘orden’ mundial.
La teoría de la aceleración de los tiempos describe cómo la vida moderna parece transcurrir más rápido debido a cambios sociales, tecnológicos y ritmos de vida vertiginosos. Propuesta principalmente por sociólogos como Hartmut Rosa, sugiere que la aceleración tecnológica y social genera “hambre de tiempo”, provocando alienación y una constante destrucción de valores.
El ser humano debe asumir su entorno y época, no como algo pasivo, sino como una realidad a interpretar y transformar, superando tanto el racionalismo puro como el vitalismo extremo. Ya lo decía José Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia”. El líder del proyecto renovador sigue siendo Carlos Rovira, quien se ocupó de instalar el ideal de una provincia que viva con lo propio para aspirar a la independencia económica. La circunstancia está constituida por la época, el lugar, la cultura. El hombre no existe aislado, sino inmerso en un mundo específico: su tiempo.
También es el tiempo de Hugo Passalacqua y lo tendrá que transitar hasta 2027, cuando finalice su mandato, con la posibilidad constitucional de poder aspirar a otro periodo. El mandatario tiene varios frentes: el económico es el primero y el más urgente, consecuencia de la timba financiera de los últimos tres gobiernos nacionales. El segundo es puertas adentro, donde las internas de camarín por problemas de cártel debilitan la gestión olvidándose de las necesidades de la gente.
Sitiar el Cantón hasta su capitulación
En el entorno del doctor Carlos Adrián Nuñez, diputado provincial y paciente gerente de la marca de los hermanos Milei en los territorios del Cantón, aventuran un futuro promisorio mientras reparten cargos bancados por la caja Nacional. Ahora se prepara la incorporación de una treintena de nuevos funcionarios en Migraciones, Arca y áreas vinculadas a “temas sensibles” como “la lucha contra el narcoterrorismo”.
Tienen un plan de batalla para forzar una “transición ordenada”. Un 2026 tranquilo, de entendimiento, especialmente en el Congreso. Milei necesita aprobar una serie de leyes claves antes del inicio de un nuevo periodo electoral, en 2027, donde buscará ser reelecto con el apoyo de Estados Unidos en clave de la nueva geopolítica mundial. Los libertarios leales a Nuñez confían que una vez que se resuelvan las negociaciones –el toma y daca– y se apruebe lo que pida el Ejecutivo, se atacarán las cajas que sustentan la economía de Misiones para condicionar a la renovación.
El principal objetivo es el sistema fiscal de la provincia, un engranaje vital de la independencia económica de los ciudadanos de Misiones. El misil ya está direccionado y saldrá del Poder Judicial de la Nación, con el voto de altos magistrados a los que no les importa lo que el Estado Nacional nos roba porque no viven acá y para que sus intereses no sean afectados, comenzando por sus salarios. Lo grave del caso, es que no sólo atentan contra la libertad de autofinanciamiento, sino que también contra la identidad territorial, de lo propio, de las raíces.
Es la imagen de una ciudad sitiada, es un cerco económico. Y una vez que las arcas se sequen y los votos de los misioneros en el Congreso sean entregados por un poco de lo que nos deben, llegará la capitulación o “transición ordenada”. Nuñez tiene un buen timing y surfea en la aceleración de los tiempos, ahora espera que los estrategas de la Casa Rosada decidan sacar a la luz el fallo judicial que hablará de inconstitucionalidad, y recibe a los primeros futuros desertores. Lo que viene después es más apocalíptico, depredación ambiental, inundaciones y cientos de familias desplazadas por la Entidad Binacional Yacyretá.
Hay que protegerse del poder central
La historia, dicen, es cíclica. Pero la teoría de la aceleración de los tiempos sostiene que a veces, cuando los diques ceden, los acontecimientos se precipitan como un alud. No es que la crisis económica avance: es que corre. El endeudamiento público, orquestado por Milei bajo la promesa de un segundo milagro austríaco, no espera a nadie. La inflación no avisa, el desempleo no manda cartas y la recesión golpea primero donde más duele: en las periferias.
No es paranoia, es matemática: cada mes, la deuda crece, los recursos merman y el margen de maniobra se reduce. El Cantón se enfrenta a la tormenta con la única certeza de que el huracán llegará antes de lo previsto, con el impulso de la aceleración de los tiempos.
La deuda, ese monstruo invisible, se transforma en escuelas cerradas, hospitales sin insumos y empresas familiares al borde del abismo. Pero lo más grave es el hastío: la resignación de creer que Misiones nunca será más que un apéndice del poder central. Y es allí donde reside el peligro, porque el verdadero colapso no es económico, sino moral: aceptar el centralismo como destino y no como error.
Ya no es tiempo de lamentos ni de esperas. La aceleración nos empuja al abismo, sí, pero también a la acción. Romper el centralismo no es un capricho, sino la única estrategia de supervivencia en un país donde el futuro se decide a espaldas del Interior. El misionerismo no es un hashtag ni necesita llevar un prefijo griego, simplemente gente capaz y valiente. Misiones no debe pedir permiso para existir ni para prosperar, como tampoco para proteger su mercado interno y evitar la competencia desleal.
La crisis, esa bestia que galopa sin freno, es también una oportunidad: la de construir una autonomía real, capaz de resistir los embates de la deuda y la indiferencia. Porque, en última instancia, solo las provincias que se animen a romper el hechizo centralista podrán mirar al futuro sin miedo ni vergüenza. El tiempo se acelera y, con él, la necesidad de respuestas locales.
Opinión
Conducción en tiempos de aceleración

Hay momentos en la historia en los que la política deja de ser una disputa entre programas y pasa a ser, antes que nada, una discusión sobre cómo se conduce una crisis sin destruir a la sociedad en el intento.
La Argentina está entrando en uno de esos momentos.
El gobierno de Javier Milei no solo propuso un giro económico. Propuso una manera radical de relacionarse con el tiempo: acelerar todo. Reformas concentradas, conflictos simultáneos, ruptura permanente, desprecio por los ritmos sociales y por las mediaciones políticas. La crisis ya no es algo que deba administrarse: es una herramienta que debe profundizarse para forzar una transformación.
Detrás de esa estrategia hay una concepción muy precisa, aunque pocas veces explicitada: la idea de que el sistema está podrido de raíz, que es irreformable, y que por lo tanto no hay que corregirlo sino romperlo rápidamente para que de sus restos emerja otro orden.
Ese es el corazón del aceleracionismo.
Naomi Klein, en La doctrina del shock, lo formuló con una claridad brutal al citar a Milton Friedman:
“Solo una crisis —real o percibida— produce un cambio real.
Cuando ocurre esa crisis, las acciones que se toman dependen de las ideas que estén disponibles.”
El shock no es un accidente. Es una estrategia.
El problema es que la política no se ejerce sobre sistemas abstractos, sino sobre sociedades reales. Sobre instituciones frágiles, tejidos productivos delicados, millones de vidas que dependen de que alguien no confunda valentía con temeridad.
Acelerar no es gobernar. Acelerar es, muchas veces, renunciar a conducir.
Porque gobernar no es solo decidir hacia dónde ir. Es decidir a qué velocidad se puede ir sin que el cuerpo social se desgarre.
Menem aplicó reformas neoliberales durante casi diez años. Con etapas, con correcciones, con negociación política, con tiempos sociales relativamente largos. Milei pretende condensar ese proceso en cuatro años, y en la práctica en dos. Esa diferencia de ritmo no es un detalle técnico: es el núcleo del riesgo.
Las reformas de shock siempre tienen la misma estructura temporal: costos inmediatos, beneficios tardíos. Si los beneficios no llegan rápido, pero los costos sí, la legitimidad se erosiona con la misma velocidad que el propio programa.
Ahí aparece una frontera decisiva.
Una cosa es el reformismo duro, impopular pero racional. Otra cosa es el dogmatismo que empieza a volverse autodestructivo.
Cuando el shock deja de ser un instrumento y pasa a ser un fin en sí mismo, la política deja de ser conducción y pasa a ser experimento. Y las sociedades, tarde o temprano, reaccionan.
No buscan otra ruptura. Buscan un freno. Buscan previsibilidad. Buscan orden. Buscan a alguien que entienda que gobernar no es destruir rápido, sino administrar procesos largos.
Es en ese punto donde empieza a adquirir sentido histórico la figura de Axel Kicillof. No como una casualidad. Como una consecuencia lógica del momento.
Mientras el gobierno nacional acelera, quema capital político, rompe mediaciones, desarma capacidades estatales y empuja conflictos en todas las direcciones, Kicillof gobierna una provincia inmensa desde una hipótesis completamente distinta: que la Argentina no está condenada, sino subejecutada. Que el problema no es el exceso de Estado, sino su mala orientación. Que frente a una crisis estructural no se responde con demolición, sino con construcción paciente de capacidades.
Desde la Provincia de Buenos Aires viene mostrando algo que hoy parece casi contracultural: que incluso en contextos adversos se puede invertir, planificar, sostener industria, expandir educación, financiar producción. No como consigna, sino como política pública concreta.
Pero lo más importante no es solo lo que hace. Es cómo se para frente al tiempo.
Kicillof no se deja arrastrar por la lógica del vértigo. No confunde velocidad con liderazgo. No cree que destruir sea sinónimo de gobernar. Construye. Y eso, hoy, es una virtud política mayor.
Porque cuando el aceleracionismo empieza a empujar a una sociedad hacia un punto de colisión, la demanda que emerge no es de más ruptura. Es de temple.
Temple para frenar cuando hace falta. Temple para corregir sin humillar. Temple para reconstruir sin incendiar.
Por eso mi apoyo es claro. No nace del dogma ni de la nostalgia.
Nace de una convicción histórica: en tiempos de aceleración peligrosa,
la política necesita conducción, no demolición.
Creo que Axel Kicillof encarna hoy esa necesidad. No como salvador. Como un dirigente que entiende los ritmos sociales, que conoce el Estado, que sabe administrar crisis complejas, y que tiene la experiencia y el carácter para conducir una transición difícil sin romper el país en el intento.
Y en la Argentina que viene, eso vale más que cualquier promesa de destrucción.
*Presidente del Centro de Estudiantes Misioneros en Buenos Aires
Opinión
Gobernar sin plata y sin excusas

Por Diego René Martín
Cuando no hay plata, la política se ve obligada a dejar de actuar. Se cae el decorado, se apagan las cámaras y queda lo único que importa: la decisión. Gobernar ya no es prometer sino elegir. Elegir qué se sostiene, qué se posterga y, sobre todo, qué no se negocia. En Misiones, el arranque de 2026 viene mostrando eso con claridad.
No hay épica. Hay gestión. No hay relato. Hay prioridades.
Ese pulso atraviesa la gestión de Hugo Passalacqua. Es una política sin fuegos artificiales, más parecida a un andamio o un encofrado que a un escenario: incómoda, visible, necesaria. Y en este contexto, que el Estado funcione ya es una definición ideológica en sí misma.
Las señales están ahí, sin demasiada propaganda: obras barriales hechas con participación vecinal; viviendas que se terminan con fondos provinciales porque el Estado nacional se retiró; inversión sostenida en salud pública; alivio fiscal para que el contribuyente no se asfixie; tarifas sociales prorrogadas para que el impacto no vaya directo a la pera de la gente.
No arregla la macro. Ni cerca. Pero evita algo peor: que la crisis se vuelva costumbre, o peor aún, epidemia.
Ahora bien: gobernar no es solo hacer. También es decir que no.
El rechazo legislativo al intento de juicio político contra Rosanna Pía Venchiarutti Sartori fue una de esas decisiones que no hacen ruido, pero ordenan el tablero. No por el expediente en sí, sino por lo que representaba.
El pedido no nació de una demanda social ni de una cruzada por la Justicia. Nació del enojo. Nació de un exfuncionario que no logró lo que buscaba ni por la vía administrativa ni por la judicial, y decidió desempolvar el manual viejo: presión política y ruido mediático.
El problema no es reclamar. El problema es desde dónde se reclama y con qué antecedentes.
La Legislatura hizo lo que tenía que hacer: cerró la puerta al escándalo. Sin show, sin sobreactuación. Analizó el expediente y dijo que no. Punto. Ese “no” pesa más que mil discursos. Porque mientras la provincia hace malabares para sostener viviendas, salud, tarifas sociales y alivio fiscal con recursos propios, no hay margen (ni moral ni político) para habilitar atajos a exfuncionarios expulsados del misionerismo.
Ahí aparece la coherencia del modelo. No se puede pedir esfuerzo colectivo y, al mismo tiempo, tolerar privilegios. No se puede hablar de cuidar la plata de la gente y hacerse el distraído cuando reaparecen reflejos de la política que tiene impresa una fecha de vencimiento que ya pasó.
Misiones arranca 2026 sin euforia, pero con la tranquilidad de tener algo más sólido: orden, prioridades claras y un Estado que, aun con recursos escasos, sigue presente. Cuando falta plata, la política se rinde o se prueba. Acá se la está probando en dos frentes: en la calle, resolviendo lo urgente con gestión diaria; y en las instituciones, poniendo límites donde corresponde.
En ambos casos, la Renovación demuestra, una vez más, que sabe gobernar sin plata y sin excusas.
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