Opinión
Campesinos denuncian amenazas y escalada de violencia en tierras disputadas por Arauco

Clarisa Neztor
Mientras cientos de familias campesinas reclaman una intervención del Gobierno de Misiones frente al conflicto territorial con la multinacional forestal Arauco, nuevos testimonios describen detenciones, golpes, amenazas, viviendas incendiadas, animales heridos y muertos, herramientas y pertenencias secuestradas y familias que viven con miedo a perderlo todo. Saúl Lindao, productor de Puerto Argentino 2, denunció que fue reducido hasta perder el conocimiento mientras trabajaba en su chacra y que posteriormente un policía lo amenazó para que no contara lo ocurrido ni fuera al hospital.
Lo que sucede en las colonias rurales de San Pedro representa la cara real del extractivismo forestal en Misiones. Mientras las familias continúan reclamando respuestas y mantienen un acampe frente a la Municipalidad, aparecen nuevos testimonios sobre procedimientos realizados en las chacras que describen un escenario de violencia cada vez más preocupante. Esto conlleva a un conflicto más profundo que es la enorme concentración territorial alcanzada por Arauco en Misiones y un modelo forestal que durante décadas contó con promoción, incentivos y vínculos permanentes con el poder político provincial.
Arauco está presente en Misiones desde 1996 y se convirtió en el principal actor del sector forestal y en uno de los mayores propietarios privados de tierra de la provincia. Su expansión territorial acompañó el crecimiento de un modelo basado en grandes extensiones de monocultivos de pino y eucalipto destinados a abastecer la industria forestal. En una provincia donde existen cientos de miles de hectáreas de bosques implantados, la empresa llegó a concentrar por sí sola más de 230.000 hectáreas.
Esa dimensión permite entender la desigualdad que atraviesa el conflicto actual. De un lado aparecen familias que necesitan unas pocas hectáreas para plantar mandioca, maíz, poroto, sandía o zapallo, criar animales y sostener a sus hijos. Del otro, una multinacional que controla una superficie extraordinaria, posee recursos jurídicos, económicos y logísticos incomparables y mantiene una relación institucional permanente con las máximas autoridades provinciales.
Productores de Puerto Argentino 1, 2 y 3, Palmera Boca, La Chacrita, San Juan Bosco y otros parajes denuncian desde hace semanas detenciones, golpes, amenazas, secuestro de herramientas y motocicletas, viviendas incendiadas, cultivos destruidos y animales muertos, desaparecidos o heridos. En el centro del conflicto se encuentra Arauco Argentina, la multinacional forestal chilena y uno de los mayores propietarios privados de tierras de Misiones.
El relevamiento comenzó con unas 123 familias, pero las organizaciones que acompañan el reclamo estiman que el conflicto podría alcanzar a alrededor de 300 grupos familiares y más de mil personas.
Saúl Lindao: “Cuando desperté estaba esposado”
Saúl Lindao vive en Puerto Argentino 2 y forma parte de las familias campesinas de una zona que comprende 2500 hectareas, donde ellos hacen uso de 200. Según relató, alrededor de las diez de la mañana del dia miercoles se encontraba trabajando en los canteros de su chacra cuando llegaron efectivos de la Policía de Misiones acompañados por dos oficiales de Arauco, llamados los verdes por su vestimenta.
Lindao asegura que los representantes de la empresa llevaban machetes, mientras que los policías portaban distintas armas de fuego, entre ellas escopetas, metralladoras y una pistola 9 milímetros.
De acuerdo con su testimonio, los efectivos le preguntaron si podían revisar el campamento y su vivienda. Lindao respondió que no autorizaría el ingreso sin una orden judicial. Los propios policías, afirma, reconocieron que no tenían una orden de allanamiento.
La negativa desencadenó en una situación extremadamente violenta. Lindao sostiene que personal vinculado a Arauco insistió en que el terreno pertenecía a la empresa y que, mientras permanecía en la puerta de su casa, policías se acercaron por detrás y lo ahorcaron hasta hacerle perder el conocimiento.
“Cuando desperté estaba esposado”, recuerda.
El productor denuncia que recibió golpes de puño en el abdomen, rodillazos y golpes en la espalda, que fue arrojado al suelo y nuevamente golpeado después de recuperar el conocimiento. Posteriormente fue trasladado a la comisaría. Allí, según cuenta, le realizaron un pedido de antecedentes, lo encerraron y le informaron que existía una causa vinculada al conflicto por la propiedad. Afirma que en un momento le comunicaron que recuperaría la libertad, pero que posteriormente volvió a ser introducido en un calabozo.
Lindao sostiene que al retirarse no recibió documentación que explicara formalmente el procedimiento ni constancia de los elementos que habían sido retirados. Entre sus pertenencias, denuncia que le quitaron el carnet y la cédula de conducir, una tarjeta de Mercado Pago y una motocicleta Honda Titan KS 125. También asegura que al regresar a su vivienda encontró el interior revuelto, mercadería tirada en el piso y que faltaban herramientas y máquinas utilizadas para el apeo y el trabajo rural.
Lindao vive acompañado por una perra pitbull a la que describe como su compañera cotidiana. Durante el arresto los policías efectuaron disparos con proyectiles de goma contra el animal. También afirma que otros dos perros recibieron gas pimienta y patadas. Cuando regresó, su perra estaba herida y rengueaba de una pata.
La violencia contra los animales aparece repetidamente en los testimonios de las familias de San Pedro. Los productores vienen denunciando perros heridos, animales de cría muertos o desaparecidos y episodios en los que encontraron sus chacras destruidas después de haber sido retirados del lugar.
Para quienes viven de pequeñas explotaciones rurales, los animales constituyen una compañía, alimento, reproducción y parte de la economía doméstica. Atacarlos afecta directamente las condiciones materiales y emocionales de las familias que habitan el territorio. El productor afirma que sentía fuertes dolores por los golpes y decidió dirigirse al hospital para ser examinado. Antes de hacerlo, según denuncia, un policía de apellido Fariña lo habría amenazado para que no llorara, y no relatara que había sido ahorcado durante la detención. Lindao asegura que la amenaza le provocó tal temor que, aunque finalmente llegó hasta un centro médico, no pudo contar lo que había sucedido ni permitir que lo revisaran adecuadamente por las lesiones que denunciaba.
“Me dio pánico contar la verdad”, explicó.
Hoy dice sentirse amenazado y psicológicamente afectado. Su temor no se limita a lo que pueda sucederle individualmente. Lo relaciona con lo que, atraviesan otras familias de las colonias: casas incendiadas, animales muertos, disparos contra perros y cerdos, herramientas y galpones quemados y familias con niños obligadas a abandonar los lugares donde viven.
Todas estas acusaciones requieren una investigación independiente. Especialmente la denuncia de violencia policial y la amenaza posterior para impedir una constatación médica, Estos son hechos de violencia institucional y un intento de impedir que quedaran documentadas sus consecuencias.
Ángel Rivero: otra detención en las chacras
Lindao cuenta que fue precisamente durante su permanencia en la comisaría cuando se enteró de que Ángel Rivero también había sido detenido. Según los productores, el día anterior Rivero se encontraba limpiando un sector de tierra para plantar zapallos cuando ingresó la Policía y lo trasladó a la dependencia policial. Las organizaciones que acompañan a las familias sostienen que la detención ocurrió sin que se le exhibiera una orden judicial.
La producción en la que trabajaba Rivero, estaba destinada al cultivo de zapallo con acompañamiento técnico del INTA y posterior comercialización. Su detención provocó nuevas protestas y terminó acelerando la movilización de las familias hacia el centro de San Pedro.
La coincidencia de ambos productores dentro de la dependencia policial muestra hasta qué punto la judicialización dejó de ser una cuestión abstracta para las colonias. Quienes salen cada mañana a limpiar un terreno, plantar tabaco, preparar canteros o cultivar zapallos dicen hacerlo sin saber si regresarán esa noche a sus casas.
“Vivimos con miedo”
Ese miedo atraviesa también el testimonio de otro campesino de la zona, conocido como “el Paisa”, quien vive en la colonia San Juan Bosco. Su relato permite comprender una dimensión del conflicto que difícilmente aparece en un expediente judicial: la manera en que la incertidumbre territorial modifica la vida cotidiana de una familia.
El Paisa vive de lo que produce en la chacra. Planta zapallo, maíz, poroto, sandía y otras verduras. Tiene un hijo con discapacidad cuya alimentación requiere, según explica, una dieta en la que las verduras tienen un lugar fundamental. En un contexto de pobreza creciente, cultivar sus propios alimentos no constituye para él una elección de estilo de vida sino una necesidad.
Por eso explica el conflicto en términos muy concretos: necesita permanecer en la tierra porque necesita producir comida para su familia.
Denuncia que Arauco busca avanzar sobre las tierras donde viven los campesinos y describe a la empresa en términos extremadamente duros. Para él, la violencia que asegura haber experimentado hace que las familias se sientan completamente desprotegidas. Sostiene que recurrir a las instituciones tampoco les ofrece seguridad, porque existe entre los productores el temor de que reclamar termine derivando en nuevas causas o detenciones.
El año pasado, su propia vivienda fue incendiada por la empresa Arauco en complicidad con la Policia de Misiones. Después del incendio reconstruyó su casa con el dinero obtenido trabajando en la tarefa, una de las labores rurales más exigentes y peor remuneradas de la economía misionera. Con esos ingresos volvió a levantar un lugar donde vivir y continuó plantando zapallo, maíz, poroto y sandía. Pero el miedo nunca desaparece
El temor de que una casa arda con los niños adentro
En las colonias, el fuego adquirió un significado que excede ampliamente el daño material. Después de las viviendas incendiadas denunciadas durante los últimos años y de los seis casos relevados en el conflicto actual, las familias aseguran vivir con el temor permanente de que un incendio ocurra mientras alguien se encuentra dentro. El Paisa lo expresa desde una preocupación particularmente dolorosa: los niños.
Afirma que las familias temen que alguna vivienda sea incendiada con niños y la familia en su interior y que la reiteración de episodios de fuego convirtió ese riesgo en parte de su vida cotidiana. Las familias denuncian además que en episodios anteriores hubo personas que debieron retirarse rápidamente de los lugares junto con sus hijos.
El miedo transforma rutinas elementales. Ir a trabajar, dejar la vivienda unas horas, permitir que los niños permanezcan en la chacra o alejarse para comprar alimentos deja de ser algo cotidiano cuando existe la sensación de que, al regresar, la casa puede haber desaparecido. El Paisa también sostiene que los incendios benefician posteriormente a la expansión de las plantaciones forestales por los mecanismos legales que permitirían extender durante décadas el uso forestal de terrenos afectados por fuego.
Vivir entre chacras y monocultivos
La mirada de los productores sobre Arauco tampoco se limita a la propiedad.
Las familias campesinas describen una diferencia que para quienes viven allí resulta visible todos los días. En las colonias campesinas se observan cultivos diferentes, árboles, animales y una biodiversidad asociada a las pequeñas producciones. En los grandes pinares, en cambio, existe un paisaje uniforme y sin biodiversidad, donde se encuentran animales muertos debido a la aplicacion de agrotoxicos en los pinares los primeros años de crecimiento, como asi tambien la contaminacion del agua y el suelo.
La preocupación ambiental de las familias coincide con una discusión científica mucho más amplia sobre las consecuencias ecológicas de reemplazar ecosistemas BIOdiversos por plantaciones forestales intensivas.
Una plantación industrial de pino no es equivalente a la selva misionera. Investigaciones desarrolladas por científicos del CONICET y la Universidad Nacional de Misiones demostraron que las plantaciones intensivas de Pinus taeda modifican las condiciones ambientales, reducen la luz disponible en el sotobosque y pueden dificultar el establecimiento de especies vegetales nativas. Otros estudios realizados en Misiones encontraron modificaciones en la biodiversidad y composición de aves y mamíferos en paisajes forestales, especialmente cuando las plantaciones se encuentran alejadas de grandes remanentes de bosque nativo.
Para las familias de San Pedro, sin embargo, el impacto no se expresa en indicadores científicos sino en una experiencia mucho más directa: sienten que las chacras donde cultivan diferentes alimentos están siendo desplazadas por un paisaje dominado progresivamente por una única especie destinada a una cadena industrial.
La disputa por la tierra es, al mismo tiempo, una disputa entre formas profundamente diferentes de habitarla.
El monte también se convirtió en un negocio
Parte de los territorios en disputa conserva monte nativo, y eso incorpora otra dimensión al conflicto. Durante décadas, la concentración de tierras estuvo asociada principalmente a la expansión de los monocultivos de pino y eucalipto. Hoy el bosque en pie también adquirió valor económico a través de los mercados de carbono.
Arauco forma parte de ese nuevo escenario. En 2024 la empresa adhirió formalmente al programa jurisdiccional REDD+ de Misiones, que permite convertir reducciones verificadas de emisiones por deforestación y degradación evitadas en créditos de carbono comercializables. La propia compañía declara además más de 118.000 hectáreas de áreas naturales dentro de su patrimonio argentino.
Para Arauco el monte nativo también puede adquirir valor financiero por el carbono que almacena. Para las familias campesinas, en cambio, ese mismo monte forma parte del territorio donde viven, producen alimentos y sostienen su vida cotidiana.
Allí aparece el riesgo de lo que se conoce como “acaparamiento verde”: que mecanismos creados bajo el discurso de enfrentar la crisis climática terminen aumentando el valor y el control empresarial sobre territorios habitados por comunidades rurales. La contradicción es profunda: una empresa vinculada a un modelo de monocultivo industrial puede incorporar el bosque nativo a sus estrategias de carbono mientras las familias que viven junto a ese monte denuncian detenciones, violencia y presión para abandonar sus tierras. Así, la disputa de San Pedro muestra que el acaparamiento territorial ya no necesariamente necesita desmontar el bosque porque también puede apropiarse de su valor ambiental y convertirlo en un activo financiero.
Cuando lo público y lo privado se encuentran en el territorio
Uno de los aspectos más delicados del conflicto es precisamente la frontera entre los intereses privados de Arauco y el funcionamiento de las instituciones públicas.
Las familias de San Pedro no solamente reclaman frente a Arauco. Desde hace semanas buscan respuestas del propio Gobierno de Misiones, especialmente de la Subsecretaría de Gobierno, Asuntos Registrales y Tierras, el organismo provincial que interviene directamente en los procesos de regularización dominial y cuya conducción está a cargo de Daniel Behler. Fue precisamente Behler quien recibió en Posadas a representantes de las más de 120 familias que denunciaron detenciones y agresiones a las personas y sus viviendas. Behler esta a cargo del área provincial encargada de garantizar una salida política y territorial pero parte sistemáticamente del reconocimiento de Arauco como propietaria y coloca a quienes viven y producen sobre esas tierras en la categoría de ocupantes o usurpadores. Esto condiciona desde el comienzo cualquier posibilidad de negociación y termina reforzando una desigualdad ya enorme entre las partes.
El Gobierno de Misiones debe garantizar que el área de Tierras actúe como organismo público y no como simple certificador de la posición registral de una multinacional; debe investigar el accionar policial denunciado, transparentar cualquier servicio adicional prestado a Arauco y abrir una instancia real de regularización que contemple el arraigo, el trabajo y las condiciones de vida de las familias. Esta situación permite observar con mayor claridad cómo funciona el conflicto en San Pedro. Arauco concentra un enorme poder económico y territorial, mientras la Policía interviene en procedimientos que afectan directamente a las familias campesinas. Cuando esas mismas familias recurren al área provincial de Tierras buscando protección, regularización y una solución al conflicto, se encuentran con respuestas insuficientes y la disputa continúa.
La actuación de Behler como complice estatal del acaparamiento de tierras debe entenderse dentro de una estructura institucional que termina reproduciendo la enorme desigualdad entre una multinacional que concentra cientos de miles de hectáreas y familias campesinas que reclaman unas pocas hectáreas para vivir y trabajar.
Los campesinos describen procedimientos donde policías llegan acompañados por personal que identifican como perteneciente a Arauco. Durante la movilización del 19 de agosto, manifestantes afirmaron además haber observado una camioneta de la empresa saliendo de la Comisaría Primera de San Pedro con efectivos policiales en su interior. la desigualdad económica entre las partes es enorme. Una familia campesina dispone de su chacra, sus herramientas y, en el mejor de los casos, asistencia de organizaciones sociales o abogados. Arauco dispone de una estructura empresarial internacional, equipos jurídicos, personal, vehículos, recursos económicos y canales institucionales de interlocución con el Estado. Si a esa desigualdad se suma una utilización de las fuerzas públicas que las familias perciben como alineada con los intereses de la compañía, el conflicto deja de desarrollarse entre partes con capacidades comparables.
La tierra como condición para expandir el monocultivo
El modelo forestal necesita grandes extensiones y continuidad territorial para sostener plantaciones industriales de pino y eucalipto y abastecer a gran escala la cadena del agronegocio forestall. En Misiones, ese proceso de concentración avanzó durante décadas sobre un territorio que nunca estuvo vacío. Allí ya vivían familias campesinas, pequeños productores y comunidades mbya guaraní que desarrollaban otras formas de producción y de relación con el monte. Por eso resulta tan significativa la reiteración de denuncias sobre destrucción de cultivos, muerte de animales, incendios de viviendas y desaparición de herramientas. Si esos hechos son investigados de manera aislada, aparecen como daños materiales independientes. Observados desde la realidad de una chacra campesina, producen un resultado mucho más profundo: destruyen las condiciones que permiten permanecer en el territorio.
La expansión del agronegocio forestal en Misiones fue promovida durante décadas como política de desarrollo mediante incentivos, infraestructura y decisiones estatales que favorecieron la consolidación de grandes plantaciones.
Los monocultivos de pinos no son bosques y no reemplaza ecológicamente al monte nativo, sino todo lo contrario, porque se destruye la biodiversidad para que el monocultivo avance. La expansión del monocultivo transforma simultáneamente el ecosistema y la estructura social del territorio.
Por eso discutir el modelo territorial que construyó Misiones durante las últimas décadas, quiénes se beneficiaron de ese proceso y quiénes están pagando actualmente sus costos es importante para el futuro de las nuevas generaciones.
San Pedro vuelve visible una estructura que lleva décadas funcionando
Lo ocurrido estas semanas permite observar algo que normalmente permanece disperso entre causas judiciales, comisarías y pequeños parajes rurales. Arauco no es simplemente una empresa que circunstancialmente entra en conflicto con algunas familias. Es uno de los mayores actores territoriales de Misiones, inserto en un modelo forestal promovido durante décadas y con capacidad permanente de interlocución con las máximas autoridades provinciales.
La presencia simultánea de personal que los productores identifican como perteneciente a Arauco y efectivos de la Policía de Misiones.
No es la primera vez que esta relación genera cuestionamientos en San Pedro. En abril de 2025 se documentaron procedimientos donde policías que prestaban servicio adicional para Arauco brindaban cobertura a guardabosques de la empresa durante intervenciones en tierras disputadas.
Ahora las familias vuelven a describir operativos en los que aparecen ambos actores.
Cuando en un conflicto entre una multinacional y familias campesinas interviene una fuerza estatal, cada actuación debe ser transparente y jurídicamente trazable. De lo contrario, la enorme desigualdad económica existente entre las partes corre el riesgo de transformarse también en desigualdad frente al Estado.
Perderlo todo y empezar otra vez
Una familia campesina no pierde solamente un inmueble cuando su casa se incendia. Pierde colchones, ropa, documentos, alimentos almacenados, herramientas, semillas, muebles y recuerdos. Cuando también pierde animales y cultivos, desaparecen al mismo tiempo su vivienda y su fuente de sustento. En San Pedro no existe politicas publocas que protejan a las familias rurales. Sino que el miedo se convirtió en una condición cotidiana de vida.
Las familias rurales reclaman poder trabajar, cultivar, que sus animales estén a salvo y que sus hijos puedan permanecer dentro de sus casas sin miedo. Y reclaman algo que en cualquier Estado de derecho debería ser elemental: que una disputa sobre la propiedad de la tierra jamás sea resuelta mediante el terror de quienes la habitan.
Dos formas completamente distintas de utilizar el territorio.
Las chacras campesinas producen alimentos y sostienen economías familiares. El modelo de Arauco requiere grandes extensiones destinadas principalmente a plantaciones industriales de pino y eucalipto que abastecen la cadena del agronegocio forestal.
El conflicto por la tierra ocurre entonces dentro de una provincia donde la concentración territorial y el monocultivo forestal constituyen parte fundamental de una política económica promovida durante décadas.
Opinión
Cuando el salario no alcanza: deuda y pluriempleo entre los docentes misioneros
Por Lucas Ruiz Moreno
*Licenciado en Historia por la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales- Unam.
Las transformaciones recientes del mundo del trabajo, en un contexto de crisis que se profundiza día a día, han configurado una clase trabajadora más heterogénea y atravesada por un creciente deterioro de sus condiciones laborales y salariales. Para una parte importante de los trabajadores, el salario de un único empleo ya no resulta suficiente para sostener la economía familiar. La necesidad de buscar otras fuentes de ingresos se convierte así en una respuesta cada vez más frecuente frente al deterioro de las condiciones de vida.
La docencia misionera no es ajena a este proceso. Su análisis adquiere particular relevancia en la provincia, tanto por tratarse del sector más numeroso de la administración pública como por las características específicas de su mercado laboral. Desde hace tiempo, la pérdida de poder adquisitivo de los salarios docentes ha impulsado la acumulación de cargos y horas en distintos establecimientos, dando lugar a una figura cada vez más extendida: el denominado “docente taxi”, aquel que recorre varias escuelas para completar su jornada laboral y alcanzar un ingreso suficiente.
Los datos salariales elaborados por la Coordinación General de Estudio de Costos del Sistema Educativo (CGECSE), actualmente dependiente del Ministerio de Capital Humano, permiten dimensionar esta pérdida de poder adquisitivo. En la actualidad, el salario docente de un cargo testigo presenta un fuerte deterioro que, por su magnitud, remite a los niveles registrados durante la crisis de 2001 y los años posteriores de 2002 y 2003. La comparación resulta significativa: hoy, al igual que durante aquella etapa, el salario docente vuelve a ubicarse por debajo de las necesidades básicas de los hogares. Un maestro de grado con diez años de antigüedad y jornada completa no alcanza, con su salario de bolsillo, a cubrir una Canasta Básica Total.

La insuficiencia salarial tiene consecuencias sobre la organización del trabajo. La acumulación de cargos y horas en distintos establecimientos extiende y fragmenta la jornada, a la que se suman los tiempos de traslado y las tareas que continúan fuera del aula: planificación, corrección, elaboración de materiales y otras actividades indispensables para la enseñanza. La situación se vuelve aún más compleja en las zonas rurales y periféricas, donde las distancias, el estado de los caminos y las dificultades de transporte incrementan los tiempos de traslado. A esto se suma que cerca del 80% del colectivo docente está integrado por mujeres, muchas de las cuales deben articular la actividad pedagógica con las tareas domésticas y de cuidado.
Frente a este escenario, resulta necesario mirar más allá del recibo de sueldo y conocer cómo la crisis impacta en la vida cotidiana de quienes sostienen las escuelas misioneras. Para ello, desde el Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales (Ceics) realizamos una encuesta a 172 docentes de la provincia. Los resultados permiten dimensionar cómo la pérdida salarial se traduce en endeudamiento, búsqueda de ingresos adicionales y una creciente extensión de la jornada laboral.
Radiografía de un trabajo en crisis: entre la deuda y el pluriempleo
La pérdida de poder adquisitivo no se expresa únicamente en el valor del salario, sino también en las estrategias que los docentes deben desarrollar para sostener sus hogares. La encuesta realizada por el Ceics permite observar cómo esa situación se traduce en decisiones concretas sobre el consumo, el endeudamiento y el tiempo destinado al trabajo.
El 70% de los encuestados señaló que es jefe o principal sostén económico de su hogar. En este contexto, el endeudamiento aparece como una herramienta frecuente para llegar a fin de mes: el 88% manifestó haber tenido que endeudarse durante los últimos 12 meses para afrontar gastos habituales del hogar, mientras que más del 60% señaló que debe postergar compras, recurrir a préstamos o reducir gastos en rubros como salud y vestimenta, además de postergar pagos importantes. A su vez, el 92% afirmó que no logra ahorrar con sus ingresos. En conjunto, los datos muestran un escenario de fuerte fragilidad económica: el salario no alcanza para sostener con holgura los gastos corrientes y mucho menos permite generar capacidad de ahorro.

El trabajo adicional constituye otra de las respuestas frente a esta situación. Cuatro de cada diez docentes encuestados señalaron que buscan o realizan otro empleo no vinculado a la docencia para complementar sus ingresos. Entre quienes tienen una segunda actividad, el 98% afirmó que lo hace debido a la insuficiencia de su salario docente y más del 60% destina entre 10 y 20 horas semanales a ese trabajo. El 90% de quienes tienen un segundo empleo, además, señaló que el pluriempleo afecta su bienestar cotidiano. De esta manera, la insuficiencia salarial no solo obliga a buscar nuevas fuentes de ingresos, sino que también amplía una jornada laboral que ya se encuentra atravesada por múltiples tareas dentro y fuera de la escuela.
Las actividades desarrolladas son diversas. Algunas mantienen relación con la experiencia docente, como las clases particulares y el apoyo escolar, mientras que otras se encuentran completamente alejadas de la enseñanza: cuidado de niños o adultos mayores, limpieza, comercio, peluquería, fotografía, pastelería, venta de comidas, ropa y distintos productos. También aparecen docentes que aprendieron oficios como electricidad, plomería, carpintería, mecánica o refrigeración para generar una fuente adicional de ingresos. A esto se suman trabajos como conductores para aplicaciones como Didi o Uber y otras actividades por cuenta propia. En buena parte de los casos, se trata de ocupaciones informales, inestables y sin acceso a derechos laborales ni protección social.
Quizás una de las respuestas sintetiza mejor que ninguna otra esta realidad. Ante la pregunta sobre qué hacen para complementar sus ingresos, varios docentes respondieron: “Tratar de vender lo que sea”. La frase condensa una situación en la que el trabajo adicional deja de ser una elección y se convierte en una necesidad.
Las consecuencias de esta dinámica también aparecen en las respuestas vinculadas al bienestar. El 68% de los encuestados señaló tener problemas de estrés laboral y el 58% manifestó sufrir insomnio o cansancio crónico. A su vez, el 70% evaluó como poco o nada satisfactorio el equilibrio entre su vida laboral y su vida personal o familiar. La crisis salarial, entonces, no queda circunscripta al ingreso: se proyecta sobre el tiempo de trabajo, la vida familiar y las condiciones en las que los docentes desarrollan su vida cotidiana.
En este contexto, la necesidad de sumar actividades y extender las jornadas también puede aumentar la exposición a situaciones de extrema inseguridad. Un caso ocurrido en marzo de este año en la provincia de Buenos Aires permite dimensionar, en su expresión más extrema, algunos de estos riesgos: un docente de La Matanza que trabajaba en tres escuelas fue asesinado mientras conducía para la aplicación Didi. Sin establecer una relación causal entre ambos hechos, el episodio permite observar hasta dónde puede extenderse la jornada de un trabajador que necesita multiplicar sus fuentes de ingreso.
La situación plantea un problema que excede la capacidad individual de cada docente para “llegar a fin de mes”. El desafío no debería ser cuánto más puede trabajar un docente para compensar un salario insuficiente, sino cómo garantizar una remuneración y condiciones laborales que permitan vivir de la docencia. Recuperar el poder adquisitivo resulta indispensable para que sostener un hogar no dependa de multiplicar empleos, sumar horas y extender una jornada que ya se encuentra sobrecargada. De lo contrario, aquello que aparece como una estrategia para afrontar la crisis termina profundizando el mismo problema: más trabajo, menos tiempo y un mayor desgaste para quienes tienen a su cargo una tarea esencial para la sociedad.
Fuentes:
Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales (CEICS). (2026). Encuesta sobre condiciones de trabajo docente – Misiones. Google Forms. https://forms.gle/QQePwWGMAwkmkeuMA
Coordinación General de Estudio de Costos del Sistema Educativo (CGECSE). Informes indicativos del salario docente (2000-2026). Recuperado de: https://www.argentina.gob.ar/educacion/evaluacion-e-informacion-educativa/documentacion/informes-salarios-docentes
Opinión
El adoctrinamiento de LLA y el desconocimiento de la economía yerbatera
Federico Villagra
Lic. en Economía
En la llegada de Javier Milei vimos cómo una joven de La Libertad Avanza lanzó expresiones despectivas hacia un grupo de productores que fueron para pedir un precio justo para la hoja verde.
Cabe remarcar que los productores son la parte más débil del eslabón de la cadena productiva que sostiene a misiones, que es la yerba mate.
Hablar de yerba mate en nuestra provincia no es hablar simplemente de un producto. Es hablar de historia, cultura, trabajo e identidad.
Hace más de 200 años los pueblos guaraníes ya conocían y consumían la yerba mate. Durante el período colonial adquirió una enorme importancia económica en toda la región y, siglos después, continúa siendo una de las actividades productivas fundamentales de Misiones.
La yerba está, literalmente, tatuada en nuestro ADN.
Misiones concentra alrededor del 90% de la producción argentina y detrás de esa actividad existen alrededor de 15mil productores y 17mil tareferos, secaderos, cooperativas, molinos, transportistas, comercios y familias que directa o indirectamente dependen de ella.
Por eso, cuando se desprecia al productor yerbatero no se está atacando solamente a un sector: se está desconociendo una parte central de la estructura económica y social de nuestra provincia.
Si en la escuela de formación política de La Libertad Avanza se enseña a mirar al productor despectivamente, deberíamos preguntarnos si estamos frente a ignorancia económica, desconocimiento histórico o frente a una concepción deliberada de desregulación y odio que propicia el propio Sturzenegger hacia el sector yerbatero.
La realidad es que apuntar al productor es pegarse un tiro en el pie -como argentino mismo- porque el consumo es plenamente nacional.
En el caso de la yerba existen miles de pequeños oferentes frente a un puñado de grandes industrias, y ahí aparece una enorme asimetría en el poder de negociación. La teoría económica conoce perfectamente estos fenómenos: oligopsonios y, en sus situaciones extremas, monopsonios. En estos casos el poder de negociación es plenamente del comprador
Y ahí está el problema que Federico Sturzenegger y la política de desregulación parecen no comprender, o deciden ignorar.
La historia de la yerba mate debería servirnos de advertencia.
Desde las durísimas condiciones laborales existentes durante diferentes etapas de la explotación yerbatera hasta la historia de los mensúes y posteriormente de los tareferos, la actividad estuvo atravesada durante generaciones por profundas desigualdades entre quienes aportaban su trabajo y producción y quienes concentraban el poder comercial.
El precio de referencia de la yerba no nació de un capricho del gobierno. Surgió en los 90 en el famoso tractorazo, en la necesidad de equilibrar una relación económica naturalmente asimétrica que da surgimiento al Instituto Nacional de la Yerba Mate (Inym).
La intervención estatal sobre mercados agropecuarios es necesaria en casos de oligopsonios. No todos los mercados ni todos los productos utilizan exactamente el mismo instrumento, pero prácticamente ninguna economía agropecuaria relevante funciona bajo la fantasía de una ausencia absoluta del Estado.
Entonces aparece una contradicción evidente.
Se le dice al productor que produzca más, que compita y que exporte. Pero abrir nuevos mercados internacionales para un producto culturalmente concentrado en determinados países no ocurre de un día para otro, y mucho más en un mundo donde las principales economías mantienen políticas agrícolas, sanitarias y comerciales fuertemente defensivas de sus propios intereses.
El problema no es mercado contra Estado
Plantear esta discusión como una batalla entre “libertad” e “intervencionismo” es intelectualmente pobre.
Finalmente puede ocurrir algo paradójico: en nombre de la competencia terminamos con menos competidores y un precio de $ 200 que desincentiva la producción. En 2023 la hoja verde estaba en $210 y el precio en góndola del kilo de yerba en $2200, hoy en día el precio es el mismo y el precio del kilo de yerba en góndola es de $5200 en promedio.
Por eso defender al productor también es defender el mercado, que con este modelo económico se encamina a su extinción.
La economía misionera tiene características propias. No puede analizarse exclusivamente desde un escritorio en Buenos Aires.
Porque cuando desaparecen miles de pequeños productores y la producción queda concentrada en pocas manos, aquello que comenzó llamándose “libertad” puede terminar convirtiéndose exactamente en lo contrario: concentración del poder económico.
La yerba mate sobrevivió siglos de transformaciones políticas, económicas y sociales. Sobrevivió a la colonia, a diferentes modelos productivos, a crisis nacionales y a innumerables cambios regulatorios.
Lo que Misiones no puede permitir ahora es que una generación de dirigentes desconozca esa historia y convierta al productor en enemigo.
El productor yerbatero no es el problema. El tarefero no es el problema. Son quienes mantienen vivo uno de los principales motores económicos, sociales y culturales de Misiones.
Y antes de pretender “liberar” nuestra economía, primero hay que conocerla.
Porque los intereses de la concentración económica que propone Sturzenegger se antepone a la realidad que vive el misionero, es allí donde la provincia y los ciudadanos tenemos la responsabilidad de garantizar equidad en cada sector que movilice nuestra economía.
“La regulación del precio de la hoja verde es tan necesario como lo es la democracia en el sistema político.
Opinión
Yacyretá: balances opacos y blindaje reservado para monumento a la corrupción
Por Fernando Oz
@F_ortegazabala
“Si aquí hay un monumento a la corrupción, es Yacyretá”. Quien lo dijo sabía perfectamente de qué se trataba. Fue Carlos Menem, a principios de 1990 y con el polvo de un viaje relámpago a Asunción todavía en los zapatos, quien lanzó esa frase como el puntapié inicial para paralizar las obras principales; una maniobra política diseñada para justificar un ambicioso proceso de privatización de la central hidroeléctrica que, finalmente, terminó en el fracaso. Treintaiseis años después, la situación financiera de la Entidad Binacional Yacyretá (EBY) es tan difusa como misteriosa.
Lo que sigue es la reconstrucción lineal de un desquicio administrativo estructural, narrado desde la certeza material del dato técnico de tres documentos firmados por la Auditoría General de la Nación (AGN) —la retaguardia donde se suele registrar la desidia y la huella de la corrupción— y con el oído puesto en el segmentado relato de una silenciosa interna por la millonaria caja de la EBY.
Primer acto: Un informe conjunto de “auditores independientes”, integrado por un equipo mixto de profesionales de la AGN y de la asociación insignia que nuclea a los auditores de Paraguay, declara de manera tajante la Abstención de Opinión porque no logró obtener evidencia suficiente ni adecuada para validar las cuentas de la mayor central hidroeléctrica del país. Se trata del ejercicio financiero de 2023, lo que vino después demuestra que los balances de Yacyretá son una ficción contable, una suerte de adivinanza macroeconómica estructurada sobre proyecciones y estimaciones de utilería; la confesión explícita de un naufragio institucional a la intemperie de la legalidad.
Antes de que el descalabro fiscal tomara forma de balance, la caja de la margen izquierda de la binacional estuvo bajo la administración de Ignacio Barrios Arrechea, un joven que fabricaba piezas de madera y que trabajaba en un puesto menor de la EBY. Había alcanzado la dirección Ejecutiva en junio de 2020 al amparo del linaje político de su padre —el exgobernador radical de Misiones— y el aval directo de Cristina Fernández de Kirchner.
Durante su gestión, que concluyó de forma abrupta en febrero de 2022 en medio de una feroz interna por los millonarios contratos para la maquinización del brazo Aña Cuá, se terminaron de consolidar las bases de la inacción institucional. Bajo su firma se gestaron las inconsistencias operativas y la falta absoluta de previsiones contables ante el viejo reclamo de ERIDAY-UTE, dejando el terreno allanado para que los baches financieros del “monumento a la corrupción” se diluyeran en el letargo de la desidia binacional.
La raíz del engaño es profunda y se manifiesta en las pérdidas operativas. El reemplazó de Barrios Arrechea fue el ingeniero formoseño Fernando Antonio De Vido, un alfil de estrecha confianza de Gildo Insfrán. Tuvo una gestión corta, hasta diciembre de 2023 al finalizar el gobierno de Alberto Fernández, y firmó los balances que apelaron a la “contabilidad creativa” de los “Cargos Diferidos”.
Bajo su administración, la EBY retiró los resultados negativos del ejercicio corriente y los desvió artificialmente hacia la cuenta de “Cargos Diferidos – Cuenta de Explotación”, prefiriendo esconder la basura bajo la alfombra del diferimiento y sobrevaluar el rubro de Propiedades, Planta y Equipos mediante la activación indebida de gastos de la elevación a Cota 83. De Vido se marchó dejando un capital licuado y un vacío legal tarifario provocado por la no ratificación interna de las Notas Reversales de 2017 —un tema tan interesante como extenso y técnico, con una historia de romance diplomático de fondo—.
Pero volvamos al lapidario informe conjunto de “auditores independientes”: es corto, cinco carillas, pero puesto bajo la lupa de los analistas de control reviste una gravedad institucional y contable extrema. “Somos independientes de la Entidad de conformidad con los requerimientos de ética aplicables a nuestra auditoría… y hemos cumplido las demás responsabilidades de ética de conformidad con esos requerimientos”, se lee en el documento fechado el 27 de marzo de 2025, que lleva estampadas las firmas de Leonardo Etcheverry, por la AGN, y Manuel Stark Robledo, de Auditores y Consultores Asociados de Paraguay.
Con la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada, el ingeniero civil Alfonso Peña asumió la dirección ejecutiva en febrero de 2024. Excompañero de estudios de Mauricio Macri y hombre proveniente del riñón de las constructoras privadas, Peña llegó con un discurso de reordenamiento técnico, pero le tocó gestionar la crudeza de la parálisis civil. Bajo su mando, la obra de ampliación en el brazo de Aña Cuá se frenó por completo, sitiada por los sobrecostos y las disputas con los contratistas.
Peña fue el responsable de estampar la firma en la polémica Adenda Nº 9 al contrato Y-C-AMPLYA. Es un cuento corto: se trata de un acuerdo modificatorio que inyectó un sobrecosto directo de US$ 30 millones al presupuesto de Aña Cuá —elevando el costo global de la obra a unos US$ 450 millones— con el único fin de financiar la paralización de la obra civil y costear el mantenimiento de estructuras ociosas entre septiembre de 2024 y marzo de 2025. Una maniobra no para avanzar en la infraestructura física, sino para financiar la parálisis: mantener campamentos y mitigar los reclamos del consorcio constructor.
La consecuencia directa de esta transición precaria es un lucro cesante masivo. Al patearse la puesta en marcha de las turbinas hacia 2028-2029, la EBY deja de facturar un estimado de US$ 70 a US$ 80 millones anuales en concepto de energía incremental; un bache de facturación millonario que restringe severamente la autonomía financiera del ente.
Esta adenda encendió las alarmas de los auditores porque los fondos no se tradujeron en un avance real del hormigón, sino en el financiamiento de un “Programa de Transición” pactado con el consorcio contratista para mitigar reclamos e indemnizaciones, consolidando además un millonario retraso energético hasta fines de la década.
Segundo acto: A este escenario arribó en enero de 2026 el actual director Ejecutivo de la EBY, Diego Luis Adúriz, primo hermano del ministro de Economía Luis “Toto” Caputo. Ingeniero civil, con un perfil nítidamente financiero y de control de daños corporativos, Adúriz asumió el manejo de la margen izquierda de la binacional con un mandato extendido hasta 2031.
Su llegada coincidió de manera milimétrica con la aprobación de la Resolución N° 56/2026 de la AGN, de marzo de este año, en la que se aprueba formalmente el Dictamen con Abstención de Opinión producido sobre las cuentas de 2023. Esto significa que el máximo órgano de control de la República Argentina respalda de manera unánime y oficial que los estados financieros de Yacyretá no son auditablemente confiables en su conjunto debido al impacto crítico de sus variables pendientes de definición.
La resolución 56 demuestra que el problema excede lo contable; es un conflicto de arrastre político-diplomático institucional que mantiene congelado el balance de uno de los principales activos energéticos del país, impidiendo conocer su verdadera situación patrimonial desde hace años.
Tercer acto: La AGN vuelve a subir al escenario a través de la Resolución N° 166/2026, aprobada el 6 de agosto de este año, que representa la conclusión técnica y procedimental definitiva de un largo proceso de fiscalización sobre la EBY. Es la consecuencia lógica: si un balance obliga a una abstención de opinión, significa que los mecanismos de control, registro y procesamiento interno de la empresa fallaron o son deficientes.
Pero la AGN introduce aquí la novedad del “carácter de reservado”. La gran diferencia radica en el tratamiento legal de la información: mientras que los motivos de la Abstención Financiera son públicos por su impacto directo en la Cuenta de Inversión del Estado Nacional, el Artículo 2º de esta nueva resolución dispone explícitamente “la reserva del presente informe” bajo los términos del artículo 30 de la Resolución N° 77 de 2002.
¿Por qué este cambio? Desde la óptica de la auditoría gubernamental, un informe sobre fallas en el Control Interno Contable describe las vulnerabilidades sistémicas, debilidades en los sistemas informáticos, fallas de conciliación de cuentas y grietas operativas de la entidad. Hacer públicas estas debilidades en una infraestructura estratégica binacional podría comprometer la seguridad financiera o corporativa del ente frente a terceros o contratistas en litigio (como ERIDAY-UTE).
Es, en este punto de quiebre donde cobra dimensión el rol de la AGN al disponer la reserva de dicho informe. Lejos de convalidar el ocultamiento, la declaración de “carácter reservado” opera como una trinchera de legítima defensa institucional frente a la rapiña corporativa. Desglosar públicamente las grietas del sistema contable, las fallas de los registros informáticos de facturación y las debilidades de las conciliaciones de deuda de la represa hubiera significado entregarle en bandeja de plata a los abogados de ERIDAY-UTE las pruebas necesarias para hundir al Estado en el tribunal arbitral de París, donde se dirime un litigio histórico que oscila entre los US$ 800 y US$ 1.500 millones.
Aquí el hilo conductor de la historia se vuelve filoso y muerde el centro del poder real. El consorcio ERIDAY, encabezado globalmente por las multinacionales Webuild y Vinci, tejió desde su origen en 1983 una alianza indisoluble con el entramado del soporte local. En el corazón de esa UTE civil estuvo Sideco Americana, la nave insignia de la Familia Macri.
Los vínculos no son una conjetura del pasado ni una nota al pie: la herencia del negocio de la patria contratista une de forma lineal los reembolsos impositivos de los años ’80 y ’90 con el actual reclamo multimillonario en la Cámara de Comercio Internacional. Cualquier laudo o acuerdo extrajudicial que intente destrabar el litigio no solo beneficiará a los gigantes, sino que derramará de forma proporcional millones de dólares directos en las cuentas de las firmas locales socias, entre ellas, las empresas ligadas históricamente al apellido del expresidente.
Lo cierto es que Yacyretá funciona hoy como un colador incontrolable de deudas cruzadas donde los sucesivos administradores se han mostrado incapaces de consolidar el Tratado original. La complacencia de las autoridades que estuvieron al frente de la EBY durante todo este proceso es el verdadero monumento a la ineficiencia; han preferido gerenciar lo cercano y estirar los plazos antes que poner el cuerpo para sanear la aorta comercial y energética del país.
El director ejecutivo de la EBY no es un cuadro técnico y mucho menos independiente, previamente se había desempeñado como consejero del ente y en las filas de Cammesa, siempre bajo la órbita del Palacio de Hacienda. Ahora, a Adúriz le corresponde la responsabilidad administrativa de ejecutar este plan de remediación “confidencial”, mientras intenta reordenar las finanzas frente a los retrasos de pagos del mercado eléctrico mayorista. Además de los problemas que tiene con la solapada intervención de Santiago Caputo.
Los hombres que responden al asesor de Milei en la EBY podrían tener su propio capítulo, sería más vertiginoso, con ribetes policiales, y pizza con champagne. Allí entraría Ignacio “Nacho” Palacios, asesor y comisario político de la entidad, mecánico y actual coleccionista de autos; Juan Pablo Arrechea, de carrera en la binacional y conocedor de la botonera, ahora dirige la poderosa Secretaría General y el siempre lubricado Departamento de Obras Complementarias, y Jorge Omar Waisman, jefe de Seguridad e Informaciones de la EBY, sus amigos en Miami lo llaman el “Tucu” y estuvo como cuatro años como policía del municipio de Bal Harbour Village —ubicado en el condado de Miami-Dade, Florida—, donde también cumplió funciones como marine patrol, manejando una lancha, y jamás tuvo nada que ver con la DEA, el FBI ni ninguna otra fuerza de Estados Unidos; antes de vestir el uniforme de policía municipal, Waisman estaba a cargo del cuidado de un parque público de la misma ciudad.
El trío comienza a ser visto con interés desde un estudio jurídico de Miami en el marco de una causa judicial. Prestamos en dólares, servicios de logística, courier internacional y transporte de encomiendas. Un peliculón filmado en escenarios naturales en Estados Unidos, Argentina y Paraguay.
Mientras tanto, me pregunto si el Congreso se dignará a estudiar el dictamen de la AGN, que es inapelable: Yacyretá presenta un cuadro de desquicio estructural. Los balances están desnudos porque el control interno fue desmantelado o ignorado deliberadamente. La reserva dictada sobre el sistema contable es la última retaguardia que le queda al Estado para no terminar pagando los platos rotos de una fiesta privada.
¿Cuánto tiempo más tolerarán las instituciones democráticas que el principal activo hidroeléctrico de la nación siga gestionándose a ciegas, a la intemperie de la legalidad y de espaldas a los intereses de los argentinos? La primavera de las auditorías ya pasó; ahora es el tiempo de que la Justicia y el Congreso exijan rendición de cuentas en el barro de la realidad.
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