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El 11 de marzo de 1641, hace 384 años, una armada precaria, impulsada más por el arrojo de sus hombres que por el poder de sus armas, expulsó a una de las últimas escuadras de bandeirantes portugueses que incursionaban en territorios de la entonces América española, con fines de robo y esclavitud.
La gesta, que forma parte de las efemérides misioneras y tiene su serenata anual, tuvo como epicentro el Cerro Mbororé, un peñón de piedra caliza que se alza sobre el río Uruguay, a un puñado de kilómetros de la actual localidad de Panambí. Hoy, dos cruces de madera recuerdan la hazaña de aquel ejército de indios y sacerdotes jesuitas que enfrentaron una fuerza que los doblaba en número y poder de fuego, y vencieron.
Los historiadores coinciden en señalar que la bautizada Batalla de Mbororé fue el primer combate naval de la historia argentina, aunque hubiera ocurrido doscientos años antes de los sucesos de 1816 en Tucumán, que marcaron el inicio de la construcción nacional.
“Bandeirante” es una palabra portuguesa que refiere a “bandeira” (bandera) y, mientras la historiografía española los presenta como bandoleros armados y peligrosos, en Brasil la narrativa oficial les reconoce un papel indiscutible en la expansión portuguesa más allá de los límites establecidos en el Tratado de Tordesillas, de 1494, que pretendía ponerle un freno a las ambiciones de Lisboa en América.
Las bandas de bandeirantes comenzaron sus incursiones armadas hacia el sur del continente, unos cincuenta años antes del choque de esa mañana en aquel tranquilo recodo del río Uruguay.
Descendientes de primera y segunda generación de portugueses de San Pablo, los bandeirantes perseguían los sueños de riqueza alimentados por dos siglos de historias sobre la abundancia de oro y plata en los territorios ocupados por España; como también, la cacería de guaraníes para venderlos como esclavos a fazendeiros y burgueses de metrópolis que empezaban a relucir.
Pronto, las reducciones de la Compañía de Jesús se convirtieron en objetivo y los ataques arreciaron, lo que llevó a los jesuitas a armar y entrenar a los indígenas para la defensa de sus territorios.
Curas como Cristóbal Altamirano, Pedro Mola, Juan de Porras, José Domenech, Miguel Gómez y Domingo Suárez, que se lucirían en Mbororé, conformaron verdaderos estados mayores jesuitas que, no solo perfeccionaron el arte de la guerra conocido hasta entonces en estas tierras, sino que frenaron y desalentaron definitivamente las incursiones invasoras.
El 11 de marzo de 1641, hace 384 años, una armada precaria, impulsada más por el arrojo de sus hombres que por el poder de sus armas, expulsó a una de las últimas escuadras de bandeirantes portugueses que incursionaban en territorios de la entonces América española, con fines de robo y esclavitud.
La gesta, que forma parte de las efemérides misioneras y tiene su serenata anual, tuvo como epicentro el Cerro Mbororé, un peñón de piedra caliza que se alza sobre el río Uruguay, a un puñado de kilómetros de la actual localidad de Panambí. Hoy, dos cruces de madera recuerdan la hazaña de aquel ejército de indios y sacerdotes jesuitas que enfrentaron una fuerza que los doblaba en número y poder de fuego, y vencieron.
Los historiadores coinciden en señalar que la bautizada Batalla de Mbororé fue el primer combate naval de la historia argentina, aunque hubiera ocurrido doscientos años antes de los sucesos de 1816 en Tucumán, que marcaron el inicio de la construcción nacional.
“Bandeirante” es una palabra portuguesa que refiere a “bandeira” (bandera) y, mientras la historiografía española los presenta como bandoleros armados y peligrosos, en Brasil la narrativa oficial les reconoce un papel indiscutible en la expansión portuguesa más allá de los límites establecidos en el Tratado de Tordesillas, de 1494, que pretendía ponerle un freno a las ambiciones de Lisboa en América.
Las bandas de bandeirantes comenzaron sus incursiones armadas hacia el sur del continente, unos cincuenta años antes del choque de esa mañana en aquel tranquilo recodo del río Uruguay.
Descendientes de primera y segunda generación de portugueses de San Pablo, los bandeirantes perseguían los sueños de riqueza alimentados por dos siglos de historias sobre la abundancia de oro y plata en los territorios ocupados por España; como también, la cacería de guaraníes para venderlos como esclavos a fazendeiros y burgueses de metrópolis que empezaban a relucir.
Pronto, las reducciones de la Compañía de Jesús se convirtieron en objetivo y los ataques arreciaron, lo que llevó a los jesuitas a armar y entrenar a los indígenas para la defensa de sus territorios.
Curas como Cristóbal Altamirano, Pedro Mola, Juan de Porras, José Domenech, Miguel Gómez y Domingo Suárez, que se lucirían en Mbororé, conformaron verdaderos estados mayores jesuitas que, no solo perfeccionaron el arte de la guerra conocido hasta entonces en estas tierras, sino que frenaron y desalentaron definitivamente las incursiones invasoras.
Sesenta canoas, con medio centenar de arcabuces y mosquetes, conforman la armada del cacique Abiarú, que flota inmóvil en el arroyo Mbororé; mientras, en tierra, miles de guaraníes comandados por el cacique Ñeenguirú, esperan atrincherados al enemigo que, a esa hora del amanecer, navega confiado hacia la trampa.
La escuadra bandeirante se compone de una numerosa flotilla de balsas y mas de 3.000 hombres bien pertrechados: unos 500 europeos y mamelucos (nombre que los portugueses daban a los mestizos), y el resto, dos millares y medio de indios tupíes, temidos por su fama con los arcos y los proyectiles de piedra.
Es una fuerza descomunal, comparada con el despliegue de los defensores guaraníes y jesuitas que, pese a la desproporción de recursos, tienen a su favor el conocimiento del terreno y hasta cuentan con un arma secreta, producto del ingenio como de la desesperación: cañones de tacuaruzú, que permiten uno o dos disparos, y que resultan decisivos.
El choque se inclina, enseguida, a favor de las fuerzas de Abiarú, que emergen de las sombras del río y sorprenden, de tal manera, al enemigo, que este no tiene más opción que replegarse y buscar refugio en las orillas, donde lo espera Ñeenguirú y sus hombres.
La emboscada funciona y los bandeirantes apenas alcanzan a escapar, para reagruparse en una posición que nunca consiguen convertir en fuerte, y de la que pueden huir solo unos pocos afortunados, que sobreviven para contar la derrota a sus patrones en San Pablo.
Mbororé es un hito, afirman los historiadores. El relato de los hechos escala los límites de la proeza y describe la más grande hazaña misionera y guaraní que hoy se recuerde en la Tierra Sin Mal.
Sesenta canoas, con medio centenar de arcabuces y mosquetes, conforman la armada del cacique Abiarú, que flota inmóvil en el arroyo Mbororé; mientras, en tierra, miles de guaraníes comandados por el cacique Ñeenguirú, esperan atrincherados al enemigo que, a esa hora del amanecer, navega confiado hacia la trampa.
La escuadra bandeirante se compone de una numerosa flotilla de balsas y mas de 3.000 hombres bien pertrechados: unos 500 europeos y mamelucos (nombre que los portugueses daban a los mestizos), y el resto, dos millares y medio de indios tupíes, temidos por su fama con los arcos y los proyectiles de piedra.
Es una fuerza descomunal, comparada con el despliegue de los defensores guaraníes y jesuitas que, pese a la desproporción de recursos, tienen a su favor el conocimiento del terreno y hasta cuentan con un arma secreta, producto del ingenio como de la desesperación: cañones de tacuaruzú, que permiten uno o dos disparos, y que resultan decisivos.
El choque se inclina, enseguida, a favor de las fuerzas de Abiarú, que emergen de las sombras del río y sorprenden, de tal manera, al enemigo, que este no tiene más opción que replegarse y buscar refugio en las orillas, donde lo espera Ñeenguirú y sus hombres.
La emboscada funciona y los bandeirantes apenas alcanzan a escapar, para reagruparse en una posición que nunca consiguen convertir en fuerte, y de la que pueden huir solo unos pocos afortunados, que sobreviven para contar la derrota a sus patrones en San Pablo.
Mbororé es un hito, afirman los historiadores. El relato de los hechos escala los límites de la proeza y describe la más grande hazaña misionera y guaraní que hoy se recuerde en la Tierra Sin Mal.