Nuestras Redes

Opinión

Conducción en tiempos de aceleración

Publicado

el

 

Por Juan de Dios Urízar

 

Hay momentos en la historia en los que la política deja de ser una disputa entre programas y pasa a ser, antes que nada, una discusión sobre cómo se conduce una crisis sin destruir a la sociedad en el intento.

La Argentina está entrando en uno de esos momentos.

El gobierno de Javier Milei no solo propuso un giro económico. Propuso una manera radical de relacionarse con el tiempo: acelerar todo. Reformas concentradas, conflictos simultáneos, ruptura permanente, desprecio por los ritmos sociales y por las mediaciones políticas. La crisis ya no es algo que deba administrarse: es una herramienta que debe profundizarse para forzar una transformación.

Detrás de esa estrategia hay una concepción muy precisa, aunque pocas veces explicitada: la idea de que el sistema está podrido de raíz, que es irreformable, y que por lo tanto no hay que corregirlo sino romperlo rápidamente para que de sus restos emerja otro orden.

Ese es el corazón del aceleracionismo.

Naomi Klein, en La doctrina del shock, lo formuló con una claridad brutal al citar a Milton Friedman:

“Solo una crisis —real o percibida— produce un cambio real.
Cuando ocurre esa crisis, las acciones que se toman dependen de las ideas que estén disponibles.”

El shock no es un accidente. Es una estrategia.

El problema es que la política no se ejerce sobre sistemas abstractos, sino sobre sociedades reales. Sobre instituciones frágiles, tejidos productivos delicados, millones de vidas que dependen de que alguien no confunda valentía con temeridad.

Acelerar no es gobernar. Acelerar es, muchas veces, renunciar a conducir.

Porque gobernar no es solo decidir hacia dónde ir. Es decidir a qué velocidad se puede ir sin que el cuerpo social se desgarre.

Menem aplicó reformas neoliberales durante casi diez años. Con etapas, con correcciones, con negociación política, con tiempos sociales relativamente largos. Milei pretende condensar ese proceso en cuatro años, y en la práctica en dos. Esa diferencia de ritmo no es un detalle técnico: es el núcleo del riesgo.

Las reformas de shock siempre tienen la misma estructura temporal: costos inmediatos, beneficios tardíos. Si los beneficios no llegan rápido, pero los costos sí, la legitimidad se erosiona con la misma velocidad que el propio programa.

Ahí aparece una frontera decisiva.

Una cosa es el reformismo duro, impopular pero racional. Otra cosa es el dogmatismo que empieza a volverse autodestructivo.

Cuando el shock deja de ser un instrumento y pasa a ser un fin en sí mismo, la política deja de ser conducción y pasa a ser experimento. Y las sociedades, tarde o temprano, reaccionan.

No buscan otra ruptura. Buscan un freno. Buscan previsibilidad. Buscan orden. Buscan a alguien que entienda que gobernar no es destruir rápido, sino administrar procesos largos.

Es en ese punto donde empieza a adquirir sentido histórico la figura de Axel Kicillof. No como una casualidad. Como una consecuencia lógica del momento.

Mientras el gobierno nacional acelera, quema capital político, rompe mediaciones, desarma capacidades estatales y empuja conflictos en todas las direcciones, Kicillof gobierna una provincia inmensa desde una hipótesis completamente distinta: que la Argentina no está condenada, sino subejecutada. Que el problema no es el exceso de Estado, sino su mala orientación. Que frente a una crisis estructural no se responde con demolición, sino con construcción paciente de capacidades.

Desde la Provincia de Buenos Aires viene mostrando algo que hoy parece casi contracultural: que incluso en contextos adversos se puede invertir, planificar, sostener industria, expandir educación, financiar producción. No como consigna, sino como política pública concreta.

Pero lo más importante no es solo lo que hace. Es cómo se para frente al tiempo.

Kicillof no se deja arrastrar por la lógica del vértigo. No confunde velocidad con liderazgo. No cree que destruir sea sinónimo de gobernar. Construye. Y eso, hoy, es una virtud política mayor.

Porque cuando el aceleracionismo empieza a empujar a una sociedad hacia un punto de colisión, la demanda que emerge no es de más ruptura. Es de temple.

Temple para frenar cuando hace falta. Temple para corregir sin humillar. Temple para reconstruir sin incendiar.

Por eso mi apoyo es claro. No nace del dogma ni de la nostalgia.
Nace de una convicción histórica: en tiempos de aceleración peligrosa,
la política necesita conducción, no demolición.

Creo que Axel Kicillof encarna hoy esa necesidad. No como salvador. Como un dirigente que entiende los ritmos sociales, que conoce el Estado, que sabe administrar crisis complejas, y que tiene la experiencia y el carácter para conducir una transición difícil sin romper el país en el intento.

Y en la Argentina que viene, eso vale más que cualquier promesa de destrucción.

*Presidente del Centro de Estudiantes Misioneros en Buenos Aires

Lo frágil, lo inmenso, lo nuestro

Opinión

Misiones y sus desafíos

Publicado

el

Por Javier Mela

 

Misiones se acerca al millón y medio de habitantes, pero su estructura económica sigue anclada en un modelo productivo pensado para una provincia mucho más pequeña. Este desajuste no es coyuntural ni ideológico: es estructural.

La matriz productiva misionera continua dependiendo de actividades primarias tradicionales —yerba mate, té, tabaco y foresto-industria algo de mandioca y no muchos más, en cuanto a la ganadería, unas 300 mil cabezas, el cuadro lo completa el turismo que tiene un gran potencial, un poco mas desarrollado en Puerto Iguazú (a pesar de la crónica falta de infraestructura eléctrica, de agua y saneamiento) muy lejos de su vecina Foz de Iguacú, poco y nada en el resto de la Provincia .

Todas estas actividades enfrentan límites claros. Crisis de precios, concentración, bajo valor agregado y escaso encadenamiento industrial, falta de infraestructura, hacen que este ecosistema productivo provincial ya no generen el empleo ni los ingresos necesarios para sostener a una población creciente, alcanza para pocos y empobrecidos.

No se trata de cuestionar al productor ni al trabajo rural. El problema no es quién produce, sino qué estructura económica se ha construido alrededor de esa producción. Una economía que no agrega valor termina expulsando, aun cuando produzca.

La comparación con el estado brasileño de Santa Catarina es inevitable. Allí, con unidades productivas chicas y medianas, similares a las misioneras, se desarrolló un complejo agroindustrial basado en el maíz. Ese grano no se exporta sin procesar: se transforma en proteína animal, en industria alimentaria, en empleo y en exportaciones con valor agregado.

El resultado es visible: mayores ingresos, más trabajo local y mejor calidad de vida. No es una cuestión cultural ni geográfica; es una decisión estratégica sostenida en el tiempo.

Misiones, además, cuenta con un recurso clave que no puede seguir fuera del debate: la energía. Una provincia chica, con vocación industrial, necesita energía abundante y competitiva. Bendecida por dos grandes ríos, Misiones debería discutir seriamente su potencial hidroeléctrico, incluyendo proyectos largamente estudiados como Corpus–Pindoí.

No explotar la hidroenergía en Misiones, es como que los jujeños no exploten el litio, los neuquinos el petroleo y el gas de vaca muerta o las provincias marítimas sus recursos pesqueros.

Sin energía no hay industria. Sin industria no hay empleo. Y sin empleo, no hay futuro.

Misiones no necesita más administración del presente. Necesita discutir, con madurez y sin prejuicios, cómo transformar su matriz productiva para contener a su población y evitar la diáspora de los jóvenes.

Seguir Leyendo

Opinión

Cuento libertario

Publicado

el

Por Cristian Castro

 

En el debate yerbatero suele instalarse una idea simplista: “hay mucha yerba, por eso baja el precio”. Los datos muestran que eso no alcanza para explicar la crisis actual.

Entre 2021 y 2025 la producción de hoja verde prácticamente no cambió: pasó de 882 millones a 889 millones de kilos, un aumento marginal del 0,8%. No hubo una explosión productiva ni un desborde de oferta que justifique el derrumbe del precio al productor.

Sin embargo, cuando se mira el consumo total neto, el panorama es distinto: creció 7,7%, impulsado principalmente por las exportaciones, que aumentaron 63,3%. Es decir, la yerba se vende más, especialmente hacia afuera, aun cuando el consumo interno cayó por pérdida del poder adquisitivo.

El punto clave aparece en la relación oferta–demanda de hoja verde.

En 2021 la demanda prácticamente absorbía la producción: la diferencia era de apenas 7,2 millones de kilos, un mercado relativamente equilibrado. En ese contexto, con el Inym activo regulando precios, plazos y condiciones de pago, el productor cobraba bien y cobraba en tiempo. El precio de la hoja verde no era un regalo del mercado: era el resultado de reglas claras y poder de negociación equilibrado.

En 2025 ocurre algo aparentemente contradictorio: la demanda crece fuerte (941 millones de kilos, +7,7%), incluso supera ampliamente a la oferta, pero el sistema muestra un “excedente negativo” de más de 52 millones de kilos. ¿Qué significa esto en la práctica? Que la industria compra más de lo que se produce, pero lo hace en condiciones cada vez más desiguales para el productor.

Aquí aparece el factor político y estructural: la desregulación del mercado yerbatero y el vaciamiento de las funciones del Inym. Sin un precio efectivo de referencia, sin control de plazos de pago y sin sanciones reales, el “libre mercado” no generó competencia sino concentración de poder en la industria.

El resultado es conocido por todos en la chacra: precios por debajo de los costos, pagos a 90, 120 o 180 días, cheques rechazados y productores financiando a molinos y exportadores. No hay crisis por exceso de yerba; hay crisis por abuso de posición dominante.

En síntesis, en 2021 el productor cobraba bien no porque faltara yerba, sino porque había Estado y reglas.
En 2025 se paga mal no porque sobre yerba, sino porque el mercado quedó librado a actores concentrados que trasladan todo el ajuste hacia el eslabón más débil.

La discusión de fondo no es técnica, es política: o la yerba mate se gobierna con criterios de equilibrio social y productivo, o se transforma en un negocio financiero donde el pequeño productor queda condenado a perder, aun cuando la yerba se venda más que nunca.

Seguir Leyendo

Opinión

Previsibilidad en tiempos de crisis

Publicado

el

 

Por Fernando Retamozo.

Politólogo y Periodista.

El modelo Misionerista parte de una definición concreta de gobierno: cuidar sin desordenar, aliviar sin comprometer el equilibrio y administrar con previsibilidad aun en contextos adversos. En un país atravesado por la recesión, la caída del consumo y un ajuste que impacta con fuerza en los hogares, esa forma de gestionar adquiere un valor central. No se trata de expandir el gasto sin control, sino de tomar decisiones responsables cuando el margen es limitado. Gobernar, en este contexto es administrar con los pies en la tierra.

Cuando el salario no alcanza y el consumo no arranca, la política deja de ser promesa y pasa a ser acción. La filósofa política alemana, Hannah Arendt, advertía que la política existe para organizar la vida en común incluso en contextos adversos. Esa organización hoy la practicamos en decisiones cotidianas que amortiguan el impacto del ajuste sin desordenar las cuentas públicas.

Frente a un Estado nacional que se retira y descarga el costo del ajuste sobre provincias y municipios, sostenemos un modelo que combina equilibrio fiscal con presencia inteligente. El economista, Karl Polanyi, señalaba que los mercados no se autorregulan sin generar tensiones sociales; cuando el Estado se corre por completo, esas tensiones no desaparecen, se trasladan. La diferencia está en cómo la administramos y quién paga el costo.

La gestión del gobernador Hugo Passalacqua expresa con claridad esa lógica. Decidió reabrir de manera anticipada el Boleto Educativo Misionero para el ciclo lectivo 2026, garantizando el transporte desde el primer día para estudiantes de todos los niveles. Es una decisión concreta que da previsibilidad a miles de familias. No es improvisación ni gasto desmedido: es planificación aplicada a una necesidad real.

Ese mismo criterio se refleja en nuestra política fiscal provincial. Mientras los impuestos nacionales no bajan y los ingresos no crecen, sostenemos descuentos de hasta el 35% en el Impuesto Provincial Automotor, bonificaciones por pago anticipado, exenciones para vehículos antiguos y una moratoria con condonación total de intereses.

A estas medidas se suman los Programas Ahora, en todas sus variantes, entre ellas el Ahora Gas, clave en una provincia sin red de gas natural. Frente al aumento del precio de la garrafa, intervenimos de manera focalizada, con reglas claras y alcance definido. No se trata de reemplazar al mercado, sino de corregir sus fallas cuando el impacto social se vuelve insostenible.

En Posadas, la gestión del intendente Leonardo “Lalo” Stelatto se inscribe en la misma matriz política del modelo Misionerista. Reconocida durante más de seis años consecutivos entre las mejores del país por estudios y consultoras, la ciudad sostiene actividad turística, agenda cultural y espacios públicos que funcionan como motores económicos.

La presencia municipal en los barrios refuerza ese enfoque. Realizamos operativos de salud, prevención contra el dengue, atención primaria descentralizada y vacunación en territorio en línea con nuestra lógica de eficiencia y cercanía. Max Weber, sociólogo alemán y uno de los fundadores de la ciencia política moderna, definía la política como la “lenta perforación de tablas duras”: una tarea que exige constancia, responsabilidad y gestión profesional, no marketing.

En esa misma línea, esta semana comenzó el operativo Escuelas Seguras, donde las municipalidades realizan tareas de desmalezamiento y fumigación en los establecimientos educativos de cara al inicio del ciclo lectivo. El cronograma incluyó la Escuela N°842 de San Isidro, el Colegio Secundario N°2 de Itaembé Miní, el Bachillerato Orientado Provincial N°8 en la chacra 138 y la Escuela Primaria N°820 del barrio Porvenir I. Gestión básica, de bajo costo y alto impacto.

Todo esto configura una definición política clara: el misionerismo es previsibilidad, continuidad y responsabilidad. Norberto Bobbio, filósofo político italiano, advertía que la democracia se mide menos por los discursos y más por la capacidad real del Estado para garantizar derechos dentro de reglas claras. El desendeudamiento provincial, el equilibrio fiscal, el boleto estudiantil, los Programas Ahora, la Escuela de Robótica, la Costanera de Posadas y el fortalecimiento del sistema de salud pública con hospitales de alta complejidad, el PET para el tratamiento del cáncer y el robot Da Vinci no son promesas: son resultados que nosotros sostenemos.

En tiempos de crisis, Misiones no ensaya teorías ni experimenta con la vida cotidiana de la gente. Administra con responsabilidad, sostiene lo que funciona y da certezas cuando todo lo demás es incertidumbre.

Seguir Leyendo
Publicidad

Lo más visto