Opinión
Los líderes de cartón gracias al silencio de los mansos
Por Fernando Oz
El asunto del “Escudo de las Américas”, la inclusión de nuestro bendito país en la guerra contra el narcoterrorismo, y el último informe que trasmitió la DEA en el International Narcotics Control Strategy Report, me dan mala espina. Paraguay se consolidó como el principal centro de acopio y reexportación de cocaína andina hacia mercados internacionales, más del 50% de las incautaciones están relacionadas a la Hidrovía y sus ramificaciones. El Cantón también forma parte de esa ruta: logística, puertos de transbordo y filtración, entre amenities de lavado y dormitorio.
El panorama completo no se resume en un párrafo, pero créanme que no es para nada alentador. Mientras tanto nuestro aporte es organizar campeonatos de Counter Strike. Pum, pum, pum, y sonreí para la selfie. Miren, la realidad es que nuestros jóvenes no fueron contratados como “programadores” de nada, tampoco están diseñando startup en compañías multinacionales, están recogiendo uva y manzanas en el sur de Brasil. Otros tantos de miles, los que no cruzaron la frontera, están desocupados, ya sea por la desregulación yerbatera, por la viveza de Arauco, por la miseria de Massalin Particulares, o por la fuerza del mercado frente a la inoperancia del Estado. Otros miles ya cayeron en el narcomenudeo. Esa es parte de nuestra realidad y si no espabilamos pronto vamos a caer al precipicio.
Faltan líderes, dicen. Y yo les digo que lo que faltan son hombres y mujeres con el temple suficiente como para decir verdades, aunque duelan; ciudadanos que sientan vergüenza de tener que dejar su futuro en manos de la primera cara que sale en TikTok. El problema del Cantón no es que falte gente con ambición —de esa hay de sobra, y suele ser inversamente proporcional al talento—, sino que hemos matado la figura del líder para sustituirla por el “influencer” de cabotaje.
Sí, es un fenómeno mundial. Me viene a la mente el viejo Umberto Eco diciendo que el drama de nuestra era es que el tonto del pueblo ya no se queda en la esquina, sino que tiene el mismo altavoz que un premio Nobel. Miren si no tenía razón. Y en la política del Cantón, eso se nos ha vuelto el pan nuestro de cada día: tipos que confunden tener seguidores en redes con tener una visión de Estado.
En algún momento habrá que madurar, porque quejarse de que no hay líderes, además de ser deporte nacional, es una infantilidad de patio de colegio. Decimos que “no hay nadie nuevo”, que “son todos iguales”, mientras nos encogemos de hombros y nos vamos a pescar al Paraná el día de las elecciones. Y ahí está el dato, crudo como herida trapera: en las elecciones del 8 de junio de 2025, la participación electoral cayó al abismo del 57,45%. Casi la mitad del electorado se quedó en casa, rascándose la barriga o mirando Netflix, dejando que el destino de todos lo decidan los de siempre y los cuatro de más allá.
Es que lo del vacío de liderazgo es, en realidad, un vacío de ciudadanía. Nos quejamos de que los políticos son mediocres, pero ¿quién los elige? Los elegimos nosotros, por acción o por omisión. El problema, como bien apuntaba Fernando Savater, es la orfandad de ciudadanos lúcidos y comprometidos.
No hay liderazgos porque no hay exigencia. El poder se ha vuelto una cuestión de gestión de la resignación. Ya no se busca al estadista, al tipo con visión, al que sabe hacia dónde llevar la nave, ese en el que sepamos que podemos confiar por lo que ha demostrado en la diaria. Ahora se busca al que mejor maneje el algoritmo, al que sea más “parecido” a nosotros en su vulgaridad.
Cuando lleguen los lobos
El electorado misionero ha pasado de la pasión militante a una apatía ovina. Saben qué pasa, se cansaron de que les mientan, sí, pero en lugar de exigir excelencia, en vez de pelear el metro cuadrado que les toca, optaron por el silencio de los mansos. Y ya saben lo que pasa cuando el ciudadano se duerme: los lobos se visten de pastores.
Después de haber visto el surgimiento del Frente Renovador de la Concordia y, una veintena de años después, verlo caer por debajo de su piso histórico del 30% no es una señal de renovación, es una señal de agotamiento. Pero lo que viene detrás no es la luz al final del túnel, sino el estruendo de la fragmentación.
Lo que hay enfrente, señoras y señores, es todavía peor. Lo de la oposición es una dispersión que roza lo patológico. Fragmentos de partidos que parecen esquirlas de una granada que estalló hace décadas. Nadie aglutina, nadie convence, nadie tiene el cuajo de mirar al que tiene al lado y decirle: “peleemos juntos, aunque duela”. En lugar de eso, tenemos una diáspora electoral donde cada cual atiende su quiosco.
En las últimas elecciones vimos una marea de outsiders —policías retirados, libertarios de ocasión y oportunistas del descontento— repartiéndose las migajas de lo que había quedado de un banquete al que el pueblo no estuvo invitado. Es la política del canibalismo.
Los “nuevos políticos” carecen de la capacidad intelectual para entender que Misiones no termina en la Costanera de Posadas. No hay formación, no hay lectura, ni siquiera tienen sentido de lo histórico. Son gestores de la coyuntura, buscavidas del presupuesto que no sabrían distinguir un plan estratégico de una lista de la compra del supermercado. Están más pendientes del meme del día que de la crisis que se viene. Es el liderazgo líquido del que hablaba Eco, lo recuerdan: figuras sin aristas, sin principios sólidos, que cambian de color según sople el viento de las encuestas.
Misiones está hoy en un limbo peligroso. El viejo orden se apaga, agotado por su propio peso, y lo nuevo que asoma la cabeza no es más que una amalgama de gritos y frustraciones sin proyecto. No hay líderes porque no hay quien se atreva a serlo de verdad, con todas las consecuencias. Preferimos el refugio de la “identidad misionerista” como si fuera un amuleto, mientras la capacidad de gestión se nos escurre entre los dedos. El “misionerismo”, el de verdad, no el Neo, sirvió para levantar un muro contra el centralismo porteño, y estoy de acuerdo, pero detrás de ese muro nos hemos quedado dormidos. Y mientras tanto, los lobos avanzan.
Cuando la política deja de ser un ejercicio de inteligencia y pasa a ser un espectáculo de variedades, el resultado es el que vemos: una provincia rica con una política pobre. Muy pobre. Tomen nota, o sigan mirando para otro lado. Pero luego no vengan con lamentos cuando el próximo “salvador” de turno les venda espejitos de colores a cambio de lo poco que nos queda de dignidad ciudadana.
Opinión
Esperando una opción entre el rovirismo y la motosierra
Por Gustavo González.
@GonzalezUCR
Mientras el rovirismo se desangra en una interna feroz y el gobierno libertario evidencia un estrepitoso fracaso de gestión, la mayoría de los misioneros sigue esperando una alternativa real.
Las encuestas serias reflejan el escenario actual: el oficialismo provincial retiene un núcleo duro del 25% de aceptación. En la otra vereda, y a pesar de que Misiones padece directamente el impacto de las políticas nacionales, La Libertad Avanza conserva otro 25% de acompañamiento.
Más allá de las fluctuaciones lógicas del humor social, los números redondos son claros. Existe un 50% de la población que no se identifica con ninguno de los dos extremos. Es una masa crítica mayoritaria que aguarda una opción diferente en la cual depositar su confianza.
Sin embargo, si esa tercera opción entre el Rovirismo y Milei carece de solidez, el espacio se diluirá y el electorado terminará votando por descarte a cualquiera de los dos oficialismos.
Hoy, tanto el gobierno nacional como el provincial están acorralados por tres factores fatales: la profunda insatisfacción social, la percepción generalizada de corrupción y las internas feroces que corroen la gestión.
Así Como Karina y Santiago se pelean en Nación; Carlos, Hugo, Ramiro, Raúl y otros, se pelean por quien se queda con “la caja” provincial.
La pelea es por la plata y por el poder, pero no por un proyecto que saque a Misiones de la postergación histórica.
Romper con 23 años sin alternancia democrática requiere un requisito indispensable: que la oposición unifique su oferta electoral en un Frente Social y Político amplio.
Solo una coalición amplia, integrada por personas honestas y capaces, acordando un “núcleo de coincidencias básicas” -lucha contra la corrupción, desarrollo productivo, salud, educación, justicia independiente, presión fiscal y similares- podrá poner un freno a la motosierra y, simultáneamente, terminar con el rovirismo. Ese es el camino para darle a Misiones el futuro que merece.
Opinión
El periodismo siempre fue blanco del poder

Por Fernando OZ
@F_ortegazabala
El poder no inventó nada nuevo, aunque pretenda convencernos de su originalidad a fuerza de gritos en una pantalla. Cuando desde la cúspide del Estado se lanza la consigna de que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, no estamos ante una anomalía histórica, sino ante la enésima actualización de una vieja receta.
Ustedes me disculparán, no es que haya que normalizar la agresión ni la estupidez, pero quienes se escandalizan por los modales de la época padecen de una preocupante amnesia: la presión existió siempre. En todas las épocas, el intento por silenciar la disidencia o domesticar la mirada se ejecutó bajo las mismas tres herramientas de manual: el convencimiento propio, el dinero de la pauta o la violencia física e institucional. El hostigamiento actual —me refiero al de Javier Milei y toda su pandilla de forajidos— no es un pecado de nacimiento de la era digital; es la continuación de una guerra eterna por el control del relato.
La única diferencia real en nuestro presente es un factor de escala. La tecnología no vino a cambiar la naturaleza del conflicto, sino que multiplicó los mostradores; amplificó el mercado y atomizó las audiencias, haciendo aparecer nuevos canales de comunicación a una velocidad de vértigo.
Ese estallido obligó al oficio a una adaptación violenta, desesperada y veloz al nuevo ecosistema para no quedar sepultado en la irrelevancia. En esa carrera de piques contra el algoritmo, las grandes estructuras de comunicación pagaron el precio de la supervivencia recortando la inteligencia: primero ejecutaron a los veteranos —aquellos que sostenían el rigor y el criterio en la mesa de entradas— para reemplazarlos por mano de obra barata, jóvenes recién graduados, en el mejor de los casos, a los que se les paga una auténtica miseria. Yo estuve entre ellos, el sistema es así, pero desde hace unos años se aceleró.
Al desaparecer los maestros, se rompió la cadena de transmisión de instrucción a la primera línea. El joven precarizado de hoy cobra sueldos humillantes que apenas le permiten pagar el alquiler, carece de un redactor jefe con experiencia que le enseñe a contrastar una fuente o a tirar a la basura una operación de prensa, y vive bajo la amenaza constante de un despido discrecional.
El resultado de ese periodismo de bajo costo está a la vista: la permanencia en el puesto de trabajo ya no depende de la calidad de una investigación, sino del tráfico digital. Se produce contenido basura, sensacionalismo y titulares engañosos (clickbait) para complacer las demandas de un algoritmo ciego y a los patrones del último piso. Así son las nuevas reglas.
Es ahí donde el poder financiero y político encuentra la sumisión perfecta: atrapados en sus propias crisis de caja, muchos medios eligen no ir contra nadie que tenga peso o dinero. Así nace el enemigo más dócil del periodismo honrado: la autocensura.
Pero el tablero no cambió en lo esencial. Despellejado el cotillón tecnológico, el mapa actual se reduce a las mismas dos facciones que se enfrentaban en el Foro Romano o en las imprentas clandestinas. De un lado van a estar siempre quienes busquen tapar algo o guionar la posverdad, al costo que sea, utilizando la billetera o el apriete para anestesiar a una sociedad manipulable. Del otro lado, irreductibles, van a estar los periodistas de raza, esa tropa de infantería que está donde tiene que estar, pateando el asfalto y metiendo las patas en el barro de la realidad.
La cosa ha venido siendo así desde las Acta Diurna Populi Romani, fundadas por Julio César cuando era cónsul, pasando por Gutenberg a mediados del siglo XV, y hasta el último colega muerto en Palestina o donde fuera. La historia no se detiene a llorar por los rincones frente a los exabruptos del gobierno de turno.
El periodismo de raza florece en el fango. Los otros días mencioné dos ejemplos; fue durante una tertulia por Instagram en la que estaban mis amigos el comandante Marcelo Ameri, veterano de la gráfica; Fernando Rumi, director de LVM, y Eduardo Pérez, conductor del programa, de naturaleza crítica y exmovilero de fuste.
El primer caso fue el de Combat, un diario clandestino parido en el invierno de 1941 en el subsuelo más oscuro de la ocupación nazi en Francia y el colaboracionismo de Vichy. En aquel tiempo, imprimir y distribuir esas hojas de trinchera costaba la tortura o el fusilamiento. Las redacciones eran sótanos itinerantes, la maquinaria se movía de noche para eludir a la Gestapo y los encargados de la distribución eran jóvenes resistentes que escondían los ejemplares entre sus ropas. En 1943, Albert Camus se sumó como redactor jefe bajo el seudónimo de “Beauchamp”. Cuando París fue liberada en agosto de 1944, el diario pasó a la legalidad y Camus dejó escrito su Manifiesto de la Dignidad: “Este diario no es otra cosa que la expresión de esa batalla”.
El otro caso fue la Agencia de Noticias Clandestina (Ancla), creada por Rodolfo Walsh durante la última dictadura cívico-militar. Cuando las empresas periodísticas cerraban sus puertas o se plegaban a la bajada de línea por la censura, “el escritor que se adelantó a la CIA” —como lo llamó Gabriel García Márquez— no se quedó de brazos cruzados llorando por la pauta. Creó canales nuevos.
Camus exigía un periodismo de ideas, una prosa limpia y desprovista de adornos donde cada palabra pesara y el cronista asumiera los riesgos personales de su tiempo. El equipo de Combat impuso la cultura del rigor frente a la urgencia de la rotativa: el apuro por publicar jamás justificaba el error o la calumnia. Walsh aborrecía el periodismo abúlico de “comunicado de prensa”. Demostró que con una máquina de escribir y acceso a boletines oficiales, presupuestos del Estado o cables de agencias se podía desbastar el relato del poder. Exigía un personal que no tuviera miedo, porque sabía que “el documento es más fuerte que las armas”.
El poder teme al cronista de calle porque es como un perro callejero: no tiene dueño, no se lo maneja con un tuit furioso ni con una llamada al celular de madrugada; a ese hay que pararlo en el terreno. Por eso, frente al páramo de la docilidad, surgen como posibilidades ilusionantes aquellos nuevos filántropos, capitales de riesgo o empresarios particulares que unen esfuerzos para financiar un periodismo solvente y de calidad, demostrando que solo el oficio que pide cuentas al poder, en cualquier soporte por inventar, tiene destino.
Quienes pretendan domesticar al periodismo con salarios de subsistencia, discursos de odio o algoritmos de control no entienden que el periodismo de raza pertenece a una estirpe incombustible, hecha de una greda que no se dobla con el primer viento de frente. Su obra es efímera, muere con la rotativa del día, pero renace intacta en el minuto siguiente. Gabo lo dejó sellado con una lucidez definitiva: “Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede ni un instante de paz, mientras no vuelva a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”.
Opinión
Indio Solari: Memento Mori

Por: Gustavo Café Azar.
Antropólogo.
El Indio nos trajo canciones con la lengua del poeta fértil, con el oído absoluto puesto en el lunfardo liminar y fronterizo (como Celedonio Flores, Discepolín y los hermanos Expósito). Supo traducir en sus letras el universo de palabras y situaciones de la expansión hedónica de la post dictadura. “Un último secuestro, no; el de nuestro estado de ánimo, no.” (Ya nadie va a escuchar tu remera – Gulp – 1985). Supo testimoniar las tantas decadencias de la argentinidad sin perder la lucidez metafórica y la riqueza visual. El espíritu festivo se hizo más oscuro en Luzbelito. “Mi amor, la libertad no es fantástica” (Blues de Libertad – Luzbelito – 1994). Sus últimas canciones ya eran confesionales y de despedida. Canciones de amor y dolores dulces. “Qué tonto fui, la vida se empobrece así.” (La oscuridad – El ruiseñor, el amor y la muerte – 2018)
Con Skay supo darle calle y conurbano al rockabilly y al rock visceral. Hacia finales de Los Redondos y en los inicios de su carrera solista los samplers, la electrónica, se metieron en sus melodías de dramáticas narrativas. En sus últimas canciones lo vimos convertirse en una mezcla de crooner y cantautor reflexivo.
Se lo va a extrañar, lo voy a extrañar.
Memento mori.
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