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Indio Solari: Memento Mori

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Por: Gustavo Café Azar.

Antropólogo.

 

El Indio nos trajo canciones con la lengua del poeta fértil, con el oído absoluto puesto en el lunfardo liminar y fronterizo (como Celedonio Flores, Discepolín y los hermanos Expósito). Supo traducir en sus letras el universo de palabras y situaciones de la expansión hedónica de la post dictadura. “Un último secuestro, no; el de nuestro estado de ánimo, no.” (Ya nadie va a escuchar tu remera – Gulp – 1985). Supo testimoniar las tantas decadencias de la argentinidad sin perder la lucidez metafórica y la riqueza visual. El espíritu festivo se hizo más oscuro en Luzbelito. “Mi amor, la libertad no es fantástica” (Blues de Libertad – Luzbelito – 1994). Sus últimas canciones ya eran confesionales y de despedida. Canciones de amor y dolores dulces. “Qué tonto fui, la vida se empobrece así.” (La oscuridad – El ruiseñor, el amor y la muerte – 2018)

Con Skay supo darle calle y conurbano al rockabilly y al rock visceral. Hacia finales de Los Redondos y en los inicios de su carrera solista los samplers, la electrónica, se metieron en sus melodías de dramáticas narrativas. En sus últimas canciones lo vimos convertirse en una mezcla de crooner y cantautor reflexivo.

Se lo va a extrañar, lo voy a extrañar.

Memento mori.

Opinión

Esperando una opción entre el rovirismo y la motosierra

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Por Gustavo González. 

@GonzalezUCR

 

Mientras el rovirismo se desangra en una interna feroz y el gobierno libertario evidencia un estrepitoso fracaso de gestión, la mayoría de los misioneros sigue esperando una alternativa real.

Las encuestas serias reflejan el escenario actual: el oficialismo provincial retiene un núcleo duro del 25% de aceptación. En la otra vereda, y a pesar de que Misiones padece directamente el impacto de las políticas nacionales, La Libertad Avanza conserva otro 25% de acompañamiento.

Más allá de las fluctuaciones lógicas del humor social, los números redondos son claros. Existe un 50% de la población que no se identifica con ninguno de los dos extremos. Es una masa crítica mayoritaria que aguarda una opción diferente en la cual depositar su confianza.

Sin embargo, si esa tercera opción entre el Rovirismo y Milei carece de solidez, el espacio se diluirá y el electorado terminará votando por descarte a cualquiera de los dos oficialismos.

Hoy, tanto el gobierno nacional como el provincial están acorralados por tres factores fatales: la profunda insatisfacción social, la percepción generalizada de corrupción y las internas feroces que corroen la gestión.

Así Como Karina y Santiago se pelean en Nación; Carlos, Hugo, Ramiro, Raúl y otros, se pelean por quien se queda con “la caja” provincial.

La pelea es por la plata y por el poder, pero no por un proyecto que saque a Misiones de la postergación histórica.

Romper con 23 años sin alternancia democrática requiere un requisito indispensable: que la oposición unifique su oferta electoral en un Frente Social y Político amplio.

Solo una coalición amplia, integrada por personas honestas y capaces, acordando un “núcleo de coincidencias básicas” -lucha contra la corrupción, desarrollo productivo, salud, educación, justicia independiente, presión fiscal y similares- podrá poner un freno a la motosierra y, simultáneamente, terminar con el rovirismo. Ese es el camino para darle a Misiones el futuro que merece.

 

 

 

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Opinión

El periodismo siempre fue blanco del poder

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Por Fernando OZ

@F_ortegazabala

 

El poder no inventó nada nuevo, aunque pretenda convencernos de su originalidad a fuerza de gritos en una pantalla. Cuando desde la cúspide del Estado se lanza la consigna de que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, no estamos ante una anomalía histórica, sino ante la enésima actualización de una vieja receta.

Ustedes me disculparán, no es que haya que normalizar la agresión ni la estupidez, pero quienes se escandalizan por los modales de la época padecen de una preocupante amnesia: la presión existió siempre. En todas las épocas, el intento por silenciar la disidencia o domesticar la mirada se ejecutó bajo las mismas tres herramientas de manual: el convencimiento propio, el dinero de la pauta o la violencia física e institucional. El hostigamiento actual —me refiero al de Javier Milei y toda su pandilla de forajidos— no es un pecado de nacimiento de la era digital; es la continuación de una guerra eterna por el control del relato.

La única diferencia real en nuestro presente es un factor de escala. La tecnología no vino a cambiar la naturaleza del conflicto, sino que multiplicó los mostradores; amplificó el mercado y atomizó las audiencias, haciendo aparecer nuevos canales de comunicación a una velocidad de vértigo.

Ese estallido obligó al oficio a una adaptación violenta, desesperada y veloz al nuevo ecosistema para no quedar sepultado en la irrelevancia. En esa carrera de piques contra el algoritmo, las grandes estructuras de comunicación pagaron el precio de la supervivencia recortando la inteligencia: primero ejecutaron a los veteranos —aquellos que sostenían el rigor y el criterio en la mesa de entradas— para reemplazarlos por mano de obra barata, jóvenes recién graduados, en el mejor de los casos, a los que se les paga una auténtica miseria. Yo estuve entre ellos, el sistema es así, pero desde hace unos años se aceleró.

Al desaparecer los maestros, se rompió la cadena de transmisión de instrucción a la primera línea. El joven precarizado de hoy cobra sueldos humillantes que apenas le permiten pagar el alquiler, carece de un redactor jefe con experiencia que le enseñe a contrastar una fuente o a tirar a la basura una operación de prensa, y vive bajo la amenaza constante de un despido discrecional.

El resultado de ese periodismo de bajo costo está a la vista: la permanencia en el puesto de trabajo ya no depende de la calidad de una investigación, sino del tráfico digital. Se produce contenido basura, sensacionalismo y titulares engañosos (clickbait) para complacer las demandas de un algoritmo ciego y a los patrones del último piso. Así son las nuevas reglas.

Es ahí donde el poder financiero y político encuentra la sumisión perfecta: atrapados en sus propias crisis de caja, muchos medios eligen no ir contra nadie que tenga peso o dinero. Así nace el enemigo más dócil del periodismo honrado: la autocensura.

Pero el tablero no cambió en lo esencial. Despellejado el cotillón tecnológico, el mapa actual se reduce a las mismas dos facciones que se enfrentaban en el Foro Romano o en las imprentas clandestinas. De un lado van a estar siempre quienes busquen tapar algo o guionar la posverdad, al costo que sea, utilizando la billetera o el apriete para anestesiar a una sociedad manipulable. Del otro lado, irreductibles, van a estar los periodistas de raza, esa tropa de infantería que está donde tiene que estar, pateando el asfalto y metiendo las patas en el barro de la realidad.

La cosa ha venido siendo así desde las Acta Diurna Populi Romani, fundadas por Julio César cuando era cónsul, pasando por Gutenberg a mediados del siglo XV, y hasta el último colega muerto en Palestina o donde fuera. La historia no se detiene a llorar por los rincones frente a los exabruptos del gobierno de turno.

El periodismo de raza florece en el fango. Los otros días mencioné dos ejemplos; fue durante una tertulia por Instagram en la que estaban mis amigos el comandante Marcelo Ameri, veterano de la gráfica; Fernando Rumi, director de LVM, y Eduardo Pérez, conductor del programa, de naturaleza crítica y exmovilero de fuste.

El primer caso fue el de Combat, un diario clandestino parido en el invierno de 1941 en el subsuelo más oscuro de la ocupación nazi en Francia y el colaboracionismo de Vichy. En aquel tiempo, imprimir y distribuir esas hojas de trinchera costaba la tortura o el fusilamiento. Las redacciones eran sótanos itinerantes, la maquinaria se movía de noche para eludir a la Gestapo y los encargados de la distribución eran jóvenes resistentes que escondían los ejemplares entre sus ropas. En 1943, Albert Camus se sumó como redactor jefe bajo el seudónimo de “Beauchamp”. Cuando París fue liberada en agosto de 1944, el diario pasó a la legalidad y Camus dejó escrito su Manifiesto de la Dignidad: “Este diario no es otra cosa que la expresión de esa batalla”.

El otro caso fue la Agencia de Noticias Clandestina (Ancla), creada por Rodolfo Walsh durante la última dictadura cívico-militar. Cuando las empresas periodísticas cerraban sus puertas o se plegaban a la bajada de línea por la censura, “el escritor que se adelantó a la CIA” —como lo llamó Gabriel García Márquez— no se quedó de brazos cruzados llorando por la pauta. Creó canales nuevos.

Camus exigía un periodismo de ideas, una prosa limpia y desprovista de adornos donde cada palabra pesara y el cronista asumiera los riesgos personales de su tiempo. El equipo de Combat impuso la cultura del rigor frente a la urgencia de la rotativa: el apuro por publicar jamás justificaba el error o la calumnia. Walsh aborrecía el periodismo abúlico de “comunicado de prensa”. Demostró que con una máquina de escribir y acceso a boletines oficiales, presupuestos del Estado o cables de agencias se podía desbastar el relato del poder. Exigía un personal que no tuviera miedo, porque sabía que “el documento es más fuerte que las armas”.

El poder teme al cronista de calle porque es como un perro callejero: no tiene dueño, no se lo maneja con un tuit furioso ni con una llamada al celular de madrugada; a ese hay que pararlo en el terreno. Por eso, frente al páramo de la docilidad, surgen como posibilidades ilusionantes aquellos nuevos filántropos, capitales de riesgo o empresarios particulares que unen esfuerzos para financiar un periodismo solvente y de calidad, demostrando que solo el oficio que pide cuentas al poder, en cualquier soporte por inventar, tiene destino.

Quienes pretendan domesticar al periodismo con salarios de subsistencia, discursos de odio o algoritmos de control no entienden que el periodismo de raza pertenece a una estirpe incombustible, hecha de una greda que no se dobla con el primer viento de frente. Su obra es efímera, muere con la rotativa del día, pero renace intacta en el minuto siguiente. Gabo lo dejó sellado con una lucidez definitiva: “Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede ni un instante de paz, mientras no vuelva a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”.

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Opinión

Algo Caducó, no solo el nombre

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Por: Cecilia Britto

Política. Abogada. Ex presidenta del PARLASUR.

El principio del fin

El reemplazo de identidades históricas, el desgaste de una etapa política y el surgimiento de nuevas formas de representación empiezan a redefinir el clima interno del oficialismo misionero.

La política misionera atraviesa un momento que ya no puede explicarse únicamente desde las categorías tradicionales del poder provincial.

Durante más de dos décadas, el esquema político dominante funcionó sobre una estructura sólida, vertical y con capacidad de ordenar cada movimiento interno. Sin embargo, algo comenzó a modificarse. Y lo más llamativo es que ya no se percibe solamente en los márgenes de la política, sino dentro del propio oficialismo.

El cambio de identidad

Uno de los síntomas más evidentes quizá sea el progresivo reemplazo de viejas identidades políticas por nuevos sellos y formatos electorales.

El dato no parece menor ni casual. Cuando un espacio político nacido hace más de veinte años decide reformular su identidad pública, inevitablemente se abren interrogantes.

Porque detrás del cambio de nombre puede existir algo más profundo: la percepción de que una etapa política comenzó a agotarse.

Y si una etapa caduca, también quedan bajo revisión sus acuerdos, sus métodos y sus formas de representación.

No son pocos los sectores —incluso dentro del propio oficialismo— que empiezan a expresar la necesidad de desacoplarse de esquemas cerrados, excesivamente verticales y alejados de las nuevas demandas sociales.

Lo que empiezan a mostrar las métricas

Las elecciones de 2025 dejaron algo más profundo que un resultado legislativo: dejaron métricas que comenzaron a mostrar una diferenciación cada vez más visible entre estructuras políticas desgastadas y nuevas formas de legitimidad social.

Los sondeos que circulan entre consultores, dirigentes y sectores de análisis político provincial empiezan a consolidar un escenario que hasta hace poco parecía improbable: La Libertad Avanza y el espacio encabezado por Ramón Amarilla aparecen disputando, según distintas mediciones, el primer y segundo lugar en intención electoral.

El dato todavía no configura una sentencia definitiva. Pero sí refleja una modificación sensible del clima político y electoral de la provincia.

La sociedad no necesariamente rompió con el espacio gobernante. Lo que empieza a percibirse es otra cosa: una diferenciación cada vez más marcada entre estructura política, gestión cotidiana e identidad social.

El tablero anticipado de 2027

En paralelo, dentro del oficialismo ya comenzó a moverse otro tablero: el de la sucesión política hacia 2027.

La anticipada instalación de nombres y posibles precandidatos promovidos desde el círculo histórico abrió prematuramente una discusión interna que, lejos de ordenar, expuso algunas debilidades estructurales del oficialismo actual.

Desconocimiento y desgaste

Una de las principales preocupaciones pasa por el alto nivel de desconocimiento social de varios de esos dirigentes.

Pero el problema no parece limitarse solamente a la falta de instalación pública.

En muchos casos, además, cargan con niveles de imagen negativa que terminan funcionando como un espejo del desgaste político acumulado por determinado sector del poder provincial.

Aparece así el peso de pertenecer a una estructura política que hoy enfrenta señales visibles de agotamiento político y de desgaste de ciertos estamentos estatales excesivamente politizados.

Porque las sociedades no solamente evalúan nombres. También evalúan etapas.

Y allí empieza a emerger una dificultad cada vez más compleja para ciertos sectores del oficialismo: algunos dirigentes cargan con la mochila de representar un modelo que, para una parte creciente de la sociedad, comienza a asociarse más al agotamiento que a la renovación real.

Una legitimidad distinta

En ese contexto, Hugo Passalacqua aparece ocupando un lugar singular dentro del escenario político misionero.

No solamente por sus niveles de imagen positiva —hoy entre los más altos de la política provincial— sino también porque es quien actualmente administra el Estado con una visión más empática y cercana a las demandas concretas de la sociedad.

Dos formas de ejercer el poder

Ese dato no es menor.

Porque mientras parte de la dirigencia continúa atrapada en lógicas estructurales de acumulación política y construcción de poder hacia adentro, Passalacqua logra construir legitimidad desde otro lugar: la moderación, la cercanía territorial, la sensibilidad social y una gestión enfocada en resolver problemas cotidianos.

La diferencia empieza incluso a percibirse en las formas.

De un lado, persisten esquemas sostenidos en fotos semanales cuidadosamente armadas, con presencias muchas veces forzadas y escasa conexión con la realidad territorial cotidiana. Imágenes que buscan transmitir disciplinamiento político, pero que cada vez representan menos a una sociedad atravesada por otras demandas, otras urgencias y otra sensibilidad social.

Del otro, aparece una lógica distinta: recorridas reales, contacto directo, presencia territorial, diálogo mano a mano con intendentes, comerciantes, jubilados y vecinos.

La gestión como forma de representación

Las recorridas territoriales, el traslado del gabinete al interior provincial, la asistencia financiera directa a municipios afectados por la caída de recursos nacionales, el alivio impositivo vinculado a billeteras virtuales, los incrementos para jubilados y la eliminación de mecanismos que funcionaban como una aduana paralela para el comercio interno construyen una lógica de gestión con impacto inmediato y real en la vida cotidiana.

Y quizás allí resida uno de los fenómenos más relevantes del presente político provincial.

Porque mientras una parte importante de la sociedad busca romper con formas agotadas de representación, otra parte tampoco parece dispuesta a entregarse completamente a los extremos o a las lógicas nacionales de confrontación permanente.

En ese vacío político comienza a emerger una figura que ya no aparece solamente como continuidad administrativa, sino como posible canal genuino de expresión popular para una sociedad que empieza a reclamar otra etapa política.

El debate sobre el endeudamiento

En paralelo, aparecen discusiones que generan preocupación institucional

El impulso legislativo para habilitar instrumentos financieros y endeudamiento por cifras millonarias vuelve a instalar un debate delicado sobre los límites constitucionales, las prioridades políticas y la responsabilidad fiscal de largo plazo.

No se trata de cuestionar la necesidad de financiamiento en un contexto económico complejo. El problema pasa por otro lado: la ausencia de una planificación integral explicitada previamente desde el Poder Ejecutivo para decisiones de semejante magnitud.

Resulta difícil no advertir el riesgo político e institucional de avanzar sobre mecanismos de endeudamiento sin una participación anticipada, clara y ordenada del Ejecutivo provincial, especialmente en una provincia que aún mantiene obligaciones pendientes por millones de dólares con tenedores de bonos CEMIS —muchos de los cuales ya comenzaron consultas para impulsar eventuales reclamos— mientras continúa prorrogando la emergencia económica.

La prudencia financiera nunca debería interpretarse como un obstáculo para el desarrollo. Por el contrario: en contextos de fragilidad económica, constituye una obligación política, institucional y también moral.

Cuando cambia la legitimidad

La historia demuestra que los procesos políticos no se detienen cuando una sociedad empieza a reclamar otra etapa.

Antes de 1789, Francia todavía conservaba instituciones fuertes, estructura estatal y capacidad formal de control. Sin embargo, lentamente comenzaba a modificarse algo más importante: la legitimidad social sobre la que descansaba aquel orden político.

Los cambios históricos rara vez aparecen de golpe. Primero se perciben en el lenguaje, en las conversaciones, en las nuevas identificaciones sociales y en la pérdida gradual del miedo.

Y eso también empieza a percibirse en Misiones.

Cada vez más dirigentes, militantes y sectores sociales expresan posiciones con una libertad que hasta hace poco parecía improbable. El temor al disciplinamiento político o estatal ya no opera con la misma eficacia de otros tiempos.

Algo empezó a cambiar

Algo caducó.

Y al mismo tiempo, algo empezó a gestarse.

La política tiene esos momentos extraordinarios donde deja de administrar inercias y asume la responsabilidad histórica de interpretar el tiempo que viene.

Porque cuando una sociedad empieza a reclamar cercanía, sensibilidad social y nuevas formas de representación, los cambios terminan encontrando su cauce.

Y quizás ese cauce no nazca desde la rigidez de las estructuras ni desde los laboratorios del poder.

Quizás nazca desde algo mucho más simple y mucho más difícil de construir: la confianza.

La confianza de un comerciante que vuelve a sentir que alguien escucha.

La de un jubilado que vuelve a sentirse mirado por el Estado.

La de un intendente que encuentra respuestas sin tener que rendir obediencias innecesarias.

La de una sociedad cansada de las formas vacías y cada vez más decidida a recuperar humanidad en la política.

Tal vez por eso, mientras algunos todavía intentan administrar disciplinamientos, Hugo Passalacqua empieza a emerger —silenciosamente— como la expresión más genuina de una etapa distinta.

No desde la imposición

No desde el miedo.

No desde las viejas liturgias del poder.Sino desde algo mucho más profundo:la posibilidad de seguir cuidando el vínculo auténtico con los misioneros, basado en la cercanía, la empatía y la capacidad de representar las demandas, las angustias y las esperanzas reales de la sociedad.

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