Posadas adjudica seis líneas de colectivos a San José S.A.
Policiales
Encapuchados iniciaron un incendio en la funeraria de Coleco en El Soberbio
Al menos dos hombres encapuchados irrumpieron armados esta madrugada en una funeraria de El Soberbio, donde asaltaron al sereno y antes de huir provocaron un foco de incendio en el lugar.
El hecho se registró a las 1.50 de este martes, en la sala velatoria que pertenece al ex intendente Alberto “Coleco” Krysvzuk, ubicada a la altura del kilómetro 50 de la ruta provincial 13, en la localidad de El Soberbio.
De acuerdo a lo consignado por fuentes policiales, en el lugar se encontraba el sereno, de 66 años, quien narró que en medio de la madrugada llegó un auto del cual descendieron dos hombres encapuchados, uno de ellos armado, que le sustrajeron el celular y lo obligaron a retirarse.
Después de ello, los implicados ingresaron al inmueble, iniciaron un foco ígneo y recién allí escaparon.
Por estas horas la Policía realiza averiguaciones y revisa cámaras de seguridad para identificar y atrapar a los autores del hecho. El caso es investigado por efectivos de la Unidad Regional VIII.
Según un recuento de hechos, es la tercera vez en pocos meses que el emprendimiento funerario del ex intendente es afectado por el fuego.
La última vez ocurrió a fines de enero, cuando un incendio se originó en el lugar en plena madrugada y gracias al accionar de los bomberos el siniestro provocó daños parciales y no alcanzó a propagarse en comercios lindantes.
Coleco promete que “el chivo no va a parar” en la frontera de El Soberbio
Política
Dictadura en Misiones: la foto del Golpe y las voces del primer año del horror
La foto más representativa del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 en Misiones, la tomó el fotógrafo del diario El Territorio, Miguel Ángel Giménez, fallecido en febrero de 2016.
La imagen en blanco y negro es un retrato perfecto del atraco de esa madrugada. Dicen la mayoría de los testimonios que el fotógrafo, por entonces de 31 años, esperó pacientemente al amparo de las sombras de la plaza 9 de Julio como un francotirador consciente de que tiene solo una oportunidad.
La escena muestra a un grupo de militares en uniforme de combate, en el momento en que irrumpen en la Casa de Gobierno: en primer plano, un automóvil que parece ser un Torino, el “gran auto argentino” de la época; detrás, hombres con casco del Ejército, dos con pinta de policías y otro con apariencia de civil, todos con la vista perdida en un punto fijo fuera del cuadro; y al fondo, un pelotón de soldados que se escabullen dentro del edificio.
Cuenta el periodista Sergio Alvez, en una crónica sobre la icónica fotografía, titulada “Un disparo certero en la oscuridad” y publicada en 2022, que Giménez llegó a la plaza poco después de las diez de la noche del 23 y se sentó en un banco, como quien se dispone a matar el tiempo o está esperando a alguien.
“Llegó la medianoche. Miguel no podía saberlo a ciencia cierta, pero en esos instantes, la democracia agonizaba. De pronto, sintió una especie de temblor en el suelo. Giró la cabeza. Una caravana de vehículos hacía su ingreso a la plaza. Uno de los autos estacionó frente a la puerta de Casa de Gobierno. Más de diez militares uniformados y armados, ingresaban. También había un hombre vestido de civil, con ropas claras. Miguel suspiró. Se levantó del banco, sujetó la cámara y procuró mantener la discreción entre unos arbustos, pero a la vez, acercarse cuanto fuera posible al objetivo. Sólo tenía una película para tomas diurnas. Disparó varias veces. Sintió alivio al notar que no había sido descubierto por los militares que se aprestaban a ingresar a la Casa de Gobierno. Comenzó a caminar en dirección contraria, alejándose con premura hacia algún rincón más seguro de la madrugada”, escribe Alvez.
La foto de Giménez marca la Hora 0. El golpe se concibió y ejecutó como una operación militar, que cubrió todo el país con precisión de relojería. Primero, desviaron el helicóptero presidencial y capturaron a la presidenta María Estela Martínez de Perón, Isabelita, que había salido a las 00.10 de la Casa Rosada rumbo a la Quinta de Olivos y terminó aterrizando, con la excusa de un desperfecto técnico, en el Aeroparque Jorge Newbery, donde fue detenida.
A esa misma hora, a más de 1.000 kilómetros del epicentro, en una plaza pueblerina envuelta en penumbras, Giménez apunta su cámara Pentax y dispara la ráfaga con la imagen destinada a inmortalizar ese momento, propuesta desde el comienzo como documento, y no como una foto técnicamente impecable.
“En esa época, los diarios compraban bobinas de treinta metros de película y se fraccionaban en rollos para los fotógrafos”, dice Marcos Otaño, reportero gráfico posadeño de amplia trayectoria en la prensa de la tierra colorada.
Otaño calcula que Giménez utilizó esa noche una película Agfa, muy difundida en el periodismo en blanco y negro de la época, por su grano clásico, marcado contraste y su latitud de exposición, que permitía un pushing de hasta 1.600 asas, ideal para trabajar en condiciones de poca luz.
“Tiene que haber usado una película de 400 asas. Sé que hizo un forzado al revelar, por eso la imagen tiene ese alto contraste: los negros son bien negros, y los blancos, bien blancos”, comenta Otaño.
Dice que en ese entonces no había teleobjetivos acá y que Giménez habrá hecho la toma de su vida “con un lente más chico, desde el medio de la plaza”. “Habrá sido un lente luminoso, los télex eran muy oscuros; calculo que usó un lente de 50 mm”, dice Otaño.
Cree que Giménez trabajó la toma después. “Es lo que yo haría”, admite Otaño y explica: “En la ampliadora, cuando vos hacés las copias, podés hacer una gigantografía; no es como ahora, que se pixela; la imagen de él es bien nítida, no hay ese barrido de las fotos con movimiento”.

El Golpe de 1976: la foto, las primeras horas y sus responsables.
“Cayó esa hija de puta”
En 1976, Posadas era muy distinta a la actual: casas bajas y calles que desembocaban abruptamente en el río Paraná, que entonces corría salvaje entre barrancas de tierra roja y muelles de madera.
La mañana del 24 amaneció calurosa, sin presagios de lluvia. Habían pasado más de seis o siete horas de que la Junta de Comandantes, presidida por el general Jorge Rafael Videla, emitiera el hoy famoso Comunicado Nº 1, que resuena todavía como preámbulo del horror.
El gobernador Miguel Ángel Alterach ya había sido depuesto y arrestado, y gobernaba un coronel: Juan Bautista Beltrametti, que moriría en prisión en 2013, mientras purgaba una condena a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad, junto a su colega el jefe del Área 232 Misiones, Carlos Humberto Caggiano Tedesco, también fallecido.
“Mi compañera pasó a buscarme aquella mañana para ir a la escuela secundaria, como todos los días”, relata la periodista María Itumelia Torres, Mariquita, en el libro “Historias con Nombres Propios”, compilado por la licenciada Amelia Rosa Báez, ex subsecretaria de Derechos Humanos de la provincia y víctima del terrorismo de Estado de aquellos.
“En Posadas amaneció soleado y seguro llegábamos tarde. Pero no llegamos”, dice Mariquita y recuerda que, junto a su compañera de colegio, apenas anduvieron un par de cuadras por la avenida Tacuarí, entonces de tierra, cuando se encontraron con otro estudiante que les avisó: “No hay clases”.
Dice que, enseguida, notaron el paso abrumador de “camiones verdes del Ejército”, que “eran muchos y levantaban una polvareda infernal”, y que vieron a una eufórica vecina que saludaba el paso del convoy, y gritaba: “¡Cayó esa hija de puta!”, por Isabelita, que a esa hora estaba recluida en la villa El Messidor, una mansión de estilo francés, a orillas del Lago Nahuel Huapi, en Neuquén.
En el mismo libro, Mario Enrique Coutouné, militante de la Juventud Universitaria Peronista (JUP), estudiante de Ingeniería Química y víctima en el juicio contra Beltrametti y Cagiano Tedesco, junto a su hermano Ricardo, cuenta que esa madrugada amanecieron guitarreando en la casa familiar de la avenida Tambor de Tacuarí.
Festejaban el cumpleaños de Luis “el Negro” Thomas, que se convertiría en uno de los pocos abogados posadeños en atreverse a presentar recursos de hábeas corpus en favor de los detenidos políticos, y que también fue, finalmente, privado de su libertad; primero, en la cárcel de Candelaria y, después, en la Alcaldía de Posadas.
“Estuvimos guitarreando y festejando su cumpleaños. Vimos que había un Torino a media cuadra estacionado, pues, para el Golpe era demasiado una guitarreada en ese momento, pero ese día no pasó nada”, relata Coutouné, que tiene una hermana desaparecida, Mirtha Noelia Coutouné, conocida como “La Flaca”, que estaba esa noche, y sería secuestrada en noviembre de ese año, en La Plata, donde residía.
Dice que un ratito antes, el grupo había visto pasar una camioneta por la avenida, y que entonces encendieron lo que en la época se conocía popularmente como “combinado”, un mueble mezcla de tocadiscos y radio; y que, enseguida, escucharon la fanfarria marcial que se convirtió en la banda de sonido de la dictadura: “La marcha, tan… tararán… y el comunicado”.
“Lo que se viene”
A unas diez cuadras de allí, en una vivienda del barrio Tiro Federal, un arrabal humilde en la costa que debía su nombre al primer polígono de tiro fundado en 1909, Ricardo “Pelito” Escobar, se desperezaba en su cama, sin saber la noticia con la que estaba a punto de desayunarse.
“Recuerdo que me desperté medio temprano, porque había escuchado ruidos en mi casa”, cuenta Escobar, que entonces tenía 16 años, cursaba el secundario en la Escuela de Comercio Nº 1 “General José de San Martín” y desde el ‘73 militaba en el capítulo misionero de la Unión de Estudiantes Secundarios, la mítica UES de La Noche de los Lápices. “Me levanto y veo a mi mamá escuchando las noticias en la radio y justo estaban pasando el comunicado de la Junta Militar que habían lanzado a la madrugada”, relata Pelito.
Cuenta que su mamá, que era “una mujer comprometida” y “simpatizaba” con su militancia estudiantil, lo miró en silencio, “a los ojos, no con miedo, sino como diciéndome: ‘Lo que se viene’”.
“Nunca se me ha podido borrar de la cabeza ese momento, porque era una mirada de interrogante, de qué nos iba a pasar a nosotros como familia”, dice Pelito.
Esa mañana, en Resistencia, a 341 kilómetros de Posadas, Francisco Pancho Perié, que por entonces tenía 20 años, amanecía con la resaca de la noche anterior y se desayunaba con la misma mala noticia que su ex compañero de la UES en Posadas, Pelito Escobar.
Perié estudió en el Colegio Nacional Nocturno Nº2 “General Manuel Belgrano” y fue promotor y presidente de la Federación de Estudiantes Secundarios de Misiones, una agremiación estudiantil de corta vida, en una realidad marcada por la violencia política y un orden atenazado por el accionar de grupos parapoliciales orquestados desde el mismo Estado.
“A mí me tenían marcado en Posadas, por lo que me fui a seguir mis estudios a Resistencia; me fui a vivir en una casilla, en una villa”, cuenta Perié.
“La noche anterior fuimos caminando por la vía del tren hasta la casa de una compañera, y ahí estuvimos comiendo un guiso y guitarreando”, recuerda el ex subsecretario de Turismo de la provincia y agrega: “Cuando nos despertamos, nos enteramos que habían tomado el poder los miliares”.

Lo que se vino
En marzo de 1976, Misiones era una provincia todavía dominada por la selva. La 12 era la única ruta asfaltada, el resto de los caminos rurales eran interminables picadas de tierra roja, que se volvían verdaderos pantanos de greda con cualquier lluvia y dejaban aisladas a muchas colonias agrícolas.
Tampoco estaban los puentes, ni con Paraguay, ni con Brasil. La vida en la tierra colorada estaba determinada por un contraste brutal, con la sacrificada rutina del colono y un creciente clima de terror rural, que terminó quebrando la confianza entre los propios vecinos.
Antes del golpe, las colonias tenían una vida social muy activa, basada en el cooperativismo y la lucha por la titularidad de las tierras. Los colonos se juntaban en los secaderos, en las ferias, para discutir los precios de la yerba o el tabaco. Era la época de las Ligas Agrarias y el Movimiento Agrario Misionero (MAM), del que despuntaron líderes como Pedro Peczak, que roto el orden constitucional e instalado el Terrorismo de Estado fueron perseguidos y asesinados.
En Posadas, Pelito Escobar continuaba yendo al colegio y militando en la UES y la Juventud Peronista (JP). “Nosotros lanzamos una campaña de denuncia del golpe, con pintadas y volantes; no imaginábamos que todos estábamos considerados subversivos y que nos iban a perseguir”, dice Escobar.
No faltaba mucho para que su nombre y su fotografía figuraran en un afiche con el que los militares empapelaron la ciudad: “Enemigos de la Patria”, con la identidad de 16 militantes políticos y sociales, entre los que figuran su hermano Héctor Pelo Escobar, Oscar Wapenka, Pedro Peczak, Carlos Tereszecuk, Beatriz Pérez Rueda y Juan El Negro Figueredo, que fueron secuestrados, uno por uno. “Colabore con su detención. No sea cómplice con su silencio”, rezaba el afiche, que pasó a formar parte de la galería de la represión ilegal en Misiones.

Facsimil del afiche con los más buscados por la dictadura en 1976, reproducido en “La vida entre paréntisis. Crónica de un militante”, el libro de la escritora Numy Silva, sobre la historia de Pelito Escobar.
Perié no figuraba en el afiche, pero fue detenido en Resistencia. “Me fueron a buscar a la villa en abril”, recuerda. Fue uno de los primeros militantes misioneros en ser detenidos por la dictadura. Lo trajeron a Posadas y también conoció el menú de torturas y humillaciones. Estuvo preso siete años, hasta la vuelta de la democracia en 1983.
Su ex compañero de la UES, Pelito, fue detenido en octubre de ese año. Había cumplido los 17 el mes anterior y se vio obligado a buscar refugio fuera de la casa familiar.
Pelito cuenta que la noche del 5 de octubre de 1976, caminaba con su amigo y compañero de militancia, Ricardo Coutouné, hacía el barrio Johasá, donde tenía un tío a quien pensaba pedirle para quedarse a dormir. “Ricky me dijo ‘yo te acompaño’ y nos fuimos caminando por Tacuarí”, relata Escobar.
Dice que, al llegar a la esquina de San Martín, notaron la presencia de un vehículo “sospechoso” y decidieron desviar hacia una de las calles laterales, aunque no pudieron evitar ser vistos y fueron, igualmente, interceptados por el automóvil.
“Nos pararon y nos alumbraron con linternas”, agrega Pelito y comenta que con Coutoné ya habían acordado que si eran emboscados por alguna patrulla saldrían a correr. Corrieron. En la huida, se separaron. Coutouné tropezó y cayó, lo atraparon. Escobar estaba por zambullirse en un monte cercano cuando sonaron los disparos. “Sentí un sacudón en la espalda, pero seguí corriendo”, recuerda. Le dieron en el omóplato derecho. “Cuando salí del monte, me di cuenta que sangraba mucho; ya no me perseguían y me escondí en un excusado”, relata Pelito.
Pasó la noche ahí, muerto de miedo, con la ropa empapada de sangre, creyéndose morir. A la mañana siguiente, escuchó el ruido de vehículos que se acercaban. Enseguida, oyó soldados y voces que daban órdenes, y después, el ladrido de los perros. No tardaron en encontrarlo. “Pelito, entregate, estás rodeado, me decían; era como en las películas”, comenta Escobar.
“Fuimos secuestrados, torturados; mi hermano, mi primo; los amigos asesinados”, agrega. “Con mi hermano estuvimos presos 7 años, 2 meses y 20 días”, precisa Pelito y detalla: “Primero, estuve desaparecido seis meses, en la Policía de Misiones, la Policía Federal, el Ejército, hasta que en marzo del ’77, me llevaron a la Penitenciaría de Resistencia y después a la Unidad Penal 9 de La Plata.
Informaciones
En marzo de 1976, Amelia Báez estaba casada con el hermano de Pelito, Héctor, y empezaba a cursar la carrera de Antropología, en la Facultad de Humanidades de la UNAM. Ambos militaban en la JP y, según cuenta Báez en el libro que compiló, vivían “en tensa vigilia y expectantes”.
En septiembre, con el cerco represivo cobrándose a diario estudiantes, docentes, políticos y dirigentes, la pareja decide separarse. “Decidimos que yo volviera a la casa de mis padres y Pelo empezó a buscar refugio en casa de familiares o de amigos, ya que la represión se consolidaba y le pisaba los talones, como a tantos otros”, relata Amelia.
Cuenta que, a los pocos días de mudarse a la casa paterna, el 10 de septiembre, escucharon la llegada de camiones del Ejército.
“Buscamos a Pelo Escobar y Señora”, dice Amelia que le dijo a su madre uno del pelotón de soldados que irrumpió en la casa. “Mi hija Amelia no vive aquí, ellos viven en otro lado”, recuerda Báez cómo mintió su madre. “Aquí -dijo señalándonos a cada uno de los presentes- están mis hijas Gloria, Marta, Rubén y mi sobrina Teresa”, cuenta que continúo su mamá, haciéndola pasar por su hermana Gloria, que estaba a esa hora en la universidad.
Relata que, horas más tarde, su padre le pidió que se preparara porque la iba a llevar a la casa de un pariente, “ya que presentía que ellos iban a volver”, y recuerda que salieron por los fondos de la casa, bordeando un arroyo hasta lo un tío, que terminó regañándola toda la noche.
A la mañana siguiente, su padre la buscó y la llevó a la Dirección de Informaciones de la Policía de Misiones, convertida a esa altura de los acontecimientos en uno de los Centros Clandestinos de Detención más célebres del momento.
“Fuimos recibidos por quien se identificó como el oficial Juan Carlos Ríos”, cuenta Amelia y menciona a uno de los torturadores más cínicos y brutales de la entonces policía provincial.
Dice que Ríos, sorprendido, le pidió su DNI, consultó en una oficina y la condujo ante “un uniformado que se presentó como el Capitán Marángello”, que le explicó a su padre que “en el marco de la lucha antisubversiva nos buscaban por averiguación de antecedentes”. La detuvieron.
“Estuve tres noches”, relata Báez. Dice que “a la noche escuchaba que traían a muchas personas, a quienes propinaban terribles golpizas”.
Por la Dirección policial a cargo de Ríos pasaron multitud de detenidos políticos, como Graciela Franzen, que en 2005 confrontó al policía, ya retirado en su casa y aquejado de una diabetes que lo había dejado sin piernas.
En la ocasión, Ríos se desentendió de su responsabilidad y culpó a colegas suyos de entonces, como Miguel Ángel Silvero, otro de los policías denunciados por Franzen.
Según una crónica del diario El Territorio, sobre aquella a visita sorpresa de Franzen a Ríos, la charla de víctima y verdugo fue un repaso de cruentos episodios que el policía dijo no recordar.
“Me acuerdo que usted me sacó la venda y me hizo atender por el doctor Mendoza ese día en que yo me estaba desangrando”, señala el diario que le dijo Franzen a Ríos, quien, lejos de inmutarse, reaccionó como sorprendido por la gravedad de la escena.
Amelia fue liberada y confinada a detención domiciliaria por otros 45 días. Su casa era vigilada en todo momento. Pelo Escobar, fue capturado un mes más tarde, el 21 de octubre.

En Posadas, como en el resto del país, hubo reclamos para la liberación de los presos políticos.
Final de año
A poco de terminar el primer año del golpe, en el interior misionero reinaban el miedo y la delación. Las familias habían dejado, incluso, de visitarse por temor a ser asociados con “actividades subversivas”, que en la colonia podía ser reclamar un precio justo por la cosecha. Los camiones del Ejército y Gendarmería eran parte del paisaje cotidiano. Nadie se sentía a salvo.
En ese clima enrarecido por las razias y operativos que propusieron nombres para la memoria del horror, como La Casita de Mártires en Posadas y la hostería Hoppe, en el Parque Nacional Iguazú. Para ese entonces, en paralelo, vive oculto el dirigente agrario Pedro Orestes Peczak.
Fundador del MAM, una organización que nucleaba a pequeños colonos en la lucha por los precios y la tierra, y candidato a vicegobernador del Partido Auténtico en las elecciones de 1975, representando políticamente a los sectores rurales organizados, Peczak es el hombre más buscado de la provincia.
Dicen los testimonios que los militares llegaron a vigilar las farmacias de la zona esperando capturarlo, ya que sabían que el dirigente agrario sufría de dolencias crónicas.
Lo atraparon el 22 de noviembre en Panambí. Fue trasladado al Regimiento de Infantería de Monte 30, en Apóstoles, donde fue sometido a brutales torturas. Murió el 17 de diciembre a causa de los tormentos. El Ejército entregó el cuerpo a su esposa, en un cajón que soldado y cerrado con llave. Las autoridades militares prohibieron abrir el féretro. Hoy, la tierra colorada lo recuerda como el “Mártir de Los Helechos”.
Peczak fue uno de los últimos detenidos políticos de 1976. Y el último de la cúpula del Partido Auténtico en ser capturado, ya que un poco antes había caído Carlos Tereszecuk, cuyos restos pudieron ser identificados en 2018; y en octubre, habían secuestrado y asesinado al diputado provincial Juan El Negro Figueredo.
Los registros hablan de unos 600 detenidos políticos y 60 desaparecidos ese primer año del golpe, que concluyó el 17 de diciembre en el Chaco, con la ejecución de cinco misioneros: Manuel Parodi Ocampo, Carlos Alberto Duarte, Julio Andrés “Bocha” Pereyra, Luis Ángel Díaz y Arturo Franzen, quienes fueron fusilados en lo que se conocería como la Masacre de Margarita Belén. A excepción de Franzen, hermano de Graciela, y Parodi, cuyos restos fueron entregados a sus familias en enero de 1977, los otros tres jóvenes continúan desaparecidos.

A 50 años del Golpe Militar: Ramón Ayala y su fichaje en la Lista Negra
Cultura
A 50 años del Golpe Militar: Ramón Ayala y su fichaje en la Lista Negra
Junto a intelectuales, periodistas y otros artistas, el misionero Ramón Ayala integró la Lista Negra de la Dictadura Militar que protagonizó un Golpe de Estado hace 50 años atrás, el 24 de marzo de 1976.
Esos archivos fueron encontrados en 2009, dentro de un cajón del edificio Cóndor, la sede de la Fuerza Área en Buenos Aires, y fueron publicados por el entonces Ministerio de Defensa de la Nación.
“No me extraña nada. Soy tan popular que hasta los milicos me quieren. ¡Me quieren matar, hijos de puta!”, fustigó por entonces Ramón, tras enterarse de que su nombre estaba escrito en la denominada Fórmula 4.
En la Fórmula 4 se encontraban personas descriptas con “antecedentes ideológicos marxistas que hacen aconsejable su no ingreso y/o permanencia en la administración pública”, y por ello se recomienda que “no se le proporcione colaboración” ni “sea auspiciado por el Estado”.
Son en total 600 personas las que figuran en la Lista Negra, escrita a máquina, y está dividida entre abril de 1979, enero de 1980 y septiembre de 1982.
El artista misionero está en la nómina más antigua y se observa como “Ramón Gumersindo Cidade”, es decir con su nombre real. Se lee además con su número de Documento Nacional de Identidad, su profesión (“artista”) y la fecha de “tratamiento”, según el término técnico de los militares: el 23 de agosto de 1979.
Ramón se encuentra en la misma página de archivo junto al escritor Julio Cortázar, el dramaturgo Roberto Tito Cossa y el músico Juan Carlos el Tata Cedrón, quien actualmente tiene 86 años.
“Estos son asesinos, son individuos que nacen para portar un arma que nosotros les compramos. Porque esas armas están compradas con dinero del pueblo. Para defender al pueblo pero no para atacar al pueblo. Lo mejor que tiene el pueblo es el pensador, es el poeta, una palabra que deviene de profeta. ¿Por qué lo han matado a Jesucristo?, por ejemplo. Los mismos individuos que lo mataron son los que hacen estas ‘listas negras’, porque no les interesa el florecimiento, el crecimiento del pueblo. Les interesa únicamente el usar las armas para matar”, criticó Ramón en 2009 en declaraciones para el diario El Territorio.
“He cumplido con mi vida. Soy un hombre que tiene bastantes años. Y estoy viviendo de yapa. Si me quitan esa yapa me endiosan, me suben a un trono, a una nube radiante. Así que no me importa una mierda. Me importa el trabajo cotidiano por mi provincia, por mi país, por Latinoamérica y por el planeta entero. Pero no la maldad, no el asesinato, no la persecución de aquel que piensa, aunque piense en contra de ellos”, dijo, notablemente fastidiado por ser espiado y fichado por los militares.
El creador del gualambao viajó por todo el mundo con su guitarra, pero siempre regresaba a la Tierra Colorada. Luego de varios años viviendo en Buenos Aires murió el 7 de diciembre de 2023, a los 96 años.
Para ese momento, había recibido sendos homenajes que incluyó un recital en Buenos Aires, en el Centro Cultural Kirchner, rebautizado como el Palacio Libertad. El año pasado recibió su última distinción posmortem: el premio especial Konex Inolvidable a su inmensa trayectoria como figura clave de la cultura argentina.

Ramón Ayala y el Nuevo Cancionero
Pese a su calificación en la Fórmula 4, Ramón Ayala no se consideraba a sí mismo como un marxista ni militó para ningún partido político ni tampoco estuvo preso durante la Dictadura.
Si bien oficialmente sus canciones no figuraban en la lista de las censuradas por el Comité Federal de Radiodifusión (Comfer), su música era considerada “subversiva”, particularmente por “El Mensú”, canción grabada en 1956, y que denuncia la explotación de los trabajadores del campo y que, por su índole era interpretada por los revolucionarios castristas, según el propio Ramón decía, ya que había viajado a Cuba y aseguró conocer en persona al Che Guevara.
Por otra parte, su obra “El Cosechero” fue grabada por Mercedes Sosa para su disco debut, “Canciones con fundamento” (1959). En tanto que, Horacio Guarany había debutado en Radio Nacional, en 1957, interpretando su versión de “El Mensú”.
Mercedes Sosa integró poco después el movimiento musical-literario El Nuevo Cancionero, formado en 1963 en Mendoza, junto a figuras como Armando Tejada Gómez y Fabián Matus, entre varios otros.
Ramón compartía el pleno apogeo del folklore en Buenos Aires cuando se creó el Nuevo Cancionero – que luego inspiró a la Trova Cubana– y que por entonces publicó su propio manifiesto: “este resurgimiento de la música popular nativa, no es un hecho circunstancial, sino una toma de conciencia del pueblo argentino”, decía.
Tiempo después, durante el último régimen de terror argentino, La Negra Sosa así como Horacio Guarany debieron exiliarse, aunque, según indicó Argmedios, ambos venían arrastrando la censura durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, de 1966 a 1970.
No obstante, con el Golpe que arrancó hace 50 años, la persecución se profundizó y obligó a que se refugiaran en el exterior una gran cantidad de intelectuales, artistas y periodistas. En esa camada estaba Víctor Heredia, quien publicó en 1969 la canción “El Carbonero”, de Vicente Cidade, y que en su letra critica “para el pobre es más duro el invierno”.
Heredia sufriría la desaparición de su hermana, y tras su exilio compondría “Todavía cantamos”, obra de 1984 dedicada a las Madres de Plaza de Mayo y su lucha por hallar a los 30 mil desaparecidos y reclamar por la condena de los genocidas.
De Norman Brisky a Jacobo Timerman
Para la confección de estas “listas negras”, según explicó entonces el Ministerio de Defensa, las Juntas Militares “crearon un organismo destinado a coordinar la tarea”, denominado Equipo Compatibilizador Interfuerzas (ECI), indicó el diario Página 12.
En el ECI confluían representantes de la Secretaría de Información Pública (SIP), la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) y de cada una de las tres armas. “El ECI definía los criterios para calificar a las personas, armaba los listados a partir de las sugerencias de sus miembros, analizaba sus permanentes actualizaciones, y decidía quién entraba y salía del máximo nivel de prohibición”
La primera “lista negra” sistematizada encontrada data del 6 de abril de 1979 y contiene “12 páginas que agrupan un total de 285 nombres, todos con la calificación `Fórmula 4´”, y el detalle de la profesión de cada persona.
El segundo listado hallado está actualizado al 31 de enero de 1980 e incluye a 331 nombres bajo la calificación de “Fórmula 4”, en tanto en su encabezado brinda una serie de recomendaciones en relación a los antecedentes consignados, entre ellas que “deben ser incinerados”.
Las actas encontradas dan cuenta de un cambio de postura del régimen dictatorial tras la guerra de Malvinas, cuando la Secretaría de Información Pública ordenó “marcar una transición hacia la vida institucional plena del país” y recomendó “permitir trabajar en los medios de comunicación social administrados por el Estado” a personas que habían sido catalogadas bajo la “Fórmula 4”.
En esa etapa final de la dictadura la Junta Militar comenzó a desafectar nombres del listado de “Fórmula 4”, excepto por 46 personas que la SIP recomendaba que no cambiaran de categorización.
En esa lista quedaron, entre otros, los actores Norman Brisky y Nacha Guevara, el escritor Julio Cortázar, el director de cine Octavio Getino, el compositor Miguel Ángel Estrella, el poeta y escritor Armando Tejada Gómez y el periodista Jacobo Timerman.
Ramón Ayala: El niño que robó una guitarra y que cautivó a Mercedes Sosa
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