Cargando...
La Voz de Misiones acompañó a Graciela Franzen al lugar donde ocurrió la Masacre de Margarita Belén, el fusilamiento de 22 militantes peronistas el 13 de diciembre de 1976, entre los que se encontraban cuatro misioneros, uno de ellos su hermano: Luis Arturo Franzen.
Parada, sola, con la foto de su hermano asesinado, Franzen relató sus recuerdos de la tragedia que enlutó a su familia. Detrás suyo, el monumento a los caídos aquella madrugada revive la masacre.
La escena de cuerpos amordazados y encadenados, con vendas en los ojos, acribillados por las balas, se erige como un permanente recordatorio en el kilómetro 1042 de la ruta 11, entre Resistencia y Formosa.
“Arturo, mi hermano, tenía militancia barrial en Posadas; trabajó en el barrio Regimiento, en Sesquicentenario; fue dirigente del sindicato de Foecyt, de empleados del Correo”, arrancó Franzen su relato, aferrada a la fotografía de Arturo, que llevaba colgada a la altura del pecho.
Contó que fue precisamente esta militancia barrial la que determinó su destino. “En 1975, él había organizado la comisión pro recuperación de tierras para más de 300 familias de chacras de Posadas con riesgo de perder su terreno”, relató.
“Fue presidente de la comisión que presentó los proyectos en la Legislatura con el bloque del Partido Auténtico; se pedía la expropiación de esas tierras para cada una de las familias; era un proyecto que tuvo también el apoyo de monseñor Jorge Kemerer, el obispo de Posadas en aquella época”, contó.
Franzen recuerda con detalle las chacras posadeñas que ocupaban a su hermano en esos días de fines de 1975, en un clima de agitación política que preanunciaba la inminencia del golpe del 24 de marzo siguiente.
“Teníamos la chacra 38, sobre Almirante Brown y Lavalle; la chacra 49, frente a la Escuela 219; las chacras 17 y 19, en Cabred y López Torres; la chacra 74, en avenida San Martin casi Bustamante; la chacra 43, en el barrio Patotí, que fue la única chacra que no fue avasallada, y todavía está en litigio”, enumeró.
Denunció que “jueces, abogados, fiscales se han adueñado de parte de esta chacra”, en desmedro “de familias que llevan más de 100 años viviendo ahí”.
En su relato, Franzen recordó a los otros jóvenes misioneros, todos de 24 años, que cayeron junto a Arturo: Manuel Parodi Ocampos, estudiante de Filosofía, a punto de graduarse en el Instituto Montoya, padre de un bebé de meses; Carlos Duarte, de una familia tarefera de Puerto Esperanza, estudiante de Ciencias Económicas y albañil en Posadas; y Carlos Enrique Tereszecuk, presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Humanidades.
También al diputado provincial Juan Figueredo, que trabajó junto a Arturo en la expropiación de las chacras posadeñas, que fue apresado y hasta hoy se encuentra desaparecido. Y a Víctor Marchesini, abogado de presos políticos, preso político, y testigo directo del traslado de los 22 que fueron muertos en Margarita.
¿Dónde estaba usted cuando ocurrió esta masacre?, le preguntó LVM.
Franzen levanta la vista como buscando arrebatarle algún instante preciso al viento, que sopla sobre ese pedazo de ruta condenado a ser memoria.
“Yo estaba presa en la cárcel de Villa Devoto. Era una presa legal después de estar dos meses desaparecida en Posadas; en la casita de los mártires, en la alcaldía, en la brigada de investigaciones, sobre la calle Buenos Aires; el 26 de julio de 1976, me sacan junto con seis presas políticas a Devoto”, contó.
Dijo que allí fue que se enteró de lo ocurrido en Margarita Belén, pero jamás se imaginó que Arturo estaba entre los ejecutados.
“Cuando nos trasladaban estábamos vendadas, encapuchadas, encadenadas; íbamos en vehículos que se abrían desde afuera, era imposible fugarse”, afirmó Franzen, desmontando la versión con que los militares intentaron disfrazar el crimen, y que después la historia se encargó de desbaratar, sacando a la luz la verdad irrefutable de aquella madrugada de diciembre, hace 45 años.
Franzen vivió en carne propia la represión de aquellos años. En 1984 denunció a su torturador, el ya fallecido subcomisario Juan Carlos Ríos, temible policía de Investigaciones. El uniformado nunca pagó por sus crímenes; beneficiado por las leyes de impunidad de mediados de los ´80, murió de diabetes en su casa de la calle Suiza, en Posadas. Las denuncias solo le frustraron su ascenso como policía.
“Acá, los primeros que marcaron este lugar fueron los vecinos que pusieron esta cruz de madera, de algarrobo”, dijo Franzen, señalando la cruz que fue el primer monumento a los caídos, hasta que se inauguró la obra que documenta la masacre.
“Los vecinos nos ayudaron a los familiares y sobrevivientes de la dictadura a reconstruir esta historia”, agregó.
“También, a través de los compañeros que estaban en las cárceles. Los compañeros ya sabían que iban a la muerte, porque uno de los guardias penitenciarios había contado que existía una lista de quienes iban a ser fusilados antes de Navidad. Muchos ya sabían que no llegaban a estas fechas”, indicó.
“En la cárcel los despidieron con la V de la victoria y cantándoles la marcha peronista”, rememoró.
“Aquí fueron asesinados los mejores dirigentes gremiales, políticos, estudiantiles de la región; todos ellos peronistas. Fue una masacre para que todos agachen la cabeza al poder de turno”, sentenció.